En mi caso, la Navidad
sigue siendo una época de magia e ilusión, porque entre esos días se encuentra
la noche más especial del año: Nochebuena. De niña, era noche de regalos,
juegos y risas. Era, a la vez, la noche mas larga, por los regalos del día
siguiente, y la más corta, por lo a gusto que me hacía sentir la compañía. Y
algo mágico debe tener realmente la
Navidad , porque después de tantos años, esa noche sigue
siendo la más querida del año. Mi familia sigue reuniéndose, en el sentido
amplio que para mí tiene la palabra, que abarca no sólo a padres y hermanos,
sino a abuelos, tíos y primos. Nunca hay obstáculos para no estar, ni motivos
que impidan disfrutar. Puedes sentir el amor y la alegría desde el primer
saludo hasta la despedida. Y como todos tenemos la mejor de las disposiciones,
esa que se lleva cuando deseas estar de corazón, las pequeñas riñas se
convierten en meros intercambios de opinión que acaban en besos y abrazos.
Esa noche me hace recordar que soy, por encima de todo, una persona
afortunada. Que poseo un tesoro de esos que no te dan ni el dinero, ni el
tiempo, sino la suerte. No se puede controlar en que familia naces, pero a mí
me tocó una en la que me querían, incluso antes de aprenderme sus nombres o de
que supieran que clase de persona llegaría a ser. Y eso, a pesar de lo que
crean muchas personas, no es algo cotidiano. Yo tuve que aprender muy pronto
que los lazos de sangre, por sí solos, no significan nada. Que lo único que te
ofrecen es la garantía de conocer a una serie de personas que, pase lo que pase,
siempre tendrán ciertos títulos legales contigo. Pero no te aseguran el amor,
ni el respeto, ni el apoyo de nadie. Si esas personas no te dan una
oportunidad, o tú eres incapaz de aprovecharla, esos lazos ni significan nada.
También conocí la otra cara, y aprendí que ciertas personas entran en tu vida
y, aunque no estuvieran desde el principio, se ganan el lugar que otros
despreciaron.
No, no es una época cualquiera, y esa no será nunca una noche más, porque
es la que me da la oportunidad de abrazar a todas mis personas favoritas. A
esas a las que me unió la suerte, pero que de haber podido elegir, seguirían
siendo las mismas. Es la noche en la que doy gracias a Dios, dondequiera que
esté, por permitirme crecer en una familia que me hace sentir querida por la
persona que soy, aunque esté tan lejos de ser perfecta. Que me hace perdonarme
mis defectos, que son muchos, y reconocer mis virtudes, sean las que sean. Que
tienen sus manos extendidas hacia mí, mucho antes de yo levante la cabeza para
buscarlas. Que no se sienten tan orgullosos de mis éxitos, como apenados por
mis fracasos. Que dan consejos, pero no te dicen “te lo dije” si no los sigues.
Que siempre escuchan lo que tengo que decir, y aunque sean tonterías, no te
hacen sentir tonta. Son, como se diría aquí, “buena gente”. Personas
excepcionales que me dieron un lugar en su vida y en sus corazones, mucho antes
de que yo me lo hubiera ganado. Personas tan grandes, que te hacen mejor cuando
las tienes alrededor, porque te ayudan a crecer. Son personas que me han
enseñado a no rendirme, a buscar siempre la siguiente oportunidad, a
enfrentarme a verdades dolorosas. Han sido amigos, profesores, médicos, psicólogos,
confidentes y guardianes.
No lo digo casi nunca, y no se si lo demuestro con la suficiente claridad,
pero son las personas a las que más quiero. Las que tendrán siempre un lugar en
mi corazón. Serán las únicas para las que estaré siempre que me necesiten, sin
que importe el horario o la distancia. Las que no tolero que critique nadie
ajeno, aunque haya un ápice de verdad en la crítica. Son, en resumen, las que
hacen que la palabra “familia” tenga un sentido pleno y absoluto. Por ellos,
Nochebuena será siempre la noche más apreciada. Gracias, gente, por ser y
estar, por vuestra presencia inmutable en mi vida, por querer y dejaros querer.
Esta Nochebuena, como siempre, será un placer.

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