domingo, 17 de febrero de 2013

San Valentín


Llevo toda la semana reflexionando sobre el día de San Valentín. Sobre cómo pudo comenzar, que sentido tuvo en su momento, que significado pretenden que tenga ahora y qué significa para mí. Investigando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que hay dos teorías mayoritarias acerca del origen de esta fecha.

 

La primera de estas teorías afirma que nació en honor de un romano, llamado Valentín, que se convirtió al cristianismo. No podemos afirmar mucho sobre él, aunque con toda seguridad era un hombre consecuente con sus decisiones, pues se dedicó a sacar a los cristianos de las cárceles romanas. Cuando finalmente le descubrieron, se negó a renunciar a su fé, por lo que fue ajusticiado el 14 de febrero del año 269 Después de Cristo.

 

La segunda teoría, bastante más extendida, afirma que esta fecha se debe a Valentín, un cura que servía en un templo en la época de Claudio III. Cuando éste decidió reclutar a todos los hombres jóvenes para el ejército, prohibiéndoles contraer matrimonio, Valentín hizo caso omiso del Decreto, oficiando matrimonios en secreto. Una vez descubierto, fue encarcelado por haber desafiado al emperador. Antes de morir, dejó una carta de amor a la hija del carcelero, poniendo en ella como rúbrica “de tu Valentín”.

 

Finalmente, en el año 496 Después de Cristo, el Papa Gelasio decidió que se honraría a San Valentín cada catorce de febrero. Y así se ha venido haciendo hasta ahora. Cada año, ese mismo día, se celebra el amor. Pero, ¿qué amor? La televisión, la radio, la publicidad de las tiendas y centros comerciales, hasta las conversaciones que surgen a mi alrededor, no dudan en señalar que el elegido es el amor de pareja. Ese, y no otro, es el amor por excelencia, y ello a pesar de que las teorías de su nacimiento deriven todos de un amor general, superior al de una sola persona por otra. Ahí debemos encontrar todos a nuestra media naranja. Y ya esta. Los demás tipos de amor, si bien son tan necesarios como ese, quedan relegados a un segundo plano. Si los tienes todos, menos una pareja, el día de San Valentín no tienes nada, y el mundo parece compadecerte por ello.

 

Durante mucho tiempo, yo también lo creí. Seguí a la masa sin plantearme qué significaba para mí el gran amor, el amor con mayúsculas, la media naranja. Acepté que ser feliz plenamente pasaba por encontrarlo, y que debía de ser uno más de los objetivos vitales de mi vida. Pero, curiosamente, nunca me esforcé por cumplirlo. Me faltaba esa sensación de vacío, ese sentimiento de carencia que te impulsa a buscar lo que te completa o, más bien,  a quien te completa. Nunca he conseguido conformarme con algo que no me satisface del todo, así que conformarme con alguien se ha presentado siempre como un objetivo imposible. Y no es que yo sea una persona carente de defectos. Los tengo, y a montones. Simplemente, no estoy cómoda con la idea de que alguien se quede conmigo porque no encuentre algo mejor, y por tanto, no me parece justo pagarle a nadie con esa moneda. Tampoco me veo capaz de soportar a alguien sólo por no estar sola. A veces, la soledad es una bendición si la contraposición es determinadas compañías.

 

Estuve dándole vueltas una y otra vez, preguntándome cual de los numerosos tornillos que me faltan sería el culpable de esto. Y, sin querer, me dí cuenta de que quizás nunca me haya sentido incompleta en el sentido literal de la palabra, pero sí hubo un tiempo muy lejano, tan lejano que apenas guardo recuerdos de él, en el que había algo que yo deseaba con todo mi corazón, algo que inconscientemente sabía que necesitaba para ser totalmente feliz. Afortunadamente, me hicieron ese regalo cuando tenía ocho años. Un regalo que adoptó la forma de bebé de cabellos rubios y ojos marrones. No he tenido hijos, así que no puedo saber con certeza como de fuerte e instantáneo es ese amor, pero de lo que no me cabe la menor duda es que yo experimenté algo muy parecido la primera vez que la vi. Es asombroso como se puede querer tanto a alguien a quien acabas de conocer. Alguien que no sabe todavía tu nombre, ni que parentesco tienes con ella, ni que te sacará de quicio que te haga.

 

Ahora que miro hacia atrás lo veo tan claro, que me parece absurdo no haberme percatado desde el primer instante. Lo único que se me ocurre es que, quizás, algunos sentimientos sean tan abrumadores que nos haga falta un poco de tiempo para ser conscientes de su plenitud. De lo que no me cabe duda, y quizás siempre lo he sabido, es que yo conocí a mi media naranja aquel día. Si existe el alma gemela, si existe la persona que te completa, ella es la mía. Pero no me completa en el sentido vulgar que le damos a la palabra. No elimina mis defectos. La quiero demasiado como para poner sobre su frágil espalda un peso que me corresponde sólo a mí. Hace por mí algo mucho mejor: cuando está cerca, mis virtudes brillan tanto, que mis defectos se ven menos. Jamás he sido tan fuerte como cuando ella me ha necesitado. Ni tan despiadada como cuando la han herido. Ni tan intransigente como cuando la quiero proteger. Me sorprende que mucha gente pase por su lado sin darse cuenta de que, con bastante probabilidad, estén cerca de la mejor persona que pueda existir. Porque, seamos francos, hay muchas personas que brillan, pero muy pocas que hagan que su brillo motive a los demás. Ella inspira a ser mejor. Es la amiga más leal y divertida, pero también la enemiga más digna y valiente.

 

He tenido el privilegio de compartir casa con ella durante muchos años, y espero que todavía me queden algunos más. Inevitablemente, un día se irá a su propia casa, y yo tendré que aprender a vivir de otra forma. Aún así, nunca será como esos años vacíos en mi memoria, de la misma manera que yo tampoco seré igual que la persona que no la conocía. La vida es cambio constante, adaptación, mejora, progreso y, por qué callarlo, retroceso. No obstante, habrá algo que permanecerá tan inalterable como desde que llegó a mi vida: ella, para mí, es y será siempre el amor en mayúsculas.

 
 

domingo, 10 de febrero de 2013

Carta al mejor amigo del hombre


Querido amigo:

 

Hace días que no puedo leer un periódico o bucear por una red social. A la que me descuido, me topo con una nueva noticia sobre maltrato, abandono o muerte de uno de tus congéneres. Sucesos tristes y desgarradores que me encogen el corazón y me dejan hecha polvo para lo que reste de día.

 

Durante un tiempo pensé que era cosa mía, que esos casos atroces no podían ser tan frecuentes, y que no hay nada mejor que obsesionarse con algo para verlo en todas partes. Entonces, enfadada por haberme vuelto impresionable, volvía al periódico o a Internet. Breves visitas en las que descubría que no es ninguna obsesión, que el maltrato y demás tropelías contra tu especie son más frecuentes de lo que me temía.

 

Todo empezó con la noticia de la pobre galga que se perdió en el metro de Madrid. Cuatro días estuvo dando vueltas, muerta de miedo y de vete a saber que más, para acabar atropellada por un maldito metro. No se permitió que nadie bajara a buscarla, a pesar de que varias asociaciones estuvieron allí durante esos días. Finalmente, dos mujeres de alguna de ellas, valientes, decidieron saltarse las normas y arriesgarse a ir a por ella. Nada se pudo hacer, más que recuperar su cuerpo, maltrecho y sin vida. Y ya está. Nada que hacer ni que decir. Un suceso que ni siquiera tenía interés para los telediarios. Sólo era una perra callejera muerta.

 

Después, como los males no vienen solos, empezaron a llover más noticias: un perrito abandonado, atado en el puente del nuevo paseo marítimo de Málaga, que recogía la sociedad protectora de la ciudad; un par de cachorros que algún insensato tiró a una zona de queroseno en Chile, rescatados por dos jóvenes que jugaban al fútbol con más chicos por el lugar; un tinerfeño detenido por la Guardia Civil por tirar perros vivos por un barranco; perros salvajes tiroteados en Punta Umbría con autorización del Ayuntamiento; etc.

 

La lista continúa, pero para qué ahondar más en la barbarie. Con lo enumerado, será suficiente para ahuyentar al sueño durante bastantes días. Porque, lamentablemente, no hay noche que mi cerebro no de un repaso mental a todas esas noticias en un intento por entender de donde proviene tanta crueldad gratuita. Hasta el momento, todo esfuerzo ha resultado infructuoso. ¿Qué impulsa a una persona a destrozar a un animal? ¿Qué mal temible ven en sus ojos dulces e inocentes que a mí se me escapa? Puedo comprender que, en una situación donde peligra tu vida o la de un ser querido, se emplee la fuerza con el resultado más grave, aún a costa de la vida del animal que te ataca. Al final, el instinto de supervivencia o el de protección siempre perviven. Pero ¿y cuándo no hay situación de peligro? ¿Cómo puede uno levantar la mano contra un animal y, simplemente, no parar hasta que lo matas? No puedo comprenderlo, ni ahora ni nunca. Por mucho que lo intente, no es un esfuerzo que vaya a obtener resultado.

 

Lo peor, tú lo sabes mejor que nadie, es que no es una cruzada contra tus congéneres caninos. Es una guerra abierta contra todo animal que exista. Como si el mundo fuera sólo nuestro, y pudiéramos hacer de él lo que nos viniera en gana. Sin rendir cuentas, ni atender a razones. Algunos ya han caído para no levantarse, extinguidos por la mano que les hizo imposible sobrevivir. Y los habrá que estén orgullosos de poder apuntarse ese tanto. Pobres necios que no son conscientes de que, tarde o temprano, uno debe pagar sus deudas. Tanto si quiere, como si no. Llega el día en que la vida se acaba, y no se hace borrón y cuenta nueva, sino balance. Y ¡ay del que no esté preparado para asumir su resultado!

 

No obstante, es un flaco consuelo. Porque mientras tanto, aquí todo sigue igual. Animales que mueren cuando deberían vivir, y personas que viven cuando deberían desaparecer. Y yo, impotente, me conformo con ser testigo mudo de lo que ocurre, sin alzar la mano, pero sin detener tampoco el brazo que cae. No hay excusas para mí. Sólo la verdad incómoda que pretendo evitar, esa que nos decimos todos para sentirnos mejor: yo sola no puedo cambiar nada. Pero me he dado cuenta de que esa verdad no es cierta. Sí puedo cambiar algo. No puedo proteger a todos los animales maltratados del mundo, ¡ojalá pudiera! Pero puedo hacer algo más que la nada que hago ahora. Puedo marcar una diferencia, por muy pequeña que sea. No quiero seguir lamentando las muertes y el maltrato, la mala suerte de esos seres que sólo tratan de sobrevivir, cruzada de brazos y a lo mío. No ahora, que allá arriba hay un ser peludo que me mira, seguramente con la misma bondad y dulzura que cuando me miraba aquí abajo, lamentando mi parsimonia y mi comodidad. Y lo que me hace sentir peor es que sé que no me lo tendrá en cuenta. Que el día que se haga mi balance, intercederá en mi favor por lo poco bueno que hiciera por él. No estará él solo, le acompañarán otros ese día. Algunos que ya están y perdí antes que a él, y otros que están conmigo ahora o lo estarán a lo largo de mi vida. Seres que se entregaron por completo, dándome su todo a cambio de lo que a mí me sobraba. Ahora no puedo mirar sus ojos sin sentirme despreciable, sin que mi conciencia me pregunte “¿y si fueran ellos?” Y sé que si fueran ellos, por muy irracional que suene, yo no permitiría ese golpe. Ni ese ni ninguno, mientras tuviera aliento. Primero tendrían que terminar conmigo del todo, porque con poca o mucha fuerza, de pie o arrastrándome, sería el obstáculo perenne en el camino de la destrucción.

 

Si fueras otro, pondrías en duda mis palabras. Tantos años de pasividad no pueden ser borrados por un discurso mínimamente emotivo y unas cuantas noches de insomnio. Pero tú no eres cualquiera. Tú tienes fe siempre, como sólo un perro puede tenerla. Incluso atado, abandonado, sin agua ni comida, pasando penurias y peligros, recorres kilómetros sin cuartel buscando al dueño que te puso en esa situación, convencido de que todo ha sido un malentendido, de que cuando lo encuentres se subsanará el error. Sólo vosotros sois capaces de volver a querer a un ser humano después de todo lo pasado. Sólo vosotros ponéis la otra mejilla.

 

Por eso, y aunque entre nosotros no haga falta, he de ser tajante en esta ocasión, dándote las explicaciones que no me pides. Esta carta, amigo, no son ahora, ni serán jamás, sólo palabras. Es cierto que debo poner en orden ciertas cosas antes de entregarme a la lucha, que no puedo salir mañana por la puerta armada hasta los dientes y masacrar a todo ser humano que se lo merezca. Entre otras cosas, porque desde la cárcel poco podría hacer, y porque el uso de la fuerza bruta siempre debe ser el último recurso. Pero no te preocupes, que el tiempo que necesito no será largo, y nos servirá a ambos. Necesito armarme bien para la lucha, porque será larga y difícil. No serán suficientes las ganas y la voluntad, que es lo único que poseo ahora. Yo no olvidaré, ni cambiaré de parecer. Te aseguro que antes de que llegue a una nueva década, podrás verme marcar la diferencia. Por ti, por los que están contigo, por los que estarán. Y porque, en este asqueroso mundo, uno es lo que es, y yo comparto especie con los abominables que te torturan. Así que la deuda que tienen contigo, ahora es también mía. Y yo no esperaré al balance final. La saldaré en vida, con los medios que tenga a mi alcance, que serán muchos y potentes.

 

No hace falta decir más. Tú sabes que yo nunca hablo en balde, y que no hay muro que no derribe cuando mi voluntad así lo decide. Allá donde estés, cuídate y cuídalos, porque volveremos a vernos y, entonces, si tenéis que interceder por mí, lo haréis sintiendo que merece la pena.
 
 
 
 

 

Un abrazo, amigo. Hasta pronto.

domingo, 3 de febrero de 2013

El valor del voto


Hace un par de semanas, acompañé a un familiar a la consulta del médico. Como es habitual en estos casos, uno procura estar allí al menos un cuarto de hora antes de la cita que le han dado, no vaya a ser que el doctor, milagrosamente, vaya en hora y te toque esperar hasta el final de su jornada laboral. Pero, claro, debe ser que la Corte Celestial no tiene mano en ciertos aspectos de la sanidad pública (ni privada, ya puestos), porque la realidad es que si le sumamos el tiempo de antelación con la que uno va  y el retraso que lleva la consulta, lo más normal es que te pases allí media mañana, cuando no la mañana completa, esperando pacientemente tu turno. Vaya por delante que no pretendo criticar a los profesionales de la sanidad, que seguro que los hay muy válidos, y sufren tanto como los pacientes los retrasos a la hora de pasar consulta, obligados a poner las citas cada cinco minutos por culpa de políticas sanitarias poco realistas y extremadamente deficientes. Pero la realidad es la que es, para desgracia de todos, y no me corresponde a mí endulzarla para no herir sensibilidades poco críticas.

 

Volviendo al tema que tratábamos, mi familiar y yo llegamos con ese cuarto de hora de antelación a la consulta. Comprobamos que el mundo seguía por su derrotero habitual: la sala de espera atestada de pacientes, un retraso que, en nivel ascendente, oscilaba entre 30 y 45 minutos, etc. A la vista del panorama, sólo nos quedaba recurrir a la resignación y sentarnos hasta que fuera nuestro turno. Y eso hicimos. Pero claro, cuando tienes que matar una hora entera (si no más), sin hacer otra cosa que mirar el deprimente color de las paredes del centro de salud, llega un momento en que te resulta inevitable empezar a prestar atención a las conversaciones que se mantienen a tu alrededor. Hay que decir que también ayuda el hecho de que algunas personas se acomoden allí como si estuvieran en el salón de su casa, lo que vendría a ser, más o menos, tal que así: medio tumbado en la silla, rascándose sin pudor todo lo que pique y hablando a voz en grito de los temas más variopintos. Viéndolos, estoy segura de que más de un médico siente deseos de decirles que el aburrimiento, hasta la fecha, no se considera una enfermedad, y que quizás en un parque encontrarían un entorno más adecuado para ellos, ahorrándolos a los demás, que sí que están enfermos, la molestia de escucharlos. Claro que, conociendo el percal, aquí se liaría la de Dios, tildando a los médicos de enviados del anticristo por negarle a una persona el derecho a incordiar. Por tanto, como a mí, no les queda más remedio que escucharlos, con la desventaja de que ellos lo hacen cada día, y yo sólo cuando es inevitable.

 

Pues bien, allí estaba yo, intentando no escuchar a esos elementos perturbadores de la calma sanitaria, cuando la insistente y elevada voz de una señora se sobrepuso a las demás. Esta señora se encontraba hablando, de forma muy acalorada y coloquial, con un caballero que, no creo equivocarme, había tenido el dudoso gusto de conocerla allí mismo. El tema era de lo más habitual en los tiempos que corren: la política. Tampoco había demasiada originalidad en las frases que se pronunciaban, sobre todo por parte de la señora, que apenas si dejaba que su contertulio metiera baza de vez en cuando. No obstante, una vez que mi atención se centro en esa conversación, no hubo manera de ignorarla, y muy a mi pesar me pase más de media hora escuchando comentarios como los que siguen: “todos los políticos son unos chorizos”, “así nos va en España con lo que tenemos gobernando”, “pasamos del PP al PSOE porque las demás opciones no existen, aunque hay más partidos”, etc. Casi había conseguido aclimatarme al entorno, con ese soniquete de runrún continuo, cuando escuché la gran frase: “pero vamos, que a mí me da igual, porque yo no voto, ¿para qué? Así que ahora que aguanten los que han votado”.

 

Después de dos años de ejercicio de la abogacía, uno se curte en escuchar las idioteces mas tremendas y seguir con cara de circunstancias, como si lo manifestado por la persona que está enfrente fuera lo más natural del mundo. Así que, lógicamente, como toda buena costumbre adquirida, entró en juego sin que yo necesitara ponerla en marcha de manera consciente, mientras que dentro de mi cabeza se desataba una pequeña tormenta. La frase resonaba en mi cabeza una y otra vez, mientras que yo, saliendo del shock, pasaba de la incredulidad a la indignación. Me hubiera gustado levantarme, sentarme enfrente de esa señora y puntualizarle algunas cosas. Obviamente, no era momento ni lugar, así que no lo hice. No obstante, como soy partidaria de echar fuera los demonios, que no sirven más que de lastre, aquí van las palabras que se quedaron en mi garganta:

 

“Querida señora:

 

No he podido evitar escuchar parte de la conversación que ha mantenido con el caballero que está sentado al lado. Y digo que no he podido, porque con el volumen de voz que emplea, me consta que hasta la han escuchado en la Moncloa, a pesar de los kilómetros de distancia. Lleva media hora soltando perlas de sabiduría popular, que sin duda ha debido usted escuchar de otras personas para reproducir en el momento adecuado. No obstante, ha dilapidado todo ese esfuerzo al decir la única frase de su propia cosecha, que resumiré en: usted no vota.

 

Podría decirle de muchas formas distintas lo necio de su afirmación de que como no vota, no tiene porqué soportar las consecuencias de las elecciones, pero me temo no poder bajar al nivel requerido para que usted me comprenda. Sin duda, una idea que le resultará vagamente familiar es aquella de la democracia. Ha oído hablar de ella a menudo, y la practican con usted cada día. En este momento, la estábamos practicando toda la sala, teniendo que escuchar sus sandeces sin apetecernos un ápice por aquello de la libertad de expresión. También debemos reprochar a la democracia que no se consideren las voces humanas, como la suya, contaminación acústica. Por muy estridentes y desagradables que sean, que en este caso, lo son. Es también la maldita democracia la que le permitió casarse con ese pobre diablo que, cada mañana al despertarse y verla a su lado, ruega a Dios que le libere de tanta angustia eterna por un efímero momento de enajenación. Y ésa misma, es la que le ha permitido educar  a sus hijos como si fueran los caballos de su cortijo, sin rendir cuentas a padres, hermanos, maridos, o cualquier otro familiar masculino.

 

Entiendo que usted, después de lo que le he dicho, me replique que la deje expresarse como le de la real gana, que por lo que digo, eso es democracia. Y tiene usted razón. Pero también es democracia que yo me exprese libremente, y en este caso, justicia. Porque ha tenido la desfachatez de criticar la política, los políticos y a las personas que votan, despreciando el ejercicio del voto, que es la máxima expresión de la democracia, porque al final, se reduce a una idea fundamental: tener la libertad de elegir. No lo que te gustaría, claro. Somos humanos, seres imperfectos. La mayoría, intentamos hacerlo lo mejor posible con lo que tenemos. Y, sí, unos pocos lo hacen todo lo mal que pueden, procurando quedar bien tapaditos y como santos de puertas para fuera. Como le digo, está escrito que tiene que haber de todo, y la mejor prueba de ello es usted. Porque lo peor de su comentario no es que se trasluzca falta de fe en el sistema, que por desgracia, todos empezamos a carecer de ella. Ni falta de fe en los políticos, que hacen que perdamos la fe en el género humando diariamente. Ni siquiera que demuestre una intransigencia descomunal, por quejarse de aquello contra lo que nada hace ni piensa hacer. Lo deplorable del asunto es que manifiesta que le importa poco menos que un pimiento el derecho a elegir, y eso, señora mía, es asqueroso, y más aún siendo mujer.

 

Nosotras, que siempre hemos estado sometidas al yugo masculino, hasta hace bastante poco no podíamos hacer nada. Claro que la memoria es caprichosa, y olvida fácilmente lo que no le gusta. Pero créame, cuando el tiempo se mide en siglos, cincuenta, cien o ciento cincuenta no son tantos años. Y precisamente por eso, hace un suspiro no podíamos comprar una vivienda nosotras solas. Tenía que autorizarnos nuestro padre o marido. Lo del trabajo también nos costó lo nuestro, aunque eso lo conseguimos un poco antes porque ya se apañaron ellos de que ganáramos menos dinero por hacer lo mismo, o de ofrecernos puestos peores, salvando su ego a costa de nuestra dignidad. Pero nada de eso habría sido posible si, un buen día, mujeres valientes no hubieran dado un paso al frente para luchar por los derechos de todas. Y esos derechos, señora mía, empezaban por el derecho a votar. Porque si no podemos elegir quién nos gobierna, ¿qué mas da que sea democracia o dictadura? A los efectos prácticos, para el que no puede elegir es lo mismo: una autoridad impuesta. El derecho al voto nos permite decantarnos por la mejor opción en ese momento. No siempre acertamos. Es difícil hacerlo cuando aquellos que se disputan tu apoyo te engañan y manipulan para acceder al poder. Pero tenemos la oportunidad de escoger. Y por eso, aceptamos lo que sea escogido por la mayoría, aunque no nos guste el resultado. Así son las reglas del juego y, pese a las trampas de los jugadores, merece la pena participar.

 

Esas mujeres sabían que un día, si conseguíamos el derecho a votar, también tendríamos la posibilidad de elegir quienes queremos ser, y serlo con plenitud. Sin escondernos detrás de ninguna figura masculina. Con todo lo que ello significa. Y lo hicieron, en algunos casos de tantos, a costa de lo más sagrado: la propia vida. Sólo por eso señora, la próxima vez que vaya a jactarse de que no vota, piense, no en cómo sería su vida, sino en como sería la de su hija. Quizás entonces pueda comprender la infamia que ha cometido. Mientras tanto, nada más hay que yo pueda decirle para ilustrarla sobre el tema”.
 
 

domingo, 20 de enero de 2013

La tolerancia de los ateos


No soporto a los ateos. No a todos, por supuesto, pero sí a esa gran mayoría que se empeña en pedirme tolerancia hacia sus no creencias religiosas, pero no duda en aprovechar la más mínima ocasión para pisotear las mías. Demasiadas veces a lo largo de mi corta vida he conocido a personas que, ataviadas con un disfraz de Gandhi que les permitiera acercarse a mí, sacaban a colación el tema religioso para, cual Maquiavelo, emplear las técnicas necesarias para que yo dijera “amén” a sus opiniones, descartando las mías con un simple chasquido de dedos. Por supuesto, tuvieron que resignarse conmigo e incluirme en la categoría de “causa perdida”, achacando la derrota a la falta de las neuronas necesarias en mi cerebro para que tenga cabida la lucidez.

 

Personalmente, no soy del tipo de personas que intenta atraer a nadie hacia su religión, lo cual no quiere decir que esconda mis creencias. Reconozco mi fe como reconozco mi color de ojos: no se ven a distancia, pero si te acercas, es evidente. Respeto, aunque no he conseguido entender todavía, a las personas que piensan que tenemos esta vida, y una vez baje el telón, nada podemos esperar. Cuando era más joven, les preguntaba por qué no creían en nada. No para hacerles cambiar de opinión, sino para intentar comprender su postura. Ahora no se me ocurre hacerlo aunque mi vida dependa de ello, porque he aprendido que una cosa es que yo no intente hacer cambiar de opinión al otro, y otra muy diferente que esa persona me trate a mí con la misma deferencia. Sin embargo, nunca me ha molestado que me pregunten porqué yo sí tengo fe. Sería tan absurdo como molestarse porque me pregunten porqué soy española. Y la respuesta, irónicamente, es igual de sencilla. Uno es español, porque nace en España. Y uno tiene fe, porque la tiene. No hay ninguna relación entre la educación y su existencia. En muchos casos, esa excesiva educación en la fe, paradójicamente, lo único que produce es su falta absoluta. Sé que para aquellos empeñados en que toda explicación sea lógica y demostrable, es una respuesta realmente insatisfactoria, pero desgraciadamente no tengo otra mejor. Sencillamente, es una conexión que está ahí, aunque tú no recuerdas haberla realizado. Un sentimiento fuerte que no puedes ignorar y del que no puedes escapar.

 

Pero volvamos al tema de los ateos intolerantes. Una cosa muy curiosa de ellos es que, a pesar de que se erigen en defensores de la libertad, la justicia y la igualdad, parecen no entender en absoluto esos términos. Y lo digo así porque, si parto de la premisa de que los entienden pero deciden no aplicarlos a los demás, en vez de intolerantes tendría que tacharlos de cínicos e hipócritas, calificativos que no descarto usar en un futuro cada vez más próximo teniendo en cuenta sus acciones. Una de ellas sería, por poner ejemplos, el hecho de que siempre que se hable del Vaticano, tengan un montón de críticas. Por supuesto, del resto de países que pueblan el globo terráqueo no tienen nada que decir. Ni siquiera una mínima sugerencia constructiva para mejorar cualquiera aspecto de su gobierno. Debe ser que son intachables en todas sus decisiones y conductas, no como el Vaticano. ¿O no? Creo que infinito es el número aproximado de veces que he visto la famosa lista de tratados no ratificados por el Vaticano. Para ser más exactos, creo que infinito es el número de veces que la bacteria más solitaria y recóndita de la Antártida ha visto esa lista. Todo un ejemplo de abnegación y esfuerzo por la causa hacer llegar a los pingüinos y osos polares que pueblan dicho territorio que el Vaticano no ha ratificado el tratado por la supresión de los trabajos forzados, o el de la supresión de la discriminación basada en la sexualidad, o el tratado por la supresión de la esclavitud. Desde luego, y por muy creyente que sea, son tratados que el Vaticano debería ratificar cuanto antes. Lo que me inquieta del asunto es que esos ateos, defensores de tan altos valores inspiradores del género humano, no pongan el mismo celo para ilustrar al mundo sobre los tratados no ratificados por otros países, como China, o lo que es peor, sobre el escandaloso incumplimiento de los que ha ratificado. Nadie se escandaliza porque los ciudadanos chinos no tengan, de facto, derechos políticos, ni laborales, ni sociales. Ni porque las mujeres estén peor consideradas que cualquier posesión material.

 

Otro ejemplo de su justicia a la carta sería el escándalo por la asignación que tiene la Iglesia Católica en los presupuestos generales del Estado. No parece menoscabar ni un ápice su indignación saber que parte de esos fondos es destinado a sufragar los colegios católicos concertados o Cáritas. Sin embargo, parece que estas personas encuentran muy razonables que el sueldo base de los Secretarios de Estado sea de 12.990,72 euros, con un complemento de destino de 21.115, 92 euros y un complemento específico de 32.948,67 euros. O que el sueldo anual del Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial sea de 26.448, 38 euros, con un complemento a recibir en 12 mensualidades de 103.704, 24 euros. O que cualquiera de los magistrados del Tribunal Constitucional tenga como sueldo la friolera de 41.428, 10 euros al año, con un complemento a recibir en 12 mensualidades de 69.091, 92 euros. También es muy razonable que el Fiscal General del Estado reciba un sueldo de 113.838, 96 euros anuales. Y así podríamos continuar con una larga lista de personas que, si bien es cierto que realizan una función social como miembros de uno de los tres poderes del Estado, no lo es menos que reciben por ello una cantidad exagerada como contraprestación. Al fin y al cabo, no podemos olvidar que las personas nombradas no se han ganado sus puestos: han sido elegidos. Sus puestos de origen se encontraban en Judicatura, Universidades, Abogacía o funcionarios en la Administración de Justicia. Una vez ahí, sólo tuvieron que acumular el tiempo suficiente, y cultivar las convenientes relaciones, para llegar a esos descomunales sueldos anuales. Y nadie se queja. Todo parece natural. Pero no lo es. Si nos escandalizamos por darle a una confesión religiosa ciertas cantidades de dinero, confesión que realiza una actividad social y que mantiene centros docentes, ¿no es más escandaloso darse el triple o el cuádruple a una sola persona que simplemente hace su trabajo? Y un trabajo, no lo olvidemos, que le gusta. Esta ahí porque aceptó, porque decidió asumir esa responsabilidad, porque es donde deseaba estar. No digo que no tengan que recibir un sueldo acorde con sus funciones, pero de lo que no me cabe duda es que es absolutamente excesivo.

 

No obstante todo lo anterior, no tendría nada en contra de ellos si no fuera por dos detalles. El primero es su ataque encarnizado a cualquier creyente. No acepto que cualquier ateo venga a recriminarme los casos de pedófilos entre curas o las palabras que el Papa haya tenido a bien decir sobre los homosexuales. Y no lo acepto, por la sencilla razón de que esas acciones o palabras no son mías. Yo no soy la Iglesia, en mayúsculas. Soy una persona que cree en Dios. Eso no quiere decir que crea en todos y cada uno de los curas, ni en todas y cada una de las palabras del Papa. Y por el contrario, tampoco significa que no crea en ninguna. Es un concepto que les cuesta entender, supongo que porque no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Es tan sencillo como lo siguiente: soy española. No me enorgullezco de todas las hazañas de los españoles, ni me avergüenzo de todas ellas. Hay momentos históricos para sacar pecho, y otros para sacarnos los colores. Ser algo no significa perder todo criterio. Lo único que aporta es la pertenencia a un grupo mayor que tú mismo, con las cosas buenas y malas que eso conlleva. Pues con la Iglesia católica igual. Personalmente, no soy su mayor fan, pero debo reconocer que, a veces, Dios hace que se cruce en mi camino una persona que me devuelve la fe en ella. Al fin y al cabo, son personas, no pueden ser perfectos, ni todos merecen la pena.

El segundo detalle es el desprecio que me muestran en ese ámbito. Como si saber que soy creyente les abriera los ojos y, de repente, se dieran cuenta de que no soy tan lista como parecía. Intentan hacerme ver que mi verdad no es tal, pero la suya sí, sin darme pruebas en absoluto de lo que dicen. Creen que haciéndome la manida pregunta de ¿si Dios existe, por qué nadie lo ha visto?, voy a caer a sus pies, abnegada ante la claridad de su pensamiento. Y lo cierto es que esa pregunta tiene una respuesta afirmativa. Porque Dios, o al menos, una parte de él, sí lo han visto ojos humanos. Vale, hace más de dos mil años, pero, ¿y qué? Yo no necesito ver las cosas constantemente para saber que son reales. Acepto la existencia de muchas cosas que no he visto ni tendré la oportunidad de ver. Sabemos que existieron Alejandro Magno, Julio César, Cleopatra, Juana la Loca, y un largo etcétera, y que yo sepa, no queda nadie vivo que lo demuestre. Sólo tenemos los testimonios escritos, las pinturas, los restos de esas vidas. Como los que dejó Jesucristo. Si queremos hablar científicamente, está demostrado que existió. No que era hijo de Dios, vale. Pero su existencia es cierta. Vivió, predicó y murió tal como nos lo cuentan. Después es cosa de cada uno decidir si cree o no en su origen divino, pero lo demás está igual de documentado que en el caso de esos personajes históricos cuya existencia nadie cuestiona.

Yo creo en Dios, tal y como Jesucristo lo concibe. Y mi fe se ve reforzada cuando pienso que algo más allá de toda comprensión humana debió suceder para que tantas personas decidieran dar sus vidas por las palabras de un solo hombre. En aquella época en la que lo mejor para sobrevivir era seguir la corriente, tuvieron que presenciar hechos inexplicables, que desafiaran por completo a la razón humana, para entregarse por completo a la creencia de su origen divino. Es cierto que yo no lo he visto, ni he oído su voz, ni he escuchado sus palabras. No obstante, hay algo inquebrantable en mi fe en Dios, y es que aunque tuviera en mis manos la prueba definitiva de que no existe, yo aún seguiría creyendo en Jesucristo. Porque, en un mundo como el que vivimos, donde pisotear al de al lado es la norma general, admiro al que puso la otra mejilla; en un mundo donde todos competimos por acumular más que el de al lado, creo en el que da todo lo que tiene y no pide nada a cambio; en un mundo en el que nos rodea el odio y la fuerza, yo sigo al que no sólo habla de amor y perdón, sino que realmente ama y perdona. Así que, si al final sólo fue un hombre, ese es el hombre al que merece la pena seguir toda una vida. Por eso, señores ateos, mi fe es más fuerte que vuestros pobres argumentos. Porque incluso negando su máxima, encuentra un camino para crecer en mí.


 

domingo, 6 de enero de 2013

Los caminos del fracaso


La memoria es algo realmente curioso. Si me preguntaran cuando empecé a escribir, no sabría que responder. Mis recuerdos no alcanzan a épocas anteriores a la escritura, aunque sin duda, las ha habido. Sin embargo, si me preguntaran si me he presentado alguna vez a un concurso literario, sabría decir las veces con exactitud. Incluso la edad que tenía en cada uno de ellos. Y no porque el resultado de los mismos fuera un éxito, ni mucho menos.

 

Mi primer concurso fue un certamen de poesía a nivel andaluz para conmemorar el centenario del nacimiento de Alberti. Yo estaba por aquel entonces en Primero de Bachiller, así que tenía entre 15 y 16 años. Siempre me había gustado escribir, pero rara vez se lo enseñaba a alguien, por lo que a día de hoy sigo preguntándome que me impulsó a hacerlo. Quizás me avergonzaba menos que me juzgaran unos extraños que personas cercanas a mí, no lo sé. El caso es que me presenté, aunque sabía que era realmente difícil que me escogieran, ya que solo un chico y una chica de cada provincia podían resultar elegidos. No se lo conté a nadie, así que cuando pasó el tiempo y no recibí ningún tipo de respuesta, supuse que me habían descartado y no comenté el asunto. Hasta que un día, estando en clase, una profesora de Literatura vino a buscarme para llevarme a ver al director. En circunstancias normales, no se tarda más de un minuto o dos en llegar hasta allí, independientemente del punto del Instituto desde donde partas. Pero con una profesora mirándome enigmáticamente todo el trayecto, y yo dándole vueltas al motivo, fue uno de los más largos que he recorrido en mi vida. Cuando llegué, el director me recibió de manera cordial y me contó la noticia. No sabía en que puesto había quedado, sólo que yo representaría, en la versión femenina, a Málaga, y que tenía que ir a Sevilla un día determinado para el acto en cuestión, con mi familia, él mismo y algunos profesores del departamento de Literatura. No conseguí el primer puesto, sino el segundo, aunque por suerte para Málaga, en la parte masculina nos alzamos con el deseado galardón (que un doblete sevillano habría sido imposible de digerir).

 

El segundo certamen, también de poesía, fue justo al año siguiente. Esta vez era a nivel provincial, así que pensé que tenía la oportunidad de quitarme el mal sabor de boca del anterior, ya que hacía apenas un año había conseguido imponerme a todas las candidatas malagueñas. Pero esta vez mi poema no complació el gusto de los jueces o, simplemente, no fue mejor que las demás, porque solo quedé finalista. A pesar de todo, se requirió que asistiera a la entrega de premios, donde me acompañaron nuevamente familiares y profesores del departamento de Literatura. Recuerdo con mucha nitidez que mientras yo estaba allí, intentando mantener el tipo y parecer encantada, me preguntaba porque una de las profesoras que me acompañaba estaba tan emocionada. Si, al fin y al cabo, no había ganado nada. De hecho, deseé tirar al primer contenedor que viera la placa que me habían dado como prueba de mi participación. Pero mi madre, con mucho más sentido común, me recomendó que la guardara, y dijo esa frase que a todos los hijos nos hace reconsiderar posturas: “si lo haces, te arrepentirás”. Así que, en lugar de tirarla, la guarde en donde no tuviera que verla.

 

Y, como era joven, estúpida y extremadamente arrogante, sencillamente decidí dejar de escribir. Pensé que dos fracasos consecutivos eran un indicio más que claro de que no se me daba tan bien como yo pensaba, y de que mi tiempo estaría mejor invertido si lo dedicaba a otra cosa. Es una de las peores decisiones que he tomado, y sin duda, jamás podré recuperar el tiempo perdido. No supe apreciar que había sido elegida entre las finalistas en mis dos únicos intentos, lo cual tiene su mérito si considero que nunca recibí clases de escritura creativa. No comprendí que, como casi todo en la vida, en el mundo de las palabras hay que sudar cada letra, y que aún con todo el esfuerzo del mundo, si no tienes ese poquito de suerte para que los jueces de turno decidan que tu trabajo es mejor que el del resto, sea verdad o no, te quedas fuera. Dejé que personas sin rostro decidieran lo que era y lo que podía hacer.

 

No volví a pensar en ello durante muchos años, hasta que tuve que volver a enfrentarme al gran fracaso de mi vida. Desde que tengo uso de razón, puede que incluso antes, quise ser abogada. Hacer la carrera de Derecho, y estudiar aquello con lo que tanto había soñado, ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida. No recuerdo nada más emocionante que el primer día de clase, y no me avergüenza reconocer que, a día de hoy, sigo sintiendo un cosquilleo en el estómago cuando cruzo sus puertas. Los cursos fueron pasando, llegó el título, encontré un despacho (o dos) donde aprender la parte práctica de la profesión, y me colegié. Pasé dos años intentando hacerme un hueco. Nunca recibí malas críticas, ni cometí grandes errores. Aprendí deprisa, y trabajé duro. No obstante, tampoco la suerte estuvo de mi parte en este ámbito, y llegó un momento en el que tuve que enfrentarme a la verdad que tanto había luchado por evitar: no podía seguir ejerciendo. Las cuotas llegaban inexorablemente, y mis ingresos no bastaban para afrontarlas. A pesar de todo, no había conseguido el respeto suficiente como para conseguir un sueldo medianamente digno, que me permitiera seguir pagando por ejercer mi profesión, y no tenía contactos suficientes para cambiar el horizonte.

 

Así que tomé la decisión, y hasta la fecha, ha sido la más dolorosa y difícil que he tenido que tomar. Pero también ha sido la más acertada. Porque en este caso, al contrario que cuando decidí dejar de escribir, no sólo me sentía tremendamente vacía, sino que en cierta medida, también me sentía aliviada. Ya no tenía que seguir mintiéndome, ignorando una verdad que cada día se me hacía más evidente. Ahora podía enfrentarme a la realidad tal como era, y a pesar de las heridas, para mí eso siempre es un buen punto de partida. Me informé acerca de mis opciones, valoré otras alternativas que jamás había tenido en cuenta y encontré un nuevo camino. Fue entonces cuando volví a escribir. Sólo para mí, para ordenar mis ideas, para desahogarme sobre ciertas cosas que sucedían a mi alrededor, para evadirme de mis preocupaciones o por simple placer. El caso es que volví a hacerlo, y me sentí bien. No es que las palabras me hubieran abandonado todos esos años, sino que yo, como a la verdad incómoda que no quería ver, las había ignorado. Y haciéndolo, me había ignorado yo. Porque, al final, uno es lo que es, aunque no ejerza de tal o no tenga una placa que lo conmemore.

 

Ahora que las heridas son sólo cicatrices que me ayudan a no olvidar lo que pasó, doy gracias a Dios esté donde esté por hacerme fracasar. Porque hoy sé que soy mejor gracias a mis fracasos. Que los he mirado durante mucho tiempo como mis grandes enemigos, cuando mi único lastre era yo misma. Ellos hicieron sólo lo necesario para despertarme, de una manera un tanto dolorosa y brutal, pero sin duda, efectiva. Son la mejor fuente de energía que tengo y mi mayor motivación. Y no digo que mi nuevo camino sea sencillo. No lo es. Pero cuando, como todos, creo que no puedo más, que no seré capaz de hacerlo, que no tengo la suficiente inteligencia o constancia o fuerza de voluntad, me agarro a ellos, los vuelvo a sentir como la primera vez, y sin saber cómo, vuelvo a poner un pie delante de otro. No me permiten rendirme, ni dudar, ni echarme atrás y, lo que es más importante, no permiten que nadie pueda decirme lo que soy o lo que puedo hacer. Ni siquiera yo. Por eso, el día que consiga acariciar la gloria, no se lo deberé a que todo me haya salido redondo a la primera. Mis éxitos, sean los que sean, deberán eterna gratitud al momento en que lo perdí todo, y tuve que empezar de cero. Porque entonces, y sólo entonces, descubrí que tenía la fortaleza para hacerlo, no una, sino las veces necesarias hasta conseguirlo.

 
 

domingo, 30 de diciembre de 2012

Los verdugos de la masacre


Desde hace un tiempo, vengo observando que ciertas palabras empiezan a rechinarme en los labios y los oídos. Palabras que antes significaban algo hermoso, empiezan a transformarse en sombras siniestras de lo que antaño fueron. Una de ellas es “humanidad”. Los medios se la adjudican a cualquier persona que realice una buena acción, sin importar su origen o el calibre de su hazaña, las ONGs nos animan durante el año a colaborar en causas “humanitarias”.  Incluso la RAE, entre sus variadas acepciones, recoge la siguiente: “sensibilidad, compasión de las desgracias de nuestros semejantes”. Sin importar donde acudas, el sentido de la palabra humanidad siempre te ofrece connotaciones positivas.

 

Entonces, ¿por qué no me cuadra? ¿Qué me impide quedarme satisfecha? Porque lo cierto es que, a pesar de todo lo anterior, me siento incómoda con esa palabra, con el sentido que todos creen que tiene, y no consigo saber el motivo. O más bien, no conseguía saberlo, hasta el pasado 9 de Diciembre, en que Juan Carlos Izaguirre, alcalde de San Sebastián y miembro consagrado de Bildu, despejó todas mis dudas. El señor Izaguirre realizó un homenaje a las “víctimas del conflicto” arrojando flores al mar. Un gesto muy humano, sin duda. Como humanas fueron sus posteriores palabras, en las que expresaba que dicho gesto era “en memoria de todas las víctimas de la vulneración de los derechos humanos como consecuencia del conflicto”. Llegados a este punto, podemos sumar las palabras “víctima” y “conflicto” al malestar sentido por “humanidad”.Y si me apuran, tampoco me gusta demasiado “vulneración de los derechos humanos”. Qué caramba, la frase entera desentona y huele a podrido, la pongas como la pongas y sea cual sea el tono en que se diga.

 

Y esto es así, por el mismo motivo por el que humanidad ha dejado se significar lo que la RAE defiende. El ser humano, ese dechado de virtudes, esa creación esplendorosa de Dios antaño, en los tiempos actuales más parece obra del mismísimo Diablo. La compasión brilla por su ausencia, la sensibilidad hace tiempo que padece el síndrome de Asperger, no encontraríamos la vergüenza ni con mapa, y la dignidad es sólo un ingrediente literario más de las leyendas del rey Arturo y sus caballeros. ¿Cómo si no puedo explicarme que se toleren frases y gestos como los del señor Izaguirre? Víctima, desde tiempos inmemoriales, es quien sufre de otro una agresión ilegítima. Es decir, que te pongan un coche bomba por expresar tus ideas. O que te encierren días y días en un zulo, torturándote, para luego dejarte tirando en una zanja con un tiro en la nuca. O que te asalten dos pistoleros en la calle, acribillándote a tiros a tí, a tu familia, a tu guardaespaldas, y a San Pedro si se digna a bajar del cielo en ese momento. Eso, señor Izaguirre, es una víctima. El que usa la pistola en todas esas acciones, el que las planea, el que se regodea en ellas, el que se enorgullece, es un verdugo, un ejecutor, un asesino y un cobarde, pero no es ni será jamás una víctima.

 

Y ya que estamos dejando claro lo que significan las palabras, tampoco conflicto es el término adecuado para la matanza que la banda terrorista a la que tanto apoya su partido político ha llevado a cabo en nuestro país. Un conflicto es una confrontación armada, al menos, en la acepción que usted quiere expresar. Es decir, que cuando sus queridos pistoleros iban a pegarles un tiro a las pobres víctimas, éstas hubieran respondido de la misma manera: bala por bala. El término que expresa el horror y la sinrazón que nos han hecho padecer es “masacre”, donde una parte se dedica a exterminar a la otra que, indefensa, no puede defenderse con la misma eficacia mortal. Por último, me queda “vulneración de los derechos humanos”. ¿Qué derechos humanos se les ha negado? ¿El derecho a la vida, a la libertad, a la libre expresión en un estado democrático y siguiendo las reglas del juego? ¡Ahm, no! Ya me acuerdo, que lo que se les ha negado es convertir su territorio en ciudad sin ley, porque eso y no otra cosa es lo que implica la independencia para ustedes. Claro, es lógico que negándoles eso, no hayan tenido más remedio que sesgar vidas de manera indiscriminada y sin remordimiento alguno. Todo por la causa, incluida la dichosa humanidad.

 

Porque, seamos sinceros, eso es ahora “humanidad”. No es sentir compasión por el mal ajeno, ni sensibilizarse con el dolor de otro. Es aplastar a quien se ponga por delante para conseguir lo que quieres. Es cerrar los oídos ante las lecciones de democracia que los terroristas nos lanzan desde sus escaños. Y ya que estamos, cerrar los ojos para no ver que las instituciones del Estado le dan la mano a aquello contra lo que juraron luchar. Es ningunear a las familias de las víctimas, cediendo a las pretensiones de los verdugos en prisión. Ese, y no otro, es el sentido que el ser humano le da a la palabra “humanidad”. Y a mí no me parece justo, ni adecuado, ni correcto. Porque estoy poniendo al mismo nivel al que murió por defender mi libertad y al que mató por aplastarla. Al que le dio más importancia a las palabras y al que optó por silenciar a sangre y fuego. Al que dio lo más valioso que tenía, su vida, en pro de la vida de personas sin rostro, y al que no es capaz de dar nada.

No, señor Izaguirre, no. Usted es un ejemplo de que humanidad tiene acepciones que jamás deberían existir. Porque usted es el ejemplo de lo que la humanidad es ahora, en contraposición de lo que debería ser, de lo que fue un día. Pero no se equivoque, porque ustedes no han ganado nada. Nada que no se les pueda quitar, de la misma manera que ustedes arrebataron vidas. En un segundo, con determinación y sin pestañear. Tenga por seguro que hay personas que no creemos en sus palabras, en el sentido que quiere darles. Que no vamos a dejar que nos lave el cerebro con flores secas por los muertos. Deje usted a los muertos, y encárguese de los vivos. Entregue a sus queridos pistoleros, que cumplan sus penas íntegras, que pidan perdón (por si les sirve a los familiares de las víctimas), que entreguen todas sus armas y su dinero, y renuncie a su cargo. Usted y todos los que son como usted. Esos que profesan la religión del terror. Los que creen en la democracia del miedo. Los que piensan que las ideas mueren con las personas.

 

Puede que las instituciones hayan olvidado, o más bien, que no quieran recordar por miedo a volver a desatar la barbarie. Pero tenga por seguro una cosa, señor Izaguirre: yo no voy a olvidar. Y como yo, hay muchas más personas. Muchas más de las que ustedes son o serán jamás. Personas que contrajeron una deuda de sangre cada vez que ustedes asesinaban, torturaban o aniquilaban a quien osaba alzar la voz para defendernos a todos. Personas que, no lo olvide nunca, un día no muy lejano pueden estar en las instituciones que ahora se encuentran aletargadas. Y las despertarán, ya le digo yo que las despertarán. A cañonazos si es necesario. Y entonces no me gustaría ser ustedes, porque no habrá agujero en todo el planeta donde puedan esconderse.

 

No, señor Izaguirre, no. La paz que usted ofrece es la misma que la del animal harto de comer que desea descansar. En cuanto vuelva a tener hambre, ¡ay de las pobres y confiadas ovejas! En esas condiciones, no me sirve su paz, no tiene ningún valor su palabra y no creo en su compromiso para con la sociedad. El único compromiso sagrado para usted es el que tiene con sus queridos pistoleros, esos a los que como perros de caza, da órdenes para que le traigan a la presa conveniente. Pero yo sí tengo un compromiso sagrado. Uno que le debe sonar, porque lo forjó usted a fuego sin mi consentimiento. Es el pacto que usted jamás quiso hacer, y que, sin embargo, nació con  fuerza titánica. Y ese compromiso me impide hacer oídos sordos a sus continuas provocaciones, a su exaltación de los verdugos de la masacre, a su intento retorcido de manipularme con palabras donde ha cambiado usted el significado. Señor Izaguirre, no se equivoque conmigo, ni con nadie. Es cierto que en esta parte no hemos aprendido a usar pistolas, ni hemos planificado secuestros, ni hemos ejercido de torturadores. Pero en lo que se refiere a las palabras, somos los maestros que usted jamás llegará a ser. Porque las palabras no se dejan engañar por nadie, y usted no es la excepción. Ellas saben que no cree en su fuerza, ni en su valor, que son simple papel mojado en comparación con el sonido de un gatillo.

 

No obstante, yo sí creo en la fuerza de las palabras. Pregúntele  a un preso la diferencia entre “culpable” e “inocente” de boca de un juez, y verá si tienen fuerza. Pregúntele a un alumno la diferencia entre “aprobado” y “suspenso”, y verá si tienen relevancia. Pregúntele a un enfermo la diferencia entre “curado” y “terminal”, y verá si tienen poder. Las palabras alzan o hunden a las personas y al mundo que las rodea, y depende de quien las diga, el tamaño de ese mundo pasa de insignificante a relevante mundialmente. Por eso, y tenga el convencimiento de que yo lo digo sabiendo perfectamente lo que significa cada sílaba, quiero manifestarle que no acepto su palabra de que el conflicto ha terminado y no volverá a surgir. No aceptaré otra cosa que no sea la rendición sin condiciones, el cumplimiento de las penas, la desaparición total y sin vuelta atrás de sus queridos pistoleros, sus encubridores, sus financiadores, y todos aquellos que lo apoyan. No acepto que me laven el cerebro y me pidan que haga borrón y cuenta nueva. No acepto que retuerzan la palabra víctima para darle cabida a los asesinos. No lo acepto. Usted provocó que contrajera una deuda que un día, me obligaría a levantarme y decir no. Por eso, si bien ETA anunció hace más de un año el abandono definitivo de las armas, yo le anunció hoy que jamás renunciaré a las mías. No saldaré mi deuda hoy, ni mañana, ni pasado, pero llegará el día en que la salde. Téngalo presente.
 
 
 
 
 

domingo, 23 de diciembre de 2012

Esa noche especial


La Navidad es una época de grandes contrastes. Para los que somos creyentes, es tiempo de fe. Para el resto, es una fiesta de luces, colores y sonidos. Pero para todos, es época de paz y concordia. Intentamos ser mejores en estos quince o veinte días de lo que lo hemos sido en todo el año. Le deseamos felices fiestas a ese vecino que nos cae tan mal, escuchamos con paciencia a ese familiar verborreico que no soportamos, etc. No obstante, la Navidad tiene otra cara mucho menos amable. Porque también es Navidad para aquellos que no tienen nada, y que nada pueden esperar. Para los que no tienen con quien celebrarla, la celebrarán lejos de la familia o han perdido seres queridos. Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que se produzcan más suicidios que en cualquier otra época. Ni que para algunos, sean los días más amargos del año. Porque la Navidad, en última instancia, no tiene valor por sí misma. Como todo en la vida, reluce o pierde brillo dependiendo de con quién lo compartimos.

 

En mi caso, la Navidad sigue siendo una época de magia e ilusión, porque entre esos días se encuentra la noche más especial del año: Nochebuena. De niña, era noche de regalos, juegos y risas. Era, a la vez, la noche mas larga, por los regalos del día siguiente, y la más corta, por lo a gusto que me hacía sentir la compañía. Y algo mágico debe tener realmente la Navidad, porque después de tantos años, esa noche sigue siendo la más querida del año. Mi familia sigue reuniéndose, en el sentido amplio que para mí tiene la palabra, que abarca no sólo a padres y hermanos, sino a abuelos, tíos y primos. Nunca hay obstáculos para no estar, ni motivos que impidan disfrutar. Puedes sentir el amor y la alegría desde el primer saludo hasta la despedida. Y como todos tenemos la mejor de las disposiciones, esa que se lleva cuando deseas estar de corazón, las pequeñas riñas se convierten en meros intercambios de opinión que acaban en besos y abrazos.

 

Esa noche me hace recordar que soy, por encima de todo, una persona afortunada. Que poseo un tesoro de esos que no te dan ni el dinero, ni el tiempo, sino la suerte. No se puede controlar en que familia naces, pero a mí me tocó una en la que me querían, incluso antes de aprenderme sus nombres o de que supieran que clase de persona llegaría a ser. Y eso, a pesar de lo que crean muchas personas, no es algo cotidiano. Yo tuve que aprender muy pronto que los lazos de sangre, por sí solos, no significan nada. Que lo único que te ofrecen es la garantía de conocer a una serie de personas que, pase lo que pase, siempre tendrán ciertos títulos legales contigo. Pero no te aseguran el amor, ni el respeto, ni el apoyo de nadie. Si esas personas no te dan una oportunidad, o tú eres incapaz de aprovecharla, esos lazos ni significan nada. También conocí la otra cara, y aprendí que ciertas personas entran en tu vida y, aunque no estuvieran desde el principio, se ganan el lugar que otros despreciaron.

 

No, no es una época cualquiera, y esa no será nunca una noche más, porque es la que me da la oportunidad de abrazar a todas mis personas favoritas. A esas a las que me unió la suerte, pero que de haber podido elegir, seguirían siendo las mismas. Es la noche en la que doy gracias a Dios, dondequiera que esté, por permitirme crecer en una familia que me hace sentir querida por la persona que soy, aunque esté tan lejos de ser perfecta. Que me hace perdonarme mis defectos, que son muchos, y reconocer mis virtudes, sean las que sean. Que tienen sus manos extendidas hacia mí, mucho antes de yo levante la cabeza para buscarlas. Que no se sienten tan orgullosos de mis éxitos, como apenados por mis fracasos. Que dan consejos, pero no te dicen “te lo dije” si no los sigues. Que siempre escuchan lo que tengo que decir, y aunque sean tonterías, no te hacen sentir tonta. Son, como se diría aquí, “buena gente”. Personas excepcionales que me dieron un lugar en su vida y en sus corazones, mucho antes de que yo me lo hubiera ganado. Personas tan grandes, que te hacen mejor cuando las tienes alrededor, porque te ayudan a crecer. Son personas que me han enseñado a no rendirme, a buscar siempre la siguiente oportunidad, a enfrentarme a verdades dolorosas. Han sido amigos, profesores, médicos, psicólogos, confidentes y guardianes.

 

No lo digo casi nunca, y no se si lo demuestro con la suficiente claridad, pero son las personas a las que más quiero. Las que tendrán siempre un lugar en mi corazón. Serán las únicas para las que estaré siempre que me necesiten, sin que importe el horario o la distancia. Las que no tolero que critique nadie ajeno, aunque haya un ápice de verdad en la crítica. Son, en resumen, las que hacen que la palabra “familia” tenga un sentido pleno y absoluto. Por ellos, Nochebuena será siempre la noche más apreciada. Gracias, gente, por ser y estar, por vuestra presencia inmutable en mi vida, por querer y dejaros querer. Esta Nochebuena, como siempre, será un placer.