viernes, 16 de septiembre de 2016

Tambor

Tambor entró en mi vida la tarde del 5 de febrero de 2011. Y lo vi salir de ella la tarde del 16 de Mayo de 2016. Poco más de cinco años, ese es el tiempo que la vida me concedió para disfrutar de Tambor. Un tiempo muy escaso, aunque siendo franca, incluso cien años hubieran parecido un suspiro a su lado. No obstante, cuando ahora echo la vista atrás, y la verdad es que lo hago con mucha frecuencia, veo que el tiempo, aunque limitado, no podría haber estado más lleno. Quizás por eso ahora se ve tan vacío el tiempo que se extiende ante mí. Quizá por eso me esfuerzo tanto por llenarlo de lo que sea.

He sido la persona más afortunada del mundo, y lo sé porque volvería a vivir los peores años de mi vida. Lo haría porque, casualmente, han sido los años que he compartido con él. Puede que, después de todo, Dios no me haya olvidado y su milagro fuera prestarme algo que haría bueno lo peor. Eso explicaría porque hizo oídos sordos a mis súplicas y se lo llevó en un año que, si antes era malo, después de eso ha ganado la medalla de oro. Es probable que en este año de misericordia, la suya tuviera que ir destinada a Tambor, y por eso lo condujo hasta mí. Si su final estaba escrito, como el de todos, quiero creer que Él pensó que yo podría darle la vida que se merecía y que, llegado el momento, sabría acompañarlo hasta el final.

Lo malo de los grandes regalos, es que uno se acostumbra a vivir con ellos, y nunca es bueno el momento para dejarlos ir. De lo malo nos cansamos enseguida, pero de lo bueno nunca nos saciamos. Así es el ser humano y yo no soy una excepción. Así que, por mucho que me esfuerzo, aún no he perdonado a Dios del todo. Ya no siento tal rabia quemándome por dentro que, de haber una escalera hasta el cielo, yo habría echado abajo las puertas del mismo para exigir explicaciones. Ya no lucho contra una realidad que se ha convertido en la peor de mis pesadillas. Pero nada puedo hacer para suavizar el inmenso dolor que me acompaña constantemente. Por eso, lo dejo ser, e intento que no me aplaste del todo. Es lo más que puedo hacer en mis circunstancias.

Creo que puedo decir con bastante acierto que nunca he sido una persona triste. Al menos, no hasta que Tambor se fue. Ahora quiero creer que soy una persona adoptada por la tristeza, pero que aún quedan esperanzas para mí, que en algún rinconcito que todavía no encuentro, está toda la alegría perdida esperando su momento. De lo que sí estoy segura es de que he sido una persona feliz, y gran parte de esa felicidad se la debo a él. Las personas que más tratan conmigo me han escuchado decir con frecuencia “él me hace feliz”. Y era verdad. Tambor me ofreció el mejor refugio en la peor de las tormentas. Fue mi sostén contra el paro, el menosprecio laboral, la frustración y la desorientación. Cualquier decepción se empequeñecía ante un mimo suyo, y no había nada más efectivo que un abrazo para reponer fuerzas y tumbar cualquier pared. Ha sido el mejor de mis mejores amigos, siempre dispuesto a escuchar. Compañero infatigable en mis largos días de estudio, fue un apoyo constante y un buen recordatorio de lo mejor que la vida ofrece. Ha sido también un colega divertido, siempre dispuesto a corretear, escondiéndose en lugares inesperados. No me equivoco si digo que todos los días me hacía reír a carcajadas por algo. También supo ser exigente, reclamando mi atención cuando yo estaba demasiado ocupada con las urgencias y dejaba de lado lo importante. En definitiva, Tambor ha sido la criatura más luminosa con la que me he cruzado nunca, y reunía las que para mí son las cualidades que más admiro: lealtad, entrega, bondad, inocencia, y, por supuesto, un poco de rebeldía.

Tambor era mucho más de lo que yo podría describir, y su influencia en mi vida es mucho más fuerte y permanente que la de otras personas que conozco desde hace más tiempo. Supongo que es lo que pasa con la calidad, que enfrentada a la cantidad, siempre sale vencedora. Me cuesta muchísimo hablar de él en pasado, y aún tengo muchas costumbres de nuestro tiempo juntos. Después de pasar prácticamente las 24 horas juntos casi todos los días, es lo normal. Él era el último al que le daba las buenas noches, cuando lo ponía a dormir con una ración de mimos y muchos besos. También era el primero al que le daba los buenos días. Siempre estaba cerca de mí, ya fuera tumbado a mis pies si estaba sentada en la silla, o tumbado a mi lado, si ponía cojines en el suelo. A veces, era mejor estudiar en el suelo acariciándolo, porque así los dos teníamos lo que queríamos. Si me pasaba demasiado tiempo en el salón, iba a buscarme. Y tampoco era raro verlo en el cuarto de mi hermana, si yo estaba allí. No hay rincón de mi casa que no me recuerde a él, porque no hay rincón de mí que no haya hecho suyo. Sin darme cuenta, lo convertí en parte de mi equipo, y todos los planes futuros que tenía para mí, pasaron a ser para los dos. No me cabe duda de que ese es el motivo de que ahora, por primera vez en toda mi vida, me sienta sola y necesite algo más que a mí misma para llenar este maldito vacío. También achaco a eso que el mundo, que antes me parecía lleno de magia, ahora haya pasado a ser una mala fotografía en blanco y negro. Es un daño colateral más para aquellos que, habiendo estando llenos de ansías por vivir, nos convertimos un día en seres grises que viven por inercia, porque eso es lo que se espera que hagamos, procurando ocultar nuestro páramo interno con fingidas manifestaciones externas de entusiasmo, interés o alegría.

No obstante, hay cosas que, sin llegar a ofrecerme consuelo, al menos me hacen un poco más soportable vivir conmigo misma. Ser capaz de poner su bienestar antes que el mío es uno de ellas. Saber que lo acompañé hasta donde podía acompañarlo, aunque el corazón se me rompía en pedazos y hubiera dado lo que fuera por arrancármelo del pecho. Saber que se sintió siempre querido, que siempre se supo importante, que jamás se sintió olvidado y, por encima de todo, que fue feliz. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Ya que no se puede vivir eternamente, vivir intensamente, sacándole todo el jugo a lo que la vida nos ofrece, despedirse con elegancia de lo que dejamos atrás y mantener la integridad de lo que somos, evolucionando hasta formas más perfectas. Así vivió Tambor, y así se fue. Valiente, honesto, leal y entregado a sus seres queridos hasta su último aliento, acompañado de aquellos que más lo querían.

Por eso, lo recuerdo cada día. Porque ser el objeto del amor de un ser tan excepcional, del único que no ha hecho resaltar mis virtudes, sino que consiguió iluminar mis defectos, no puede caer en el olvido. Yo no puedo dejar morir un amor que me honra con su existencia. Porque estoy segura de que, allá donde esté, él sigue sintiendo lo mismo por mí. Porque si bien la muerte es más fuerte que la vida, nada puede hacer contra el amor. Así que no importa cuánto tiempo haya de soportar su ausencia, ni cuánto dolor tenga que pagar por aquello que se me concedió. Soportaré el precio que se me imponga intentando no quejarme, de la mejor manera que sepa, y cuando me toque a mí despedirme de este mundo, espero que venga él a recibirme como solía hacerlo, y que me diga: “has vivido como te enseñé a hacerlo: valiente, honesta, leal y entregada a tus seres queridos. Buen trabajo. Los demás están esperando, te has ganado descansar con nosotros”.

lunes, 2 de mayo de 2016

La vida es dura

Desde hace varias semanas, hay cuatro palabras que me rondan la cabeza. Y como suele pasar en estos casos, cuanto menos quiero pensarlas, más lo hago. Y así, día tras día, me van acompañando. Al principio, intenté ignorarlas y convencerme de que mantenerme ocupada sería la mejor manera de deshacerme de ellas. Huelga decir que no me ha servido. Por mucho que me concentre estando consciente, sé que están ahí. Ellas también saben que lo sé, y como no tienen ninguna prisa, esperan pacientemente a que me duerma. Entonces, aparecen, y yo me paso la noche soñando que las escribo. Una vez, dos, tres… hasta que me despierto. Y aunque no parece, así contado, un sueño especialmente desagradable, sino más bien aburrido, para mí es terrible porque hay algo en esas palabras que me resulta muy doloroso.

Las atroces palabas no son otras que “la vida es dura”. Y yo sé a ciencia cierta que no me estarían atormentando si la vida no me hubiera pegado un guantazo monumental. Otro más. Un guantazo, todo hay que decirlo, que duele mucho más que las lágrimas que se ha cobrado, que no han sido muchas. Porque el dolor que ha traído consigo no es un dolor agudo, de los que se alivian llorando y diciendo lo injusto que es el mundo con uno. No es un dolor al que le sirva de consuelo las palabras de nadie, por muy querida que sea la persona que las dice. Es un dolor profundo, alojado en esa parte del cuerpo que encierra el alma, semejante al dolor de la pérdida de un ser querido, aunque no igual, porque también es el eco de la muerte de algo: de un camino, un deseo, un futuro concreto, un sueño muy querido.

Cabía esperar que no doliera tanto, porque no es la primera vez que la vida me obliga a tomar otro camino diferente al que había elegido. Pero supongo que el dolor es proporcional a las ganas que tenemos de que el sueño se realice, y no a las veces que no lo conseguimos. Así, cada vez es la primera, y aún así, diferente. Por eso, para dejar de sentirlo, no me sirve esta vez lo mismo que me sirvió la vez anterior. Pero tampoco me hace lo mismo. No ha derrumbado el mundo a mí alrededor, ni me ha hecho cuestionarme la persona que soy, ni me ha anestesiado hasta que pueda lidiar con esto. Me mantiene consciente desde el primer impacto, sabiendo que cumpliré mi promesa de no ser ese tipo de persona que, superada una vez por las circunstancias de la vida, visitó el averno sin dejar el cuerpo atrás, y vuelve a recaer cada vez que los golpes son demasiado fuertes.

Y por eso, precisamente por eso, me obliga a pensar que “la vida es dura”. Porque yo sé que la responsable del golpe es la que me devuelve la mirada en el espejo, y que la vida, teniendo en cuenta lo insistente que soy cuando quiero algo, no tiene más métodos efectivos de hacerme replantearme las cosas que éste. Que si bien me ha dado tal tortazo que me duele hasta el alma, no fue ella la que tomó la decisión de andar este camino. Ni la que, hay que decirlo todo, siente que no ha dado de sí todo lo que debería. Así que cuando pienso en esas cuatro palabras odiosas, lo hago en el tono irónico del que se señala a sí mismo. Del que sabe que no tiene derecho a sentirlas, porque nunca ha pasado hambre, ni ha carecido de refugio, ni de personas que le hagan sentir querido, ni le han faltado oportunidades para educarse. Sí, no he recogido lo que esperaba, pero ¿significa eso que no tengo lo que merezco? Por extraño que parezca, me es mucho más fácil asumir que la respuesta es sí. Porque mientras el fallo esté en lo que yo haga o en lo que dependa de mí, existirá el margen de mejora. Y ese fallo puede abarcar muchas cosas, no sólo el esfuerzo. También incluye equivocarme de dirección o no tomar las decisiones adecuadas.

Así que, ¿la vida es dura? Sí, lo es. Te hace pagar todos los fallos, muchas veces, con un precio que parece demasiado alto. ¿Es difícil, injusta y carece de premios para todos los que lo merecen? Sí, sin duda. Pero también es honesta. La vida no va engañando a nadie con falsas promesas. Somos nosotros los que tendemos al autoengaño porque algunas cosas parecen así más fáciles de llevar. Es equitativa, aunque no lo parezca. Somos nosotros los que no hacemos un buen reparto de lo que da, los que acaparamos y dejamos a los demás con menos de lo necesario. La vida está llena de amor, personas que te quieren, que sufren contigo en la distancia para no agobiarte, siempre y cuando uno sea capaz de quererlas también. La vida te da asideros de lo más inesperados, y pone en tu camino a pequeños seres, incapaz de hablar tu idioma, ni ningún otro, que ponen sonrisas en tu cara y alegría en tu corazón, por malas que sean las perspectivas. La vida te brinda la posibilidad de soñar. E incluso cuando tus sueños no se han realizado, cuando has de aceptar que han de quedar en ese lugar donde guardamos aquellos sueños que nunca serán realidad, pero de los que no podemos desprendernos del todo, porque contemplarlos siempre seguirá siendo hermoso, te ofrece la posibilidad de volver a soñar. Y tarde o temprano, si uno se mantiene vivo por dentro, encuentra otro sueño por el que merece la pena arriesgarse a sufrir un dolor como éste. Aunque sólo sea para aprender que la vida, aun no siendo como uno la había planeado, tiene muchas maneras de ser maravillosa. Por eso, yo me seguiré repitiendo que la vida es dura, cada vez con un poco menos de dolor, porque ella me ha enseñado que yo soy capaz de pagar el precio que cuesta disfrutarla.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Propósitos

Que la vida, a pesar de tener cosas que son y que no son, está llena de matices, uno lo aprende con el tiempo. Y se va dando cuenta, a veces poco a poco y otras de sopetón, de que no piensa lo mismo sobre las cosas. ¿Un ejemplo? Los propósitos de año nuevo. Siempre me han parecido inútiles, y las personas que los hacían, estúpidas. Este año, sin embargo, me he dado cuenta de que la estúpida era yo.

Hay algo intrínsecamente lerdo en poner en una lista de propósitos que el año que viene quieres “encontrar el amor”, “estar delgada” o “encontrar el trabajo de mis sueños”. Como si por el mero hecho de escribirlo, el día 1 de enero se materializara tu deseo. Y no, no es que el día 1 no se haya cumplido, es que cuando no se ha cumplido el día 7 y volvemos de las fiestas, cogemos la lista, la arrugamos y directa a la basura sin contemplaciones. Y ahí se acabaron todos los propósitos para el año. Estas listas siguen pareciéndome, además de inútiles, focos de frustración. Y las personas que las hacen, además de estúpidas, me parecen vagas.

Sin embargo, hay otras listas que me merecen mucho respeto, a pesar de que hasta ahora no las había tenido en cuenta. Son listas cuyos propósitos son “dejar de fumar”, “comer sano” o “ser más amable”. Estas listas merecen mi respeto por dos razones:

1. Son listas pensadas a largo plazo. Uno no deja de fumar o empieza a comer sano de un día para otro. Es algo que tiene que hacerse o no hacerse de manera continua, día tras día.

2. Su cumplimiento está en la mano del que la escribe. Dejar de fumar, por seguir con los ejemplos, es un ejercicio basado en la voluntad del fumador. Lo mismo puede decirse de comer sano o de ser más amable con los demás. Son cosas que no dependen de la voluntad ajena o del azar, sino del propio esfuerzo.

Así que este año he decidido hacer mi propia lista de propósitos para el año que viene por dos razones. La primera razón es que mi voluntad necesita un buen ejercicio para reforzarse, y un objetivo a largo plazo que dependa únicamente de mí me parece una buena manera de conseguirlo. Últimamente he pecado de acusar en demasía a la suerte de darme la espalda, y aunque pienso sinceramente que ya va siendo hora de que se acuerde de mí, este tipo de gestos son peligrosos y potencialmente destructivos a largo plazo. Por tanto, es hora de frenar el movimiento e invertir la tendencia, ya que tengo la fuerte sensación que la acción me dará mejores resultados que la queja.
Y en segundo lugar, porque me parece algo muy bonito despedir el año y dar la bienvenida al siguiente con un acto de fe en uno mismo. Vivimos tiempos extraños, en los que la fe, en cualquiera de sus formas, está proscrita. Y, lo siento si ofendo sensibilidades, pero me encuentro con frecuencia que muchas personas carentes de fe en el plano espiritual, tampoco la tienen en sí mismas. Es como si, no pudiendo creer más que en aquello que ven, tampoco pudieran creer en más de lo que ellos son en ese momento. Yo, que tengo bastante más defectos que virtudes, no quiero privarme de mi capacidad de mejorar, y me niego a creer que esa capacidad se pierde con el tiempo. Si mientras hay vida, hay esperanza, también debe haber posibilidad de evolución, y me resultaría muy triste abandonar este mundo y darme cuenta de que me quede inmóvil y no aproveché todo lo que el mundo me podía ofrecer o que no le ofrecí lo mejor que tenía en cada momento.

Además, aunque este año sigo sin conseguir la tan deseada estabilidad laboral que llevo persiguiendo no sé ya cuanto tiempo, debo confesar que ha sido de los mejores. Me llevo muy buenos recuerdos de este año, muchos regalos que van más allá de lo que el dinero puede comprar, muchas muestras de amor, mucha felicidad. Me llevo el convencimiento de que, a pesar de mis quejas, soy una persona muy afortunada, y que mi tipo de suerte es de las permanentes, de las que dependen de lo que uno es y de lo que son los que tiene alrededor. Me llevo muchos paisajes mágicos detrás de mis ojos y las ganas de volver a verlos una y mil veces más. Me llevo la firme esperanza de que si la vida puede ser peor, también puede ser mejor, y que a veces, la diferencia es una simple cuestión de actitud. Me llevo todo lo que este año ha tenido a bien regalarme, y le dejo mi eterna gratitud y el convencimiento de que, gracias a él, la persona que lo despide es mejor que aquella que le dio la bienvenida.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Elecciones

Hablemos claro: hoy no hay nada que celebrar. Llevo desde anoche escuchando a algunos iluminados decir que España ha hablado a favor del cambio, celebrando unos resultados que en el mejor de los casos, convierte el Congreso en una bomba de relojería, y en el peor, nos avoca a celebrar elecciones en dos meses desde la sesión constitutiva de la Cámara, que se prevé para el 13 de Enero.

Todos los partidos han sacado malos resultados. Todos. El PP ha conseguido, a pesar de la crisis y de las tramas de corrupción, seguir siendo la primera fuerza política del país. No obstante, perdida la mayoría absoluta y siendo el gran enemigo a batir de la izquierda, se le pone complicado que le dejen formar gobierno, a pesar de que muchos han defendido en las elecciones municipales y autonómicas la necesidad de dejar gobernar a la lista más votada en solitario. Claro, debe ser que sólo se aplicaba porque era la suya. El PSOE, con todo lo que nos han hecho aguantar con sus primarias abiertas y su regeneración interna, ha elegido a un candidato que no ha tenido carisma ni credibilidad para llevarse los votos de su eterno rival en su peor momento. Huelga decir que si el PP ha tenido sus peores resultados de la historia, el PSOE ha ido de la mano y también se ha estrellado de manera clamorosa, por mucho que le quede la honra de ser el primer partido de la oposición, siendo el segundo más votado. Podemos tampoco tiene motivos para alzar las campanas al vuelo. Si, ha conseguido 69 escaños, pero no son suyos. En realidad, sorpresa, tiene 42. Los restantes son de partidos afines en determinadas comunidades o provincias, como Valencia o Barcelona, que cuando les han preguntado esta mañana si iban a formar grupo propio, no han dudado en decir que sí, que de formar grupo con Podemos nanai de la china, que si en los antiguos partidos decide el líder, en éste no y que sólo confluirán con Podemos en la defensa de intereses comunes. Por último, Ciudadanos. No seré yo la que diga que 40 escaños siendo la primera vez que obtienes representación sea para echarse a llorar, pero que no han conseguido la victoria que esperaban sí lo digo. A la vista de la configuración actual, su influencia queda bastante mermada, y se apostaba a que iban a tener mucha más libertad de decisión que la que de facto tendrán.

Eso por hablar sólo de los cuatro partidos más representativos en el actual Congreso. Que el problema de UPYD no era Rosa Díez ha quedado demostrado. Han obtenido los peores resultados desde su nacimiento y por primera vez en ocho años no tendrán ningún escaño. Izquierda Unida, o Unidad Popular, no ha conseguido más que dos escaños, con lo que pinta lo mismo que yo a la hora de decidir que se come en mi casa: se me escucha, pero no decido ni si hay que comprar el pan. Y luego, como siempre, tenemos los bloques nacionalistas: catalanes, vascos y canarios. Barrerán para su casa, olvidando que están en el Congreso español, donde en teoría se deben anteponer los intereses generales a los autonómicos. Aunque claro, habiendo separatistas, lo demencial no es que defiendan lo que defienden, sino que hayan podido optar a sentarse donde se van a sentar.

Configurado el panorama, ¿qué están celebrando algunos? ¿Qué nadie tiene mayoría absoluta? Pues miren, si esto fuera otro país, podría salir bien, pero siendo España, vamos a tener un circo montado durante un par de meses, y luego, tendremos que ir de nuevo a las urnas, porque nadie habrá dejado que nadie pueda formar gobierno, con el consiguiente gasto para la hacienda española, que fíjate tú, somos todos, y con la oportuna paralización de un país entero que apenas está levantando cabeza. Ojalá me equivoque, nada me gustaría más, pero pinta tal que así. Hay dos opciones para formar gobierno: por mayoría absoluta o por mayoría simple. Primera ronda, mayoría absoluta, 176 escaños que apoyen al candidato en cuestión. Creo que estamos de acuerdo que eso no se va a conseguir. Segunda ronda, mayoría simple, mas escaños a favor que en contra, no contando las abstenciones. Tampoco veo un futuro muy halagüeño para esta opción. Si es Mariano Rajoy el candidato, sólo va a contar con los 123 escaños del PP, mientras que obtendrá el no de PSOE (90 escaños), Podemos (42+27 escaños) y Ciudadanos (40 escaños). Total, 123 sí, 199 no. A los grupos minoritarios no los he contado porque intuyo que dirán que no, pero sumados serían un total de 227 no. Si por el contrario es Pedro Sánchez, hay varias opciones. Si les da a los separatistas y a Podemos todo lo que quieren (reforma constitucional para legalizar la autodeterminación de zonas de España, mayor autonomía en financiación de las que se queden, etc.) contaría con un total de 187 si (conseguiría mayoría absoluta, pero solo si todos los grupos menos PP y Ciudadanos les apoyan) y 163 no (ni PP ni Ciudadanos están dispuestos a negociar la segregación de España). También podría ser que no esté dispuesto a ceder a sus pretensiones, en cuyo caso obtendría 90 sí (su propio partido) y 260 no. Si Pablo Iglesias es quien intenta formar gobierno, los números sin los mismos que para el PSOE, ya que ni PP ni Ciudadanos van a apoyarle. Por supuesto, siendo la cuarta fuerza en el Parlamento, Ciudadanos no aspira, lógicamente, a formar gobierno. Con sólo 40 escaños y la negativa rotunda a darles a los nacionalistas lo que piden, no puede esperar más apoyo que el del PP que, lógicamente, pensará que de gobernar, debería gobernar su partido.

Sólo he esbozado algunos escenarios posibles, pero cercanos, que vamos a ir viendo en las semanas venideras. Por supuesto, la realidad será más compleja, puesto que entrando en juego las abstenciones, los escenarios varían significativamente. Por ejemplo, al PP le bastaría con los votos a favor de su partido y las abstenciones de Ciudadanos y PSOE para formar gobierno, aunque el resto de escaños vote en contra. Los demás lo tienen más complicado. Si no pactan con los nacionalistas, sus escaños por sí mismos no serían suficientes. Y en el caso de Podemos, por ejemplo, ya cuenta con el voto negativo, que no abstención, de Ciudadanos y PP, con lo que tendría que tumbar 163 no, cosa que no podría ocurrir aunque el PSOE se abstuviera, puesto que sus propios escaños más los de las restantes fuerzas sólo suman 97.
Por tanto, después de este inmenso dolor de cabeza y de cogerle un asco a la calculadora y a más de un compatriota, ¿qué carajo están celebrando algunos? ¿Qué Podemos y Ciudadanos han obtenido representación? ¿Qué ni PP ni PSOE tienen mayoría absoluta? Señores, ni el bipartidismo ha muerto, puesto que siguen siendo las dos primeras fuerzas políticas del país, ni los autollamados nuevos partidos son la panacea, puesto que no han conseguido escaños suficientes para obtener mayoría simple en el Congreso sin el apoyo de otras fuerzas. Y es normal que uno no esté muerto y otro no haya nacido con la suficiente fuerza, puesto que estas elecciones no se luchaba por la muerte del bipartidismo. Se luchaba por la reforma constitucional.

Que a la pobre Constitución la odian la mitad de los españoles y la otra mitad se aprovecha de ese odio para conseguir sus intereses personales no es nada nuevo. Claro, tiene su lógica porque no promete una paga vitalicia a nadie, excepto que consagra el sistema de pensiones. Tampoco sé de dónde ha salido que otorga el derecho a una casa. Dice que los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada, sí, y que los poderes públicos promoverán las condiciones para que este derecho se pueda hacer efectivo. Pero no pone que si no tienes recursos económicos, te van a regalar una vivienda. Vivienda que, no lo olvidemos, pagaríamos el resto de los españoles con nuestros impuestos, que ya son insuficientes para las necesidades de salud, educación y pensiones. No es por tocar las narices, de verdad, pero la Constitución también garantiza el acceso a la cultura y dice que es un derecho de todos, y yo, como mucho, pido que bajen el IVA de los libros, el cine, el teatro y demás, que repercute en el consumidor, pero no voy pidiendo que me den un cheque todos los meses para gastármelo en cultura ni que me monten una biblioteca en mi casa del tamaño que mejor me parezca.

En fin, que la Constitución, con todo, tiene más virtudes que defectos, y que los que dicen que no tiene blindados ciertos derechos, no es que no sepan de legalidad ni de Derecho Constitucional, es que ni se han molestado en aprender las nociones básicas. A ver, los iluminados de Podemos, que defendían anoche que una reforma integral de la Constitución, como ellos pretenden, no exigía disolver las Cámaras, mentían como bellacos. Voy a explicar de la forma más sencilla y clara que pueda cómo es el proceso de reforma, ya que ellos ni se han molestado en hacerlo.

1- En primer lugar, tenemos que tener claro que para una reforma de este tipo se necesita pronunciamiento tanto del Congreso de los Diputados como del Senado. Por lo tanto, debemos tener en la cabeza los 350 escaños del primero y los 208 del segundo.

2- La iniciativa reformadora puede partir de cualquiera de las dos Cámaras o del propio Gobierno. Esto quiere decir que para llevar la reforma a las Cortes, se debe llevar un texto articulado, con todo lo que eso implica. Si partimos de la idea de que por ser la Constitución, debe ser un texto consensuado entre todos, su redacción no es fácil ni rápida.

3- Si esta iniciativa ha partido del Congreso de los Diputados, el texto constitucional se votará primero en esa cámara, debiendo ser aprobado por los dos tercios de la misma. Es decir, de 350 diputados, 234 deben votar a favor. Si no consigue dicho apoyo, aquí termina el proceso.

4- Si, por el contrario, ha conseguido ese apoyo, el texto pasa al Senado, que deberá aprobarlo por idéntica mayoría de dos tercios. En el caso del Senado, siendo 208 senadores, bastaría con que lo apoyaran 139.
5- Obtenido el apoyo por ambas Cámaras, el Presidente del Congreso lo comunica al Presidente del Gobierno, que presenta al Rey el Real Decreto de disolución de las Cortes Generales. Por lo tanto, se inicia el proceso de elecciones al que estamos habituados.

6- Realizadas las elecciones, las nuevas Cortes Generales deben aprobar la decisión de las anteriores, en el sentido de pronunciarse sobre si la reforma constitucional y la posterior disolución de las Cortes era oportuna. En este caso, en el Congreso no se establece una mayoría determinada, por lo que se aplica la mayoría general para los casos no especificados, mayoría simple (más votos a favor que en contra).

7- Obtenida esta ratificación, se busca la del Senado, cuyo reglamento sí establece que deberá hacerlo por mayoría absoluta, es decir, 105 votos a favor.

8- Ratificada la decisión de las anteriores Cortes Generales sobre la necesidad de reforma y la disolución de las Cámaras, repetimos el número 3 y 4. Es decir, el nuevo Congreso deberá mostrar su aprobación al texto constitucional con el apoyo de 234 diputados, y el nuevo Senado con el de 139 senadores.

9- Conseguido esto, el texto constitucional ha de ser sometido a referéndum nacional para ser aprobado, que a falta de una mayoría específica concreta en la Ley Orgánica que regula el referéndum, se traduce en la mayoría simple.

Éste, y no otro, es el camino legal para reformar la Constitución actual. Cualquier otro camino o procedimiento sería ilegal y, por lo tanto, inválido, ya que se denunciaría al Tribunal Constitucional que dejaría dicha decisión sin validez jurídica y, por tanto, sin eficacia real. No sólo estamos hablando de un proceso largo y complejo, sino que como a muchos satisfará, exige un consenso mucho mayor que la mayoría absoluta. Por tanto, ningún partido político puede hacerlo sólo. En el escenario actual, de hecho, obtener ese número de escaños en el Congreso y en el Senado, donde no olvidemos que el PP cuenta con 124 senadores, el PSOE 47, Podemos 16, otros tres grupos 6 senadores cada uno, y otros tres grupos 1, es imposible. Aún contando con que la reforma salga adelante en el Congreso, cosa que dudo mucho, sin el apoyo del PP en el Senado, es un proyecto destinado a morir.

Muchos se echarán las manos a la cabeza y tendrán otro motivo para odiar la Constitución. Pero no tienen motivos. Si su reforma integral es difícil, es precisamente para defender los derechos fundamentales recogidos en ella (derecho a la vida, derecho a la intimidad, derecho a la igualdad, etc) y los principios que la hicieron nacer (unidad de España, solidaridad entre sus regiones, reconocimiento de las regiones que la integran). Eso es lo que ella protege con tanto celo. Y está bien que sea así, porque precisamente por proteger eso, es la norma fundamental del estado español. Es aquella de la que depende la validez de todas las demás. Es aquella que, por sí sola, invalida cualquier otra. Que nuestra Constitución no es válida porque tiene más de tres décadas es una tontería de tomo y lomo que se inventan aquellos que no saben nada ni de nuestra Constitución ni de otras. Lo importante no es lo vieja que sea, sino la calidad. Y una Constitución que después de una dictadura puso de acuerdo a todos los partidos de aquella época, o casi todos, que siempre hay alguno que rompe la baraja si no le reparten una buena mano, y ha dado cabida al matrimonio homosexual, a la protección contra las nuevas tecnologías, a la lucha contra las nuevas formas de terrorismo, entre otras cosas, a mí no me parece caduca o ineficaz. De hecho, si vamos a hablar de que ya tiene muchos años, digamos el mérito que tiene, que aguantar en España durante tanto tiempo, aportando soluciones a cosas impensables hace treinta años, es para aplaudirle cada mañana. ¿O se nos olvidan todas las demás legislaciones que van cambiando según el partido político que gobierna? Legislaciones menores, eso sí, que siempre deben respetar aquello que la Constitución protege.

A mí, sinceramente, no me parece una mala Constitución, y aunque no soy la más lista de la clase, y considero que habría alguna reforma que podría ser útil, no es la reforma que me están proponiendo. Esos derechos que quieren blindar, ya están blindados. De hecho, hacer leyes orgánicas (que las hay de cada derecho fundamental para desarrollarlos), sería el método correcto de protegerlos más. Y no necesitan todo ese proceso que he descrito. Pero claro, la autodeterminación sí lo necesita. Y al final, de eso trata esta reforma, de permitir que España se divida en porciones porque algunos quieren más dinero. Pues con mi voto que no cuenten, ni en solitario ni en colación. Y, visto el panorama que ha quedado en las Cortes y el proceso legal que deben cumplir para ello, con el de la Constitución tampoco pueden contar. Claro que eso ellos lo sabían, porque una cosa ha igualado a la antigua política y a la nueva: prometer lo que sabían que, si de Derecho es posible, de facto no lo iba a ser.

jueves, 26 de noviembre de 2015

No me toques las velas

Cuando París se tiñó de sangre, no quise escribir. No porque no tuviera nada que decir al respecto, sino porque no quería que mis palabras estuvieran llenas de una rabia que las rebajaría a la consideración de irracionales y absurdas. No quise que fueran fruto del dolor, ni del miedo. Así que decidí esperar a que pasaran los días, creyendo que a medida que se recabaran datos y se esclarecieran los hechos, podría formarme una opinión más sensata que en ese momento. Hubiera querido que mucha gente compartiera mi misma prudencia porque hoy, casi dos semanas después de la masacre, siento más rabia que aquel día. Y lo peor es que esa rabia no procede únicamente de la consideración que me merecen los culpables de la misma, sino que gran parte proviene de muchos de mis “civilizados” congéneres.

¿A quién en su sano juicio se le ocurre llamar fachas a personas que ante un acto tal de agresión cantan pacíficamente su himno nacional? ¿Quién, ante la desolación que se vivió en París, tiene estómago de acusarle por no sufrir igual por los muertos en Siria? ¿A qué anormales les molesta que se ponga la bandera de un país que ha sufrido un ataque de estas dimensiones? No habían pasado ni 24 horas del atentado, y lo que me hervía más la sangre no era enterarme de los detalles atroces de la misma, sino los comentarios estúpidos e inmaduros de gente estúpida, frívola y con una falsa creencia de superioridad moral. Bien, no voy a defender que yo soy una persona libre de defectos, pero puesto que he cumplido con creces el plazo autoimpuesto de silencio, con lo que conlleva en cuanto a tiempo dedicado a reflexión, creo que es hora de exorcizar mis demonios sobre el tema.
La inmensa mayoría de la gente es gilipollas, simple y llanamente. Totalmente gilipollas, y además, sin remedio posible. Un amplio porcentaje, además, es mala. Pero no mala en plan Disney (toma niña, muerde esta manzana y duérmete para no incordiarme más), sino mala en plan vida real (te corto la garganta para que puedas presenciar mientras mueres, en una terrible agonía, como te saco los intestinos y te los coloco de bufanda). Yo no tengo ningún problema en que la gente sea gilipollas en su propio ámbito, pero cuando esa gilipollez pone en peligro cosas que me afectan y que considero importantes, Lucifer podría aprender una o dos cosas sobre la furia asesina que siento en ese momento. Sobre todo porque esa gente gilipollas les pone una alfombra roja a la gente mala para que salten sobre pobres estúpidos como yo y nos hagan lo que les venga en gana.

Bueno, pues aquí hay una estúpida que se ha cansado de serlo y va a decir clarito un par de cosas. Por ejemplo, me importa un huevo y medio si la gente le quiere poner una velita a los muertos en París, en Beirut, en Iraq o en Pompeya. Por mí, podrían poner cirios grandes como la torre de Pisa hasta que cubrieran la tierra entera. Eso sí, los juicios de valor sobre si los demás ponemos o no ponemos velas, es mejor que se los metan por donde la espalda pierde el nombre. Y los juicios de valor moralizantes sobre la importancia y la igualdad de unos muertos sobre otros mejor no digo lo que pueden hacer con ellos. Porque lo que a mí me encanta es la congruencia de esas personas que atacan un acto de solidaridad con París que no se ha tenido con Beirut, por ejemplo, olvidando que ellos tampoco han dicho ni media palabra sobre el tema. A ver, ¿quién publicó y dónde sus condolencias por esos muertos el día que se supo la noticia? No después, para criticar la muestra de solidaridad de otros, sino el día de esas muertes. ¿Alguien buscó una foto de una vela y la subió a sus redes sociales indicando que la ponía por esos muertos? Porque, desde luego, yo no se lo vi a ninguno de mis contactos. Que sí, que Facebook permitió la opción de poner la bandera de Francia en tu foto de perfil, pero no te impide poner todos los días lo que te venga en gana sobre las personas que se mueren de hambre todos los días en Etiopía, que según la FAO, es uno de los países que más sufre esta lacra social. Tampoco impide a nadie preocuparse públicamente por las personas a las que queman vivas por sus creencias religiosas en ciertas partes del mundo.

Por mucho que moleste, nos hemos acostumbrado a ver la violencia en todas sus facetas, y eso ha llegado hasta tal punto que calibramos que violencia merece nuestro tiempo y consideración y cual no. Y eso se hace extensible a las víctimas de esa violencia. Así que sí, unos muertos valen más que otros, porque nosotros hemos dado a las circunstancias por las que pierden la vida más importancia o menos. Por eso me produce un asco especial la gente que moraliza sobre el tema, escandalizándose sobre la indiferencia con la que se trata a algunos muertos, indiferencia de la que ellos no están exentos. Sin embargo, como la mayoría del tiempo soy una persona educada, estos días me he abstenido de poner cualquier comentario en respuesta a los sermones evangelizadores en la doctrina de la igualdad en la muerte que han emitido desde sus diferentes púlpitos. No obstante, la vida siempre ofrece vías de satisfacción a los deseos, y como hoy he decidido ser todo lo maleducada que me apetezca, voy a aprovechar mi púlpito para desahogarme a fin de que tanta gilipollez no acabe con mi cordura.

Vosotros, gilipollas declarados y sin declarar, conocedores de los grados de vuestra propia doble moral o negadores de su existencia, hacedme un favor: dejad las pajas mentales para vuestro diario. Sí, ese objeto pequeño, con formato de libro y páginas en blanco, donde uno puede escribir lo que quiera sin que nadie lo lea. De verdad, el mundo va a ser girando y la humanidad no va a perder nada que merezca la pena llorarse porque la privéis de vuestros sesudos comentarios. Es más, estoy completamente segura de que el mundo sería un sitio mucho mejor si uno no tuviera que leer y escuchar a tanto subnormal. Porque sí, aunque no respondamos a vuestros comentarios, comentarios que muchas veces os permitís el lujo de poner en perfiles que no son los vuestros sino, por ejemplo, el mío, no puedo evitar que mis ojos lo lean y que la bilis se me suba por la garganta. Además, os comento en primicia que normalmente no respondo, pero bloquearlo es una práctica que estoy empezando a hacer muy a menudo, y lo único que lamento es no poder bloquear algunos perfiles del todo por razones de respeto a terceros, que a mí, desgraciadamente, cada vez me da más igual que la gente que considero gilipollas, sea lo gilipollas que la considero. En cuanto a la libertad de expresión que más de un imbécil esgrimirá en defensa de poner por escrito o decir de palabra lo que le apetezca, haya pasado por su cerebro antes que por su boca o no, he de decir que cada día lamento más que se asimile esa libertad con la mala educación, y que se esté perdiendo el concepto de vergüenza, y por ende, aumentando el de vergüenza ajena. De todas formas, por lo que a mí respecta, aviso de que pienso cortar de raíz los comentarios al respecto que se me hagan sobre el particular, haciendo uso de mi propia libertad de expresión para deciros que os vayáis al carajo, ya que el derecho que tanto os gusta me impide cerraros la bocaza, pero no me obliga a escuchar vuestras tonterías.

Lamentablemente, hay mucho personaje público, incluso y por desgracia, con relevancia en el panorama nacional o internacional, que se encuentra dentro del grupo de gilipollas iluminados a los que me refiero. Son esos del “no a la guerra”, “las bombas no son la solución” y “no se puede hacer la guerra por religión”. Bueno, joder, entonces nos sentaremos tranquilitos donde mejor nos parezca, y esperaremos a que los radicales islámicos vengan a pegarnos un tiro o nos conviertan, según tengan el día bueno o malo. Incluso he leído que alguna caricatura de persona ha señalado la conveniencia de entablar conversaciones con estos individuos que, no contentos con la muerte provocada, hacían público un video un día después amenazando que tras París, Roma y Al-Andalus (España), eran los objetivos prioritarios. La verdad sea dicha, la idea de mandar a la “señora” que ha propuesto el dialogo a Siria, Iraq o donde quieran los del Estado Islámico que se la enviamos, me seduce muchísimo. No porque vaya a resolverse así el problema, sino porque así al menos habrá una gilipollas menos que oír.

También mandaría de viaje por dichas tierras de ensueño a los de “no podemos hacer una guerra religiosa”. A ver, alelados, que la guerra no la hacéis vosotros. Ni nosotros, los países demócratas o europeos. La guerra la hacen islamistas radicales, y claro que es por religión, entre otras cosas, además de por poder, deseo expansionista, disfrute con el sometimiento y el sufrimiento ajeno y un largo etcétera. Por tanto, la cuestión no es “¿iniciamos una guerra por motivos religiosos?”, sino “¿cómo narices paramos la guerra que nos han declarado poniendo como excusa motivos religiosos”? Porque sí, habrá pringados ignorantes que se hayan tragado los cánticos sobre Alá y compañía, pero los que están al mando no lo hacen para mayor gloria de nadie que no sean ellos. Además, debemos aceptar que algunos simplemente son malvados, que disfrutan matando y mutilando, como el que le gusta pintar con acuarelas, porque otra cosa que no me trago es que se vean avocados a eso porque la sociedad no les acepta y les maltrata. Vamos a ver, que Lady Gaga no está muy normal que digamos, pero lo máximo que ha hecho es ponerse filetes como sombrero, no coger un fusil de asalto y enviar al otro mundo al que se cruzara en ese momento. Por tanto, hay otras opciones antes que unirte a una banda de asesinos internacional y me niego a ver como víctimas a cualquiera que se encuentre en la misma.

¿Lo peor de todo el asunto? Que nuestros dirigentes, conscientes de esta renuencia de la población general a la hora de aceptar que estamos en una guerra, aunque no sea una guerra de las convencionales, titubean a la hora de ser firmes. No hablo de Francia que, ante la masacre y los hechos posteriores, ha movilizado lo que ha considerado pertinente de su ejército, iniciando las labores pertinentes para recabar la ayuda del resto de países de la UE y la OTAN. Hablo de España, que no contentos con que nos mataran a unos cuantos en Madrid no hace tanto, vemos lo de París y creemos que no va con nosotros. Por favor, seamos serios. Nadie quiere que las personas que forman parte del ejército mueran en vano, pero su trabajo es exponerse a morir para que no lo hagamos los demás. Contra unos terroristas que se inmolan con tal de matar a todo el que puedan, que igual les da atentar contra un avión de militares o uno de civiles, que entran a fuego en discotecas, periódicos o bares, y cuyo objetivo final es la conversación del mundo al Islam o la muerte, yo me atrevería a decir que la vía diplomática no es una opción. Más que nada porque presupone voluntad de llegar a un acuerdo, y aquí yo solo veo con interés de sentarse a hablar a una de las partes, mientras que a la otra le va de lujo matando donde se le antoja.

Entiendo mejor que nadie el deseo de negar la cruel realidad, porque eso nos impediría vivir con normalidad, pero la espada de Damocles no deja de estar sobre nuestras cabezas por el hecho de que no la miremos. Estamos en guerra, más al estilo de una guerra de guerrillas que del modelo de la Primera o Segunda Guerra Mundial, lo concedo, pero sigue siendo una guerra. Partiendo de ese punto, debemos asumir que van a perderse muchas vidas. Muchos niños van a morir o a quedar huérfanos. Muchas mujeres serán viudas o no serán nada. Muchos hombres no volverán a ver a sus seres queridos o tendrán que superar los traumas que vivir un conflicto así en primera persona acarrea. No van a morir sólo culpables. Se derramarán muchas lágrimas y mucha sangre. Y muchos más corazones quedarán rotos de una manera cruel de los que van a dejar de latir. A cambio, la recompensa es poder seguir disfrutando del tipo de vida que hemos elegido. Ese en el que los gilipollas pueden decir lo que quieran y no se les puede cerrar la bocaza. Ese en el que nadie tiene que profesar una creencia religiosa por obligación, ni por supuesto hacer rezos de ningún tipo, ni adoptar los dictados de ninguna autoridad religiosa bajo pena de muerte. Ese que permite a las mujeres decidir si quieren casarse y con quien, cuantos hijos tener y que rama profesional les gusta más. Ese que está negando la utilización de la fuerza para no mancillar la democracia que está obligado a defender.

Yo no estoy en posesión de más verdad que la mía, coincida o no con la de otras personas. Y esta verdad me dice que estoy ante una amenaza que requiere su completa erradicación. Que, debates aparte sobre el comercio de armas, de los que ningún país está libre de pecado, se encuentra la realidad del uso de esas armas. Y puesto que las están usando para matar todo aquello en lo que creo y a todos aquellos que desean vivir en paz, igual que las vendemos o compramos, habremos de usarlas contra los radicales hasta que no quede ni uno. Las palabras en este asunto solo servirán para convencer a los indecisos en esta necesidad, no para que la parte agresora deje de agredir. Por tanto, puesto que contamos con un ejército para este tipo de cometidos, ha llegado la hora de que cumplan con su obligación. Y lo digo sabedora de que ante una orden de este tipo, actuarán con profesionalidad y arriesgarán sus vidas para salvar las nuestras, incluidas las de los gilipollas que pensarán que sus muertes no valen tanto como las de los inocentes de Beirut. Porque, pasados la inicial sorpresa de que los espías espían, y los militares matan, llegado el momento de la verdad, me gustaría ver si los iluminados, ante el cuchillo o el fusil de los islamistas, se someten dócilmente o lamentan su pasividad. Yo, desde luego, tendré la conciencia tranquila, pues llegado el caso estoy convencida de que, ante un enemigo que está dispuesto a morir para matarme a mí y a todo aquello que defiendo, yo estaré dispuesta a matar para vivir.

jueves, 22 de octubre de 2015

¿Optimista, pesimista o realista?

¿Alguna vez os han preguntado qué tipo de personas sois: optimistas o pesimistas? Imagino que sí, porque de todas las preguntas manidas que rondan por ahí, ésta es de las más veteranas. Las respuestas, por supuesto, están a la altura de la originalidad de la pregunta. Algunos se creen optimistas, otros se saben pesimistas, y cierto porcentaje se llama realista porque no están preparados para aceptar su pesimismo.

Yo no soy una excepción a la pregunta, y creo que hasta ahora, tampoco lo he sido a la respuesta. Siempre me he considerado una pesimista. Quizás porque cuando me plantean una situación, por defecto, me imagino todas las variantes negativas. No lo hago por placer, sino como mecanismo para anticiparme a los desastres. Ni que decir tiene que, saliendo del ámbito estrictamente jurídico, donde imaginar las consecuencias negativas es importante para calibrar bien tu actuación y el alcance de sus efectos, en el resto de ámbito no te sirve más que para amargarte. Estar constantemente cavilando sobre las partes oscuras del mundo y de los que viven en él es agotador y venenoso. Y lo peor de todo: infructuoso.

Por todo ello, me sorprende descubrir que estaba equivocada. Si repaso los años vividos, que quizás no son muchos, pero hay mucha vida en ellos, descubro que no soy una pesimista. Tengo momentos de pesimismo, eso sí. Estar en paro casi toda tu vida laboral activa tiene ese curioso efecto secundario del que nadie te habla. Es muy difícil ver las cosas bajo un prisma favorecedor cuando te sientes completamente desamparado porque, llegado a cierta edad en la que debías ser un activo en la ecuación, sigues siendo un pasivo. Y no importa la gente que esté dispuesta a ayudarte a sentirte mejor, porque esa sensación no nace de los demás: nace de ti. Por supuesto, las personas de tu entorno pueden hacerlo más liviano o más pesado. Pero fundamentalmente, trata de ti.

Pero hay vida antes del comienzo de la vida activa, o en su defecto, del paro. Uno tiene infancia, niñez, adolescencia, vida familiar, amigos, el primer novio, el colegio, el instituto, la universidad, tu primera mascota, tu primera pelea con tu mejor amiga, etc. Y si lo pienso, en esos tramos de mi vida, yo no he sido pesimista, sino que he tendido siempre al optimismo. O, mejor dicho, a mi versión del optimismo. Yo siempre he pensado que las cosas iban a salir bien porque me estaba esforzando en que salieran bien. Y lo hacían. Los exámenes se aprobaban, con los amigos se pasaban buenos momentos, las mascotas parecían felices, el ambiente familiar era agradable, etc. Algunas veces, las cosas no salían como yo quería, pero era tan fácil arreglarlas. Bastaba con estudiar más cuando algo se me atascaba. O con dejar de considerar amigos a los que no demostraban serlo.
Lo malo de esta versión del optimismo es que, un buen día, te das cuenta de que te has convertido en un adulto, y cuando las cosas te salen mal, ya no resulta tan fácil arreglarlas. A veces, incluso, tienes que asumir que no puedes hacerlo, y convivir con el desastroso resultado. Y entonces, cuando eso te pasa, y te dices a ti mismo que te ha salido mal porque tú no has hecho lo suficiente, te decepcionas. Empiezas a mirarte con otros ojos, y no son amables precisamente. Esas virtudes que siempre te han gustado, las conviertes en defectos. Y como defectos siempre tenemos más, tienes todo un arsenal para machacarte. Creedme, no es agradable ser el protagonista de un show de 24 horas que consiste en señalar todo aquello que has hecho mal.

La parte buena de esto, que la tiene, es que madurar es un proceso que, en contra de la creencia general, vamos desarrollando toda la vida. Puede que haya un salto importante en un momento determinado, pero el resto del tiempo, vamos perfeccionando dicho estado. A veces, desandamos camino, pero la posibilidad de aumentar el crecimiento personal siempre está ahí, al alcance de cada mano que quiera agarrarla. Así que un buen día dejas de flagelarte, porque tu espalda no es de acero y no aguanta mucho más, y recapacitas. Ves que en algunos momentos tu decisión no ha sido la que ha dado mejores frutos, pero puesto que es imposible volver atrás, te prometes pensarlo mejor en la próxima situación parecida. Intentas volver a verte de manera que, si bien tu imagen ya no es de color rosa, tus ojos no son dos enormes corazones y no te sale purpurina por la nariz cuando estornudas, tampoco te han salido cuernos en la cabeza, ni un rabo puntiagudo, y el tridente lo puedes soltar porque, por si no te acuerdas, era parte del disfraz del último carnaval al que te dignaste ir.

Y la vida sigue, como ha seguido durante el tiempo que tú no has estado participando de manera positiva en ella, porque sí que es justa y no se para por nadie. Además, es sabia, porque seguir es la única manera de que tú, llegado el momento, sigas o te bajes. Personalmente, creo que es preferible seguir, pero entiendo que es una elección que le corresponde hacer a cada uno. Por otro lado, como esta visión de la vida es a través de mis ojos, vamos a optar porque sigue, para que pueda responder ahora a la pregunta que hice al comienzo.

Si me lo planteo hoy, ahora mismo, si me considero positiva, negativa o realista, no me encuentro cómoda en ninguna de las tres categorías. Primero, porque para ser positiva debería vivir mucho más tiempo en los mundos de yupi del que vivo. Segundo, porque no visito con la frecuencia necesaria los círculos del infierno para considerarme negativa. Y tercero, porque sigo diciendo que el realismo es una suave mentira que se dicen los pesimistas no confesos. A día de hoy, lo único que se ha probado de la objetividad, es que cada uno tiene su propio baremo. Podemos jugar a eso de las mayorías para saber cuando una opinión es objetiva o no, pero siendo honesta, a veces lo que se puede predicar de ciertas mayorías no es su capacidad de ver el mundo tal como es, sino su capacidad de verlo con una total falta de inteligencia. Hablando mal y pronto: para sufrir estupideces ajenas, mejor sufro la mía, que le tengo más cariño.

¿Conclusión? He tenido que inventar una nueva categoría: el esfuerzismo. ¿Y qué es? Bueno, además de una palabra inventada que la RAE aprobará sin duda nada más conocer su existencia, es aquella corriente que cree que la vida te va a salir bien dependiendo del esfuerzo que inviertas. O no. A veces, quizás muchas, te va a salir mal. Pero al final, y ese final puede ser al final del curso, de la carrera profesional, o incluso, de la misma vida, te verás recompensado proporcionalmente en base al esfuerzo invertido. ¿Lo mejor? Puedes ser un esfuerzista positivo (piensas que sus esfuerzos siempre tendrán fruto) o negativo (piensan que sus esfuerzos nunca tendrán frutos o, directamente, son tan conscientes de lo vagos que son, que no se hacen ilusiones). Yo, de momento, soy esfuerzista positiva. A pesar de los pesares, sigo pensando que tarde o temprano conseguiré mis metas. Algunas son muy ambiciosas, es cierto, pero como de momento parece que me queda mucho tiempo en el mundo para esforzarme, mantengo mis esperanzas.

Lo mejor de todo, es que no necesitas ser siempre positivo o negativo para ser un esfuerzista. Basta con esforzarte en lo que hagas, sea lo que sea. Yo, por ejemplo, que últimamente he pecado de esfuerzista negativa, voy a invertir la tendencia y me voy a recordar no el tipo de persona que soy, porque mirarse tanto el ombligo es malísimo, sino el tipo de persona que me gusta, y al que con el tiempo, aspiro a parecerme.

Me gustan las personas amables, que te saludan por la mañana con una sonrisa aunque hayan pasado una mala noche. Me gustan las personas educadas, que todavía dicen gracias y por favor. Me gusta la gente que sabe cuando tiene que pedir perdón, y lo hace de corazón. También me gustan los que, aún tardando un poco más en rectificar, lo hacen. Me gusta la gente que es más lista que yo, porque su contacto me hace aprender algo nuevo siempre. Me gustan aquellos que, sin gritar, son capaces de transmitirte la fuerza de sus convicciones, porque esos son los que me hacen plantearme lo que daba por sentado. Me gusta la gente con la que puedes hablar horas, sin pretensiones de convencer ni ser convencido, porque comparten el placer de construir buenos argumentos. Me gusta la gente que vence al sistema respetando las reglas, porque me admira el nivel de compromiso, fortaleza y pasión que deben poner en ello. Me gusta la gente que se enfrenta al status quo cuando no lo hacen por el placer de la rebelión, sino con el convencimiento de que un status quo diferente traerá más beneficios para todos y no sólo para sí mismos. Me gusta la gente que tiene fe, no importan en donde la deposite, y la mantiene. Me gusta la gente que lucha por una causa que cree que merece la pena. Me gustan las personas que luchan porque otros tengan una vida mejor.

Y en un ámbito personal, porque no sólo me gustan personas ajenas, me gusta mi hermana, que es capaz de mirar las cosas más simples con unos ojos totalmente nuevos (y a estas alturas del mundo, eso es un gran mérito). Me gusta mi madre, que no culpa a la vida de sus errores, pero tampoco se ha dejado doblegar por ellos. Me vuelve a gustar mi madre, que me ha enseñado a no darme nunca por vencida y a mirar a la verdad de frente, por muy dolorosa que sea. Me gusta mi padre, que cree que para mí nada es imposible. Y me vuelve a gustar mi padre, por enseñarme algo tan importante como que la sangre no hace a la familia. Me gustan mis abuelos, por enseñarme las diferentes maneras de sobrevivir al horror y no ser una víctima de él. Me gustan mis tíos, que son expertos en hacerte sentir bien recibida allá donde te encuentren y sea cual sea la situación. Me gustan mis primos, que son a ratos amigos, y siempre hermanos. Me gusta mi familia, porque a pesar de no haberla elegido, tengo la inmensa suerte de saber que, de haberlo hecho, serían casi los mismos que son. Me gusta Ami, que me ha enseñado el sublime arte de la indiferencia, pero también el del amor independiente. Me gusta Tambor, que me da cada día una lección nueva sobre la ternura. Me gusta Ágata, porque nunca está demasiado cansada para demostrarle a las personas que quiere, cuanto las quiere, y me honra contándome entre ellas. Me gustan Nala y Bogie, porque aun sin estar, están, y siempre serán contados como parte de la familia.

Termino el ejercicio de memoria diciendo que me gusta la vida, en general, y la mía, en particular. Aun desastrosa y a medio hacer, no puedo quejarme. ¿Quién podría? Es cierto que carece de estabilidad laboral y de independencia económica, con todo lo que eso conlleva. Pero está llena de arte, de literatura, de pasión, de esfuerzo, de retos por conseguir, de posibilidades, de amor… De vida.

domingo, 18 de octubre de 2015

María Jesús Campos Barciela

María Jesús Campos Barciela no ha salido en los telediarios. Ningún programa de televisión se ha interesado por su persona o su labor profesional. Los periódicos la han mencionado de pasada, y en algunos casos, omitiendo su nombre. Pero es una persona que merece conocerse. Esta mujer, jueza del Juzgado de lo Penal número 8 de Palma, es una pionera. Y ya que los medios no le dan la publicidad que merece, yo sí voy a rendirle homenaje desde aquí.
Hace unos meses, asistimos conmocionados a la noticia del malnacido, porque no tiene otro nombre, que la emprendió a golpes con su caballo después de una mala actuación en una competición, provocándole la muerte. Ninguno de los que contempló tan macabro espectáculo tuvo redaños de interponerse entre la bestia y el pobre animal. Y todos pensábamos que dicho caso se solucionaría con una multa o trabajos en beneficio de la comunidad. Pero la Magistrado Campos nos sorprendió, y a pesar de la petición de la defensa de que se transmutara o suspendiera la pena de ocho meses de cárcel, la mantuvo.

Ahora, un tiempo después, ha vuelto a pronunciarse en otro caso de maltrato animal. Ahora no era un caballo muerto por apaleamiento, sino un perro muerto por inanición. La bestia que lo tenía, supongo que cansada del pobre can, lo había atado con una cuerda muy corta en el patio, de tal forma que no podía apenas moverse, ni refugiarse de las inclemencias del tiempo, y lo estaba matando de inanición. Una denuncia puso el caso en manos de la policía, que a pesar de llevar al perro a una protectora, sólo pudieron ofrecerle al animal morir en manos más amistosas que las del salvaje que lo había sometido a semejante tortura. Nuevamente, la defensa del acusado pidió la transmutación o la suspensión de la pena, y nuevamente se ha dado de bruces con la negativa de la Magistrada Campos, que ha mantenido firme su decisión de condenarlo a un año de prisión.

Por supuesto, no dudo que las defensas de ambos casos hayan planteado rápidamente un recurso a las sentencias impuestas por la Magistrada. Tal es su derecho, y así lo habrán ejercido. Puede, incluso, que no lleguen a pisar la cárcel demasiado tiempo si se tramitan con cierta rapidez. Pero entrar, entrarán. Y todo porque existe una Magistrada que, amparándose en las disposiciones de la ley, así lo ha decidido. Porque en opinión de esta mujer, “hay que evitar la sensación de impunidad en estos casos y hacer que la pena tenga un efecto de frenada frente a casos venideros, ya que la suspensión de la misma provoca un mensaje tan antipedagógico que el sujeto no dudará en repetir su conducta en un momento posterior”.

Por supuesto, partimos de que las penas contempladas en la ley son insuficientes. ¿Multa de un mes a seis por abandonar a un animal? ¿Prisión de tres meses y un día a un año por maltratarlos? Si lo comparamos con las penas que imponemos a los que lesionan, maltratan, torturan o provocan la muerte de personas, son ridículas. Pero lo resaltable del hecho no es que las penas sean pequeñas y necesiten ser aumentadas. Lo importante es que hay una Magistrada que entiende la necesidad de aplicarlas con toda su dureza, sin transmutarlas en trabajos en beneficio de la comunidad ni suspenderlas.

Nos quejamos continuamente de la creciente brutalidad que impera en la sociedad. Nos escandalizamos por cada mujer que muere a manos de su antigua o actual pareja. Nos horrorizamos por los niños que son maltratados, sometidos a abusos, asesinados. Y lo curioso es que nos preguntamos el origen de la violencia, achacándola al cine o los videojuegos. Pero nunca nos responsabilizamos a nosotros mismos, a nuestra pasividad, a nuestro poco interés en que los niños reciban una educación completa y los adultos un castigo ejemplar ante cualquier acto de crueldad.

Hay numerosos estudios que indican que la crueldad hacia los animales es un síntoma de una agresividad interna peligrosa. Entre los criminólogos, es un rasgo básico del perfil del psicópata. No olvidemos que el psicópata no es una persona con una enfermedad mental, sino alguien que sabe los límites entre lo que se debe hacer y lo que no, y decide conscientemente rebasarlos porque la acción no consentida le produce placer. Bien, está claro que a los psicópatas no vamos a disuadirlos de que maltrate animales poniéndole grandes penas, pero, ¿y al maltratador de mujeres? ¿Es posible disminuir estos casos si se les educa en el respeto hacia todos los seres vivos? ¿Si se le enseña que el sufrimiento de un perro importa, y que se debe evitar, es que no lo hará con una persona?

Yo no creo que a todo el mundo tenga que gustarle los animales. Pero no me parece que sea contradictorio no gustarte y no hacerles daño. A mi cada día me gustan menos las personas, y de momento, no he cogido un palo para demostrarlo. Opto por la vía sana: me relaciono sólo con quien me agrada o con quien no me queda más bemoles que relacionarme. De igual modo debería pasar con los animales. La ley, por fin, los contempla como seres con entidad física y psíquica, y por ende, capaces de sufrir como cualquier otro ser vivo. Y en esa capacidad es en donde radica la necesidad de protección. Por tanto, lo que la ley deplora es la crueldad y la brutalidad, ya sea hacia animales o hacia personas. Y siendo esto lo que la ley persigue, y sabiendo como sabemos todos las terribles consecuencias que se derivan de ignorar estas conductas, es un hecho agradable e importante que existan Magistradas como María Jesús Campos Barciela, capaces de señalar la crueldad allá donde se manifieste y de hacer lo justo en la medida que la ley lo permite. Señora Magistrada, con todos mis respetos, gracias, y ojalá su ejemplo sirva para que muchos más acepten una realidad innegable: detener la deshumanización del ser humano es una labor que empieza deteniendo la crueldad contra los animales.