jueves, 26 de marzo de 2015

Germanwings

A veces, uno no se puede aislar del sufrimiento ajeno. Por mucha práctica que tengamos, y la tenemos, llega una situación que se convierte en la gota que colma el vaso, y de golpe sentimos todo el dolor del que habíamos huido porque pensábamos que no era nuestro. Algo así me ha pasado a mí con el accidente de avión de Germanwings.

Personalmente, detesto los aviones, y envidio a las personas a las que volar les da una sensación de libertad. A mí sólo me da dolor de estómago y ganas de salir corriendo. Pero volar, si la ocasión lo merece, vuelo. Me agarro al asiento y rezo a cualquier poder superior que pueda oírme que no sea mi día, o que lo sea en el sentido de llegar bien, o que no sea el día de los pilotos, o que lo sea en el sentido de que les salga un vuelo de los sosos, sin complicaciones ni anécdotas. Y siempre, siempre, me imagino que el avión se estrella. Y así, recordándome que el avión es el medio de transporte más seguro, y que tengo muchas más posibilidades de terminar mis días en un accidente de coche, voy pasando los minutos hasta que llega el ansiado momento de bajar a tierra, la cual no beso, pero más por vergüenza que por falta de ganas.

Sin embargo, los accidentes pasan. Crecemos sabiendo que la vida es una continua lucha contra la muerte. Lucha que, para colmo, sabemos que tenemos perdida. Pero aún así, luchamos, porque ¿qué otra cosa podríamos hacer? Ciento cincuenta personas perdieron esa lucha el pasado martes. La muerte, que dicen que es justa pero que no conoce la compasión, los tenía en su lista y pasó a recogerlos. Entre esas personas se encontraban dos bebés, dieciséis estudiantes, un voluntario de una asociación a favor de los galgos y, probablemente, cinco galgos que iban a ser adoptados en Alemania. ¿Total? Ciento cincuenta y cinco vidas. Porque aunque a nosotros no nos parezca igual de importante, la vida de los galgos también estaba en la lista de trabajo de la muerte para ese día.

Pero hoy no es momento de hablar de la igualdad de los animales. Baste con mencionar que ellos también han muerto, y que su lucha es la misma que la nuestra. Hoy es momento de ser solidarios, aunque sea así, desde una distancia tan lejana que hace imposible aportar algún consuelo. Hoy es momento de ponerse en la piel del que se queda aquí sufriendo la pérdida. Y en ellos pienso cuando escribo esto. No es que no me importen los que han fallecido, pero ellos están ahora más allá del dolor. No sabemos si pasaron miedo, ni cuanto sufrieron hasta morir. No sabemos si fue rápido, o si alguno sobrevivió un tiempo después del impacto. Pero que se ha terminado, eso sí lo sabemos. Supongo que, por pura estadística debe ser así, habría algunas buenas personas entre ellos. Siempre es una pérdida general que el mundo pierda a este tipo de personas. ¡Hay tan pocas! Pero también se van. Ser bueno no te exime de morir. Ni siquiera te concede aplazamientos. Así que hay que lamentarlo, aunque sólo sea un momento, porque es el único tributo a nuestro alcance.

Dicho esto, me produce mucho más dolor pensar en los familiares. Supongo que me cuesta menos empatizar con quién aún está aquí, porque yo sigo aquí. Me imagino la conmoción al oír la noticia. La angustia de las horas posteriores, aún con un atisbo de esperanza, aún pensando que la vida no puede ser tan cruel y que los milagros son posibles. Y luego, en algún momento, el horror total al ver el escenario, y el dolor absoluto de la pérdida. Yo, que nunca he perdido a una persona, aunque sí a seres queridos, puedo percibir un eco de ese dolor. Ver la nada que se abre ante los ojos de uno. No la que se ve mirando el precipicio desde arriba, no. La que se ve cuando uno está abajo y levanta la cabeza. El dolor constante en el pecho, en la garganta, y en partes del cuerpo que ni siquiera existen. El llanto que no sirve para aliviar, sino que es como el viento que alimenta la hoguera. Esa sensación de estar consumiéndote sin ser consumida, porque no llega a terminar, y aunque parezca imposible, nunca acaba. Y te ves aguantando todo eso una hora, y otra más, y otra más, hasta que el tiempo pierde todo su sentido.

Supongo, o eso espero, que esas personas, esos familiares, esas víctimas colaterales del trabajo hacendoso de la muerte, estarán atendidos por psicólogos y demás personal cualificado para colaborar en este tipo de tragedias. Aunque yo me pregunto, ¿cómo puedes ayudar a alguien que está luchado cada segundo contra el dolor de seguir respirando? ¿Qué puede uno decir o hacer a una persona que no puede pensar, que ni siquiera oye? ¿Será un alivio saber las causas del accidente o dará igual? Si hay detrás un error humano, o uno técnico, o uno achacable a una persona de la compañía, ¿cuánto consuelo proporcionará el castigo del culpable? Y si no hay nadie a quien culpar, ¿se vuelve más difícil seguir viviendo? ¿Más aún de lo que la ausencia del ser querido lo ha hecho?

Yo no tengo respuesta a ninguna de esas preguntas. No puedo tenerlas, porque no he perdido a un ser querido en ese accidente. Tampoco creo que haya una respuesta válida para todos. Igual que no sentimos el amor del mismo modo, que cada uno introduce en su forma de querer ciertos matices personales, no creo que el dolor sea el mismo ni las formas de apaciguarlo. Sólo puedo ofrecerles un eco de su inmenso dolor, el vislumbre de lo que yo podría sentir si fuera uno de ellos, y mi compasión, porque en esta vida uno nunca sabe cuando le van a venir las cartas mal dadas, y cualquier día me tocará a mí perder la mano. Saber que uno no está sólo en el sufrimiento no es una cura automática, pero servir a largo plazo, sirve. De alguna manera, el sentimiento se abre paso hasta el corazón, y a pesar de que uno sigue sintiendo mucho dolor, sin saber cómo, sin haberse dado cuenta de que se sentía así, deja de sentirse solo. A partir de ese momento, uno va dando pequeños pasos hasta la cima del abismo. Y sale, uno sale de ahí, porque no le queda otro remedio. Es un camino muy largo y muy doloroso, pero es un camino vital. Y lo andamos, porque no hacerlo significaría dejar de querer a los que queremos, y porque los queremos, estamos dispuestos a pagar el precio que su ausencia nos provoca.

Para ellos, para los familiares, no hay más enseñanza al final de su doloroso camino que esa: amar a quienes amamos y a lo que amamos, compensa todos los sufrimientos. Aunque en algunos momentos, parezca imposible. Para el resto, para los que somos testigos indeseados de tanto dolor, la enseñanza es diferente. Para nosotros, para mí, la enseñanza es que tenemos que esforzarnos por querer mejor. No hace falta decirles a las personas que las quieres todos los días, pero si puedes, hazlo. Y no te quedes ahí. Vive tu vida transmitiendo con tus actos a los que quieres, eso, que los quieres. Ninguna palabra hablará nunca más alto que un acto, por mucho poder que las palabras tengan, pero eso sí, cuando ellas los refrendan, son imparables. Así que hagámoslo. Queramos más y mejor, y no nos dejemos fuera de esa ecuación. Querámonos. Pensemos en aquello que queremos para nosotros, en aquello que nos hace felices, y apostemos por ello. Como ocurre con las personas, el sufrimiento por conseguirlo, si realmente es lo que anhelan nuestros corazones, compensará los sacrificios.

La vida no es fácil, ni amable, ni solidaria. Pero tampoco es cruel, ni fría, ni injusta. La vida es, y los humanos somos los que ponemos los adjetivos. Y nadie puede poner nada que no tenga. Así que, ya que no estamos exentos de sufrir desgracias, hagamos que merezca la pena sufrirlas. O si son ajenas, hagamos que sea más llevadero padecerlas. Al fin y al cabo, todos tendremos que pagar el precio tarde o temprano, qué menos que fijar nosotros la cantidad.

domingo, 15 de marzo de 2015

Querida Depresión

Querida depresión:

Gracias. Supongo que no es lo que esperabas oír, pero en justicia, es lo que te mereces. Si te soy sincera, tampoco yo esperaba sentirme así con respecto a ti, pero la vida es extraña y sorprendente. Por supuesto, eso no quiere decir que esté satisfecha con tu compañía. En absoluto. Has sido lo peor y, de un modo raro, también de lo mejor por lo que he pasado, pero nuestro tiempo ha llegado a su final. Por eso te escribo esta carta, para señalizar de manera clara el punto final de nuestra relación.

No sabría decir exactamente cuando llegaste a mí. Tu presencia me paso inadvertida. Sabía que algo no estaba como debía, pero sometida a las presiones cotidianas de los tiempos con los que nos ha tocado lidiar, no te identifiqué. Había oído hablar de ti, claro, y conocía a gente con la que habías estado, pero no me sirvió. Creo que el problema es que no eres igual con todas las personas, aunque tú siempre seas la misma. Además, guardas ciertos ases en la manga que hacen que la partida no sea justa. ¿Cómo iba yo a imaginarme que mi tristeza no era una más de esas tristezas que a veces te asaltan, pero que luego se marchan sin más? ¿O que mi desilusión tenía raíces que iban más allá de lo lógico? O que por primera vez en toda mi vida, la desesperanza iba a derrumbar los gruesos cimientos sobre los que había construido mi manera de enfrentarme a las cosas. Pensé que era una mala racha, que los sentimientos se irían, como tantas otras veces, igual que habían venido. Pero no fue así, porque no vinieron solos. Tú venías con ellos, y de ellos te serviste para hacerte un hueco dentro de mí.

Debo decir que conmigo hiciste una jugada maestra. No he tenido una vida difícil, pero sí estoy acostumbrada a tratar con la adversidad en sus diferentes facetas. Siempre he sabido que la vida no es perfecta, que los problemas existen y que nadie es ajeno, pero nací con una actitud combativa por naturaleza y, además, me educaron para plantar cara a las dificultades. Y eso hice, o creí que hacía, aunque no obtuve resultado. No entendía por qué no mejoraba. Es más, no entendía porque yo iba a peor, cuando la situación prácticamente era más o menos la misma. No lo entendí hasta mucho después, pero entonces supe que algo más me pasaba y que si quería salir de donde estaba, iba a necesitar algo más de lo que tenía en ese momento. Y pedí ayuda, porque la necesitaba, y la caballería acudió presta a socorrerme.

Ahora, tanto tiempo después, entiendo que esa fue mi primera victoria. La primera vez que recuperé un poco del terreno que habías hecho tuyo, porque no es lo mismo recibir ayuda cuando crees que no la necesitas, o cuando otros te dicen que la necesitas. Lo que funciona, la única vía posible para salir de un agujero así, es creer que necesitas ayuda, pedirla y aplicarla en tu beneficio. Afortunadamente, llegó en el momento crítico. Si hubiera tardado un poco más, entendido como un periodo de días y no de semanas más, no habría podido hacerlo sin medicación. De hecho, la primera semana de tratamiento, no estuvo muy claro que la medicación no fuera a ser necesaria. Y así se me dijo. Y creo que fue bueno que se me hiciera consciente de ello, porque saber realmente lo profundo que era mi dolor era lo que yo necesitaba. Siempre he sido del tipo de persona que prefiere saber el conjunto en lugar de datos aislados que omitan las peores partes. Me preparo mucho mejor cuando se que es lo que tengo delante. No digo que sea el mejor método, pero desde luego, es el que me funciona. Y me funcionó una vez más. Me propuse aplicarme con uñas y dientes para salir de donde estaba, por muy doloroso que pudiera resultar el proceso. Y lo fue. Nunca he sentido tanto dolor ni durante tanto tiempo. Nunca he perdido tan absolutamente la fe en mí y en mis capacidades. Y nunca, nunca jamás, me he sentido tan insegura sobre el futuro o la vida, tan absolutamente perdida en el mundo. Como si yo fuera el microbio más pequeño de todo el universo y nada se pudiera hacer para remediarlo.

Tú, depresión, has sido lo más difícil que he tenido que afrontar hasta el momento. Quizás porque por una vez, el enemigo era yo, y no algo externo. Me has hecho tener la guardia levantada contra mí constantemente. No me has dejado sentir tristeza, porque siempre venía mezclada con otras cosas. No me permitías llorar, porque no traía alivio consigo, no era un desahogo para mí, sino una maldita arma usada en mi contra. Me hiciste tener que desterrar de una manera radical cualquier tipo de duda, por muy lógica o constructiva que fuera, porque tú las convertías en algo punzante que no me dejaba avanzar. Te alimentaste de todo aquello negativo que encontraste y lo usaste contra mí durante muchos días. Ni siquiera me dejabas dormir en paz. No recuerdo haber dormido menos, ni peor, ni haber tenido tantas pesadillas como durante esta maldita relación. Eso, todo eso y más, ha sido lo peor de ti.

Pero no te odio por ello. Ni siquiera creo que tengas la culpa de nada de lo que ocurrió o sentí durante aquellos meses. Al fin y al cabo, sólo usaste con acierto todo el arsenal que yo tenía guardado contra mí misma. Tampoco me odio. Ni siquiera lo hice entonces. Puede que no me valorase en su justa medida, pero nunca me he odiado. Siempre permaneció intacta esa pequeña parte de mí que piensa que yo merezco la pena en cualquier circunstancia. Por muchos defectos que tenga o muy mezquina que pueda llegar a ser. Esa pequeña parte que pidió ayuda y la aplicó. Que no se dio por vencida en ningún momento. Que, a pesar de no saber qué estaba pasando, no me permitió dejarme ir por completo, sino que me alertó de que algo iba más allá de mi comprensión. Esa pequeña parte que ahora es grande, mucho más grande de lo que mi cuerpo puede contener, porque tú la obligaste a crecer.

Por eso te doy las gracias. Porque quizás no estaba preparada para afrontar ciertas verdades que iban a derrumbar los cimientos de mi mundo, como que muchas veces, por mucho que te esfuerces, incluso aunque te lo ganes, no llega la recompensa. Pero no pasa nada. El mundo no se termina y uno no vale menos. La vida sigue, y debe hacerlo, con todo lo que ello implique. Es absurdo planificarse la vida por adelantado, y sentarse en el suelo cuando el plan no se cumple, culpándote por una verdad inmutable: no eres Dios. No todo está bajo tu control, ni todos tus esfuerzos tendrán un buen resultado. La vida no va a transcurrir tal como tú lo decidas. Hay que aprender a adaptarse, a ser flexible en ciertos aspectos. Hay que aceptar que tu vida, no la vida, no, la tuya, va a tener muchas cosas negativas, y que, llegado el momento, quizás necesitas buscar un plan diferente. Pero eso no es traicionarse, ni dejar de ser tú mismo. Eso es permitirse ser más de lo que creías que podías ser.

Tú has venido a mí porque yo tenía que aceptar esas verdades, y quizás está ha sido la única manera de que entraran en mi extremadamente dura cabeza. También me has hecho ver que nunca eres totalmente maduro, que siempre queda un margen de mejora en ese terreno. Ahora lo sé. Y, a pesar de que no me apuntaría a repetir la experiencia, no me arrepiento de ella. Me ha hecho mejor, me ha enseñado mecanismos para seguir mejorando y, precisamente por eso, creo que conseguiré mantenerte fuera de manera indefinida.

No me rondes. No pienses en mí. Ni siquiera te acerques a verme. Has sido una buena maestra, conténtate con que te haya sacado todo el jugo que tenías, y con que haya aprendido de ti a sacarle el jugo a las malas experiencias, incluso cuando éstas me hagan cuestionármelo todo. Porque una cosa hoy es segura: no entrarás en mí dos veces. Tú no lo has hecho posible.

domingo, 15 de febrero de 2015

Roma

No podré volver a quejarme de mi suerte nunca más. No importa lo que me depare el futuro, ni, bien mirado, lo que llevo a mis espaldas. Yo, bienvenida sea la hora, he perdido ese derecho hasta el fin de los tiempos porque he pisado el suelo sagrado de Roma.

No sabría decir cuando empezó mi historia de amor con esa ciudad, a pesar de que llevo estrujándome el cerebro mucho tiempo sobre esta cuestión. Roma, o más exactamente, mi fascinación con ella, es uno de esos recuerdos tan arraigados dentro de mí, que me parece haber nacido con ellos. Si sé precisar con exactitud el único año de toda mi formación académica que tuve la oportunidad de estudiar Historia del Arte: curso 2003-2004. Y también puedo decir con seguridad que Historia, a secas, siempre ha sido una de mis asignaturas favoritas. Con esos antecedentes, lo difícil era que Roma no llamara, como mínimo, mi atención.
Por todo eso, y por mucho más, cuando ese pequeño ángel de la guarda que alguien de ahí arriba que debe de quererme, como mínimo, tanto como su representante aquí abajo, me dio la oportunidad de ir este año, fue casi imposible resistirse. Y me alegro profundamente de no haberlo hecho, porque ha sido la experiencia en mayúsculas.

Roma ha sido ese amor platónico que al convertirse en realidad, en lugar de difuminarse entre las brumas de unas expectativas demasiado altas, descubre sus auténticos cimientos. Roma no es lo que tiene, Roma es. No importa las imágenes que se hayan visto, ni los reportajes, ni los libros que se han leído. Nada te prepara para la magnitud de lo que te espera. En Roma, el concepto de grande no es el mismo que en el resto del mundo. Y no hablo de grande al estilo siglo XXI, con grúas y demás maquinaria de apoyo, sino de grande al estilo siglo I a.C. o siglo IV d.C. Uno no puede concebir, incluso cuando lo está viendo y tocando, como se pudieron mover semejantes bloques de piedra. Ni mucho menos, como se pudieron moldear y poner en pie. Es como intentar imaginar el infinito: puedes entender el concepto, pero no estamos preparados para visualizarlo. Simplemente, se nos escapa. Y así siguió, siglo tras siglo, acumulando maravillas y portentos. Y uno, pobre “infeliz”, no puede hacer más que abrir la boca todo lo grande que se puede, y mirar en todas direcciones, intentando procesar lo que ve y lo que siente.

Sí, lo confieso, creo que no he sido una buena compañera en este viaje. Por una vez en mi vida, me han faltado palabras en muchos momentos. Mi capacidad de concentración, de la que siempre me he sentido bastante orgullosa, me ha fallado estrepitosamente. Pedirme que construyera frases mínimamente coherentes mientras miraba, analizaba y, muchas veces, intentaba no llorar, era un esfuerzo que no he podido hacer. Jamás en mi vida me he sentido tan abrumada, ni tan maravillosamente pequeña, como los cinco días que he estado en esa ciudad. Y, porque no decirlo, tan orgullosa. No de mí, que aún me faltan motivos, sino del género humano, que tanto asco me da la mayor parte del tiempo. Es muy difícil contemplar el techo de la Capilla Sixtina, el Coliseo, el Panteón o la Pietá, y no olvidarse de los horrores de los que somos capaces y centrarse sólo en las maravillas que podemos hacer. Justo ese sentimiento es uno de los que más me ha provocado Roma. Vale, por mucho que lo intente, nunca voy a hacer un fresco memorable, ni una escultura, ni un edificio de belleza sobrecogedora. Pero, como ser humano, seguro que hay algo hermoso que yo puedo aportar al mundo. No tiene que ser grande, ni tiene que ser trascendente a escala mundial. Sólo tiene que ser algo positivo y mío, algo que suponga que yo dejé una parcela mejor que la que me encontré. Bueno, quizás sea una idea pretenciosa, pero también es esperanzadora, y en los tiempos que corren, es asombroso volver a sentirse así.

Toda la culpa tampoco ha sido mía, todo hay que decirlo. Es muy difícil pasear por Roma con los ojos abiertos, y no imaginar a un centurión saliendo de los restos, que milagrosamente ves mentalmente completos durante unos segundos, de un templo; o a Bernini terminando su impresionante fuente de los cuatro ríos cuando estás en la Piazza Navona; o a dos cónsules hablando entre los caminos del foro; o a Miguel Ángel, en un andamio, tumbado, pintando una figura de su más famoso freso. No puedes visitar el Panteón, y pararte ante la tumba del Rafael, y no imaginarte el tumulto de adoradores que se congregaron para darle el último adiós. No puedes andar por el Coliseo, y no sentir el miedo de los cristianos condenados a muerte, o la ferocidad de los resignados gladiadores, dispuestos a matar para vivir un día más. No puedes dejar de imaginarte a Leonardo o Tiziano dándole los últimos retoques a un cuadro. No puedes estar delante de la Basílica de San Pedro y no imaginar a Bramante, Rafael y Sangallo o Miguel Ángel, cada uno en su período, delante de hojas con sus bocetos para el edificio. Al menos, yo no he podido, porque imaginarme todo eso formaba parte de disfrutar de lo que estaba viendo. No ha sido un acto consciente, sino el resultado del trabajo en equipo de mi cerebro y mi corazón.

Mi corazón…me ha jugado malas pasadas en este viaje. Creo que he acumulado más momentos con nudos en la garganta en estos cinco días que en toda mi vida anterior. Yo, que hasta que no vi con mis propios ojos que estaba admitida para estudiar Derecho, no entendí el concepto “llorar de alegría”, ahora podría hacer un máster especializado sobre el tema. También entiendo mejor cómo el corazón no te explota literalmente dentro del pecho, aunque lo sientes latir de tal manera que podría excavarte un agujero en cualquier momento, cuando te sientes completa y sencillamente feliz. Aunque lo más importante que ha hecho mi corazón por mí esos cinco días, ha sido hacerme entender de manera consciente, algo que yo ya sabía: que no necesito, que nunca he necesitado, una pareja para sentir mi vida y a mí misma rebosante de amor. Yo me he enamorado de Roma cada día, varias veces al día. Demasiadas para cuantificarlas. Y me he enamorado de lo que me hace sentir, de lo que me inspira, de la persona que me alienta a ser. He visto que en mi corazón, aunque no sea muy grande, caben muchas cosas. Mis seres queridos, mi Málaga, todas las ciudades visitadas, el Derecho, el arte, la literatura y un largo etcétera. Sí, yo también me sorprendí de que con su reducido tamaño, tuviera tantas cosas dentro, pero os aseguro que están ahí.

He mencionado a Miguel Ángel más veces de lo que cualquier texto bien estructurado debiera, pero no puedo negarle una más. Hace tiempo, pasaba un mal momento, escribí algo sobre una “revelación” al contemplar una imagen de su Pietá, y recuerdo que dije que me gustaría saldar la deuda mostrando mi devoción delante de su escultura. No sólo no he podido saldarla, sino que he contraído una deuda mayor. Allí, delante de su escultura, a la que ninguna imagen puede hacer justicia, yo volví a ser yo. O me percaté de que volvía a serlo. No la yo de antes del holocausto, sino la nueva persona que se ha formado después, con los restos antiguos y los añadidos recientes. No hubo una señal grandilocuente. No caí al suelo porque las rodillas no me podían sostener, ni me fue imposible contener las lágrimas, aunque a puntito estuvo. Fue un impacto interior, provocado por el sobrecogimiento de contemplar la que, para mí, siempre será la mejor escultura del mundo. La más desgarradoramente tierna y triste, aunque hermosa y plácida. Como pasa con los huracanes, todavía estoy descubriendo los efectos de su paso por mi alma. Aún me sorprendo descubriendo los matices de mi personalidad que han cambiado, y los que aún están pero más acentuados. Ese cambio no se operó allí, porque las personas no somos mágicas y nada ocurre en un segundo, aunque a veces, lo parezca. Pero sé que terminó allí, en ese momento, de encajarse la última pieza o repararse el último resquicio. Lo sé porque lo sentí, como siento muchas veces dentro de mí esa fuerza extraña que muchos niegan y que yo identifico con el alma.

Quizás fue lógico que pasara así y que lo hiciera allí. Poco antes había estado sentada, no sabría decir cuánto tiempo, en la Capilla Sixtina, que literalmente es el corazón de la cristiandad. ¿Sería raro pensar que, como creyente, tuviera un significado especial, y, por ende, un impacto más allá de lo artístico y cultura? Yo creo que no. Es más, yo le veo mucho sentido. Al fin y al cabo, ¿no son los sentimientos los que nos hacen ser lo que somos? Y si algo hice en Roma, además de disfrutar, fue sentir. ¿Y no es acaso ese el motivo de que mi escultura favorita sea eso, mi favorita? Llegados a cierto grado de perfección, no basta la técnica o la ejecución, sino lo que te dice a ti, lo que hace sentir a tu corazón. Eso es lo que marca la diferencia.

Para terminar, no voy a enumerar los sitios no nombrados donde estuve ni las maravillas no mencionadas que vi. No es eso lo relevante. Nada de lo que yo diga va a cambiar que Roma hay que vivirla en primera persona. Lo que no me puedo guardar es lo agradecida que estoy a mi ángel de la guarda. Por hacer posible que, ¡antes de los treinta además!, haya estado en ese pedacito de paraíso que, detrás de Málaga, es para mí Roma. Por haber podido ver todo lo que vimos. Por haber podido sentir tantas cosas. Por ser mi perfecta compañera de viaje. Por compartir de manera tan generosa tu tiempo y tu dedicación. Por saber que esto no era para mí un viaje más. Por si no te lo dije en su momento, y me excuso en que sigo procesando lo vivido, ha sido, con su lluvia, su dolor de pies, su frío y sus miles de zahorras, el viaje perfecto. He acumulado tanta felicidad en esos cinco días, que no habrá tristeza venidera que no sea más llevadera que antes. Y tú has sido parte importante de esa felicidad. Roma es eterna, porque uno siente los siglos pasando a su lado mientras camina. Ahora lo entiendo. Y gracias a ti, nosotras ahora también formamos parte de esa eternidad. Después de la existencia de mi hermana, es el mejor regalo que nadie me ha hecho nunca. Grazie mille e ci vediamo!

domingo, 7 de diciembre de 2014

La Constitución

Un año más, el Día de la Constitución ha pasado de largo con más pena que gloria. ¿Por qué? La respuesta es bien sencilla. En lugar de celebrar, como en todos los países racionales, el logro que la Carta Magna representa y los beneficios que derivan de ella, en España nos dedicamos a criticar todo aquello que, según cada cual, tiene de defectuoso y manifestamos abiertamente nuestro malestar con gestos inapropiados e, incluso, groseros.

¿Un ejemplo? La llamada “izquierda plural”. En cierta medida, puedo ver coherente, aunque no excusable, que no se asista al acto de celebración de algo con lo que no estás de acuerdo. Eso sí, siempre y cuando seas ciudadano de a pie, que si bien casi siempre tenemos las desventajas, de vez en cuando nos podemos permitir ciertos lujos como éste. Ahora bien, que se asista para, coloquialmente expresado, “reventar la fiesta”, me parece igual de deplorable que la inasistencia. Señores de Izquierda Plural, llevan varios años aplicando el mismo “modus operandi”, y no les está funcionando en cuanto a intención de voto, ¿no se preguntan por qué? Porque sería fácil contestar a esa pregunta, y todo, sin salir de las palabras que ustedes dicen. El señor José Luis Centella cree que es cínico celebrar la Constitución un día e incumplirla todos los demás. Bien, hasta ahí puedo comprender su razonamiento. Lo que me desconcierta es que acto seguido manifieste que la Constitución está superada y que es necesario cambiarla para, entre otras cosas, recoger otro modelo de país. ¿Coherencia? Cero. Ustedes no asisten a la celebración, no porque les repugne que no se cumplan los derechos que en ella se recogen, sino porque no les gustan otras cosas de la Constitución, o más claramente, a ustedes les importa un pimiento si el derecho al trabajo es algo real y efectivo, pero que España siga teniendo la división territorial actual es algo que les escuece hasta límites insoportables. Pero claro, dicho así no luce, así que es mucho mejor acusar a los demás de cinismo e investirse de un aura de dignidad. Quizás les funcionaría si tuvieran a personas más inteligentes entre sus filas, personas que pudieran hacer la pantomima creíble sin soltar frases contradictorias de manera seguida y recurrente. O si todo el auditorio que les oye fuera más tonto que ustedes. Por fortuna, ninguna de esas situaciones es real, así que dejen de sermonear sobre el cinismo de los demás, y aplíquense el parche, que además de parecernos groseros con sus actos, nos aburren.

Otro ejemplo sería la actitud de algunos presidentes autonómicos. Este año, los únicos que han acudido han sido los de las Comunidades Autónomas de Valencia, Galicia, Murcia y Aragón. ¿Y los demás? No asisten. Y punto. En el caso de Cataluña y País Vasco, es una historia muy antigua. Aburrida, sin sentido, absurda y patética, eso también, pero sobre todo, antigua. Ya estamos más que acostumbrados a los desplantes de los mandatarios catalanes y vascos, y a sus eternas cantinelas lacrimosas. Eso no es novedad. Pero ¿qué ha pasado con los demás? ¿Por qué no han asistido? Por mucho que he intentando buscar la respuesta, no la he encontrado. Los periódicos no ofrecen ningún motivo para las ausencias de los demás presidentes autonómicos. Simplemente recogen el hecho de que no van a asistir y, en algunos casos, señalan los actos que harán en conmemoración de este día en su propia comunidad. A falta, por tanto, de respuestas, he tenido que formarme mi propia opinión sobre estas ausencias, llegando a dos conclusiones. Primera: aquellos presidentes que son del PSOE no han acudido en protesta. Quieren cambiar la Constitución, y no piensan celebrar la actual. Segunda: aquellos presidentes que son del PP, actual partido del Gobierno, no han acudido ¿por pereza? No se me ocurre otro motivo. Sea cual sea, no comparto ni respeto estas ausencias. Ellos, más que ninguno en este país, deberían ser conscientes de que ostentan el cargo público que ostentan, única y exclusivamente, gracias a la Constitución. Ahí es donde nace su derecho a ser representantes de los territorios que la conforman. Ni Estatutos de Autonomías ni gaitas. Sin Constitución, no hay legislación que valga, por el simple hecho de que todas las demás están siempre por debajo. La Constitución Española es la Presidenta del Gobierno. Y la reina de España. Y la garante de todos los derechos y obligaciones. Ella, y sólo ella, es la primera y la última, y hasta el Tribunal Supremo, órgano máximo de la jurisdicción española, debe ceder ante el Tribunal Constitucional en las ocasiones en que se cruzan sus caminos. Por eso, independientemente de las circunstancias, los representantes del pueblo español han de asistir a la celebración de la Constitución. Porque sin ella, ellos no serían nada. Un ciudadano más, condenado a acatar lo que otros decidan y a opinar limitadamente cuando otros tengan a bien. Por eso, igual que no hay excusa para asistir y realizar manifestaciones fuera de lugar, tampoco las hay para no asistir.

Hace años que el Día de la Constitución no tiene una celebración acorde con su significado. Y no me refiero a los gastos o lujos que se derrochan con motivo de la ocasión, sino más bien al ánimo y al ambiente que impera. Y lo triste es que eso no sucede sólo entre la clase política. Para el pueblo llano, o la mayoría de él, tampoco es una fiesta en sí. Es uno de los puentes más deseados y esperados gracia a que con sólo un día intermedio, cuenta con otro día de fiesta. Pero nada más. Para mí, esto es lo más desolador de todo el asunto. Quizás por motivos personales, no lo niego. El significado que tiene la Constitución y todo lo que ella implica, a mi me cala hasta lo más hondo. Pero siendo honesta, creo que también hay motivos generales que cualquiera que sea español debería compartir. En esta época convulsa que nos ha tocado vivir, donde la posibilidad de reforma de la Constitución se discute día sí y día también, a la mayoría se le ha olvidado lo increíble que fue su nacimiento. De una dictadura de alrededor de cuarenta años pasamos a una democracia. Y la señal de ello fue la Constitución. Ella nos aseguró esa democracia. Plasmó los cimientos inamovibles de la paz interna, de la unidad, y quizás, por qué no, del comienzo del perdón. El acuerdo a la que las fuerzas políticas y los representantes de las mismas llegaron en ese momento fue algo totalmente extraordinario, un consenso sin precedentes que, en vista de la situación actual, tiene más valor. No hemos asistido a algo así desde entonces. Ni siquiera para lo más elemental se consigue que más de dos o tres partidos se pongan de acuerdo. ¿Qué no es una Constitución perfecta? No, no lo es. Estoy segura de que todos y cada uno que se la hayan leído tendrían su propia sugerencia para mejorarla, incluida yo. Pero de ahí a que está acabada… Me parece un desprecio gratuito. Lo peor del asunto es que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera sabe qué desea cambiar ni porqué. Ya se han encargado los políticos de ello. Escuchan continuamente que la Constitución es injusta, que es ineficaz, que no contempla las necesidades de hoy… y lo toman como una verdad propia. Personas que jamás han leído la Constitución entera, o que ni siquiera la comprenden, la critican. Y ahí es donde estamos perdiendo todos. Hemos dejado que el desconocimiento sea algo cotidiano, incluso en las cosas que nos afectan directamente, y ante eso, nos dejamos llevar por el listo de turno que mejor nos convence. Pues, sin aires de nada, conmigo que no cuenten. Mi opinión no se formará según los comentarios de nadie, sino que beberá de la historia y de la normativa. Puede que no sea la mejor, pero al menos será mía. Y desde ahí me permito decir que yo sí celebro la Constitución actual, y que no apruebo hoy ni aprobaré nunca unos cambios que pretenden romper la unidad que consagra para legitimar la división, sin importar los argumentos que usen para disfrazar las intenciones financieras y hacerme cambiar de opinión. Tal es mi derecho, y no dudaré en ejercerlo. La Constitución lo hizo posible.

lunes, 26 de mayo de 2014

La Décima

Si uno es mínimamente inteligente, con el paso de los años va aprendiendo muchas cosas. A veces son cosas útiles, que te permiten salir airosa de determinadas situaciones. Otras veces son cosas que no te sirven más que para no perder tiempo en repetir una experiencia vacía. En cualquier caso, si mantienes la mente abierta y te permites cuestionarse las cosas, aunque sea sólo por un segundo, aunque sólo te sirva para reafirmarte en lo que ya creías, siempre aprendes, y con ese aprendizaje, subes un peldaño más en la particular escalera del crecimiento personal. Por supuesto, no es ningún camino de rosas, pero la vida te enseña bien pronto que todo lo que merece la pena tiene un precio alto. No obstante, hay lecciones duras que casi desearías no haber aprendido. Como, por ejemplo, lo difícil que resulta ser justo a la hora de juzgar cualquier situación.

El ser humano, bajo mi punto de vista, es injusto por naturaleza. ¡Cómo podría ser de otra manera, siendo como es, envidioso y débil! Quizás por eso inventamos la justicia, para tener algo a lo que aspirar, algo que nos elevara del deplorable estado en el que nos encontramos la mayoría. Claro que es mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque lo segundo implica valorar el contexto en su conjunto, y no determinados momentos puntuales. Nosotros le hemos puesto a la justicia en las manos una balanza, y nos divertimos ignorando uno de los platos según nos interese. Si tenemos enfrente al pobre perdedor, veremos los dos platos. Es más, tenderemos a llenar el plato del mérito más que su antagonista. Pero no os equivoquéis, no es la pureza de corazón lo que nos hace hacerlo así, sino la debilidad. Es más fácil empatizar con el que es igual de miserable que tú. Al fin y al cabo, no te supone ninguna amenaza. Con el ganador, la historia cambia. Ya no nos interesa mirar apenas el plato de los méritos, ¿para qué? ¿Para dejarnos patente que se puede, pero que nosotros carecemos de talento o voluntad? No, no. Mejor vamos a mirar con lupa y todo detenimiento el plato de los desméritos, retorciendo precisamente la cualidad que en secreto envidiamos y de la que carecemos por completo.

Lo dije antes y merece la pena repetirlo: el ser humano no es justo, es envidioso y débil. Precisamente por eso la gran mayoría de nuestros juicios de valor están impregnados de una de estas dos características que, para colmo, tampoco usamos de manera arbitraria, sino de una forma que podríamos llamar biológicamente predeterminada. Al perdedor lo juzgaremos siempre con debilidad, porque es fácil perdonar las faltas del que es peor que tú, del que no tiene posibilidades contra ti. Al ganador lo juzgaremos con envidia, por tener la desfachatez de dejar patente que se puede ser mejor, pero que nosotros no lo somos porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso conlleva.

En secreto, los débiles del mundo han retorcido la fábula de superación más antigua que existe, y lo peor es que el resto nos lo hemos tragado. ¿Por qué nadie quiere ser Goliat? ¿Por qué todos quieren ser David? Porque David es el pequeño, lo que se traduce en el débil, que con su astucia vence al gigante, que sólo puede decir en su favor que es tan fuerte como grande. ¿Y punto? ¿A eso ha quedado reducido todo? Si eres pequeño, eres débil pero listo; si eres grande, eres tonto pero fuerte. Pero, ¿y si el débil, gracias a su inteligencia, se convierte en fuerte? ¿Pasa a ser un Goliat más, y en dicha conversión, automáticamente se vuelve tonto? ¿Nadie puede ser grande, fuerte y listo? ¿El precio que ha de pagar el débil por ser fuerte es la pérdida de inteligencia? Sería una buena excusa de los débiles para no efectuar el cambio, desde luego. ¿Y qué pasa con David? Después de su victoria, ¿desaparece? Pues resulta que no, pero como en tantas ocasiones, la historia después de la historia no sirve para hacer ciertas propagandas. Para no cansar, y como la versión completa y con detalles para el que quiera contrastarlo está en la Biblia, el resumen podría ser el siguiente: David, que ya no era débil, despertó la envidia (¿veis porqué hacía antes hincapié en esto?) de algunos de sus semejantes, que obviamente, no tenían lo que había que tener para aceptar que uno es tan grande como trabaje para serlo. Así las cosas, David tiene que luchar con denuedo contra la inquina y la envidia que ha despertado su reciente grandeza, encontrando en su camino tantos detractores como manos amigas. ¿Resultado? Todos recordamos el nombre de David, ¿alguien recuerda el nombre de los envidiosos? Apuesto a que los débiles no. Porque esa parte de la historia, que reinterpreta el fragmento que ellos han maleado, no les hace quedar bien.

Y esto, señores, pasa continuamente. ¿Un ejemplo? La Décima. Sí, vamos a hablar, por fin, de fútbol, pero ya metidos en contexto. Porque desde la noche del 24 de mayo se han estado diciendo muchas tonterías, y ya va siendo hora de que se oigan algunas palabras que pongan freno a tanto sinsentido. He leído y escuchado una y otra vez, siempre a los aficionados y simpatizantes de los mismos equipos, todo hay que decirlo, que el Real Madrid no mereció ganar. Incluso, y lamento reproducir tamaña blasfemia, hay aficionados (o que dicen llamarse así) del Real Madrid, ¡que lo dicen! Falsos aficionados, le pese a quien le pese. ¿Y en qué basan toda su argumentación? En los cinco minutos añadidos al final. Porque está claro que un equipo tiene que demostrar si es digno de ganar la Orejona en los 90 minutos reglamentarios del último partido. Y punto. Y yo me pregunto, ¿en qué piedra está eso escrito? ¿Quién carajo ha proclamado que esa es la verdad universal? Una verdad sectaria, todo hay que decirlo, porque el señor clarividente que sentó cátedra con tamaña afirmación no tuvo en consideración las pérdidas de tiempo a la que los equipos son tan aficionados cuando llevan un gol de ventaja, se haya metido ese gol en el minuto 1 de partido o en el 36. Esas pérdidas que se traducen en saques de línea que se alargan hasta llegar al minuto, dolores en las pantorrillas por un empujoncito del rival, encontronazos con jugadores del otro equipo para que el árbitro tenga que desplazarse a separarlos y así se quede el juego parado, cambios de jugadores en los que los susodichos avanzan a tal velocidad hacía el banquillo que casi te parece verlos caminar al revés, etc. Hay muchas maneras de perder el tiempo en el césped, y cualquiera que entienda de fútbol las reconoce sólo con olerlas. Pero claro, el que estableció la sacralidad de los 90 minutos carecía de nariz. Y de sentido común, dicho sea de paso.

El Real Madrid conquistó su Décima, y sí, hay que decir conquistar porque lo de este equipo con la Orejona es el mayor romance futbolístico de todos los tiempos, desde los emparejamientos de la fase de grupos. La conquistó cuando Cristiano Ronaldo consiguió el record de goles de esa fase con nueve tantos. Record que no se había batido desde la temporada 2002/2003. La conquistó cuando ese mismo delantero, que antes de meter su gol número 17 la noche a la que me refiero, ya aventajaba como máximo goleador de esta edición al segundo (Ibrahimovic) por seis goles, y al tercero y cuarto (Messi y Diego Costa) por ocho. La conquistó cuando en esa misma fase de grupos se dedicó a golear a todo equipo que se le ponía a tiro, sentando las bases de lo que pretendía conseguir ese año. La conquistó cuando, contra todo pronóstico, eliminó al Borussia Dortmund, verdugo la pasada campaña. La conquistó cuando, de nuevo contra todo pronóstico y cuando más de uno los daba por muertos, eliminó al anterior, aunque en ese momento vigente, campeón de la Champions, Bayer de Munich. La conquistó cada vez que a lo largo de esta campaña se ha cuestionado su autoridad en Europa, manteniendo la cabeza fría y la mirada en el objetivo. La conquistó cuando, hay que admitirlo, bajo los brazos en Liga para convertir la Décima en la prioridad absoluta de esta temporada. La conquistó cuando Casillas se dejó marcar el gol más tonto de todas las finales de la Champions, y aun así, tanto jugadores como equipo técnico y afición, continuamos creyendo que la vida no podía ser tan cruel como para jugar la final de la Décima y no llevárnosla a su casa. La conquistó con jugadores cansados, lesionados, a medio gas, pero repletos de coraje, de fe, de talento. La conquistó cuando salió con una alineación de 4-4-3, poniendo en punta a lo más granado del ramillete, a fin de meter los goles que nos aseguraran la victoria. La conquistó cuando el mejor jugador del mundo, a pesar de ser una sombra de lo que es debido a su malestar físico actual, decidió arriesgar un mundial por una Décima quedándose en el campo los 120 minutos. La conquistó cuando Ramos ejecutó el proverbial cabezazo por el que lo recordaremos siempre con cariño y respeto. La conquistó cuando el fichaje más criticado, aunque legal en sus cifras, del año, no perdió la fe en que uno de sus remates tocara red en portería, demostrando como en la final de la Copa del Rey que, si vamos a juzgar a los jugadores sólo por aparecer en los momentos decisivos, desde luego, él puede subirse a ese podio por derecho. La conquistó, la conquistó, y la volvió a conquistar innumerables veces a lo largo de esta larga, aunque ahora nos parece corta, temporada.

Yo soy del Real Madrid, ¡cómo podría no serlo! Yo he crecido viendo a Raúl demostrando su señorío en el campo y fuera de él. He crecido viendo a los galácticos. He crecido escuchando cada partido en el Bernabeu en el minuto 7 “illa, illa, illa, Juanito Maravilla”. He crecido viendo aumentar cada temporada el palmarés de mi club. He crecido viendo a Di Stéfano adorar un escudo más que su propio nombre. He crecido viendo como los mejores jugadores del mundo adoraban la camiseta blanca. He crecido escuchando anécdotas de la quinta del Buitre. He crecido con la excelencia. He crecido con la ética del sacrificio diario. He crecido con la acusación de la soberbia, de la falsa humildad, de la prepotencia. Y lo he soportado, y he crecido más fuerte cada vez, porque por mucho que escueza, nadie puede ser realmente humilde y aspirar a grandes cosas. El verdadero humilde se conforma con lo que tiene, no pide más, no aspira a más, porque eso es aspirar a ser mejor que otros, y eso va en contra de la esencia de la humildad. No, el Real Madrid no me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser trabajadora, a no dejarme pisotear por nadie, a no creer que los demás pueden hacer algo que a mí me está vetado, a tener fe en que siempre hay uno entre millones y ese uno, ¡qué carajo!, puedes ser tú si te esfuerzas más que nadie. Y la noche del 24 de mayo me demostró que todas esas lecciones siguen vigentes, que las pregona y las sigue practicando, y por encima de todo, que realmente funcionan, que dan resultados, que marcan la diferencia.

No, el Atletico de Madrid no se mereció ganar. Ni esa noche, ni ninguna de las anteriores. Porque eliminar a un Barcelona en decadencia no es el precio a pagar por esta victoria. Ni tener el camino expedito de cocos que le van cayendo al resto de rivales. Ni que tu mejor jugador sea el portero y tu mayor mérito en la competición ser el equipo menos goleado. Ni salir a ganar una Copa de Europa con un sistema de 4-4-2, con un delantero estrella que a los pocos minutos, valorando más el mundial que la copa que tiene delante, prefiere no arriesgar. Ni marcar un gol en el minuto 36 y encerrarte atrás, que por otra parte, era lo que había estado haciendo los 36 minutos anteriores de partido, aunque sin gol a favor. Ni decir que si se tiene fe y se trabaja, se consiguen las cosas, y perder tiempo a manos llenas rezando porque el reloj se acelere, en lugar de luchar por marcar el segundo gol habría matado el partido. No, no se lo mereció porque en el momento crucial, el equipo que demostró tener fe hasta el final fue el Real Madrid. El que no bajó los brazos y tuvo un sistema enfocado en el ataque y en meter goles, que es lo que gana los partidos de fútbol, al fin y al cabo, fue el Real Madrid. Las oportunidades no son de la persona a quien se le presentan, sino de la persona que las agarra. Y eso le falto al Atletico de Madrid: agarrar su oportunidad.

Sí, el Real Madrid fue justo vencedor. Por toda la temporada que ha hecho. Por un Cristiano Ronaldo que devora record de goles cada temporada, haciendo avanzar al equipo. Por un Xabi Alonso que se debatía desesperado en las gradas, después de que un mal lance le privara de jugar la final que tanto se había ganado. Por un Carvajal que, si bien no recibe los halagos que se merece, analizado partido a partido, es uno de los jugadores más trabajadores de la historia del fútbol. Por un Varane que con sólo 21 años es un muro defensivo seguro y fiable al que jugadores veteranos rivales temen encarar. Por un Modric que este año ha limpiado las críticas del anterior demostrando que los equipos, como todo lo humano, necesita su tiempo de adaptación, pero cuando se completa, ¡madre mía!, cuando se completa puede ser una combinación gloriosa. Por un Sergio Ramos que, a pesar de sus codazos y su juego peligroso, siempre derrocha pasión, ganas y fe. Por todos los jugadores que no menciono, pero que han trabajado a favor del equipo. Por el equipo técnico. Por Ancelotti y su reposada manera de no entrar en los berenjenales de las salas de prensa, pero sin duda, saber entrar en los del vestuario para aportar una unidad y una calma que nos había dejado de visitar. Por Zidane, por ser, por estar, porque aunque se va, siempre esperamos que vuelva y siempre hay sitio para él. Por la afición, que lo hemos sufrido, y aun así, aquí estamos siempre, pierda o gane, defendiendo el equipo a capa y espada sin renunciar a la crítica constructiva ni a la necesaria exigencia. Porque sólo hay dos palabras en el mundo futbolístico que sean el mejor saludo y la mejor despedida, que despierten la sonrisa más grande, que te hagan empatizar con alguien de la manera más rápida, que te hagan sentir la más calurosa bienvenida, que te emocionen tanto, que siempre sea buen momento para decirlas, que condensen toda la historia del madridismo. ¿A estas alturas, alguien duda cuales son esas dos palabras? Como dice una canción reciente: ¡Hala Madrid! Y nada más.




martes, 21 de enero de 2014

Maneiro

Cada día me gustan menos los políticos. Y no es que antes me gustaran, precisamente, pero al menos estaba convencida de que eran necesarios porque realizaban una labor social importante. Ahora no estoy muy segura de que labor realizan, a no ser que se pueda considerar como tal el asqueamiento continuo a la ciudadanía. Sin embargo, por muy poco que los aprecie en este momento, es innegable que nadie escapa a la política, así que teniendo en cuenta que ella va a encargarse de mí, me guste o no, será mejor que yo procure estar al tanto de lo que se va cociendo. No sea que luego no sepa ni de donde me vienen los tiros.

Con toda la frecuencia que me es posible, por tanto, intento estar al corriente de las diversas acciones que llevan a cabo los partidos políticos que colorean nuestro panorama nacional. Ni que decir tiene que voy de disgusto en disgusto, pasando por ataques de rabia y de vergüenza ajena entre tanto y tanto. Las gotas que suelen colmar el vaso vienen en su mayoría de las intervenciones estelares que realizan en los parlamentos (nacional o autonómico, tanto da, los pagamos igual). Todavía no me he acostumbrado, y me parece que me va a costar muchos años de vida hacerlo, a la dignidad parlamentaria. Inocente de mí, pensaba que el Parlamento era un lugar serio, donde se trataban asuntos serios, por personas serias y sentido del decoro. ¿Cuál es la realidad? Los parlamentos son circos. Y como en todos los circos, se oyen abucheos, aplausos y gritos de conformidad o disconformidad. Eso sin contar los gestos, muchas veces groseros, que se dedican unos payasos, esto, parlamentarios, a otros. Y nunca, pero nunca, se habla de temas serios. Es más, cuanto más serio sea un tema, más rodeos darán para consumir el tiempo asignado sin acercarse al problema en cuestión.

Entre tanta fauna, algún espécimen me da menos asco que los demás. Incluso a veces, hasta me sorprendo dándole la razón a alguno. Pero no había más avances en la materia hasta que un día escuché a un tal Gorka Maneiro. Fue uno de esos días que me pongo a ver vídeos de las intervenciones en el Parlamento nacional. Al terminar uno de ellos, me salió entre los siguientes uno con el siguiente título “Ustedes son la vergüenza de este Parlamento”. Me intrigó tanto que quise verlo. Y me alegro mucho de haberlo hecho, porque ese día aprendí que hay muchas personas dignas, y algunas de ellas, hasta pueden ser políticos. Maneiro es una de esas personas. Este señor, y lo digo en el sentido pleno de la palabra, aún a riesgo de tener que tragármela algún día, baja al estrado del Parlamento vasco día sí, día también, a plantarse delante de los representantes de EH Bildu para decirles, entre otras cosas, que es vergonzoso llamar presos políticos a los etarras, o impedir su detención, o portar camisetas de apoyo a los delincuentes. En el video del que estamos hablando, explica de manera clara y sencilla porque es asqueroso que se les llame presos políticos, y aunque todos lo sabemos, lo voy a repetir aquí siguiendo sus palabras: “cuando EH Bildu y la izquierda abertzale, o eso que se llama la izquierda abertzale, se refiere a los presos de ETA como presos políticos, está diciendo que los presos de ETA encarcelados no deberían seguir presos, es decir, que son inocentes, es decir, que están injustamente encarcelados, es decir, que no cometieron delitos, es decir, que sus crímenes estuvieron bien”.

No es la única frase memorable del vídeo, pero siendo honesta, a mí ya me había ganado para su causa. Me parece admirable que entre tanto parásito desalmado, un hombre perfectamente identificado baje al estrado siempre que la ocasión se presenta, y con ciertas alimañas en el mismo parlamento, la ocasión no se hace de rogar, les mire a los ojos y les diga la verdad. EH Bildu es ETA. No ha condenado ni uno sólo de los asesinatos ni cualquier otra acción de ETA. Es más, los justifica una y otra vez usando la manida frase del conflicto vasco. Pero no es conflicto cuando un bando es el único que mata. Eso se llama masacre. Y Maneiro no tarda en darles la réplica y recordárselo cada vez que se les ocurre mencionarlo. Y les recuerda que las víctimas no son los presos, sino los muertos y sus familias, mal que les pese o por mucho que quieran disfrazarlo. Y llegado el caso, se vuelve a su lehendakari y le dice, como vasco, lo desolador que le resulta que no condene que se diga que hay presos políticos en el país vasco. Y si tiene que ceder en sus pretensiones para apoyar otras que se quedan a medio camino de lo que él defiende, pero que aún así son un avance contra la lucha terrorista, lo hace.

Yo no se lo que Maneiro opina sobre el aborto. Ni sobre la religión. Ni sobre la monarquía. Ni siquiera sobre el sistema autonómico. Pero sé lo que opina sobre el terrorismo y la democracia. Sé como defiende sus propuestas en el estrado y fuera de él. Sé donde tiene actualmente marcados sus límites. Sé que es capaz de defender su verdad delante de demócratas o asesinos. Sé que se respeta a sí mismo, porque se niega a mirar hacia otro lado. Sé que es capaz de respetar a los demás, porque hace concesiones con otros grupos si la ocasión lo requiere. Así que, en el fondo, ¿qué me importa lo que opine sobre todo lo anterior? La democracia no consiste en opinar todos lo mismo, sino en saber que, sean cuales sean tus opiniones, siempre dentro de ciertos límites fundamentales que no incluyen eliminar la opinión del resto a tiros, tienes un marco donde defender tu opinión, y sobre todo, tienes un marco donde negociar tu posición con el resto. La democracia es más que la opinión de la mayoría: es la manera de llegar a esa mayoría. Y con Gorka Maneiro, al menos, es una manera honesta y cabal. Así que, a día de hoy, puedo decir que hay un político que se ha ganado mi respeto. Ese político, por si a estas alturas hay alguna duda, se llama Gorka Maneiro.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Anmol

Anmol era un niño indio de siete años normal y corriente. Bueno, todo lo normal que se puede llegar a ser practicando una religión minoritaria como es el cristianismo en la India. Iba al colegio, jugaba con sus amigos y asistía a la escuela dominical en una Iglesia cercana a su casa. Supongo que tendría sus sueños y deseos, como todo niño. Esos que a veces olvidamos atesorar, pero que son el germen de aquellos que vendrán después y darán fuerza a los proyectos reales que emprendemos en la madurez. Tengo que suponer, porque nunca sabre lo que Anmol deseaba ni lo que hubiera hecho. Nunca sabré si habría conocido su nombre si no lo hubieran torturado y asesinado el 17 de noviembre de este año a la salida de su amada escuela dominical. Nunca sabre si habría causado un impacto en mi vida de no haber vencido al miedo. Porque hay una cosa que sí se de Anmol: tenía coraje.

Hay que tenerlo cuando tu familia está amenazada por practicar una religión en un país que, no sólo no cuenta con el apoyo de la mayoría, sino que esa misma mayoría no tolera y pretende aplastar. Hay que ser valiente para, con siete años, resistir las burlas y los insultos de niños y mayores por creer en algo diferente. Hay que tener una gran fe y una pureza de corazón especial para ser y decir que eres cristiano bajo pena de muerte. Y no de una muerte cualquiera. Aunque al pobre Anmol finalmente le quitaron la vida por ahogamiento en el lago donde, un día más tarde de su desaparición, se encontró el cuerpo que sus padres tuvieron que identificar, la autopsia reveló que fue sometido a múltiples torturas previas. Dedos rotos, cortes en el cuello, rostro quemado, orejas cortadas, ojos vacíos… Sus asesinos no se privaron de ningún sádico placer, exponiendo en el pequeño cuerpo de un niño de siete años todos sus absurdos argumentos.

Sí, Anmol tenía coraje, mucho más del que sus asesinos tendrán jamás, ni en esta vida ni en las venideras, adopten la forma que adopten. Pero, además, Anmol tenía otra gran cualidad: era honesto. Lo fue hasta el final. ¿Cómo podríamos definirlo de otra forma? ¿Cómo explicamos que un niño, amenazado de muerte, decida seguir asistiendo a la escuela dominical? Sólo hay una explicación satisfactoria, y es que ese pequeño niño creía en algo, y lo hacía con tal convencimiento, que disfrazarlo era como retractarse de ello, y hacerlo sería retractarse también de él mismo. Quizás por eso el destino le ofreció que su último acto de rebeldía ante la intolerancia fuera asistir a misa. Ante el odio y la amenaza, él decidió hacer un acto de amor. Amor hacia su religión, hacía Jesucristo, tal y como él los entendía.

Nadie sabrá que habría sido de Anmol, pero todos debemos entender que murió por ser una persona honesta. Persona, no niño, porque sus actos demuestran una madurez que va más allá de la edad. Y aunque eso no vaya a devolverle la vida, aunque no mitigue el dolor de sus familiares, también deberíamos sentir todos un poco de ese dolor. Deberíamos, porque estamos tan insensibilizados a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, que hasta elegimos lo que merece ser contado. Elevamos unas desgracias por encima de otras, y silenciamos multitud de muertes sin sentido. Como han decidido hacer la gran mayoría de medios periodísticos con este caso. ¿Por qué? ¿Es que el asesinato brutal y despiadado de un niño no merece difusión? ¿No hay que airearlo para que todos podamos maldecir a sus asesinos y compadecer a sus familiares? ¿No significa nada la integridad de un niño? La respuesta evidente de la mayoría de los medios es que no. Y yo sólo encuentro dos razones.

1.- Los medios financiados por creencias religiosas diferentes al cristianismo no desean airear la noticia. No sería prudente si luego quieren que países con mayoría cristiano les den subvenciones, les elijan como destino para sus vacaciones o firmen tratados de colaboración. Han convertido en lícito matar por religión, pero no contarlo. En la época de la doble moral, todo vale siempre que el dinero siga fluyendo hacia las arcas que interesan y la población propia esté controlada bajo los parámetros adecuados.

2.- Los mal llamados medios laicos, o ateos, o el nombre que quieran darse, no creen que sea una noticia relevante. Al fin y al cabo, la Iglesia católica apostólica y romana también hizo la guerra santa. Un muerto más a un lado de su balanza no tiene peso ni importancia. Si fuera un niño judío, eso es otra cosa. Pobrecillos, con lo que sufrieron con el nazismo. O un niño islamista. Toda la vida discriminado, obligado a ganar dinero para mantener a su harén controladito y mal visto fuera de su país por practicar una religión no comprendida.

Ambas razones desembocan en una sola consecuencia lógica: ni todos somos iguales, ni una vida vale lo mismo que cualquier otra. Marcados por lo que otros hombres hicieron en nombre del cristiano, los cristianos actuales deben soportar sin rechistar todo aquello que les sobrevenga. Y no me quejo porque a mí sólo me toca aguantar las miradas por encima del hombro de progres intolerantes que me sueltan aquello de “la religión es el opio del pueblo”. Bueno, el dinero también lo es, y no veo a nadie renunciando al suyo para no ser su esclavo. Al menos, en este caso, y si lo queremos reducir a eso, yo he elegido mi esclavitud. Yo, voluntariamente, me he impuesto obedecer ciertas normas porque me ayudan en mi progreso personal. Creer que existe Jesús, que pronunció ciertas palabras, que en realidad jamás estoy sola y que Él siempre espera lo mejor de mí porque sabe que puedo darlo, me proporciona paz interior. La suficiente como para no ir dando guantazos a diestro y siniestro, como me gustaría hacer en muchas ocasiones, y eso por decirlo en plan ligero, porque a veces dan ganas de borrar de ciertas tablas eso de “no matarás” y limpiar el mundo de algunos indeseables, pero sin juicio justo ni inyección letal.

Hay lugares, no obstante, donde los peligros no son las malas miradas ni las palabras displicentes. Lugares como India, Corea del Norte, Sudán, el Congo (me niego a ponerle delante eso de “República Democrática”, que de democracia sólo tiene el nombre), Vietnam, China, Irán, Pakistán, y un largo etc. En esos países, tu vida y la prosperidad de tu familia depende de que creas en la religión que sea considerada correcta. No importa si no crees en ellas realmente, en esos países la apariencia pesa más que la creencia. Y así, se convierte en un acto revolucionario decir “soy cristiano”. Y los ateos cultos y refinados del resto de países donde la religión es una elección, devalúan la vida y la importancia de la muerte de los rebeldes extranjeros con la sucia excusa de lo que se hizo hace siglos. Como si sólo se libraran guerras por motivos religiosos. Y los creyentes cristianos de los países libres, lo permitimos.

El mes pasado leí un libro de una escritora maravillosa que contenía esta frase: “pero un hombre no puede hacer otra cosa que dar lo que tiene, siendo lo que es”. No soy columnista del New York Times, ni corresponsal de la BBC. No soy miembro del gobierno de ningún país. No me siento en los escaños de la oposición. No tengo programa de radio en ninguna cadena. Soy una persona normal, pero existo. Soy sólo una, pero soy, y por lo tanto, en mis manos está pronunciarme sobre este tema. Lo hago ahora por escrito y lo haré verbalmente siempre que surja la oportunidad. No voy a devolverle la vida a nadie. No eliminaré la opresión. Sencillamente, haré lo que creo que es justo, en lugar de cruzarme de brazos excusándome en que si no puedes cambiarlo todo, es mejor no cambiar nada. Como si los pequeños gestos no fueran el germen de los grandes cambios. Confiaré en que un día, muchos pequeños gestos como el mío pesen más que la intolerancia y los intereses económicos. Y cuando dude, cuando crea que no sirve de nada, recordaré a Anmol y a todos los que representa, a todos aquellos a los que les quitan la vida porque es la única manera de quitarles su fe, y volveré a ver con claridad que me he llevado la mejor parte, porque mi peso no es nada comparado con el suyo. Volveré a creer en que los pequeños gestos tienen el poder de cambiar el mundo, porque un gesto cotidiano de un niño indio de siete años cambió el mío.