domingo, 31 de diciembre de 2017

2017

Y la vida transcurre sin que uno apenas se dé cuenta, inmerso en la rutina de la lucha diaria. Pero pasar, pasa, cada año un poquito más rápido que el anterior, y casi sin darnos cuenta, nos encontramos preparando las uvas del año siguiente, cuando hace apenas un instante nos hemos tomado las del año anterior. También se nos hace inevitable hacer inventario del año que dejamos atrás, y nos empeñamos en enumerar las victorias, las derrotas, las heridas…

Este año, sin embargo, no quiero hacer inventario. De sobra sé las heridas sufridas a lo largo del mismo, puesto que las llevo conmigo. Y tampoco quiero darme golpecitos en la espalda por las victorias que, merecidas o por suerte, he obtenido. Porque he aprendido que, si bien cada día sé menos lo que es la vida, desde luego no es una lista. No es una carrera, ni un espectáculo, ni un drama, ni una comedia. O quizás la vida sea todo eso, y yo no sé verlo porque veo una parte cada vez y no consigo abarcar el conjunto.

No obstante, no quisiera despedirme del año, ni darle la bienvenida al siguiente, sin valorar mi suerte. A pesar de todos los pesares, este año igual que los anteriores, la fortuna se empeña en sonreírme de oreja a oreja, y yo a veces estoy demasiado cegada para verlo. A menudo me concentro más en la pequeña piedra del zapato, que en el precioso zapato que protege mi pie.

Por eso, 2017, a pesar de las ausencias y las despedidas, de los cambios bruscos y de los tropiezos, de las decepciones y las cicatrices, ha sido generoso conmigo. Por cada ausencia, me ha brindado la alegría de una nueva incorporación. Cada cambio impuesto ha sometido a prueba mi fortaleza, pero también mi capacidad de adaptación, y por desagradables que sean, han venido cargados con la esperanza de un futuro mejor. Todas mis decepciones sólo han sido la constatación flagrante de que hubo una ilusión previa, y que, por tanto, habrá siempre una ilusión posterior. Y las cicatrices, bueno, son el recuerdo constante de que siempre encuentro algo que merece la pena amar, y por lo que merece la pena sufrir. Si este año he de agradecer algo más allá del inmenso amor con el que me rodean las personas que me quieren, es el conocimiento de que por duras que sean las circunstancias o por dolorosas que sean las pérdidas, soy capaz de rehacerme siempre, y en cada nuevo renacimiento, obtengo una versión un poco mejor.

Por tanto, no tengo nada que reprocharle al año que se va, ni tengo nada que exigirle el año que viene. No espero un camino de rosas, ni un paseo por el infierno. Espero llorar de pena y de alegría; espero celebrar victorias y lamentar derrotas; que mis seres queridos me consuelen cuando lo necesite, pero también que celebren conmigo lo obtenido; espero ganar muchas más veces de las que pierda, y perder siempre con la cabeza alta y la dignidad intacta; espero no hacer daño, y si lo hago, que las consecuencias no sean más severas de lo necesaria; espero rehacerme de todo el daño que reciba, y que éste no deje después ningún rencor duradero; espero disfrutar de todo lo bueno que esté al alcance de mi mano, y no amargarme por aquello que no lo esté; espero hacer que mis seres queridos sepan cuanto les quiero, porque el amor necesita ser reconocido para ser pleno; espero no renunciar a ninguna lucha que sea digna de mi esfuerzo; espero que en cada obstáculo que me presente el año, mi valor sea siempre más fuerte que mi miedo. En resumen: espero vivir. ¿Es que acaso se puede esperar algo mejor?

domingo, 27 de agosto de 2017

Ave atque vale

Estimada Parca:

En tu última visita, te has vuelto a llevar algo que era mío. En ese momento, ocupada en hacer tu trabajo, no te diste cuenta. Tenías toda tu atención puesta en recoger con mimo a la maravillosa alma que se marchaba de mi lado. Si te soy sincera, tampoco yo me percaté. Como tú, mi atención se centraba en la peluda protagonista.

No voy a describir la triste escena, puesto que la presenciaste. Teniendo el trabajo que tienes, me imagino que aquella representación sólo fue uno de los posibles escenarios que ves constantemente. Y aunque no fue, no podría serlo, hermoso, soy consciente de que los hay peores. Después de todo, estamos condenados a enfrentarnos a ese último trámite, por lo que hacerlo rodeado de seres queridos no me parece el peor de los finales.
Tampoco es mi intención reprocharte que cumplieras con tu obligación. Sé que su tiempo se agotaba. De hecho, estoy convencida de que debías llevártela antes de lo que lo hiciste. Pero alguien, ahí arriba, debió compadecerse y nos concedió una pequeña prórroga para hacernos a la idea. ¡Y vaya si la aprovechamos! ¡Y vaya si nos ha servido! Porque aunque el resultado sea el mismo, aunque nada ni nadie pueda evitar el dolor, ni la ausencia, guardaremos siempre en nuestro corazón esas últimas semanas. Yo, por mi parte, estoy en deuda con quien me permitió despedirme de ella así, porque he comprendido que es muy importante despedirse bien de los seres queridos.

Así pues, quizás te preguntes por qué vengo hoy a recriminarte que te la llevaras. Quizás pienses que eso es lo que me has quitado. Y quizás, por una vez, te equivoques. Primero, porque no es un reproche. Segundo, porque no hablo de ella. Es cierto que te la llevaste, pero ¿acaso podías hacer otra cosa? Todos tenemos un tiempo, y yo he aprendido a fuerza de dolor, que no hay nada que pueda hacer para cambiar eso. Tú lo sabes, porque en este último año, no es la única visita que me has hecho, ni el único ser querido que te llevas.

No te recrimino nada, te doy las gracias por ayudarme a comprender. La vez anterior no pude hacerlo. Es muy difícil pensar cuando el simple hecho de seguir existiendo es un suplicio. Esta vez estaba más preparada. Por el tiempo de descuento, pero también por la experiencia adquirida. Es cierto que lo que no te mata, te hace más fuerte, y es mentira que el tiempo todo lo cura. Pero lo que sí hace es enseñarte a convivir con las heridas. Y eso también te hace más fuerte, porque no se requiere la misma fortaleza para vivir sin dolor que con él. Así que en esta ocasión, un poco más dueña de mí misma, he podido apreciar la delicadeza con la que se nos trataba tanto a ella como a los que la queríamos.

¿Qué es, entonces, lo que te has llevado que me pertenecía? Es muy sencillo. Parece que cuando uno ama, a alguien o a algo, el objeto de ese amor es propiedad del que ama. Pero es al revés. Cuando amas, tú te conviertes en propiedad del objeto de tu amor. Por eso no puedes dañarlo, ni ser egoísta. Por eso te sacrificas y su felicidad o su bienestar es la tuya. Así pues, queriéndola sinceramente como la quise, le di una parte de mí. Y al llevártela, también te has llevado esa parte, puesto que la sigo queriendo. Eso me has quitado, aunque no debías, porque yo sigo aquí.

Y ahí, querida parca, está mi única victoria en una guerra de la que no saldré con vida. Yo sigo aquí, queriéndola. Queriéndolos. Y mientras mi tiempo sea mío, mientras no sea yo la que tenga una cita contigo, eso no cambiará. Acepto que voy a ver marcharse a muchos seres queridos. Que habrá muchas heridas con las que tendré que aprender a vivir. Que moriré un poco con cada despedida, porque todos tienen un trocito mío. Pero ellos seguirán viviendo, puesto que yo tengo el trocito que quisieron darme. Eso, esta vez y todas, es más que suficiente para mantenerme luchando.

No obstante, eso no es óbice para que me duela que te hayas llevado a Ami. Por desgracia, me duele hasta el punto de que las palabras no me bastan para expresarlo. No hay un orden adecuado que pueda esbozar la magnitud del vacío que ha dejado en mi vida. Sólo puedo decir que la quiero, que la querré todos los días que me queden por delante, y que la echaré de menos cada uno de ellos. Pero no es este un dolor sin esperanza o sin consuelo. Tengo dos consuelos y una esperanza. Mi primer consuelo es que ella es. Porque el alma que miraba detrás de mis ojos vio con frecuencia al alma que miraba a través de los suyos. Por tanto, la ausencia no me convencerá de que, sea donde sea, ella es. Mi segundo consuelo es que ella me quería, y por tanto, me dio un trocito suyo. A mí no me importa si no es el más grande o el más importante. Me basta con que es suyo, y lo tengo yo. Eso me basta para tener ganas de aprovechar mi tiempo.

Mi esperanza es que un día, cuando en tu agenda aparezca mi número el primero y vengas a recogerme, me llevarás ante Él. Y si, a través de las acciones de este cuerpo, soy hallada digna, me permitirán vivir en el único paraíso que puedo concebir: aquél donde estén mis seres queridos. Entonces, dama de la guadaña, habré ganado la única guerra que importa, puesto que mientras tu recompensa será un cascarón vacío, la mía será una eternidad rodeada de amor. Dime, ¿no te cambiarías por mí? Mejor, ¿no te cambiarías por Ami? Porque no me cabe duda de que ella se lo ha ganado, y allá donde esté, me espera pacientemente, como tantos días. Para ella, es sólo una espera más detrás de una puerta diferente. Me la imagino sosegada, con la tranquilidad que le da el convencimiento de que nunca ha habido obstáculo que me impidiera llegar a ella. Créeme, ganará. Esta puerta también la abriré.

Hasta entonces, pequeña Ami, ave atque vale.

miércoles, 14 de junio de 2017

Echeverría

Ignacio Echeverría fue un héroe. ¿Qué importa que tratara de auxiliar a una mujer apuñalada o a un policía londinense abatido? Lo que a mí me importa es que en un momento de máxima tensión, cuando el instinto animal que vive en nosotros nos impone huir y ponernos a salvo, él hizo frente a los agresores para ayudar a otro ser humano.

Durante días así lo han manifestado los medios y las diferentes personalidades políticas, pasando por personajes destacados de la cultura y el mundo del deporte. Durante días se ha admirado a Echeverría como digno heredero de la raza española, de aquellos que hicieron que, durante años, nuestra Armada fuera Invencible, de aquellos que conquistaron tierras hasta ponernos como la primera potencia mundial, de aquellos que vivían bajo dominios donde nunca se ponía el Sol.

Yo comparto esta opinión, que nadie me malinterprete, pero cuando se la escucho a un político español, me deja mal sabor de boca. ¿Por qué? Muy fácil. Echeverría, al que todos califican como una persona decente, cercana, dispuesta siempre a ayudar, coherente, pacífica y cabal, cuando estaban apuñalando a personas a su alrededor provocándoles una muerte dolorosa y atroz, cogió lo único que tenía a mano y lo usó como arma contra los agresores. No se paró a dialogar, ni intentó convencerles mediante argumentos para que parasen tamaña barbarie. Respondió al fuego inmisericorde del que está dispuesto a matar, con su propio fuego. Lamentablemente, no fue suficiente, y perdió la vida.

¿Qué hacen los políticos a lo largo de todo el mundo? Hablar. Mencionan palabras como diálogo, solución pacífica o tolerancia religiosa, y en diferentes partes del mundo siguen muriendo personas de manera indiscriminada porque unos fanáticos, abastecidos por el dinero de los países musulmanes ricos, no saben vivir otra vida que no implique eliminar la de aquellos que viven de formas diferentes a ellos. Fanáticos incultos, sí, pero no desorganizados, porque la inteligencia la ponen aquellos que ponen el dinero, que cómodamente y sin mancharse las manos de manera directa, han montado una estrategia de expansión colonial que les está funcionando muy bien.
Cada día estoy más convencida de que Europa, la nueva Europa, está dejándose desangrar voluntariamente por cobardía, estupidez y falta de cultura. ¿Y qué si nuestra historia está regada de sangre? ¿No lo están todas? ¿Quién se hizo grande, quién conquistó, sin derramar ni una gota o quitar y pagar con vidas? Todas las grandes civilizaciones han tenido que luchar para ser lo que fueron. No nacieron grandes, ni fértiles, ni cultas. Les costó muchas guerras y muchas vidas conquistar primero para pacificar después. Y es en esa paz posterior, cuando está claro quién es más fuerte, donde se puede sembrar, y por eso germinó la medicina, la retórica, la agricultura, la industria… No nacieron de la nada, sino de campos regados con sangre y vidas.

Pero Europa se ha olvidado de lo que tuvo que luchar para ser lo que es. Se ha olvidado de que la democracia es un instrumento que sólo sirve si ambas partes aceptan las reglas del juego. Ha olvidado que la tolerancia es una vía de doble sentido, y que no es intolerante defenderte de quien te agrede porque no acepta tus opciones. Europa se ha vestido de complejos, y para que no piensen que falta al respeto de los musulmanes, decide faltarles el respeto a los europeos. A Europa le da miedo decir que estamos inmersos en una guerra religiosa, como si obviar la verdad transformara la realidad en la cómoda mentira que prefieren. Pero, ¿de qué sirve negarlo? ¿Para dejar que nos eliminen uno a uno donde y cuando quieran? Los dirigentes europeos, con España a la cabeza, deben admitir la cruda realidad: nos han declarado la guerra, y es por religión. En esta primera fase, los ricos se limitan a nutrir de dinero y armas a los guerrilleros para que hagan una campaña de desgaste, o lo que es lo mismo, estamos en la fase de “guerra de guerrillas”. Ataques pequeños y medianos en puntos determinados buscando debilitar al enemigo, confundirlo e inspirarle temor. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil defenderse de un ataque en masa que detectar pequeños individuos que cuentan con una gran red de apoyo. A las pruebas me remito. Lo que los dirigentes no quieren ver es que esto es sólo una fase. Cuando estemos tan débiles que no podamos oponer una resistencia seria, nos masacrarán en masa con todo lo que tengan. Porque ellos, los países árabes ricos, no están perdiendo nada. No hay atentados en esos países, ni refugiados que esquilmen su economía, ni mojigatos que prefieran morir a matar. Ellos se hacen cada vez más ricos y nosotros perdemos cada vez más dinero y más sangre en una guerra en la que no reconocemos estar.

Por eso me molesta mucho que se llenen la boca diciendo que Echeverría fue un héroe. Porque por culpa de su parsimonia, de su ineficacia y de su cobardía, mueren personas inocentes plantando cara al monstruo que no quieren detener. Y no quiero oír comentarios puristas de que en las guerras mueren inocentes. ¿Es que no están muriendo ya? ¿No era inocente Echeverría? ¿Ni las demás personas que murieron en ese ataque? ¿No eran inocentes las víctimas del atentado en Manchester? ¿Las de París? La lista es larga. Y sí, obvio los inocentes en países árabes. ¿Por qué? Porque los están masacrando los mismos terroristas que no están matando a nosotros y no son capaces de levantarse contra ellos.

Europa debe despertarse, y debe hacerlo pronto, porque por mucho que hayamos convertido el diálogo en la primera y más válida opción para la resolución de conflictos, debemos reconocer que no sirve en un conflicto donde no se puede razonar con el enemigo. Si mi adversario está dispuesto a morir matando, yo estoy dispuesta a matar para vivir. Porque no es violencia injustificada la que se usa para defender la propia vida de otro ataque. Y porque, casualmente, en esta no reconocida guerra de religión, resulta que los asesinos matan por religión. Porque su religión les permite tener a millones de personas pasando hambre, frío, sin libertad, ni acceso a la cultura… Porque su religión es intolerante, y proclama, entre otras perlas, que se debe matar a los infieles, y ellos, que en realidad no reconocen más religión que sus intereses, ni más Dios que su propia persona, se valen de ella para obtener lo que desean, sin importar el precio que deban pagar los demás.

Si Echeverría hubiera matado a todos y cada uno de los terroristas, quizás no lo llamarían héroe. Quizás hablarían del uso desmedido de la fuerza. A mí me hubiera gustado más ese escenario. Porque su vida valía mucho más que la de todos los terroristas juntos. Porque su humanidad primó sobre su instinto de supervivencia, y su lógica sobre absurdos complejos. Porque con su acción, honró a España y a todos los españoles. Porque su pérdida hace del mundo un lugar más triste, como pasa siempre que se va una buena persona. Por todo eso, espero que allá donde esté, lo hayan recibido como se merece. Pero también espero que no tengan que recibir a más como él. Espero que la única sangre europea y, especialmente, española, que se derrame a partir de ahora por esta causa sea porque han decidido exterminar a todos los terroristas y a sus proveedores, hasta que no quede de ellos ni el polvo de los huesos. Espero que la vida de las personas tolerantes se ponga por delante de las que matan por intolerancia. Espero que Europa, y España, recuerden lo que son, y en lugar de avergonzarse, saquen pecho y se defiendan. Como Echeverría.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Tambor

Tambor entró en mi vida la tarde del 5 de febrero de 2011. Y lo vi salir de ella la tarde del 16 de Mayo de 2016. Poco más de cinco años, ese es el tiempo que la vida me concedió para disfrutar de Tambor. Un tiempo muy escaso, aunque siendo franca, incluso cien años hubieran parecido un suspiro a su lado. No obstante, cuando ahora echo la vista atrás, y la verdad es que lo hago con mucha frecuencia, veo que el tiempo, aunque limitado, no podría haber estado más lleno. Quizás por eso ahora se ve tan vacío el tiempo que se extiende ante mí. Quizá por eso me esfuerzo tanto por llenarlo de lo que sea.

He sido la persona más afortunada del mundo, y lo sé porque volvería a vivir los peores años de mi vida. Lo haría porque, casualmente, han sido los años que he compartido con él. Puede que, después de todo, Dios no me haya olvidado y su milagro fuera prestarme algo que haría bueno lo peor. Eso explicaría porque hizo oídos sordos a mis súplicas y se lo llevó en un año que, si antes era malo, después de eso ha ganado la medalla de oro. Es probable que en este año de misericordia, la suya tuviera que ir destinada a Tambor, y por eso lo condujo hasta mí. Si su final estaba escrito, como el de todos, quiero creer que Él pensó que yo podría darle la vida que se merecía y que, llegado el momento, sabría acompañarlo hasta el final.

Lo malo de los grandes regalos, es que uno se acostumbra a vivir con ellos, y nunca es bueno el momento para dejarlos ir. De lo malo nos cansamos enseguida, pero de lo bueno nunca nos saciamos. Así es el ser humano y yo no soy una excepción. Así que, por mucho que me esfuerzo, aún no he perdonado a Dios del todo. Ya no siento tal rabia quemándome por dentro que, de haber una escalera hasta el cielo, yo habría echado abajo las puertas del mismo para exigir explicaciones. Ya no lucho contra una realidad que se ha convertido en la peor de mis pesadillas. Pero nada puedo hacer para suavizar el inmenso dolor que me acompaña constantemente. Por eso, lo dejo ser, e intento que no me aplaste del todo. Es lo más que puedo hacer en mis circunstancias.

Creo que puedo decir con bastante acierto que nunca he sido una persona triste. Al menos, no hasta que Tambor se fue. Ahora quiero creer que soy una persona adoptada por la tristeza, pero que aún quedan esperanzas para mí, que en algún rinconcito que todavía no encuentro, está toda la alegría perdida esperando su momento. De lo que sí estoy segura es de que he sido una persona feliz, y gran parte de esa felicidad se la debo a él. Las personas que más tratan conmigo me han escuchado decir con frecuencia “él me hace feliz”. Y era verdad. Tambor me ofreció el mejor refugio en la peor de las tormentas. Fue mi sostén contra el paro, el menosprecio laboral, la frustración y la desorientación. Cualquier decepción se empequeñecía ante un mimo suyo, y no había nada más efectivo que un abrazo para reponer fuerzas y tumbar cualquier pared. Ha sido el mejor de mis mejores amigos, siempre dispuesto a escuchar. Compañero infatigable en mis largos días de estudio, fue un apoyo constante y un buen recordatorio de lo mejor que la vida ofrece. Ha sido también un colega divertido, siempre dispuesto a corretear, escondiéndose en lugares inesperados. No me equivoco si digo que todos los días me hacía reír a carcajadas por algo. También supo ser exigente, reclamando mi atención cuando yo estaba demasiado ocupada con las urgencias y dejaba de lado lo importante. En definitiva, Tambor ha sido la criatura más luminosa con la que me he cruzado nunca, y reunía las que para mí son las cualidades que más admiro: lealtad, entrega, bondad, inocencia, y, por supuesto, un poco de rebeldía.

Tambor era mucho más de lo que yo podría describir, y su influencia en mi vida es mucho más fuerte y permanente que la de otras personas que conozco desde hace más tiempo. Supongo que es lo que pasa con la calidad, que enfrentada a la cantidad, siempre sale vencedora. Me cuesta muchísimo hablar de él en pasado, y aún tengo muchas costumbres de nuestro tiempo juntos. Después de pasar prácticamente las 24 horas juntos casi todos los días, es lo normal. Él era el último al que le daba las buenas noches, cuando lo ponía a dormir con una ración de mimos y muchos besos. También era el primero al que le daba los buenos días. Siempre estaba cerca de mí, ya fuera tumbado a mis pies si estaba sentada en la silla, o tumbado a mi lado, si ponía cojines en el suelo. A veces, era mejor estudiar en el suelo acariciándolo, porque así los dos teníamos lo que queríamos. Si me pasaba demasiado tiempo en el salón, iba a buscarme. Y tampoco era raro verlo en el cuarto de mi hermana, si yo estaba allí. No hay rincón de mi casa que no me recuerde a él, porque no hay rincón de mí que no haya hecho suyo. Sin darme cuenta, lo convertí en parte de mi equipo, y todos los planes futuros que tenía para mí, pasaron a ser para los dos. No me cabe duda de que ese es el motivo de que ahora, por primera vez en toda mi vida, me sienta sola y necesite algo más que a mí misma para llenar este maldito vacío. También achaco a eso que el mundo, que antes me parecía lleno de magia, ahora haya pasado a ser una mala fotografía en blanco y negro. Es un daño colateral más para aquellos que, habiendo estando llenos de ansías por vivir, nos convertimos un día en seres grises que viven por inercia, porque eso es lo que se espera que hagamos, procurando ocultar nuestro páramo interno con fingidas manifestaciones externas de entusiasmo, interés o alegría.

No obstante, hay cosas que, sin llegar a ofrecerme consuelo, al menos me hacen un poco más soportable vivir conmigo misma. Ser capaz de poner su bienestar antes que el mío es uno de ellas. Saber que lo acompañé hasta donde podía acompañarlo, aunque el corazón se me rompía en pedazos y hubiera dado lo que fuera por arrancármelo del pecho. Saber que se sintió siempre querido, que siempre se supo importante, que jamás se sintió olvidado y, por encima de todo, que fue feliz. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Ya que no se puede vivir eternamente, vivir intensamente, sacándole todo el jugo a lo que la vida nos ofrece, despedirse con elegancia de lo que dejamos atrás y mantener la integridad de lo que somos, evolucionando hasta formas más perfectas. Así vivió Tambor, y así se fue. Valiente, honesto, leal y entregado a sus seres queridos hasta su último aliento, acompañado de aquellos que más lo querían.

Por eso, lo recuerdo cada día. Porque ser el objeto del amor de un ser tan excepcional, del único que no ha hecho resaltar mis virtudes, sino que consiguió iluminar mis defectos, no puede caer en el olvido. Yo no puedo dejar morir un amor que me honra con su existencia. Porque estoy segura de que, allá donde esté, él sigue sintiendo lo mismo por mí. Porque si bien la muerte es más fuerte que la vida, nada puede hacer contra el amor. Así que no importa cuánto tiempo haya de soportar su ausencia, ni cuánto dolor tenga que pagar por aquello que se me concedió. Soportaré el precio que se me imponga intentando no quejarme, de la mejor manera que sepa, y cuando me toque a mí despedirme de este mundo, espero que venga él a recibirme como solía hacerlo, y que me diga: “has vivido como te enseñé a hacerlo: valiente, honesta, leal y entregada a tus seres queridos. Buen trabajo. Los demás están esperando, te has ganado descansar con nosotros”.

lunes, 2 de mayo de 2016

La vida es dura

Desde hace varias semanas, hay cuatro palabras que me rondan la cabeza. Y como suele pasar en estos casos, cuanto menos quiero pensarlas, más lo hago. Y así, día tras día, me van acompañando. Al principio, intenté ignorarlas y convencerme de que mantenerme ocupada sería la mejor manera de deshacerme de ellas. Huelga decir que no me ha servido. Por mucho que me concentre estando consciente, sé que están ahí. Ellas también saben que lo sé, y como no tienen ninguna prisa, esperan pacientemente a que me duerma. Entonces, aparecen, y yo me paso la noche soñando que las escribo. Una vez, dos, tres… hasta que me despierto. Y aunque no parece, así contado, un sueño especialmente desagradable, sino más bien aburrido, para mí es terrible porque hay algo en esas palabras que me resulta muy doloroso.

Las atroces palabas no son otras que “la vida es dura”. Y yo sé a ciencia cierta que no me estarían atormentando si la vida no me hubiera pegado un guantazo monumental. Otro más. Un guantazo, todo hay que decirlo, que duele mucho más que las lágrimas que se ha cobrado, que no han sido muchas. Porque el dolor que ha traído consigo no es un dolor agudo, de los que se alivian llorando y diciendo lo injusto que es el mundo con uno. No es un dolor al que le sirva de consuelo las palabras de nadie, por muy querida que sea la persona que las dice. Es un dolor profundo, alojado en esa parte del cuerpo que encierra el alma, semejante al dolor de la pérdida de un ser querido, aunque no igual, porque también es el eco de la muerte de algo: de un camino, un deseo, un futuro concreto, un sueño muy querido.

Cabía esperar que no doliera tanto, porque no es la primera vez que la vida me obliga a tomar otro camino diferente al que había elegido. Pero supongo que el dolor es proporcional a las ganas que tenemos de que el sueño se realice, y no a las veces que no lo conseguimos. Así, cada vez es la primera, y aún así, diferente. Por eso, para dejar de sentirlo, no me sirve esta vez lo mismo que me sirvió la vez anterior. Pero tampoco me hace lo mismo. No ha derrumbado el mundo a mí alrededor, ni me ha hecho cuestionarme la persona que soy, ni me ha anestesiado hasta que pueda lidiar con esto. Me mantiene consciente desde el primer impacto, sabiendo que cumpliré mi promesa de no ser ese tipo de persona que, superada una vez por las circunstancias de la vida, visitó el averno sin dejar el cuerpo atrás, y vuelve a recaer cada vez que los golpes son demasiado fuertes.

Y por eso, precisamente por eso, me obliga a pensar que “la vida es dura”. Porque yo sé que la responsable del golpe es la que me devuelve la mirada en el espejo, y que la vida, teniendo en cuenta lo insistente que soy cuando quiero algo, no tiene más métodos efectivos de hacerme replantearme las cosas que éste. Que si bien me ha dado tal tortazo que me duele hasta el alma, no fue ella la que tomó la decisión de andar este camino. Ni la que, hay que decirlo todo, siente que no ha dado de sí todo lo que debería. Así que cuando pienso en esas cuatro palabras odiosas, lo hago en el tono irónico del que se señala a sí mismo. Del que sabe que no tiene derecho a sentirlas, porque nunca ha pasado hambre, ni ha carecido de refugio, ni de personas que le hagan sentir querido, ni le han faltado oportunidades para educarse. Sí, no he recogido lo que esperaba, pero ¿significa eso que no tengo lo que merezco? Por extraño que parezca, me es mucho más fácil asumir que la respuesta es sí. Porque mientras el fallo esté en lo que yo haga o en lo que dependa de mí, existirá el margen de mejora. Y ese fallo puede abarcar muchas cosas, no sólo el esfuerzo. También incluye equivocarme de dirección o no tomar las decisiones adecuadas.

Así que, ¿la vida es dura? Sí, lo es. Te hace pagar todos los fallos, muchas veces, con un precio que parece demasiado alto. ¿Es difícil, injusta y carece de premios para todos los que lo merecen? Sí, sin duda. Pero también es honesta. La vida no va engañando a nadie con falsas promesas. Somos nosotros los que tendemos al autoengaño porque algunas cosas parecen así más fáciles de llevar. Es equitativa, aunque no lo parezca. Somos nosotros los que no hacemos un buen reparto de lo que da, los que acaparamos y dejamos a los demás con menos de lo necesario. La vida está llena de amor, personas que te quieren, que sufren contigo en la distancia para no agobiarte, siempre y cuando uno sea capaz de quererlas también. La vida te da asideros de lo más inesperados, y pone en tu camino a pequeños seres, incapaz de hablar tu idioma, ni ningún otro, que ponen sonrisas en tu cara y alegría en tu corazón, por malas que sean las perspectivas. La vida te brinda la posibilidad de soñar. E incluso cuando tus sueños no se han realizado, cuando has de aceptar que han de quedar en ese lugar donde guardamos aquellos sueños que nunca serán realidad, pero de los que no podemos desprendernos del todo, porque contemplarlos siempre seguirá siendo hermoso, te ofrece la posibilidad de volver a soñar. Y tarde o temprano, si uno se mantiene vivo por dentro, encuentra otro sueño por el que merece la pena arriesgarse a sufrir un dolor como éste. Aunque sólo sea para aprender que la vida, aun no siendo como uno la había planeado, tiene muchas maneras de ser maravillosa. Por eso, yo me seguiré repitiendo que la vida es dura, cada vez con un poco menos de dolor, porque ella me ha enseñado que yo soy capaz de pagar el precio que cuesta disfrutarla.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Propósitos

Que la vida, a pesar de tener cosas que son y que no son, está llena de matices, uno lo aprende con el tiempo. Y se va dando cuenta, a veces poco a poco y otras de sopetón, de que no piensa lo mismo sobre las cosas. ¿Un ejemplo? Los propósitos de año nuevo. Siempre me han parecido inútiles, y las personas que los hacían, estúpidas. Este año, sin embargo, me he dado cuenta de que la estúpida era yo.

Hay algo intrínsecamente lerdo en poner en una lista de propósitos que el año que viene quieres “encontrar el amor”, “estar delgada” o “encontrar el trabajo de mis sueños”. Como si por el mero hecho de escribirlo, el día 1 de enero se materializara tu deseo. Y no, no es que el día 1 no se haya cumplido, es que cuando no se ha cumplido el día 7 y volvemos de las fiestas, cogemos la lista, la arrugamos y directa a la basura sin contemplaciones. Y ahí se acabaron todos los propósitos para el año. Estas listas siguen pareciéndome, además de inútiles, focos de frustración. Y las personas que las hacen, además de estúpidas, me parecen vagas.

Sin embargo, hay otras listas que me merecen mucho respeto, a pesar de que hasta ahora no las había tenido en cuenta. Son listas cuyos propósitos son “dejar de fumar”, “comer sano” o “ser más amable”. Estas listas merecen mi respeto por dos razones:

1. Son listas pensadas a largo plazo. Uno no deja de fumar o empieza a comer sano de un día para otro. Es algo que tiene que hacerse o no hacerse de manera continua, día tras día.

2. Su cumplimiento está en la mano del que la escribe. Dejar de fumar, por seguir con los ejemplos, es un ejercicio basado en la voluntad del fumador. Lo mismo puede decirse de comer sano o de ser más amable con los demás. Son cosas que no dependen de la voluntad ajena o del azar, sino del propio esfuerzo.

Así que este año he decidido hacer mi propia lista de propósitos para el año que viene por dos razones. La primera razón es que mi voluntad necesita un buen ejercicio para reforzarse, y un objetivo a largo plazo que dependa únicamente de mí me parece una buena manera de conseguirlo. Últimamente he pecado de acusar en demasía a la suerte de darme la espalda, y aunque pienso sinceramente que ya va siendo hora de que se acuerde de mí, este tipo de gestos son peligrosos y potencialmente destructivos a largo plazo. Por tanto, es hora de frenar el movimiento e invertir la tendencia, ya que tengo la fuerte sensación que la acción me dará mejores resultados que la queja.
Y en segundo lugar, porque me parece algo muy bonito despedir el año y dar la bienvenida al siguiente con un acto de fe en uno mismo. Vivimos tiempos extraños, en los que la fe, en cualquiera de sus formas, está proscrita. Y, lo siento si ofendo sensibilidades, pero me encuentro con frecuencia que muchas personas carentes de fe en el plano espiritual, tampoco la tienen en sí mismas. Es como si, no pudiendo creer más que en aquello que ven, tampoco pudieran creer en más de lo que ellos son en ese momento. Yo, que tengo bastante más defectos que virtudes, no quiero privarme de mi capacidad de mejorar, y me niego a creer que esa capacidad se pierde con el tiempo. Si mientras hay vida, hay esperanza, también debe haber posibilidad de evolución, y me resultaría muy triste abandonar este mundo y darme cuenta de que me quede inmóvil y no aproveché todo lo que el mundo me podía ofrecer o que no le ofrecí lo mejor que tenía en cada momento.

Además, aunque este año sigo sin conseguir la tan deseada estabilidad laboral que llevo persiguiendo no sé ya cuanto tiempo, debo confesar que ha sido de los mejores. Me llevo muy buenos recuerdos de este año, muchos regalos que van más allá de lo que el dinero puede comprar, muchas muestras de amor, mucha felicidad. Me llevo el convencimiento de que, a pesar de mis quejas, soy una persona muy afortunada, y que mi tipo de suerte es de las permanentes, de las que dependen de lo que uno es y de lo que son los que tiene alrededor. Me llevo muchos paisajes mágicos detrás de mis ojos y las ganas de volver a verlos una y mil veces más. Me llevo la firme esperanza de que si la vida puede ser peor, también puede ser mejor, y que a veces, la diferencia es una simple cuestión de actitud. Me llevo todo lo que este año ha tenido a bien regalarme, y le dejo mi eterna gratitud y el convencimiento de que, gracias a él, la persona que lo despide es mejor que aquella que le dio la bienvenida.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Elecciones

Hablemos claro: hoy no hay nada que celebrar. Llevo desde anoche escuchando a algunos iluminados decir que España ha hablado a favor del cambio, celebrando unos resultados que en el mejor de los casos, convierte el Congreso en una bomba de relojería, y en el peor, nos avoca a celebrar elecciones en dos meses desde la sesión constitutiva de la Cámara, que se prevé para el 13 de Enero.

Todos los partidos han sacado malos resultados. Todos. El PP ha conseguido, a pesar de la crisis y de las tramas de corrupción, seguir siendo la primera fuerza política del país. No obstante, perdida la mayoría absoluta y siendo el gran enemigo a batir de la izquierda, se le pone complicado que le dejen formar gobierno, a pesar de que muchos han defendido en las elecciones municipales y autonómicas la necesidad de dejar gobernar a la lista más votada en solitario. Claro, debe ser que sólo se aplicaba porque era la suya. El PSOE, con todo lo que nos han hecho aguantar con sus primarias abiertas y su regeneración interna, ha elegido a un candidato que no ha tenido carisma ni credibilidad para llevarse los votos de su eterno rival en su peor momento. Huelga decir que si el PP ha tenido sus peores resultados de la historia, el PSOE ha ido de la mano y también se ha estrellado de manera clamorosa, por mucho que le quede la honra de ser el primer partido de la oposición, siendo el segundo más votado. Podemos tampoco tiene motivos para alzar las campanas al vuelo. Si, ha conseguido 69 escaños, pero no son suyos. En realidad, sorpresa, tiene 42. Los restantes son de partidos afines en determinadas comunidades o provincias, como Valencia o Barcelona, que cuando les han preguntado esta mañana si iban a formar grupo propio, no han dudado en decir que sí, que de formar grupo con Podemos nanai de la china, que si en los antiguos partidos decide el líder, en éste no y que sólo confluirán con Podemos en la defensa de intereses comunes. Por último, Ciudadanos. No seré yo la que diga que 40 escaños siendo la primera vez que obtienes representación sea para echarse a llorar, pero que no han conseguido la victoria que esperaban sí lo digo. A la vista de la configuración actual, su influencia queda bastante mermada, y se apostaba a que iban a tener mucha más libertad de decisión que la que de facto tendrán.

Eso por hablar sólo de los cuatro partidos más representativos en el actual Congreso. Que el problema de UPYD no era Rosa Díez ha quedado demostrado. Han obtenido los peores resultados desde su nacimiento y por primera vez en ocho años no tendrán ningún escaño. Izquierda Unida, o Unidad Popular, no ha conseguido más que dos escaños, con lo que pinta lo mismo que yo a la hora de decidir que se come en mi casa: se me escucha, pero no decido ni si hay que comprar el pan. Y luego, como siempre, tenemos los bloques nacionalistas: catalanes, vascos y canarios. Barrerán para su casa, olvidando que están en el Congreso español, donde en teoría se deben anteponer los intereses generales a los autonómicos. Aunque claro, habiendo separatistas, lo demencial no es que defiendan lo que defienden, sino que hayan podido optar a sentarse donde se van a sentar.

Configurado el panorama, ¿qué están celebrando algunos? ¿Qué nadie tiene mayoría absoluta? Pues miren, si esto fuera otro país, podría salir bien, pero siendo España, vamos a tener un circo montado durante un par de meses, y luego, tendremos que ir de nuevo a las urnas, porque nadie habrá dejado que nadie pueda formar gobierno, con el consiguiente gasto para la hacienda española, que fíjate tú, somos todos, y con la oportuna paralización de un país entero que apenas está levantando cabeza. Ojalá me equivoque, nada me gustaría más, pero pinta tal que así. Hay dos opciones para formar gobierno: por mayoría absoluta o por mayoría simple. Primera ronda, mayoría absoluta, 176 escaños que apoyen al candidato en cuestión. Creo que estamos de acuerdo que eso no se va a conseguir. Segunda ronda, mayoría simple, mas escaños a favor que en contra, no contando las abstenciones. Tampoco veo un futuro muy halagüeño para esta opción. Si es Mariano Rajoy el candidato, sólo va a contar con los 123 escaños del PP, mientras que obtendrá el no de PSOE (90 escaños), Podemos (42+27 escaños) y Ciudadanos (40 escaños). Total, 123 sí, 199 no. A los grupos minoritarios no los he contado porque intuyo que dirán que no, pero sumados serían un total de 227 no. Si por el contrario es Pedro Sánchez, hay varias opciones. Si les da a los separatistas y a Podemos todo lo que quieren (reforma constitucional para legalizar la autodeterminación de zonas de España, mayor autonomía en financiación de las que se queden, etc.) contaría con un total de 187 si (conseguiría mayoría absoluta, pero solo si todos los grupos menos PP y Ciudadanos les apoyan) y 163 no (ni PP ni Ciudadanos están dispuestos a negociar la segregación de España). También podría ser que no esté dispuesto a ceder a sus pretensiones, en cuyo caso obtendría 90 sí (su propio partido) y 260 no. Si Pablo Iglesias es quien intenta formar gobierno, los números sin los mismos que para el PSOE, ya que ni PP ni Ciudadanos van a apoyarle. Por supuesto, siendo la cuarta fuerza en el Parlamento, Ciudadanos no aspira, lógicamente, a formar gobierno. Con sólo 40 escaños y la negativa rotunda a darles a los nacionalistas lo que piden, no puede esperar más apoyo que el del PP que, lógicamente, pensará que de gobernar, debería gobernar su partido.

Sólo he esbozado algunos escenarios posibles, pero cercanos, que vamos a ir viendo en las semanas venideras. Por supuesto, la realidad será más compleja, puesto que entrando en juego las abstenciones, los escenarios varían significativamente. Por ejemplo, al PP le bastaría con los votos a favor de su partido y las abstenciones de Ciudadanos y PSOE para formar gobierno, aunque el resto de escaños vote en contra. Los demás lo tienen más complicado. Si no pactan con los nacionalistas, sus escaños por sí mismos no serían suficientes. Y en el caso de Podemos, por ejemplo, ya cuenta con el voto negativo, que no abstención, de Ciudadanos y PP, con lo que tendría que tumbar 163 no, cosa que no podría ocurrir aunque el PSOE se abstuviera, puesto que sus propios escaños más los de las restantes fuerzas sólo suman 97.
Por tanto, después de este inmenso dolor de cabeza y de cogerle un asco a la calculadora y a más de un compatriota, ¿qué carajo están celebrando algunos? ¿Qué Podemos y Ciudadanos han obtenido representación? ¿Qué ni PP ni PSOE tienen mayoría absoluta? Señores, ni el bipartidismo ha muerto, puesto que siguen siendo las dos primeras fuerzas políticas del país, ni los autollamados nuevos partidos son la panacea, puesto que no han conseguido escaños suficientes para obtener mayoría simple en el Congreso sin el apoyo de otras fuerzas. Y es normal que uno no esté muerto y otro no haya nacido con la suficiente fuerza, puesto que estas elecciones no se luchaba por la muerte del bipartidismo. Se luchaba por la reforma constitucional.

Que a la pobre Constitución la odian la mitad de los españoles y la otra mitad se aprovecha de ese odio para conseguir sus intereses personales no es nada nuevo. Claro, tiene su lógica porque no promete una paga vitalicia a nadie, excepto que consagra el sistema de pensiones. Tampoco sé de dónde ha salido que otorga el derecho a una casa. Dice que los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada, sí, y que los poderes públicos promoverán las condiciones para que este derecho se pueda hacer efectivo. Pero no pone que si no tienes recursos económicos, te van a regalar una vivienda. Vivienda que, no lo olvidemos, pagaríamos el resto de los españoles con nuestros impuestos, que ya son insuficientes para las necesidades de salud, educación y pensiones. No es por tocar las narices, de verdad, pero la Constitución también garantiza el acceso a la cultura y dice que es un derecho de todos, y yo, como mucho, pido que bajen el IVA de los libros, el cine, el teatro y demás, que repercute en el consumidor, pero no voy pidiendo que me den un cheque todos los meses para gastármelo en cultura ni que me monten una biblioteca en mi casa del tamaño que mejor me parezca.

En fin, que la Constitución, con todo, tiene más virtudes que defectos, y que los que dicen que no tiene blindados ciertos derechos, no es que no sepan de legalidad ni de Derecho Constitucional, es que ni se han molestado en aprender las nociones básicas. A ver, los iluminados de Podemos, que defendían anoche que una reforma integral de la Constitución, como ellos pretenden, no exigía disolver las Cámaras, mentían como bellacos. Voy a explicar de la forma más sencilla y clara que pueda cómo es el proceso de reforma, ya que ellos ni se han molestado en hacerlo.

1- En primer lugar, tenemos que tener claro que para una reforma de este tipo se necesita pronunciamiento tanto del Congreso de los Diputados como del Senado. Por lo tanto, debemos tener en la cabeza los 350 escaños del primero y los 208 del segundo.

2- La iniciativa reformadora puede partir de cualquiera de las dos Cámaras o del propio Gobierno. Esto quiere decir que para llevar la reforma a las Cortes, se debe llevar un texto articulado, con todo lo que eso implica. Si partimos de la idea de que por ser la Constitución, debe ser un texto consensuado entre todos, su redacción no es fácil ni rápida.

3- Si esta iniciativa ha partido del Congreso de los Diputados, el texto constitucional se votará primero en esa cámara, debiendo ser aprobado por los dos tercios de la misma. Es decir, de 350 diputados, 234 deben votar a favor. Si no consigue dicho apoyo, aquí termina el proceso.

4- Si, por el contrario, ha conseguido ese apoyo, el texto pasa al Senado, que deberá aprobarlo por idéntica mayoría de dos tercios. En el caso del Senado, siendo 208 senadores, bastaría con que lo apoyaran 139.
5- Obtenido el apoyo por ambas Cámaras, el Presidente del Congreso lo comunica al Presidente del Gobierno, que presenta al Rey el Real Decreto de disolución de las Cortes Generales. Por lo tanto, se inicia el proceso de elecciones al que estamos habituados.

6- Realizadas las elecciones, las nuevas Cortes Generales deben aprobar la decisión de las anteriores, en el sentido de pronunciarse sobre si la reforma constitucional y la posterior disolución de las Cortes era oportuna. En este caso, en el Congreso no se establece una mayoría determinada, por lo que se aplica la mayoría general para los casos no especificados, mayoría simple (más votos a favor que en contra).

7- Obtenida esta ratificación, se busca la del Senado, cuyo reglamento sí establece que deberá hacerlo por mayoría absoluta, es decir, 105 votos a favor.

8- Ratificada la decisión de las anteriores Cortes Generales sobre la necesidad de reforma y la disolución de las Cámaras, repetimos el número 3 y 4. Es decir, el nuevo Congreso deberá mostrar su aprobación al texto constitucional con el apoyo de 234 diputados, y el nuevo Senado con el de 139 senadores.

9- Conseguido esto, el texto constitucional ha de ser sometido a referéndum nacional para ser aprobado, que a falta de una mayoría específica concreta en la Ley Orgánica que regula el referéndum, se traduce en la mayoría simple.

Éste, y no otro, es el camino legal para reformar la Constitución actual. Cualquier otro camino o procedimiento sería ilegal y, por lo tanto, inválido, ya que se denunciaría al Tribunal Constitucional que dejaría dicha decisión sin validez jurídica y, por tanto, sin eficacia real. No sólo estamos hablando de un proceso largo y complejo, sino que como a muchos satisfará, exige un consenso mucho mayor que la mayoría absoluta. Por tanto, ningún partido político puede hacerlo sólo. En el escenario actual, de hecho, obtener ese número de escaños en el Congreso y en el Senado, donde no olvidemos que el PP cuenta con 124 senadores, el PSOE 47, Podemos 16, otros tres grupos 6 senadores cada uno, y otros tres grupos 1, es imposible. Aún contando con que la reforma salga adelante en el Congreso, cosa que dudo mucho, sin el apoyo del PP en el Senado, es un proyecto destinado a morir.

Muchos se echarán las manos a la cabeza y tendrán otro motivo para odiar la Constitución. Pero no tienen motivos. Si su reforma integral es difícil, es precisamente para defender los derechos fundamentales recogidos en ella (derecho a la vida, derecho a la intimidad, derecho a la igualdad, etc) y los principios que la hicieron nacer (unidad de España, solidaridad entre sus regiones, reconocimiento de las regiones que la integran). Eso es lo que ella protege con tanto celo. Y está bien que sea así, porque precisamente por proteger eso, es la norma fundamental del estado español. Es aquella de la que depende la validez de todas las demás. Es aquella que, por sí sola, invalida cualquier otra. Que nuestra Constitución no es válida porque tiene más de tres décadas es una tontería de tomo y lomo que se inventan aquellos que no saben nada ni de nuestra Constitución ni de otras. Lo importante no es lo vieja que sea, sino la calidad. Y una Constitución que después de una dictadura puso de acuerdo a todos los partidos de aquella época, o casi todos, que siempre hay alguno que rompe la baraja si no le reparten una buena mano, y ha dado cabida al matrimonio homosexual, a la protección contra las nuevas tecnologías, a la lucha contra las nuevas formas de terrorismo, entre otras cosas, a mí no me parece caduca o ineficaz. De hecho, si vamos a hablar de que ya tiene muchos años, digamos el mérito que tiene, que aguantar en España durante tanto tiempo, aportando soluciones a cosas impensables hace treinta años, es para aplaudirle cada mañana. ¿O se nos olvidan todas las demás legislaciones que van cambiando según el partido político que gobierna? Legislaciones menores, eso sí, que siempre deben respetar aquello que la Constitución protege.

A mí, sinceramente, no me parece una mala Constitución, y aunque no soy la más lista de la clase, y considero que habría alguna reforma que podría ser útil, no es la reforma que me están proponiendo. Esos derechos que quieren blindar, ya están blindados. De hecho, hacer leyes orgánicas (que las hay de cada derecho fundamental para desarrollarlos), sería el método correcto de protegerlos más. Y no necesitan todo ese proceso que he descrito. Pero claro, la autodeterminación sí lo necesita. Y al final, de eso trata esta reforma, de permitir que España se divida en porciones porque algunos quieren más dinero. Pues con mi voto que no cuenten, ni en solitario ni en colación. Y, visto el panorama que ha quedado en las Cortes y el proceso legal que deben cumplir para ello, con el de la Constitución tampoco pueden contar. Claro que eso ellos lo sabían, porque una cosa ha igualado a la antigua política y a la nueva: prometer lo que sabían que, si de Derecho es posible, de facto no lo iba a ser.