Un año más, el Día de la Constitución ha pasado de largo con más pena que gloria. ¿Por qué? La respuesta es bien sencilla. En lugar de celebrar, como en todos los países racionales, el logro que la Carta Magna representa y los beneficios que derivan de ella, en España nos dedicamos a criticar todo aquello que, según cada cual, tiene de defectuoso y manifestamos abiertamente nuestro malestar con gestos inapropiados e, incluso, groseros.
¿Un ejemplo? La llamada “izquierda plural”. En cierta medida, puedo ver coherente, aunque no excusable, que no se asista al acto de celebración de algo con lo que no estás de acuerdo. Eso sí, siempre y cuando seas ciudadano de a pie, que si bien casi siempre tenemos las desventajas, de vez en cuando nos podemos permitir ciertos lujos como éste. Ahora bien, que se asista para, coloquialmente expresado, “reventar la fiesta”, me parece igual de deplorable que la inasistencia. Señores de Izquierda Plural, llevan varios años aplicando el mismo “modus operandi”, y no les está funcionando en cuanto a intención de voto, ¿no se preguntan por qué? Porque sería fácil contestar a esa pregunta, y todo, sin salir de las palabras que ustedes dicen. El señor José Luis Centella cree que es cínico celebrar la Constitución un día e incumplirla todos los demás. Bien, hasta ahí puedo comprender su razonamiento. Lo que me desconcierta es que acto seguido manifieste que la Constitución está superada y que es necesario cambiarla para, entre otras cosas, recoger otro modelo de país. ¿Coherencia? Cero. Ustedes no asisten a la celebración, no porque les repugne que no se cumplan los derechos que en ella se recogen, sino porque no les gustan otras cosas de la Constitución, o más claramente, a ustedes les importa un pimiento si el derecho al trabajo es algo real y efectivo, pero que España siga teniendo la división territorial actual es algo que les escuece hasta límites insoportables. Pero claro, dicho así no luce, así que es mucho mejor acusar a los demás de cinismo e investirse de un aura de dignidad. Quizás les funcionaría si tuvieran a personas más inteligentes entre sus filas, personas que pudieran hacer la pantomima creíble sin soltar frases contradictorias de manera seguida y recurrente. O si todo el auditorio que les oye fuera más tonto que ustedes. Por fortuna, ninguna de esas situaciones es real, así que dejen de sermonear sobre el cinismo de los demás, y aplíquense el parche, que además de parecernos groseros con sus actos, nos aburren.
Otro ejemplo sería la actitud de algunos presidentes autonómicos. Este año, los únicos que han acudido han sido los de las Comunidades Autónomas de Valencia, Galicia, Murcia y Aragón. ¿Y los demás? No asisten. Y punto. En el caso de Cataluña y País Vasco, es una historia muy antigua. Aburrida, sin sentido, absurda y patética, eso también, pero sobre todo, antigua. Ya estamos más que acostumbrados a los desplantes de los mandatarios catalanes y vascos, y a sus eternas cantinelas lacrimosas. Eso no es novedad. Pero ¿qué ha pasado con los demás? ¿Por qué no han asistido? Por mucho que he intentando buscar la respuesta, no la he encontrado. Los periódicos no ofrecen ningún motivo para las ausencias de los demás presidentes autonómicos. Simplemente recogen el hecho de que no van a asistir y, en algunos casos, señalan los actos que harán en conmemoración de este día en su propia comunidad. A falta, por tanto, de respuestas, he tenido que formarme mi propia opinión sobre estas ausencias, llegando a dos conclusiones. Primera: aquellos presidentes que son del PSOE no han acudido en protesta. Quieren cambiar la Constitución, y no piensan celebrar la actual. Segunda: aquellos presidentes que son del PP, actual partido del Gobierno, no han acudido ¿por pereza? No se me ocurre otro motivo. Sea cual sea, no comparto ni respeto estas ausencias. Ellos, más que ninguno en este país, deberían ser conscientes de que ostentan el cargo público que ostentan, única y exclusivamente, gracias a la Constitución. Ahí es donde nace su derecho a ser representantes de los territorios que la conforman. Ni Estatutos de Autonomías ni gaitas. Sin Constitución, no hay legislación que valga, por el simple hecho de que todas las demás están siempre por debajo. La Constitución Española es la Presidenta del Gobierno. Y la reina de España. Y la garante de todos los derechos y obligaciones. Ella, y sólo ella, es la primera y la última, y hasta el Tribunal Supremo, órgano máximo de la jurisdicción española, debe ceder ante el Tribunal Constitucional en las ocasiones en que se cruzan sus caminos. Por eso, independientemente de las circunstancias, los representantes del pueblo español han de asistir a la celebración de la Constitución. Porque sin ella, ellos no serían nada. Un ciudadano más, condenado a acatar lo que otros decidan y a opinar limitadamente cuando otros tengan a bien. Por eso, igual que no hay excusa para asistir y realizar manifestaciones fuera de lugar, tampoco las hay para no asistir.
Hace años que el Día de la Constitución no tiene una celebración acorde con su significado. Y no me refiero a los gastos o lujos que se derrochan con motivo de la ocasión, sino más bien al ánimo y al ambiente que impera. Y lo triste es que eso no sucede sólo entre la clase política. Para el pueblo llano, o la mayoría de él, tampoco es una fiesta en sí. Es uno de los puentes más deseados y esperados gracia a que con sólo un día intermedio, cuenta con otro día de fiesta. Pero nada más. Para mí, esto es lo más desolador de todo el asunto. Quizás por motivos personales, no lo niego. El significado que tiene la Constitución y todo lo que ella implica, a mi me cala hasta lo más hondo. Pero siendo honesta, creo que también hay motivos generales que cualquiera que sea español debería compartir. En esta época convulsa que nos ha tocado vivir, donde la posibilidad de reforma de la Constitución se discute día sí y día también, a la mayoría se le ha olvidado lo increíble que fue su nacimiento. De una dictadura de alrededor de cuarenta años pasamos a una democracia. Y la señal de ello fue la Constitución. Ella nos aseguró esa democracia. Plasmó los cimientos inamovibles de la paz interna, de la unidad, y quizás, por qué no, del comienzo del perdón. El acuerdo a la que las fuerzas políticas y los representantes de las mismas llegaron en ese momento fue algo totalmente extraordinario, un consenso sin precedentes que, en vista de la situación actual, tiene más valor. No hemos asistido a algo así desde entonces. Ni siquiera para lo más elemental se consigue que más de dos o tres partidos se pongan de acuerdo. ¿Qué no es una Constitución perfecta? No, no lo es. Estoy segura de que todos y cada uno que se la hayan leído tendrían su propia sugerencia para mejorarla, incluida yo. Pero de ahí a que está acabada… Me parece un desprecio gratuito. Lo peor del asunto es que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera sabe qué desea cambiar ni porqué. Ya se han encargado los políticos de ello. Escuchan continuamente que la Constitución es injusta, que es ineficaz, que no contempla las necesidades de hoy… y lo toman como una verdad propia. Personas que jamás han leído la Constitución entera, o que ni siquiera la comprenden, la critican. Y ahí es donde estamos perdiendo todos. Hemos dejado que el desconocimiento sea algo cotidiano, incluso en las cosas que nos afectan directamente, y ante eso, nos dejamos llevar por el listo de turno que mejor nos convence. Pues, sin aires de nada, conmigo que no cuenten. Mi opinión no se formará según los comentarios de nadie, sino que beberá de la historia y de la normativa. Puede que no sea la mejor, pero al menos será mía. Y desde ahí me permito decir que yo sí celebro la Constitución actual, y que no apruebo hoy ni aprobaré nunca unos cambios que pretenden romper la unidad que consagra para legitimar la división, sin importar los argumentos que usen para disfrazar las intenciones financieras y hacerme cambiar de opinión. Tal es mi derecho, y no dudaré en ejercerlo. La Constitución lo hizo posible.
domingo, 7 de diciembre de 2014
lunes, 26 de mayo de 2014
La Décima
Si uno es mínimamente inteligente, con el paso de los años va aprendiendo muchas cosas. A veces son cosas útiles, que te permiten salir airosa de determinadas situaciones. Otras veces son cosas que no te sirven más que para no perder tiempo en repetir una experiencia vacía. En cualquier caso, si mantienes la mente abierta y te permites cuestionarse las cosas, aunque sea sólo por un segundo, aunque sólo te sirva para reafirmarte en lo que ya creías, siempre aprendes, y con ese aprendizaje, subes un peldaño más en la particular escalera del crecimiento personal. Por supuesto, no es ningún camino de rosas, pero la vida te enseña bien pronto que todo lo que merece la pena tiene un precio alto. No obstante, hay lecciones duras que casi desearías no haber aprendido. Como, por ejemplo, lo difícil que resulta ser justo a la hora de juzgar cualquier situación.
El ser humano, bajo mi punto de vista, es injusto por naturaleza. ¡Cómo podría ser de otra manera, siendo como es, envidioso y débil! Quizás por eso inventamos la justicia, para tener algo a lo que aspirar, algo que nos elevara del deplorable estado en el que nos encontramos la mayoría. Claro que es mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque lo segundo implica valorar el contexto en su conjunto, y no determinados momentos puntuales. Nosotros le hemos puesto a la justicia en las manos una balanza, y nos divertimos ignorando uno de los platos según nos interese. Si tenemos enfrente al pobre perdedor, veremos los dos platos. Es más, tenderemos a llenar el plato del mérito más que su antagonista. Pero no os equivoquéis, no es la pureza de corazón lo que nos hace hacerlo así, sino la debilidad. Es más fácil empatizar con el que es igual de miserable que tú. Al fin y al cabo, no te supone ninguna amenaza. Con el ganador, la historia cambia. Ya no nos interesa mirar apenas el plato de los méritos, ¿para qué? ¿Para dejarnos patente que se puede, pero que nosotros carecemos de talento o voluntad? No, no. Mejor vamos a mirar con lupa y todo detenimiento el plato de los desméritos, retorciendo precisamente la cualidad que en secreto envidiamos y de la que carecemos por completo.
Lo dije antes y merece la pena repetirlo: el ser humano no es justo, es envidioso y débil. Precisamente por eso la gran mayoría de nuestros juicios de valor están impregnados de una de estas dos características que, para colmo, tampoco usamos de manera arbitraria, sino de una forma que podríamos llamar biológicamente predeterminada. Al perdedor lo juzgaremos siempre con debilidad, porque es fácil perdonar las faltas del que es peor que tú, del que no tiene posibilidades contra ti. Al ganador lo juzgaremos con envidia, por tener la desfachatez de dejar patente que se puede ser mejor, pero que nosotros no lo somos porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso conlleva.
En secreto, los débiles del mundo han retorcido la fábula de superación más antigua que existe, y lo peor es que el resto nos lo hemos tragado. ¿Por qué nadie quiere ser Goliat? ¿Por qué todos quieren ser David? Porque David es el pequeño, lo que se traduce en el débil, que con su astucia vence al gigante, que sólo puede decir en su favor que es tan fuerte como grande. ¿Y punto? ¿A eso ha quedado reducido todo? Si eres pequeño, eres débil pero listo; si eres grande, eres tonto pero fuerte. Pero, ¿y si el débil, gracias a su inteligencia, se convierte en fuerte? ¿Pasa a ser un Goliat más, y en dicha conversión, automáticamente se vuelve tonto? ¿Nadie puede ser grande, fuerte y listo? ¿El precio que ha de pagar el débil por ser fuerte es la pérdida de inteligencia? Sería una buena excusa de los débiles para no efectuar el cambio, desde luego. ¿Y qué pasa con David? Después de su victoria, ¿desaparece? Pues resulta que no, pero como en tantas ocasiones, la historia después de la historia no sirve para hacer ciertas propagandas. Para no cansar, y como la versión completa y con detalles para el que quiera contrastarlo está en la Biblia, el resumen podría ser el siguiente: David, que ya no era débil, despertó la envidia (¿veis porqué hacía antes hincapié en esto?) de algunos de sus semejantes, que obviamente, no tenían lo que había que tener para aceptar que uno es tan grande como trabaje para serlo. Así las cosas, David tiene que luchar con denuedo contra la inquina y la envidia que ha despertado su reciente grandeza, encontrando en su camino tantos detractores como manos amigas. ¿Resultado? Todos recordamos el nombre de David, ¿alguien recuerda el nombre de los envidiosos? Apuesto a que los débiles no. Porque esa parte de la historia, que reinterpreta el fragmento que ellos han maleado, no les hace quedar bien.
Y esto, señores, pasa continuamente. ¿Un ejemplo? La Décima. Sí, vamos a hablar, por fin, de fútbol, pero ya metidos en contexto. Porque desde la noche del 24 de mayo se han estado diciendo muchas tonterías, y ya va siendo hora de que se oigan algunas palabras que pongan freno a tanto sinsentido. He leído y escuchado una y otra vez, siempre a los aficionados y simpatizantes de los mismos equipos, todo hay que decirlo, que el Real Madrid no mereció ganar. Incluso, y lamento reproducir tamaña blasfemia, hay aficionados (o que dicen llamarse así) del Real Madrid, ¡que lo dicen! Falsos aficionados, le pese a quien le pese. ¿Y en qué basan toda su argumentación? En los cinco minutos añadidos al final. Porque está claro que un equipo tiene que demostrar si es digno de ganar la Orejona en los 90 minutos reglamentarios del último partido. Y punto. Y yo me pregunto, ¿en qué piedra está eso escrito? ¿Quién carajo ha proclamado que esa es la verdad universal? Una verdad sectaria, todo hay que decirlo, porque el señor clarividente que sentó cátedra con tamaña afirmación no tuvo en consideración las pérdidas de tiempo a la que los equipos son tan aficionados cuando llevan un gol de ventaja, se haya metido ese gol en el minuto 1 de partido o en el 36. Esas pérdidas que se traducen en saques de línea que se alargan hasta llegar al minuto, dolores en las pantorrillas por un empujoncito del rival, encontronazos con jugadores del otro equipo para que el árbitro tenga que desplazarse a separarlos y así se quede el juego parado, cambios de jugadores en los que los susodichos avanzan a tal velocidad hacía el banquillo que casi te parece verlos caminar al revés, etc. Hay muchas maneras de perder el tiempo en el césped, y cualquiera que entienda de fútbol las reconoce sólo con olerlas. Pero claro, el que estableció la sacralidad de los 90 minutos carecía de nariz. Y de sentido común, dicho sea de paso.
El Real Madrid conquistó su Décima, y sí, hay que decir conquistar porque lo de este equipo con la Orejona es el mayor romance futbolístico de todos los tiempos, desde los emparejamientos de la fase de grupos. La conquistó cuando Cristiano Ronaldo consiguió el record de goles de esa fase con nueve tantos. Record que no se había batido desde la temporada 2002/2003. La conquistó cuando ese mismo delantero, que antes de meter su gol número 17 la noche a la que me refiero, ya aventajaba como máximo goleador de esta edición al segundo (Ibrahimovic) por seis goles, y al tercero y cuarto (Messi y Diego Costa) por ocho. La conquistó cuando en esa misma fase de grupos se dedicó a golear a todo equipo que se le ponía a tiro, sentando las bases de lo que pretendía conseguir ese año. La conquistó cuando, contra todo pronóstico, eliminó al Borussia Dortmund, verdugo la pasada campaña. La conquistó cuando, de nuevo contra todo pronóstico y cuando más de uno los daba por muertos, eliminó al anterior, aunque en ese momento vigente, campeón de la Champions, Bayer de Munich. La conquistó cada vez que a lo largo de esta campaña se ha cuestionado su autoridad en Europa, manteniendo la cabeza fría y la mirada en el objetivo. La conquistó cuando, hay que admitirlo, bajo los brazos en Liga para convertir la Décima en la prioridad absoluta de esta temporada. La conquistó cuando Casillas se dejó marcar el gol más tonto de todas las finales de la Champions, y aun así, tanto jugadores como equipo técnico y afición, continuamos creyendo que la vida no podía ser tan cruel como para jugar la final de la Décima y no llevárnosla a su casa. La conquistó con jugadores cansados, lesionados, a medio gas, pero repletos de coraje, de fe, de talento. La conquistó cuando salió con una alineación de 4-4-3, poniendo en punta a lo más granado del ramillete, a fin de meter los goles que nos aseguraran la victoria. La conquistó cuando el mejor jugador del mundo, a pesar de ser una sombra de lo que es debido a su malestar físico actual, decidió arriesgar un mundial por una Décima quedándose en el campo los 120 minutos. La conquistó cuando Ramos ejecutó el proverbial cabezazo por el que lo recordaremos siempre con cariño y respeto. La conquistó cuando el fichaje más criticado, aunque legal en sus cifras, del año, no perdió la fe en que uno de sus remates tocara red en portería, demostrando como en la final de la Copa del Rey que, si vamos a juzgar a los jugadores sólo por aparecer en los momentos decisivos, desde luego, él puede subirse a ese podio por derecho. La conquistó, la conquistó, y la volvió a conquistar innumerables veces a lo largo de esta larga, aunque ahora nos parece corta, temporada.
Yo soy del Real Madrid, ¡cómo podría no serlo! Yo he crecido viendo a Raúl demostrando su señorío en el campo y fuera de él. He crecido viendo a los galácticos. He crecido escuchando cada partido en el Bernabeu en el minuto 7 “illa, illa, illa, Juanito Maravilla”. He crecido viendo aumentar cada temporada el palmarés de mi club. He crecido viendo a Di Stéfano adorar un escudo más que su propio nombre. He crecido viendo como los mejores jugadores del mundo adoraban la camiseta blanca. He crecido escuchando anécdotas de la quinta del Buitre. He crecido con la excelencia. He crecido con la ética del sacrificio diario. He crecido con la acusación de la soberbia, de la falsa humildad, de la prepotencia. Y lo he soportado, y he crecido más fuerte cada vez, porque por mucho que escueza, nadie puede ser realmente humilde y aspirar a grandes cosas. El verdadero humilde se conforma con lo que tiene, no pide más, no aspira a más, porque eso es aspirar a ser mejor que otros, y eso va en contra de la esencia de la humildad. No, el Real Madrid no me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser trabajadora, a no dejarme pisotear por nadie, a no creer que los demás pueden hacer algo que a mí me está vetado, a tener fe en que siempre hay uno entre millones y ese uno, ¡qué carajo!, puedes ser tú si te esfuerzas más que nadie. Y la noche del 24 de mayo me demostró que todas esas lecciones siguen vigentes, que las pregona y las sigue practicando, y por encima de todo, que realmente funcionan, que dan resultados, que marcan la diferencia.
No, el Atletico de Madrid no se mereció ganar. Ni esa noche, ni ninguna de las anteriores. Porque eliminar a un Barcelona en decadencia no es el precio a pagar por esta victoria. Ni tener el camino expedito de cocos que le van cayendo al resto de rivales. Ni que tu mejor jugador sea el portero y tu mayor mérito en la competición ser el equipo menos goleado. Ni salir a ganar una Copa de Europa con un sistema de 4-4-2, con un delantero estrella que a los pocos minutos, valorando más el mundial que la copa que tiene delante, prefiere no arriesgar. Ni marcar un gol en el minuto 36 y encerrarte atrás, que por otra parte, era lo que había estado haciendo los 36 minutos anteriores de partido, aunque sin gol a favor. Ni decir que si se tiene fe y se trabaja, se consiguen las cosas, y perder tiempo a manos llenas rezando porque el reloj se acelere, en lugar de luchar por marcar el segundo gol habría matado el partido. No, no se lo mereció porque en el momento crucial, el equipo que demostró tener fe hasta el final fue el Real Madrid. El que no bajó los brazos y tuvo un sistema enfocado en el ataque y en meter goles, que es lo que gana los partidos de fútbol, al fin y al cabo, fue el Real Madrid. Las oportunidades no son de la persona a quien se le presentan, sino de la persona que las agarra. Y eso le falto al Atletico de Madrid: agarrar su oportunidad.
Sí, el Real Madrid fue justo vencedor. Por toda la temporada que ha hecho. Por un Cristiano Ronaldo que devora record de goles cada temporada, haciendo avanzar al equipo. Por un Xabi Alonso que se debatía desesperado en las gradas, después de que un mal lance le privara de jugar la final que tanto se había ganado. Por un Carvajal que, si bien no recibe los halagos que se merece, analizado partido a partido, es uno de los jugadores más trabajadores de la historia del fútbol. Por un Varane que con sólo 21 años es un muro defensivo seguro y fiable al que jugadores veteranos rivales temen encarar. Por un Modric que este año ha limpiado las críticas del anterior demostrando que los equipos, como todo lo humano, necesita su tiempo de adaptación, pero cuando se completa, ¡madre mía!, cuando se completa puede ser una combinación gloriosa. Por un Sergio Ramos que, a pesar de sus codazos y su juego peligroso, siempre derrocha pasión, ganas y fe. Por todos los jugadores que no menciono, pero que han trabajado a favor del equipo. Por el equipo técnico. Por Ancelotti y su reposada manera de no entrar en los berenjenales de las salas de prensa, pero sin duda, saber entrar en los del vestuario para aportar una unidad y una calma que nos había dejado de visitar. Por Zidane, por ser, por estar, porque aunque se va, siempre esperamos que vuelva y siempre hay sitio para él. Por la afición, que lo hemos sufrido, y aun así, aquí estamos siempre, pierda o gane, defendiendo el equipo a capa y espada sin renunciar a la crítica constructiva ni a la necesaria exigencia. Porque sólo hay dos palabras en el mundo futbolístico que sean el mejor saludo y la mejor despedida, que despierten la sonrisa más grande, que te hagan empatizar con alguien de la manera más rápida, que te hagan sentir la más calurosa bienvenida, que te emocionen tanto, que siempre sea buen momento para decirlas, que condensen toda la historia del madridismo. ¿A estas alturas, alguien duda cuales son esas dos palabras? Como dice una canción reciente: ¡Hala Madrid! Y nada más.
El ser humano, bajo mi punto de vista, es injusto por naturaleza. ¡Cómo podría ser de otra manera, siendo como es, envidioso y débil! Quizás por eso inventamos la justicia, para tener algo a lo que aspirar, algo que nos elevara del deplorable estado en el que nos encontramos la mayoría. Claro que es mucho más fácil decirlo que hacerlo, porque lo segundo implica valorar el contexto en su conjunto, y no determinados momentos puntuales. Nosotros le hemos puesto a la justicia en las manos una balanza, y nos divertimos ignorando uno de los platos según nos interese. Si tenemos enfrente al pobre perdedor, veremos los dos platos. Es más, tenderemos a llenar el plato del mérito más que su antagonista. Pero no os equivoquéis, no es la pureza de corazón lo que nos hace hacerlo así, sino la debilidad. Es más fácil empatizar con el que es igual de miserable que tú. Al fin y al cabo, no te supone ninguna amenaza. Con el ganador, la historia cambia. Ya no nos interesa mirar apenas el plato de los méritos, ¿para qué? ¿Para dejarnos patente que se puede, pero que nosotros carecemos de talento o voluntad? No, no. Mejor vamos a mirar con lupa y todo detenimiento el plato de los desméritos, retorciendo precisamente la cualidad que en secreto envidiamos y de la que carecemos por completo.
Lo dije antes y merece la pena repetirlo: el ser humano no es justo, es envidioso y débil. Precisamente por eso la gran mayoría de nuestros juicios de valor están impregnados de una de estas dos características que, para colmo, tampoco usamos de manera arbitraria, sino de una forma que podríamos llamar biológicamente predeterminada. Al perdedor lo juzgaremos siempre con debilidad, porque es fácil perdonar las faltas del que es peor que tú, del que no tiene posibilidades contra ti. Al ganador lo juzgaremos con envidia, por tener la desfachatez de dejar patente que se puede ser mejor, pero que nosotros no lo somos porque no estamos dispuestos a pagar el precio que eso conlleva.
En secreto, los débiles del mundo han retorcido la fábula de superación más antigua que existe, y lo peor es que el resto nos lo hemos tragado. ¿Por qué nadie quiere ser Goliat? ¿Por qué todos quieren ser David? Porque David es el pequeño, lo que se traduce en el débil, que con su astucia vence al gigante, que sólo puede decir en su favor que es tan fuerte como grande. ¿Y punto? ¿A eso ha quedado reducido todo? Si eres pequeño, eres débil pero listo; si eres grande, eres tonto pero fuerte. Pero, ¿y si el débil, gracias a su inteligencia, se convierte en fuerte? ¿Pasa a ser un Goliat más, y en dicha conversión, automáticamente se vuelve tonto? ¿Nadie puede ser grande, fuerte y listo? ¿El precio que ha de pagar el débil por ser fuerte es la pérdida de inteligencia? Sería una buena excusa de los débiles para no efectuar el cambio, desde luego. ¿Y qué pasa con David? Después de su victoria, ¿desaparece? Pues resulta que no, pero como en tantas ocasiones, la historia después de la historia no sirve para hacer ciertas propagandas. Para no cansar, y como la versión completa y con detalles para el que quiera contrastarlo está en la Biblia, el resumen podría ser el siguiente: David, que ya no era débil, despertó la envidia (¿veis porqué hacía antes hincapié en esto?) de algunos de sus semejantes, que obviamente, no tenían lo que había que tener para aceptar que uno es tan grande como trabaje para serlo. Así las cosas, David tiene que luchar con denuedo contra la inquina y la envidia que ha despertado su reciente grandeza, encontrando en su camino tantos detractores como manos amigas. ¿Resultado? Todos recordamos el nombre de David, ¿alguien recuerda el nombre de los envidiosos? Apuesto a que los débiles no. Porque esa parte de la historia, que reinterpreta el fragmento que ellos han maleado, no les hace quedar bien.
Y esto, señores, pasa continuamente. ¿Un ejemplo? La Décima. Sí, vamos a hablar, por fin, de fútbol, pero ya metidos en contexto. Porque desde la noche del 24 de mayo se han estado diciendo muchas tonterías, y ya va siendo hora de que se oigan algunas palabras que pongan freno a tanto sinsentido. He leído y escuchado una y otra vez, siempre a los aficionados y simpatizantes de los mismos equipos, todo hay que decirlo, que el Real Madrid no mereció ganar. Incluso, y lamento reproducir tamaña blasfemia, hay aficionados (o que dicen llamarse así) del Real Madrid, ¡que lo dicen! Falsos aficionados, le pese a quien le pese. ¿Y en qué basan toda su argumentación? En los cinco minutos añadidos al final. Porque está claro que un equipo tiene que demostrar si es digno de ganar la Orejona en los 90 minutos reglamentarios del último partido. Y punto. Y yo me pregunto, ¿en qué piedra está eso escrito? ¿Quién carajo ha proclamado que esa es la verdad universal? Una verdad sectaria, todo hay que decirlo, porque el señor clarividente que sentó cátedra con tamaña afirmación no tuvo en consideración las pérdidas de tiempo a la que los equipos son tan aficionados cuando llevan un gol de ventaja, se haya metido ese gol en el minuto 1 de partido o en el 36. Esas pérdidas que se traducen en saques de línea que se alargan hasta llegar al minuto, dolores en las pantorrillas por un empujoncito del rival, encontronazos con jugadores del otro equipo para que el árbitro tenga que desplazarse a separarlos y así se quede el juego parado, cambios de jugadores en los que los susodichos avanzan a tal velocidad hacía el banquillo que casi te parece verlos caminar al revés, etc. Hay muchas maneras de perder el tiempo en el césped, y cualquiera que entienda de fútbol las reconoce sólo con olerlas. Pero claro, el que estableció la sacralidad de los 90 minutos carecía de nariz. Y de sentido común, dicho sea de paso.
El Real Madrid conquistó su Décima, y sí, hay que decir conquistar porque lo de este equipo con la Orejona es el mayor romance futbolístico de todos los tiempos, desde los emparejamientos de la fase de grupos. La conquistó cuando Cristiano Ronaldo consiguió el record de goles de esa fase con nueve tantos. Record que no se había batido desde la temporada 2002/2003. La conquistó cuando ese mismo delantero, que antes de meter su gol número 17 la noche a la que me refiero, ya aventajaba como máximo goleador de esta edición al segundo (Ibrahimovic) por seis goles, y al tercero y cuarto (Messi y Diego Costa) por ocho. La conquistó cuando en esa misma fase de grupos se dedicó a golear a todo equipo que se le ponía a tiro, sentando las bases de lo que pretendía conseguir ese año. La conquistó cuando, contra todo pronóstico, eliminó al Borussia Dortmund, verdugo la pasada campaña. La conquistó cuando, de nuevo contra todo pronóstico y cuando más de uno los daba por muertos, eliminó al anterior, aunque en ese momento vigente, campeón de la Champions, Bayer de Munich. La conquistó cada vez que a lo largo de esta campaña se ha cuestionado su autoridad en Europa, manteniendo la cabeza fría y la mirada en el objetivo. La conquistó cuando, hay que admitirlo, bajo los brazos en Liga para convertir la Décima en la prioridad absoluta de esta temporada. La conquistó cuando Casillas se dejó marcar el gol más tonto de todas las finales de la Champions, y aun así, tanto jugadores como equipo técnico y afición, continuamos creyendo que la vida no podía ser tan cruel como para jugar la final de la Décima y no llevárnosla a su casa. La conquistó con jugadores cansados, lesionados, a medio gas, pero repletos de coraje, de fe, de talento. La conquistó cuando salió con una alineación de 4-4-3, poniendo en punta a lo más granado del ramillete, a fin de meter los goles que nos aseguraran la victoria. La conquistó cuando el mejor jugador del mundo, a pesar de ser una sombra de lo que es debido a su malestar físico actual, decidió arriesgar un mundial por una Décima quedándose en el campo los 120 minutos. La conquistó cuando Ramos ejecutó el proverbial cabezazo por el que lo recordaremos siempre con cariño y respeto. La conquistó cuando el fichaje más criticado, aunque legal en sus cifras, del año, no perdió la fe en que uno de sus remates tocara red en portería, demostrando como en la final de la Copa del Rey que, si vamos a juzgar a los jugadores sólo por aparecer en los momentos decisivos, desde luego, él puede subirse a ese podio por derecho. La conquistó, la conquistó, y la volvió a conquistar innumerables veces a lo largo de esta larga, aunque ahora nos parece corta, temporada.
Yo soy del Real Madrid, ¡cómo podría no serlo! Yo he crecido viendo a Raúl demostrando su señorío en el campo y fuera de él. He crecido viendo a los galácticos. He crecido escuchando cada partido en el Bernabeu en el minuto 7 “illa, illa, illa, Juanito Maravilla”. He crecido viendo aumentar cada temporada el palmarés de mi club. He crecido viendo a Di Stéfano adorar un escudo más que su propio nombre. He crecido viendo como los mejores jugadores del mundo adoraban la camiseta blanca. He crecido escuchando anécdotas de la quinta del Buitre. He crecido con la excelencia. He crecido con la ética del sacrificio diario. He crecido con la acusación de la soberbia, de la falsa humildad, de la prepotencia. Y lo he soportado, y he crecido más fuerte cada vez, porque por mucho que escueza, nadie puede ser realmente humilde y aspirar a grandes cosas. El verdadero humilde se conforma con lo que tiene, no pide más, no aspira a más, porque eso es aspirar a ser mejor que otros, y eso va en contra de la esencia de la humildad. No, el Real Madrid no me enseñó a ser humilde. Me enseñó a ser trabajadora, a no dejarme pisotear por nadie, a no creer que los demás pueden hacer algo que a mí me está vetado, a tener fe en que siempre hay uno entre millones y ese uno, ¡qué carajo!, puedes ser tú si te esfuerzas más que nadie. Y la noche del 24 de mayo me demostró que todas esas lecciones siguen vigentes, que las pregona y las sigue practicando, y por encima de todo, que realmente funcionan, que dan resultados, que marcan la diferencia.
No, el Atletico de Madrid no se mereció ganar. Ni esa noche, ni ninguna de las anteriores. Porque eliminar a un Barcelona en decadencia no es el precio a pagar por esta victoria. Ni tener el camino expedito de cocos que le van cayendo al resto de rivales. Ni que tu mejor jugador sea el portero y tu mayor mérito en la competición ser el equipo menos goleado. Ni salir a ganar una Copa de Europa con un sistema de 4-4-2, con un delantero estrella que a los pocos minutos, valorando más el mundial que la copa que tiene delante, prefiere no arriesgar. Ni marcar un gol en el minuto 36 y encerrarte atrás, que por otra parte, era lo que había estado haciendo los 36 minutos anteriores de partido, aunque sin gol a favor. Ni decir que si se tiene fe y se trabaja, se consiguen las cosas, y perder tiempo a manos llenas rezando porque el reloj se acelere, en lugar de luchar por marcar el segundo gol habría matado el partido. No, no se lo mereció porque en el momento crucial, el equipo que demostró tener fe hasta el final fue el Real Madrid. El que no bajó los brazos y tuvo un sistema enfocado en el ataque y en meter goles, que es lo que gana los partidos de fútbol, al fin y al cabo, fue el Real Madrid. Las oportunidades no son de la persona a quien se le presentan, sino de la persona que las agarra. Y eso le falto al Atletico de Madrid: agarrar su oportunidad.
Sí, el Real Madrid fue justo vencedor. Por toda la temporada que ha hecho. Por un Cristiano Ronaldo que devora record de goles cada temporada, haciendo avanzar al equipo. Por un Xabi Alonso que se debatía desesperado en las gradas, después de que un mal lance le privara de jugar la final que tanto se había ganado. Por un Carvajal que, si bien no recibe los halagos que se merece, analizado partido a partido, es uno de los jugadores más trabajadores de la historia del fútbol. Por un Varane que con sólo 21 años es un muro defensivo seguro y fiable al que jugadores veteranos rivales temen encarar. Por un Modric que este año ha limpiado las críticas del anterior demostrando que los equipos, como todo lo humano, necesita su tiempo de adaptación, pero cuando se completa, ¡madre mía!, cuando se completa puede ser una combinación gloriosa. Por un Sergio Ramos que, a pesar de sus codazos y su juego peligroso, siempre derrocha pasión, ganas y fe. Por todos los jugadores que no menciono, pero que han trabajado a favor del equipo. Por el equipo técnico. Por Ancelotti y su reposada manera de no entrar en los berenjenales de las salas de prensa, pero sin duda, saber entrar en los del vestuario para aportar una unidad y una calma que nos había dejado de visitar. Por Zidane, por ser, por estar, porque aunque se va, siempre esperamos que vuelva y siempre hay sitio para él. Por la afición, que lo hemos sufrido, y aun así, aquí estamos siempre, pierda o gane, defendiendo el equipo a capa y espada sin renunciar a la crítica constructiva ni a la necesaria exigencia. Porque sólo hay dos palabras en el mundo futbolístico que sean el mejor saludo y la mejor despedida, que despierten la sonrisa más grande, que te hagan empatizar con alguien de la manera más rápida, que te hagan sentir la más calurosa bienvenida, que te emocionen tanto, que siempre sea buen momento para decirlas, que condensen toda la historia del madridismo. ¿A estas alturas, alguien duda cuales son esas dos palabras? Como dice una canción reciente: ¡Hala Madrid! Y nada más.
martes, 21 de enero de 2014
Maneiro
Cada día me gustan menos los políticos. Y no es que antes me gustaran, precisamente, pero al menos estaba convencida de que eran necesarios porque realizaban una labor social importante. Ahora no estoy muy segura de que labor realizan, a no ser que se pueda considerar como tal el asqueamiento continuo a la ciudadanía. Sin embargo, por muy poco que los aprecie en este momento, es innegable que nadie escapa a la política, así que teniendo en cuenta que ella va a encargarse de mí, me guste o no, será mejor que yo procure estar al tanto de lo que se va cociendo. No sea que luego no sepa ni de donde me vienen los tiros.
Con toda la frecuencia que me es posible, por tanto, intento estar al corriente de las diversas acciones que llevan a cabo los partidos políticos que colorean nuestro panorama nacional. Ni que decir tiene que voy de disgusto en disgusto, pasando por ataques de rabia y de vergüenza ajena entre tanto y tanto. Las gotas que suelen colmar el vaso vienen en su mayoría de las intervenciones estelares que realizan en los parlamentos (nacional o autonómico, tanto da, los pagamos igual). Todavía no me he acostumbrado, y me parece que me va a costar muchos años de vida hacerlo, a la dignidad parlamentaria. Inocente de mí, pensaba que el Parlamento era un lugar serio, donde se trataban asuntos serios, por personas serias y sentido del decoro. ¿Cuál es la realidad? Los parlamentos son circos. Y como en todos los circos, se oyen abucheos, aplausos y gritos de conformidad o disconformidad. Eso sin contar los gestos, muchas veces groseros, que se dedican unos payasos, esto, parlamentarios, a otros. Y nunca, pero nunca, se habla de temas serios. Es más, cuanto más serio sea un tema, más rodeos darán para consumir el tiempo asignado sin acercarse al problema en cuestión.
Entre tanta fauna, algún espécimen me da menos asco que los demás. Incluso a veces, hasta me sorprendo dándole la razón a alguno. Pero no había más avances en la materia hasta que un día escuché a un tal Gorka Maneiro. Fue uno de esos días que me pongo a ver vídeos de las intervenciones en el Parlamento nacional. Al terminar uno de ellos, me salió entre los siguientes uno con el siguiente título “Ustedes son la vergüenza de este Parlamento”. Me intrigó tanto que quise verlo. Y me alegro mucho de haberlo hecho, porque ese día aprendí que hay muchas personas dignas, y algunas de ellas, hasta pueden ser políticos. Maneiro es una de esas personas. Este señor, y lo digo en el sentido pleno de la palabra, aún a riesgo de tener que tragármela algún día, baja al estrado del Parlamento vasco día sí, día también, a plantarse delante de los representantes de EH Bildu para decirles, entre otras cosas, que es vergonzoso llamar presos políticos a los etarras, o impedir su detención, o portar camisetas de apoyo a los delincuentes. En el video del que estamos hablando, explica de manera clara y sencilla porque es asqueroso que se les llame presos políticos, y aunque todos lo sabemos, lo voy a repetir aquí siguiendo sus palabras: “cuando EH Bildu y la izquierda abertzale, o eso que se llama la izquierda abertzale, se refiere a los presos de ETA como presos políticos, está diciendo que los presos de ETA encarcelados no deberían seguir presos, es decir, que son inocentes, es decir, que están injustamente encarcelados, es decir, que no cometieron delitos, es decir, que sus crímenes estuvieron bien”.
No es la única frase memorable del vídeo, pero siendo honesta, a mí ya me había ganado para su causa. Me parece admirable que entre tanto parásito desalmado, un hombre perfectamente identificado baje al estrado siempre que la ocasión se presenta, y con ciertas alimañas en el mismo parlamento, la ocasión no se hace de rogar, les mire a los ojos y les diga la verdad. EH Bildu es ETA. No ha condenado ni uno sólo de los asesinatos ni cualquier otra acción de ETA. Es más, los justifica una y otra vez usando la manida frase del conflicto vasco. Pero no es conflicto cuando un bando es el único que mata. Eso se llama masacre. Y Maneiro no tarda en darles la réplica y recordárselo cada vez que se les ocurre mencionarlo. Y les recuerda que las víctimas no son los presos, sino los muertos y sus familias, mal que les pese o por mucho que quieran disfrazarlo. Y llegado el caso, se vuelve a su lehendakari y le dice, como vasco, lo desolador que le resulta que no condene que se diga que hay presos políticos en el país vasco. Y si tiene que ceder en sus pretensiones para apoyar otras que se quedan a medio camino de lo que él defiende, pero que aún así son un avance contra la lucha terrorista, lo hace.
Yo no se lo que Maneiro opina sobre el aborto. Ni sobre la religión. Ni sobre la monarquía. Ni siquiera sobre el sistema autonómico. Pero sé lo que opina sobre el terrorismo y la democracia. Sé como defiende sus propuestas en el estrado y fuera de él. Sé donde tiene actualmente marcados sus límites. Sé que es capaz de defender su verdad delante de demócratas o asesinos. Sé que se respeta a sí mismo, porque se niega a mirar hacia otro lado. Sé que es capaz de respetar a los demás, porque hace concesiones con otros grupos si la ocasión lo requiere. Así que, en el fondo, ¿qué me importa lo que opine sobre todo lo anterior? La democracia no consiste en opinar todos lo mismo, sino en saber que, sean cuales sean tus opiniones, siempre dentro de ciertos límites fundamentales que no incluyen eliminar la opinión del resto a tiros, tienes un marco donde defender tu opinión, y sobre todo, tienes un marco donde negociar tu posición con el resto. La democracia es más que la opinión de la mayoría: es la manera de llegar a esa mayoría. Y con Gorka Maneiro, al menos, es una manera honesta y cabal. Así que, a día de hoy, puedo decir que hay un político que se ha ganado mi respeto. Ese político, por si a estas alturas hay alguna duda, se llama Gorka Maneiro.
Con toda la frecuencia que me es posible, por tanto, intento estar al corriente de las diversas acciones que llevan a cabo los partidos políticos que colorean nuestro panorama nacional. Ni que decir tiene que voy de disgusto en disgusto, pasando por ataques de rabia y de vergüenza ajena entre tanto y tanto. Las gotas que suelen colmar el vaso vienen en su mayoría de las intervenciones estelares que realizan en los parlamentos (nacional o autonómico, tanto da, los pagamos igual). Todavía no me he acostumbrado, y me parece que me va a costar muchos años de vida hacerlo, a la dignidad parlamentaria. Inocente de mí, pensaba que el Parlamento era un lugar serio, donde se trataban asuntos serios, por personas serias y sentido del decoro. ¿Cuál es la realidad? Los parlamentos son circos. Y como en todos los circos, se oyen abucheos, aplausos y gritos de conformidad o disconformidad. Eso sin contar los gestos, muchas veces groseros, que se dedican unos payasos, esto, parlamentarios, a otros. Y nunca, pero nunca, se habla de temas serios. Es más, cuanto más serio sea un tema, más rodeos darán para consumir el tiempo asignado sin acercarse al problema en cuestión.
Entre tanta fauna, algún espécimen me da menos asco que los demás. Incluso a veces, hasta me sorprendo dándole la razón a alguno. Pero no había más avances en la materia hasta que un día escuché a un tal Gorka Maneiro. Fue uno de esos días que me pongo a ver vídeos de las intervenciones en el Parlamento nacional. Al terminar uno de ellos, me salió entre los siguientes uno con el siguiente título “Ustedes son la vergüenza de este Parlamento”. Me intrigó tanto que quise verlo. Y me alegro mucho de haberlo hecho, porque ese día aprendí que hay muchas personas dignas, y algunas de ellas, hasta pueden ser políticos. Maneiro es una de esas personas. Este señor, y lo digo en el sentido pleno de la palabra, aún a riesgo de tener que tragármela algún día, baja al estrado del Parlamento vasco día sí, día también, a plantarse delante de los representantes de EH Bildu para decirles, entre otras cosas, que es vergonzoso llamar presos políticos a los etarras, o impedir su detención, o portar camisetas de apoyo a los delincuentes. En el video del que estamos hablando, explica de manera clara y sencilla porque es asqueroso que se les llame presos políticos, y aunque todos lo sabemos, lo voy a repetir aquí siguiendo sus palabras: “cuando EH Bildu y la izquierda abertzale, o eso que se llama la izquierda abertzale, se refiere a los presos de ETA como presos políticos, está diciendo que los presos de ETA encarcelados no deberían seguir presos, es decir, que son inocentes, es decir, que están injustamente encarcelados, es decir, que no cometieron delitos, es decir, que sus crímenes estuvieron bien”.
No es la única frase memorable del vídeo, pero siendo honesta, a mí ya me había ganado para su causa. Me parece admirable que entre tanto parásito desalmado, un hombre perfectamente identificado baje al estrado siempre que la ocasión se presenta, y con ciertas alimañas en el mismo parlamento, la ocasión no se hace de rogar, les mire a los ojos y les diga la verdad. EH Bildu es ETA. No ha condenado ni uno sólo de los asesinatos ni cualquier otra acción de ETA. Es más, los justifica una y otra vez usando la manida frase del conflicto vasco. Pero no es conflicto cuando un bando es el único que mata. Eso se llama masacre. Y Maneiro no tarda en darles la réplica y recordárselo cada vez que se les ocurre mencionarlo. Y les recuerda que las víctimas no son los presos, sino los muertos y sus familias, mal que les pese o por mucho que quieran disfrazarlo. Y llegado el caso, se vuelve a su lehendakari y le dice, como vasco, lo desolador que le resulta que no condene que se diga que hay presos políticos en el país vasco. Y si tiene que ceder en sus pretensiones para apoyar otras que se quedan a medio camino de lo que él defiende, pero que aún así son un avance contra la lucha terrorista, lo hace.
Yo no se lo que Maneiro opina sobre el aborto. Ni sobre la religión. Ni sobre la monarquía. Ni siquiera sobre el sistema autonómico. Pero sé lo que opina sobre el terrorismo y la democracia. Sé como defiende sus propuestas en el estrado y fuera de él. Sé donde tiene actualmente marcados sus límites. Sé que es capaz de defender su verdad delante de demócratas o asesinos. Sé que se respeta a sí mismo, porque se niega a mirar hacia otro lado. Sé que es capaz de respetar a los demás, porque hace concesiones con otros grupos si la ocasión lo requiere. Así que, en el fondo, ¿qué me importa lo que opine sobre todo lo anterior? La democracia no consiste en opinar todos lo mismo, sino en saber que, sean cuales sean tus opiniones, siempre dentro de ciertos límites fundamentales que no incluyen eliminar la opinión del resto a tiros, tienes un marco donde defender tu opinión, y sobre todo, tienes un marco donde negociar tu posición con el resto. La democracia es más que la opinión de la mayoría: es la manera de llegar a esa mayoría. Y con Gorka Maneiro, al menos, es una manera honesta y cabal. Así que, a día de hoy, puedo decir que hay un político que se ha ganado mi respeto. Ese político, por si a estas alturas hay alguna duda, se llama Gorka Maneiro.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Anmol
Anmol era un niño indio de siete años normal y corriente. Bueno, todo lo normal que se puede llegar a ser practicando una religión minoritaria como es el cristianismo en la India. Iba al colegio, jugaba con sus amigos y asistía a la escuela dominical en una Iglesia cercana a su casa. Supongo que tendría sus sueños y deseos, como todo niño. Esos que a veces olvidamos atesorar, pero que son el germen de aquellos que vendrán después y darán fuerza a los proyectos reales que emprendemos en la madurez. Tengo que suponer, porque nunca sabre lo que Anmol deseaba ni lo que hubiera hecho. Nunca sabré si habría conocido su nombre si no lo hubieran torturado y asesinado el 17 de noviembre de este año a la salida de su amada escuela dominical. Nunca sabre si habría causado un impacto en mi vida de no haber vencido al miedo. Porque hay una cosa que sí se de Anmol: tenía coraje.
Hay que tenerlo cuando tu familia está amenazada por practicar una religión en un país que, no sólo no cuenta con el apoyo de la mayoría, sino que esa misma mayoría no tolera y pretende aplastar. Hay que ser valiente para, con siete años, resistir las burlas y los insultos de niños y mayores por creer en algo diferente. Hay que tener una gran fe y una pureza de corazón especial para ser y decir que eres cristiano bajo pena de muerte. Y no de una muerte cualquiera. Aunque al pobre Anmol finalmente le quitaron la vida por ahogamiento en el lago donde, un día más tarde de su desaparición, se encontró el cuerpo que sus padres tuvieron que identificar, la autopsia reveló que fue sometido a múltiples torturas previas. Dedos rotos, cortes en el cuello, rostro quemado, orejas cortadas, ojos vacíos… Sus asesinos no se privaron de ningún sádico placer, exponiendo en el pequeño cuerpo de un niño de siete años todos sus absurdos argumentos.
Sí, Anmol tenía coraje, mucho más del que sus asesinos tendrán jamás, ni en esta vida ni en las venideras, adopten la forma que adopten. Pero, además, Anmol tenía otra gran cualidad: era honesto. Lo fue hasta el final. ¿Cómo podríamos definirlo de otra forma? ¿Cómo explicamos que un niño, amenazado de muerte, decida seguir asistiendo a la escuela dominical? Sólo hay una explicación satisfactoria, y es que ese pequeño niño creía en algo, y lo hacía con tal convencimiento, que disfrazarlo era como retractarse de ello, y hacerlo sería retractarse también de él mismo. Quizás por eso el destino le ofreció que su último acto de rebeldía ante la intolerancia fuera asistir a misa. Ante el odio y la amenaza, él decidió hacer un acto de amor. Amor hacia su religión, hacía Jesucristo, tal y como él los entendía.
Nadie sabrá que habría sido de Anmol, pero todos debemos entender que murió por ser una persona honesta. Persona, no niño, porque sus actos demuestran una madurez que va más allá de la edad. Y aunque eso no vaya a devolverle la vida, aunque no mitigue el dolor de sus familiares, también deberíamos sentir todos un poco de ese dolor. Deberíamos, porque estamos tan insensibilizados a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, que hasta elegimos lo que merece ser contado. Elevamos unas desgracias por encima de otras, y silenciamos multitud de muertes sin sentido. Como han decidido hacer la gran mayoría de medios periodísticos con este caso. ¿Por qué? ¿Es que el asesinato brutal y despiadado de un niño no merece difusión? ¿No hay que airearlo para que todos podamos maldecir a sus asesinos y compadecer a sus familiares? ¿No significa nada la integridad de un niño? La respuesta evidente de la mayoría de los medios es que no. Y yo sólo encuentro dos razones.
1.- Los medios financiados por creencias religiosas diferentes al cristianismo no desean airear la noticia. No sería prudente si luego quieren que países con mayoría cristiano les den subvenciones, les elijan como destino para sus vacaciones o firmen tratados de colaboración. Han convertido en lícito matar por religión, pero no contarlo. En la época de la doble moral, todo vale siempre que el dinero siga fluyendo hacia las arcas que interesan y la población propia esté controlada bajo los parámetros adecuados.
2.- Los mal llamados medios laicos, o ateos, o el nombre que quieran darse, no creen que sea una noticia relevante. Al fin y al cabo, la Iglesia católica apostólica y romana también hizo la guerra santa. Un muerto más a un lado de su balanza no tiene peso ni importancia. Si fuera un niño judío, eso es otra cosa. Pobrecillos, con lo que sufrieron con el nazismo. O un niño islamista. Toda la vida discriminado, obligado a ganar dinero para mantener a su harén controladito y mal visto fuera de su país por practicar una religión no comprendida.
Ambas razones desembocan en una sola consecuencia lógica: ni todos somos iguales, ni una vida vale lo mismo que cualquier otra. Marcados por lo que otros hombres hicieron en nombre del cristiano, los cristianos actuales deben soportar sin rechistar todo aquello que les sobrevenga. Y no me quejo porque a mí sólo me toca aguantar las miradas por encima del hombro de progres intolerantes que me sueltan aquello de “la religión es el opio del pueblo”. Bueno, el dinero también lo es, y no veo a nadie renunciando al suyo para no ser su esclavo. Al menos, en este caso, y si lo queremos reducir a eso, yo he elegido mi esclavitud. Yo, voluntariamente, me he impuesto obedecer ciertas normas porque me ayudan en mi progreso personal. Creer que existe Jesús, que pronunció ciertas palabras, que en realidad jamás estoy sola y que Él siempre espera lo mejor de mí porque sabe que puedo darlo, me proporciona paz interior. La suficiente como para no ir dando guantazos a diestro y siniestro, como me gustaría hacer en muchas ocasiones, y eso por decirlo en plan ligero, porque a veces dan ganas de borrar de ciertas tablas eso de “no matarás” y limpiar el mundo de algunos indeseables, pero sin juicio justo ni inyección letal.
Hay lugares, no obstante, donde los peligros no son las malas miradas ni las palabras displicentes. Lugares como India, Corea del Norte, Sudán, el Congo (me niego a ponerle delante eso de “República Democrática”, que de democracia sólo tiene el nombre), Vietnam, China, Irán, Pakistán, y un largo etc. En esos países, tu vida y la prosperidad de tu familia depende de que creas en la religión que sea considerada correcta. No importa si no crees en ellas realmente, en esos países la apariencia pesa más que la creencia. Y así, se convierte en un acto revolucionario decir “soy cristiano”. Y los ateos cultos y refinados del resto de países donde la religión es una elección, devalúan la vida y la importancia de la muerte de los rebeldes extranjeros con la sucia excusa de lo que se hizo hace siglos. Como si sólo se libraran guerras por motivos religiosos. Y los creyentes cristianos de los países libres, lo permitimos.
El mes pasado leí un libro de una escritora maravillosa que contenía esta frase: “pero un hombre no puede hacer otra cosa que dar lo que tiene, siendo lo que es”. No soy columnista del New York Times, ni corresponsal de la BBC. No soy miembro del gobierno de ningún país. No me siento en los escaños de la oposición. No tengo programa de radio en ninguna cadena. Soy una persona normal, pero existo. Soy sólo una, pero soy, y por lo tanto, en mis manos está pronunciarme sobre este tema. Lo hago ahora por escrito y lo haré verbalmente siempre que surja la oportunidad. No voy a devolverle la vida a nadie. No eliminaré la opresión. Sencillamente, haré lo que creo que es justo, en lugar de cruzarme de brazos excusándome en que si no puedes cambiarlo todo, es mejor no cambiar nada. Como si los pequeños gestos no fueran el germen de los grandes cambios. Confiaré en que un día, muchos pequeños gestos como el mío pesen más que la intolerancia y los intereses económicos. Y cuando dude, cuando crea que no sirve de nada, recordaré a Anmol y a todos los que representa, a todos aquellos a los que les quitan la vida porque es la única manera de quitarles su fe, y volveré a ver con claridad que me he llevado la mejor parte, porque mi peso no es nada comparado con el suyo. Volveré a creer en que los pequeños gestos tienen el poder de cambiar el mundo, porque un gesto cotidiano de un niño indio de siete años cambió el mío.
Hay que tenerlo cuando tu familia está amenazada por practicar una religión en un país que, no sólo no cuenta con el apoyo de la mayoría, sino que esa misma mayoría no tolera y pretende aplastar. Hay que ser valiente para, con siete años, resistir las burlas y los insultos de niños y mayores por creer en algo diferente. Hay que tener una gran fe y una pureza de corazón especial para ser y decir que eres cristiano bajo pena de muerte. Y no de una muerte cualquiera. Aunque al pobre Anmol finalmente le quitaron la vida por ahogamiento en el lago donde, un día más tarde de su desaparición, se encontró el cuerpo que sus padres tuvieron que identificar, la autopsia reveló que fue sometido a múltiples torturas previas. Dedos rotos, cortes en el cuello, rostro quemado, orejas cortadas, ojos vacíos… Sus asesinos no se privaron de ningún sádico placer, exponiendo en el pequeño cuerpo de un niño de siete años todos sus absurdos argumentos.
Sí, Anmol tenía coraje, mucho más del que sus asesinos tendrán jamás, ni en esta vida ni en las venideras, adopten la forma que adopten. Pero, además, Anmol tenía otra gran cualidad: era honesto. Lo fue hasta el final. ¿Cómo podríamos definirlo de otra forma? ¿Cómo explicamos que un niño, amenazado de muerte, decida seguir asistiendo a la escuela dominical? Sólo hay una explicación satisfactoria, y es que ese pequeño niño creía en algo, y lo hacía con tal convencimiento, que disfrazarlo era como retractarse de ello, y hacerlo sería retractarse también de él mismo. Quizás por eso el destino le ofreció que su último acto de rebeldía ante la intolerancia fuera asistir a misa. Ante el odio y la amenaza, él decidió hacer un acto de amor. Amor hacia su religión, hacía Jesucristo, tal y como él los entendía.
Nadie sabrá que habría sido de Anmol, pero todos debemos entender que murió por ser una persona honesta. Persona, no niño, porque sus actos demuestran una madurez que va más allá de la edad. Y aunque eso no vaya a devolverle la vida, aunque no mitigue el dolor de sus familiares, también deberíamos sentir todos un poco de ese dolor. Deberíamos, porque estamos tan insensibilizados a todo lo que ocurre a nuestro alrededor, que hasta elegimos lo que merece ser contado. Elevamos unas desgracias por encima de otras, y silenciamos multitud de muertes sin sentido. Como han decidido hacer la gran mayoría de medios periodísticos con este caso. ¿Por qué? ¿Es que el asesinato brutal y despiadado de un niño no merece difusión? ¿No hay que airearlo para que todos podamos maldecir a sus asesinos y compadecer a sus familiares? ¿No significa nada la integridad de un niño? La respuesta evidente de la mayoría de los medios es que no. Y yo sólo encuentro dos razones.
1.- Los medios financiados por creencias religiosas diferentes al cristianismo no desean airear la noticia. No sería prudente si luego quieren que países con mayoría cristiano les den subvenciones, les elijan como destino para sus vacaciones o firmen tratados de colaboración. Han convertido en lícito matar por religión, pero no contarlo. En la época de la doble moral, todo vale siempre que el dinero siga fluyendo hacia las arcas que interesan y la población propia esté controlada bajo los parámetros adecuados.
2.- Los mal llamados medios laicos, o ateos, o el nombre que quieran darse, no creen que sea una noticia relevante. Al fin y al cabo, la Iglesia católica apostólica y romana también hizo la guerra santa. Un muerto más a un lado de su balanza no tiene peso ni importancia. Si fuera un niño judío, eso es otra cosa. Pobrecillos, con lo que sufrieron con el nazismo. O un niño islamista. Toda la vida discriminado, obligado a ganar dinero para mantener a su harén controladito y mal visto fuera de su país por practicar una religión no comprendida.
Ambas razones desembocan en una sola consecuencia lógica: ni todos somos iguales, ni una vida vale lo mismo que cualquier otra. Marcados por lo que otros hombres hicieron en nombre del cristiano, los cristianos actuales deben soportar sin rechistar todo aquello que les sobrevenga. Y no me quejo porque a mí sólo me toca aguantar las miradas por encima del hombro de progres intolerantes que me sueltan aquello de “la religión es el opio del pueblo”. Bueno, el dinero también lo es, y no veo a nadie renunciando al suyo para no ser su esclavo. Al menos, en este caso, y si lo queremos reducir a eso, yo he elegido mi esclavitud. Yo, voluntariamente, me he impuesto obedecer ciertas normas porque me ayudan en mi progreso personal. Creer que existe Jesús, que pronunció ciertas palabras, que en realidad jamás estoy sola y que Él siempre espera lo mejor de mí porque sabe que puedo darlo, me proporciona paz interior. La suficiente como para no ir dando guantazos a diestro y siniestro, como me gustaría hacer en muchas ocasiones, y eso por decirlo en plan ligero, porque a veces dan ganas de borrar de ciertas tablas eso de “no matarás” y limpiar el mundo de algunos indeseables, pero sin juicio justo ni inyección letal.
Hay lugares, no obstante, donde los peligros no son las malas miradas ni las palabras displicentes. Lugares como India, Corea del Norte, Sudán, el Congo (me niego a ponerle delante eso de “República Democrática”, que de democracia sólo tiene el nombre), Vietnam, China, Irán, Pakistán, y un largo etc. En esos países, tu vida y la prosperidad de tu familia depende de que creas en la religión que sea considerada correcta. No importa si no crees en ellas realmente, en esos países la apariencia pesa más que la creencia. Y así, se convierte en un acto revolucionario decir “soy cristiano”. Y los ateos cultos y refinados del resto de países donde la religión es una elección, devalúan la vida y la importancia de la muerte de los rebeldes extranjeros con la sucia excusa de lo que se hizo hace siglos. Como si sólo se libraran guerras por motivos religiosos. Y los creyentes cristianos de los países libres, lo permitimos.
El mes pasado leí un libro de una escritora maravillosa que contenía esta frase: “pero un hombre no puede hacer otra cosa que dar lo que tiene, siendo lo que es”. No soy columnista del New York Times, ni corresponsal de la BBC. No soy miembro del gobierno de ningún país. No me siento en los escaños de la oposición. No tengo programa de radio en ninguna cadena. Soy una persona normal, pero existo. Soy sólo una, pero soy, y por lo tanto, en mis manos está pronunciarme sobre este tema. Lo hago ahora por escrito y lo haré verbalmente siempre que surja la oportunidad. No voy a devolverle la vida a nadie. No eliminaré la opresión. Sencillamente, haré lo que creo que es justo, en lugar de cruzarme de brazos excusándome en que si no puedes cambiarlo todo, es mejor no cambiar nada. Como si los pequeños gestos no fueran el germen de los grandes cambios. Confiaré en que un día, muchos pequeños gestos como el mío pesen más que la intolerancia y los intereses económicos. Y cuando dude, cuando crea que no sirve de nada, recordaré a Anmol y a todos los que representa, a todos aquellos a los que les quitan la vida porque es la única manera de quitarles su fe, y volveré a ver con claridad que me he llevado la mejor parte, porque mi peso no es nada comparado con el suyo. Volveré a creer en que los pequeños gestos tienen el poder de cambiar el mundo, porque un gesto cotidiano de un niño indio de siete años cambió el mío.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Nala
Hoy hace diez años que la perdí. Y entonces la idea de la muerte pasó de ser un concepto abstracto y lejano a un hecho real y cierto que se desarrollaba ante mis propios ojos. Casi me parecía verla inclinada sobre ella, preparada para llevársela en cuanto su cuerpo no resistiera más, como si no hubiera nadie más que ellas dos en esa habitación aquella tarde. Pero yo también estaba allí. ¿Dónde iba a estar? Cuando alguien que ocupa tu corazón se te escapa de las manos, no queda nada más que hacer que estar ahí. Así que eso hice toda la tarde. Sentarme en el suelo a su lado, escuchando sus maullidos de dolor, acariciándola a ratos cuando ya no quedaban palabras de ánimo que darle, esperando que mi madre llegase para terminar con su sufrimiento. Cuando por fin llegó, cerca de las ocho, sólo quedó tiempo para que se miraran una última vez. Ella la había estado esperando. No podía irse sin despedirse de todos sus seres queridos. Así era Nala.
Mi gata, porque de ella es de quien estoy hablando, nunca fue un animal corriente. Desde fuera no podías percibir nada extraordinario. Era como todas las demás gatas tricolor del mundo: pelaje donde se mezclaba el marrón, el blanco y el negro cubriéndole toda la espalda y las patas, ojos verdes, nariz rosa y bigotes. Estéticamente, era preciosa. Por supuesto, tenía esa elegancia natural que caracteriza a todos los felinos, ese saber estar, esa dignidad sosegada que todos querríamos tener. Pero nada de eso está fuera de lo común. Había que acercarse más para apreciar lo especial que era. Mi gata era tan dulce como sólo ella podía serlo. Tanto, que la llamábamos el gato-perro. Aunaba en un solo cuerpo lo mejor de las dos especies. No importaba donde estuviera un segundo antes de que metieras la llave en la cerradura: la encontrabas allí saludándote en cuanto abrías la puerta. Le gustaba que la llamaran por su nombre, pero también entendía todos los apelativos cariñosos que le decíamos sólo a ella. Jamás he podido volver a llamar bolita a ningún animal. Si le pedías que viniera, no sólo se acercaba gustosa, sino que te colmaba de mimos. Su pasión era dormirse la siesta en el sofá con mi madre, o encima de mi hermana, o incluso encima de mis piernas si era una tarde ociosa. Fueron muchas horas de estudio las que compartí con ella: yo repitiendo lecciones como un loro, y ella observándome tranquila, recibiendo de cuando en cuando las caricias y los mimos de rigor. Sabía perfectamente cuando había llegado la hora de dormir, y venía detrás de mí al cuarto, esperaba a que me metiera en la cama, y entonces subía y se acomodaba contra mi pierna.
Era única. Más allá de las cosas que he descrito, había algo en ella que no se puede explicar. Algo que se sentía cuando ella estaba cerca de ti. Cuando estaba triste o había tenido un mal día, no se despegaba de mí hasta que me sentía mejor. Y no se cómo sabía cuando me sentía mal y cuando se me había pasado. Pero sé que lo sabía. A veces, incluso antes que yo. Así era ella: generosa, cariñosa, leal e inteligente. Podías ver en sus gatunos ojos lo bien que entendía lo que le querías decir. Y lo comprobabas porque hacía exactamente aquello que le habías pedido, ya fuera no pisar el suelo hasta que estuviera seco, irse a su cesta o ir a buscar a mi madre o a mi hermana. Lo mejor de todo para mí, era que me hacía feliz. Realmente feliz. Sólo que en ese momento no sabía que lo era. Al menos, no tan conscientemente como lo supe después. Esa me parece la mayor cualidad que se puede tener, porque es tan difícil encontrar a alguien que te haga feliz o ser alguien que hace feliz a los demás sin hipotecar la felicidad propia. Es algo extraordinario. Casi tanto como ella.
Aquella amarga tarde que tiene el dudoso honor de ser la peor de toda mi vida, lo que después de los meses pasados recientemente es un mérito, me tuve que despedir a marchas forzadas de todo eso. Fue el mayor esfuerzo que he hecho jamás, y no se si lo hice bien. Al principio, incluso me enfadé con ella por no recuperarse. Tenía desde pequeña un padecimiento en el riñón, y no era la primera vez que se ponía mal. Pero aquella vez fue diferente. Mi pobre Nala, que ni siquiera había cumplido seis años, estaba cansada de luchar. Y yo lo sabía. Se notaba en cada gesto. Así que sí, me enfadé. Porque no quería que me dejara, porque no entendía que pudiera hacer oídos sordos a mis súplicas de que luchara por vivir. Ella, que siempre me había dado todo lo que tenía, me negó lo único que ya no estaba a su alcance, y yo me enfadé por eso. Pero todos sabemos que cuando quieres de verdad a alguien, no puedes estar enfadado mientras sufre. El enfado se fue como vino, y sólo me quedó rezar. Para que mi madre llegase de una vez o para que ella se fuera y pudiera descansar. Recuerdo que llegó un momento en que el dolor de que se fuera fue menor que el de verla en ese estado. Y esa fue la victoria de la muerte sobre mí. Que pidiera por favor que se la llevara para que se acabara su dolor. Esa fue mi derrota. Pero mi Nala ganó. No porque se recuperase, porque llegados a cierto punto, eso no era posible. Sino porque se fue bajo sus propias condiciones, esperando hasta poder despedirse de todos sus seres queridos. Y eso, eso es una gran victoria.
Han pasado diez años, aunque a mí me parece que fue ayer. O más bien, que es hoy, que como cada cuatro de noviembre, me toca revivir aquella tarde nefasta. No es que los demás días del año no me acuerde de ella, sino que he aprendido a mantener mi herida bajo control. Por supuesto, hay días malos en los que dejo que la herida gane y el dolor campe a sus anchas. Pero procuro que no pase a menudo. Se que a Nala no le gustaría. El resto de los días, la herida se remueve un poco cuando me acuerdo de ella, pero no dejo que vaya más allá. Es lo que tienen este tipo de heridas: no te matan, pero tienes que aprender a convivir con ellas. Y vaya sí lo haces. ¿Qué podría hacer si no? ¿Olvidar que ella existió? Jamás. Sería la victoria final de la muerte y ya le he concedido en este tema más de lo que me gustaría, porque lo más cruel no es que se la llevó a ella, sino que después, con el paso del tiempo, me ha quitado su olor, su tacto y su voz del recuerdo. Supongo que no le pareció bastante condenarme a una vida sin ella, sino que también tuvo que quitarme todo lo posible de su existencia. No ha podido con mis recuerdos. Esos los pienso llevar conmigo hasta que vuelva a ver a Nala. Ahí no pienso hacer concesiones, no importa el precio que tenga que pagar. Por eso convivo con mi herida. Por eso la recuerdo cada día.
No me arrepiento de que Nala entrara en mi vida. Si ahora tuviera que elegir, sabiendo lo que viene, no haría nada diferente. Bueno, procuraría darle más abrazos y mimos de los que ya le di. Apreciaría mucho más el milagro de que existiera. Intentaría grabarme su olor y su tacto para que después, cuando no estuviera, tardaran más en arrancarme eso también. Pero son cosas que ya no puedo hacer con ella, así que procuro ponerla en práctica con los que vinieron después. Lo único que lamento fue haberme enfadado con ella aquella tarde, aunque sólo fueran unos minutos. Lamento que mi egoísmo venciera sobre mi amor. Durante muchos años, me he sentido mal por eso, por esa concesión a su muerte. Como si, aunque a la larga esté destinada a perder la guerra, ni siquiera me hubiera esforzado en ganar la batalla por uno de mis seres queridos. Hasta hace una semana. En Málaga, en la Iglesia de la Virgen de la Esperanza, uno de los laterales exteriores tiene imágenes de la Biblia. A mi me gusta especialmente uno, el último, el más cercano a la parte del altar, aunque esté por fuera. En él se representa la Asunción de la Virgen María, y debajo tiene escrita la frase: ¿Dónde está., muerte, tu victoria? Más allá de la imagen, esa frase es la que me remueve algo por dentro. Como si siempre me hubiera dicho algo más que lo literal, que es que en ese caso único, la muerte perdió. Como decía, hace justo una semana estaba pensando en el día de hoy, en que se volvía a acercar y ya iban diez. Y esa imagen y sus palabras aparecieron en mi cabeza, y por fin, lo entendí. No sólo no la he olvidado, aferrándome a todos los recuerdos posibles para que ella siempre esté conmigo, sino que abrí mi corazón a otro animal. A pesar de que sabía que no podía durar siempre y de que acabaría con otra herida con la que convivir, elegí hacerlo. Elegí el amor, con lo que al final, elegí la vida. Esa es la victoria sobre la muerte que está al alcance de todos, y yo, a pesar de todo el dolor que conlleva, y precisamente en un día como hoy, creo que es una victoria que siempre merecerá todas las penas.
Mi gata, porque de ella es de quien estoy hablando, nunca fue un animal corriente. Desde fuera no podías percibir nada extraordinario. Era como todas las demás gatas tricolor del mundo: pelaje donde se mezclaba el marrón, el blanco y el negro cubriéndole toda la espalda y las patas, ojos verdes, nariz rosa y bigotes. Estéticamente, era preciosa. Por supuesto, tenía esa elegancia natural que caracteriza a todos los felinos, ese saber estar, esa dignidad sosegada que todos querríamos tener. Pero nada de eso está fuera de lo común. Había que acercarse más para apreciar lo especial que era. Mi gata era tan dulce como sólo ella podía serlo. Tanto, que la llamábamos el gato-perro. Aunaba en un solo cuerpo lo mejor de las dos especies. No importaba donde estuviera un segundo antes de que metieras la llave en la cerradura: la encontrabas allí saludándote en cuanto abrías la puerta. Le gustaba que la llamaran por su nombre, pero también entendía todos los apelativos cariñosos que le decíamos sólo a ella. Jamás he podido volver a llamar bolita a ningún animal. Si le pedías que viniera, no sólo se acercaba gustosa, sino que te colmaba de mimos. Su pasión era dormirse la siesta en el sofá con mi madre, o encima de mi hermana, o incluso encima de mis piernas si era una tarde ociosa. Fueron muchas horas de estudio las que compartí con ella: yo repitiendo lecciones como un loro, y ella observándome tranquila, recibiendo de cuando en cuando las caricias y los mimos de rigor. Sabía perfectamente cuando había llegado la hora de dormir, y venía detrás de mí al cuarto, esperaba a que me metiera en la cama, y entonces subía y se acomodaba contra mi pierna.
Era única. Más allá de las cosas que he descrito, había algo en ella que no se puede explicar. Algo que se sentía cuando ella estaba cerca de ti. Cuando estaba triste o había tenido un mal día, no se despegaba de mí hasta que me sentía mejor. Y no se cómo sabía cuando me sentía mal y cuando se me había pasado. Pero sé que lo sabía. A veces, incluso antes que yo. Así era ella: generosa, cariñosa, leal e inteligente. Podías ver en sus gatunos ojos lo bien que entendía lo que le querías decir. Y lo comprobabas porque hacía exactamente aquello que le habías pedido, ya fuera no pisar el suelo hasta que estuviera seco, irse a su cesta o ir a buscar a mi madre o a mi hermana. Lo mejor de todo para mí, era que me hacía feliz. Realmente feliz. Sólo que en ese momento no sabía que lo era. Al menos, no tan conscientemente como lo supe después. Esa me parece la mayor cualidad que se puede tener, porque es tan difícil encontrar a alguien que te haga feliz o ser alguien que hace feliz a los demás sin hipotecar la felicidad propia. Es algo extraordinario. Casi tanto como ella.
Aquella amarga tarde que tiene el dudoso honor de ser la peor de toda mi vida, lo que después de los meses pasados recientemente es un mérito, me tuve que despedir a marchas forzadas de todo eso. Fue el mayor esfuerzo que he hecho jamás, y no se si lo hice bien. Al principio, incluso me enfadé con ella por no recuperarse. Tenía desde pequeña un padecimiento en el riñón, y no era la primera vez que se ponía mal. Pero aquella vez fue diferente. Mi pobre Nala, que ni siquiera había cumplido seis años, estaba cansada de luchar. Y yo lo sabía. Se notaba en cada gesto. Así que sí, me enfadé. Porque no quería que me dejara, porque no entendía que pudiera hacer oídos sordos a mis súplicas de que luchara por vivir. Ella, que siempre me había dado todo lo que tenía, me negó lo único que ya no estaba a su alcance, y yo me enfadé por eso. Pero todos sabemos que cuando quieres de verdad a alguien, no puedes estar enfadado mientras sufre. El enfado se fue como vino, y sólo me quedó rezar. Para que mi madre llegase de una vez o para que ella se fuera y pudiera descansar. Recuerdo que llegó un momento en que el dolor de que se fuera fue menor que el de verla en ese estado. Y esa fue la victoria de la muerte sobre mí. Que pidiera por favor que se la llevara para que se acabara su dolor. Esa fue mi derrota. Pero mi Nala ganó. No porque se recuperase, porque llegados a cierto punto, eso no era posible. Sino porque se fue bajo sus propias condiciones, esperando hasta poder despedirse de todos sus seres queridos. Y eso, eso es una gran victoria.
Han pasado diez años, aunque a mí me parece que fue ayer. O más bien, que es hoy, que como cada cuatro de noviembre, me toca revivir aquella tarde nefasta. No es que los demás días del año no me acuerde de ella, sino que he aprendido a mantener mi herida bajo control. Por supuesto, hay días malos en los que dejo que la herida gane y el dolor campe a sus anchas. Pero procuro que no pase a menudo. Se que a Nala no le gustaría. El resto de los días, la herida se remueve un poco cuando me acuerdo de ella, pero no dejo que vaya más allá. Es lo que tienen este tipo de heridas: no te matan, pero tienes que aprender a convivir con ellas. Y vaya sí lo haces. ¿Qué podría hacer si no? ¿Olvidar que ella existió? Jamás. Sería la victoria final de la muerte y ya le he concedido en este tema más de lo que me gustaría, porque lo más cruel no es que se la llevó a ella, sino que después, con el paso del tiempo, me ha quitado su olor, su tacto y su voz del recuerdo. Supongo que no le pareció bastante condenarme a una vida sin ella, sino que también tuvo que quitarme todo lo posible de su existencia. No ha podido con mis recuerdos. Esos los pienso llevar conmigo hasta que vuelva a ver a Nala. Ahí no pienso hacer concesiones, no importa el precio que tenga que pagar. Por eso convivo con mi herida. Por eso la recuerdo cada día.
No me arrepiento de que Nala entrara en mi vida. Si ahora tuviera que elegir, sabiendo lo que viene, no haría nada diferente. Bueno, procuraría darle más abrazos y mimos de los que ya le di. Apreciaría mucho más el milagro de que existiera. Intentaría grabarme su olor y su tacto para que después, cuando no estuviera, tardaran más en arrancarme eso también. Pero son cosas que ya no puedo hacer con ella, así que procuro ponerla en práctica con los que vinieron después. Lo único que lamento fue haberme enfadado con ella aquella tarde, aunque sólo fueran unos minutos. Lamento que mi egoísmo venciera sobre mi amor. Durante muchos años, me he sentido mal por eso, por esa concesión a su muerte. Como si, aunque a la larga esté destinada a perder la guerra, ni siquiera me hubiera esforzado en ganar la batalla por uno de mis seres queridos. Hasta hace una semana. En Málaga, en la Iglesia de la Virgen de la Esperanza, uno de los laterales exteriores tiene imágenes de la Biblia. A mi me gusta especialmente uno, el último, el más cercano a la parte del altar, aunque esté por fuera. En él se representa la Asunción de la Virgen María, y debajo tiene escrita la frase: ¿Dónde está., muerte, tu victoria? Más allá de la imagen, esa frase es la que me remueve algo por dentro. Como si siempre me hubiera dicho algo más que lo literal, que es que en ese caso único, la muerte perdió. Como decía, hace justo una semana estaba pensando en el día de hoy, en que se volvía a acercar y ya iban diez. Y esa imagen y sus palabras aparecieron en mi cabeza, y por fin, lo entendí. No sólo no la he olvidado, aferrándome a todos los recuerdos posibles para que ella siempre esté conmigo, sino que abrí mi corazón a otro animal. A pesar de que sabía que no podía durar siempre y de que acabaría con otra herida con la que convivir, elegí hacerlo. Elegí el amor, con lo que al final, elegí la vida. Esa es la victoria sobre la muerte que está al alcance de todos, y yo, a pesar de todo el dolor que conlleva, y precisamente en un día como hoy, creo que es una victoria que siempre merecerá todas las penas.
martes, 22 de octubre de 2013
Velando por los desechos humanos
Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) hizo lo que todos los juristas sabíamos que iba a hacer: decir no a la doctrina Parot. Era un secreto a voces, por mucho que las víctimas del terrorismo se aferrasen desesperadamente a la idea de humanidad del Alto Tribunal Europeo. En lo que a la ley se refiere, no hay más humanidad que aquello que está escrito. Es crudo, pero debemos aceptar que es así, porque si no conocemos las reglas del juego, nunca podremos ganarlo. También era clamorosamente evidente que la Audiencia Nacional correría a cumplir los términos de la sentencia europea, a pesar de que muchas voces decían ayer que España tenía la posibilidad de ignorarla, porque dichas sentencias eran meramente declarativas, lo cual, aunque cierto, es sólo una media verdad. La otra mitad es que la aplicación de sus sentencias le corresponde al órgano judicial nacional que, conforme a las diversas legislaciones nacionales, tenga la potestad de ejecutar las resoluciones del caso en cuestión. En España, tratándose de terrorismo, la Audiencia Nacional. Sería totalmente absurdo hacer el esfuerzo económico y administrativo de formar un Tribunal Europeo, de la clase que sea, para que conozca de determinados casos, si luego sus resoluciones van a ser papel mojado. Vean si no lo que ha costado que se pongan de acuerdo sobre las competencias del Organismo Supervisor de la banca europea. Es evidente que si estos organismos no tuvieran capacidad para hacer que se acatasen sus resoluciones, los países no tardarían tanto en decidir si es oportuno crearlos y que competencias les permiten.
No, no ha sido ninguna sorpresa esta decisión. Aunque eso no significa que nos haya dolido o indignado menos. Creo que ha sido exactamente al contrario. Si bien es cierto que es a nosotros, los españoles, a los que afecta esta sentencia. Nosotros somos los que vamos a tener circulando por nuestro territorio a lo peor que retienen los centros penitenciarios. Bueno, todos nosotros no, claro, porque el señor López Guerra, único representante español en el TEDH, no vive en España. Quizás por eso no le ha temblado el pulso cuando ha votado a favor de tumbar la doctrina y excarcelar a Irene del Río. La verdad es que por más que salga el señor Presidente del Consejo General del Poder Judicial, (que es además el Presidente del Tribunal Supremo), Don Gonzalo Moliner, diciendo lo absurdo que es achacar a López Guerra el mérito de esta sentencia, aquí hay cosas que huelen a podrido. Por una parte, tenemos la certeza de que el PSOE, concretamente, Rodríguez Zapatero, lo colocó justo donde está para que hiciera justo lo que ha hecho. Al menos, eso dijo ETA en su momento cuando negoció con el PSOE su abandono de las armas, que no su rendición. Yo, aunque no soy muy partidaria de la famosa frase “ETA mata, pero no miente”, en este caso concreto me lo creo. No es que crea que ETA no miente, que lo hace como el que más, sino que siempre que lo hace sigue el mismo patrón que todos los mentirosos: el beneficio personal. ¿Quién se beneficia de esconder este punto del pacto con ETA? ¿La banda terrorista o el gobierno que pactó con ella? La respuesta es obvia.
No obstante, todo lo anterior podría haber pasado desapercibido, y quedar como una mentira más de la banda terrorista si el señor López Guerra hubiese votado sí a la doctrina Parot. Tan sencillo como eso. Pero ha votado en contra. Como catorce miembros del TEDH. Catorce extranjeros que, sentados en sus arrellanados sillones europeos, juzgan que el sistema español vulnera los derechos de la alimaña que ha sesgado 23 vidas por pensar lo contrario a ella. Catorce, más el señor López Guerra, nos dejan a quince sujetos velando por los deshechos humanos. Sólo dos han votado sí a la doctrina Parot. Ninguno español. Dos: Paul Mahoney (Reino Unido) y Faris Vehabovic (Bosnia-Herzegovina). Estos dos caballeros han sostenido, en especial Mahoney, que no se ha producido violación del Convenio. Dos contra quince. Y el señor Moliner nos acusa de caer en lo fácil, culpar a López Guerra, cuando el que ha caído en eso es el señor al que defiende. Si con su trabajo en contra de la doctrina Parot, dos miembros se han negado a votar en contra, ¿cuántos habrían votado a favor si hubiera trabajado en sentido contrario? Son magistrados, están para sopesar argumentos y convencerse apoyándose en la legalidad. Y algún asidero debe haber cuando dos de ellos han votado a favor de la doctrina. No, el señor López Guerra ha traicionado a su país de la manera más indigna y cobarde: acomodándose a lo fácil. La promesa hecha a los asesinos le ha pesado más que la hecha a la Justicia. Y nosotros, los españoles decentes, hemos tenido como defensor más ardoroso a un británico. Ironías de la vida, teniendo en cuenta el tema de Gibraltar.
Lo único que puedo reconocerle al señor Moliner es que la culpa no es exclusiva de López Guerra. El mismo Moliner también se lleva su ración, por salir de la coyuntura con unas manifestaciones tan pestilentes y poco dignas del Presidente de nuestro más alto Tribunal de Justicia. Tampoco podemos obviar la parte que le corresponde a la Audiencia Nacional, que si bien tiene obligación de ejecutar la sentencia, bien podría darse la misma prisa para decidir sobre otras cuestiones, en lugar de dilatarlas hasta el aburrimiento. Hablo de los permisos por enfermedad de etarras que luego están en celebraciones públicas y demás. Debe ser que como en este tema no hay órgano europeo que les tire de la oreja, no les parece un tema urgente. Tristes tiempos en que el hacer justicia no es motivo suficiente para la celeridad en los procedimientos. Pero más allá de los mencionados, como dice mi preparador, hay vida. Existen jueces y magistrados fuera de la Audiencia Nacional. Existen miembros del Gobierno. Existen Diputados y Senadores. ¿Por qué los nombro? Porque ellos tienen su gran ración de culpa en un día como hoy. Un día en el que escuchamos una y otra vez que sólo nos queda la aplicación de la sentencia. Que pocas oportunidades tienen los abogados de la víctima. Que una vez que se sienta jurisprudencia, apaga y vámonos. No hay salida, esa es la conclusión. Resignémonos y veamos como salen uno a uno los delincuentes más monstruosos de nuestras cárceles y no hagamos nada, porque nada se puede hacer. Mentiras que se cuentan los cobardes, quizás para dormir bien por la noche, con seguridad para no hacer lo correcto.
La jurisprudencia no nace por generación espontánea. No surge en la cabeza de los magistrados un buen día porque las musas, gentilmente, les susurran amorosamente en sus oídos. La jurisprudencia necesita un asunto determinado y legislación. Partiendo de ahí, hay muchos principios donde apoyarse para crearla. Mucho campo para la interpretación. Al menos, en los ámbitos que al legislador le interesa. Y cuando digo legislador, me refiero al Gobierno, la Oposición y los partidos que tienen representación en el Congreso de los Diputados. Que ellos, y no otros, son los que legislan. Y si pasa, como ahora, que el Gobierno tiene mayoría absoluta, legisla él. Y ahora llegamos al tema central del asunto. El problema subyacente en este tema no es que el TEDH nos tumbe la doctrina Parot. El problema es que esta doctrina jurisprudencial la tuvo que crear el Tribunal Supremo y ser apoyada por el Tribunal Constitucional porque nuestro sistema penal y penitenciario tiene carencias demoledoras. Existiendo ya artículos para determinar cómo deben ser aplicadas las penas y los beneficios penitenciarios, ¿por qué íbamos a interpretarlos de otra forma diferente a su tenor literal? Sencillo: porque son caldo de cultivo para la reincidencia y la masacre en masa.
Tenemos un sistema que permite que una persona sea condenada a 1.000 años de cárcel pero no le permite pasar más de 40 en ella. Estos 40 se ven reducidos a un máximo de 30 cuando empezamos a aplicarles beneficios penitenciarios. Pensémoslo bien, porque es escalofriante. Hagas lo que hagas, por muy monstruoso, salvaje e inhumano que sea, sólo lo vas a pagar 30 años. Como mucho. Porque ahí tenemos al asesino de las niñas de Alcasser que, gracias a todo esto, sólo va a cumplir 17 años. Tres niñas brutalmente asesinadas, cuestan 17 años. Algo falla en un país donde el sistema penal obliga a cumplir las penas íntegras a delincuentes de delitos menores, olvidando oportunamente hundir con todo su peso a los monstruos de este tipo. Fallan los legisladores, los políticos, los Gobiernos con mayoría absoluta en el Congreso y los miembros de la Administración de Justicia. Porque nadie se atreve a dar un puñetazo en la mesa y hacer tal reforma del sistema penal y penitenciario que no haya Tribunal Europeo que pueda decir esta boca es mía. Hoy se escucha mucho eso de “nos han tumbado una doctrina jurisprudencial para un caso concreto, no la ley”. Bien, pero esa doctrina existe porque la ley falla. Dejad de llevaros las manos a la cabeza y poner manos a la obra. Se que es muy “progre” abogar por no tener pena capital y creer en la reinserción. Y se que la Constitución actualmente no deja margen para la primera. Pero no dice nada de la prisión permanente. Nada. Ahí tenemos a Francia, que la tiene en su sistema penal. Y no vamos a ver al TEDH dándole tirones de oreja por tenerla. Es su derecho elegirla y su elección mantenerla, y no hay más vueltas. En cuanto al sistema penitenciario, dejémonos de tonterías de una vez. Poniendo la prisión permanente, no cabría la reducción de condena: permanente es permanente. Y si la ponemos que sea permanente revisable, seamos tajantes: que no se aplique la reducción de condena para los delitos de sangre. Es lo mínimo que se puede hacer.
Por desgracia, tendremos que seguir escuchando decir que no hay salida a esta deplorable situación. Aunque algunos sabemos que no es cierto. Y en medio de tanta rabia y tristeza, comprobamos con alegría, si que en un día así esta palabra tiene cabida, que cada vez somos más los que lo saben. Así que, ¿quién sabe? Quizás algún día, esperemos que no muy lejano, tengamos un Presidente del Gobierno que tenga más vergüenza que sentido político y arregle nuestro sistema penal. O los componentes del sistema judicial despierten y recuerden que la Justicia es una amante rencorosa que siempre viene a cobrarse las promesas incumplidas, y comiencen a trabajar para fomentar este cambio. Al fin y al cabo, ¿no tienen un presidente afroamericano en Estados Unidos? Mientras haya una sola persona que luche por él, cada sueño tiene la posibilidad de convertirse en realidad.
No, no ha sido ninguna sorpresa esta decisión. Aunque eso no significa que nos haya dolido o indignado menos. Creo que ha sido exactamente al contrario. Si bien es cierto que es a nosotros, los españoles, a los que afecta esta sentencia. Nosotros somos los que vamos a tener circulando por nuestro territorio a lo peor que retienen los centros penitenciarios. Bueno, todos nosotros no, claro, porque el señor López Guerra, único representante español en el TEDH, no vive en España. Quizás por eso no le ha temblado el pulso cuando ha votado a favor de tumbar la doctrina y excarcelar a Irene del Río. La verdad es que por más que salga el señor Presidente del Consejo General del Poder Judicial, (que es además el Presidente del Tribunal Supremo), Don Gonzalo Moliner, diciendo lo absurdo que es achacar a López Guerra el mérito de esta sentencia, aquí hay cosas que huelen a podrido. Por una parte, tenemos la certeza de que el PSOE, concretamente, Rodríguez Zapatero, lo colocó justo donde está para que hiciera justo lo que ha hecho. Al menos, eso dijo ETA en su momento cuando negoció con el PSOE su abandono de las armas, que no su rendición. Yo, aunque no soy muy partidaria de la famosa frase “ETA mata, pero no miente”, en este caso concreto me lo creo. No es que crea que ETA no miente, que lo hace como el que más, sino que siempre que lo hace sigue el mismo patrón que todos los mentirosos: el beneficio personal. ¿Quién se beneficia de esconder este punto del pacto con ETA? ¿La banda terrorista o el gobierno que pactó con ella? La respuesta es obvia.
No obstante, todo lo anterior podría haber pasado desapercibido, y quedar como una mentira más de la banda terrorista si el señor López Guerra hubiese votado sí a la doctrina Parot. Tan sencillo como eso. Pero ha votado en contra. Como catorce miembros del TEDH. Catorce extranjeros que, sentados en sus arrellanados sillones europeos, juzgan que el sistema español vulnera los derechos de la alimaña que ha sesgado 23 vidas por pensar lo contrario a ella. Catorce, más el señor López Guerra, nos dejan a quince sujetos velando por los deshechos humanos. Sólo dos han votado sí a la doctrina Parot. Ninguno español. Dos: Paul Mahoney (Reino Unido) y Faris Vehabovic (Bosnia-Herzegovina). Estos dos caballeros han sostenido, en especial Mahoney, que no se ha producido violación del Convenio. Dos contra quince. Y el señor Moliner nos acusa de caer en lo fácil, culpar a López Guerra, cuando el que ha caído en eso es el señor al que defiende. Si con su trabajo en contra de la doctrina Parot, dos miembros se han negado a votar en contra, ¿cuántos habrían votado a favor si hubiera trabajado en sentido contrario? Son magistrados, están para sopesar argumentos y convencerse apoyándose en la legalidad. Y algún asidero debe haber cuando dos de ellos han votado a favor de la doctrina. No, el señor López Guerra ha traicionado a su país de la manera más indigna y cobarde: acomodándose a lo fácil. La promesa hecha a los asesinos le ha pesado más que la hecha a la Justicia. Y nosotros, los españoles decentes, hemos tenido como defensor más ardoroso a un británico. Ironías de la vida, teniendo en cuenta el tema de Gibraltar.
Lo único que puedo reconocerle al señor Moliner es que la culpa no es exclusiva de López Guerra. El mismo Moliner también se lleva su ración, por salir de la coyuntura con unas manifestaciones tan pestilentes y poco dignas del Presidente de nuestro más alto Tribunal de Justicia. Tampoco podemos obviar la parte que le corresponde a la Audiencia Nacional, que si bien tiene obligación de ejecutar la sentencia, bien podría darse la misma prisa para decidir sobre otras cuestiones, en lugar de dilatarlas hasta el aburrimiento. Hablo de los permisos por enfermedad de etarras que luego están en celebraciones públicas y demás. Debe ser que como en este tema no hay órgano europeo que les tire de la oreja, no les parece un tema urgente. Tristes tiempos en que el hacer justicia no es motivo suficiente para la celeridad en los procedimientos. Pero más allá de los mencionados, como dice mi preparador, hay vida. Existen jueces y magistrados fuera de la Audiencia Nacional. Existen miembros del Gobierno. Existen Diputados y Senadores. ¿Por qué los nombro? Porque ellos tienen su gran ración de culpa en un día como hoy. Un día en el que escuchamos una y otra vez que sólo nos queda la aplicación de la sentencia. Que pocas oportunidades tienen los abogados de la víctima. Que una vez que se sienta jurisprudencia, apaga y vámonos. No hay salida, esa es la conclusión. Resignémonos y veamos como salen uno a uno los delincuentes más monstruosos de nuestras cárceles y no hagamos nada, porque nada se puede hacer. Mentiras que se cuentan los cobardes, quizás para dormir bien por la noche, con seguridad para no hacer lo correcto.
La jurisprudencia no nace por generación espontánea. No surge en la cabeza de los magistrados un buen día porque las musas, gentilmente, les susurran amorosamente en sus oídos. La jurisprudencia necesita un asunto determinado y legislación. Partiendo de ahí, hay muchos principios donde apoyarse para crearla. Mucho campo para la interpretación. Al menos, en los ámbitos que al legislador le interesa. Y cuando digo legislador, me refiero al Gobierno, la Oposición y los partidos que tienen representación en el Congreso de los Diputados. Que ellos, y no otros, son los que legislan. Y si pasa, como ahora, que el Gobierno tiene mayoría absoluta, legisla él. Y ahora llegamos al tema central del asunto. El problema subyacente en este tema no es que el TEDH nos tumbe la doctrina Parot. El problema es que esta doctrina jurisprudencial la tuvo que crear el Tribunal Supremo y ser apoyada por el Tribunal Constitucional porque nuestro sistema penal y penitenciario tiene carencias demoledoras. Existiendo ya artículos para determinar cómo deben ser aplicadas las penas y los beneficios penitenciarios, ¿por qué íbamos a interpretarlos de otra forma diferente a su tenor literal? Sencillo: porque son caldo de cultivo para la reincidencia y la masacre en masa.
Tenemos un sistema que permite que una persona sea condenada a 1.000 años de cárcel pero no le permite pasar más de 40 en ella. Estos 40 se ven reducidos a un máximo de 30 cuando empezamos a aplicarles beneficios penitenciarios. Pensémoslo bien, porque es escalofriante. Hagas lo que hagas, por muy monstruoso, salvaje e inhumano que sea, sólo lo vas a pagar 30 años. Como mucho. Porque ahí tenemos al asesino de las niñas de Alcasser que, gracias a todo esto, sólo va a cumplir 17 años. Tres niñas brutalmente asesinadas, cuestan 17 años. Algo falla en un país donde el sistema penal obliga a cumplir las penas íntegras a delincuentes de delitos menores, olvidando oportunamente hundir con todo su peso a los monstruos de este tipo. Fallan los legisladores, los políticos, los Gobiernos con mayoría absoluta en el Congreso y los miembros de la Administración de Justicia. Porque nadie se atreve a dar un puñetazo en la mesa y hacer tal reforma del sistema penal y penitenciario que no haya Tribunal Europeo que pueda decir esta boca es mía. Hoy se escucha mucho eso de “nos han tumbado una doctrina jurisprudencial para un caso concreto, no la ley”. Bien, pero esa doctrina existe porque la ley falla. Dejad de llevaros las manos a la cabeza y poner manos a la obra. Se que es muy “progre” abogar por no tener pena capital y creer en la reinserción. Y se que la Constitución actualmente no deja margen para la primera. Pero no dice nada de la prisión permanente. Nada. Ahí tenemos a Francia, que la tiene en su sistema penal. Y no vamos a ver al TEDH dándole tirones de oreja por tenerla. Es su derecho elegirla y su elección mantenerla, y no hay más vueltas. En cuanto al sistema penitenciario, dejémonos de tonterías de una vez. Poniendo la prisión permanente, no cabría la reducción de condena: permanente es permanente. Y si la ponemos que sea permanente revisable, seamos tajantes: que no se aplique la reducción de condena para los delitos de sangre. Es lo mínimo que se puede hacer.
Por desgracia, tendremos que seguir escuchando decir que no hay salida a esta deplorable situación. Aunque algunos sabemos que no es cierto. Y en medio de tanta rabia y tristeza, comprobamos con alegría, si que en un día así esta palabra tiene cabida, que cada vez somos más los que lo saben. Así que, ¿quién sabe? Quizás algún día, esperemos que no muy lejano, tengamos un Presidente del Gobierno que tenga más vergüenza que sentido político y arregle nuestro sistema penal. O los componentes del sistema judicial despierten y recuerden que la Justicia es una amante rencorosa que siempre viene a cobrarse las promesas incumplidas, y comiencen a trabajar para fomentar este cambio. Al fin y al cabo, ¿no tienen un presidente afroamericano en Estados Unidos? Mientras haya una sola persona que luche por él, cada sueño tiene la posibilidad de convertirse en realidad.
lunes, 14 de octubre de 2013
Reinserción: la gran utopía del Derecho Penal
Llevo varias semanas dándole vueltas a un tema, sin querer escribir sobre él. No es que no me interese lo suficiente, todo lo contrario: me interesa en demasía. Y por eso, intentando calmar mis ánimos y no usar palabras duras en exceso, lo he ido retrasando todo lo posible. No obstante, tarde o temprano, llega la proverbial gota que colma el vaso, y como el agua ha de derramarse en alguna parte, mejor que lo haga sobre papel.
Nunca he sentido especial simpatía por los abogados penalistas. Creo que en la gran mayoría, y por desgracia sé de qué hablo, tienen la fama que se merecen. Tampoco el Derecho Penal ha sido mi rama favorita. En parte, porque siempre he tenido la extraña certeza de que se preocupa más por el delincuente que por la víctima. Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior o debido a ello, vete a saber, siempre he sentido un especial respeto por los jueces y magistrados de la jurisdicción penal. Quizás porque ellos son el último reducto donde el Derecho tiene la oportunidad de ser lo que debe ser, y no lo nauseabundo que es, a veces. Hay ocasiones, lo comprendo, en que uno no tiene resquicio legal. Las leyes son productos humanos, y como tal, pueden estar bien o mal hechas. Cuando están bien hechas, es fácil: sólo tienes que aplicarlas conforme dicta tu conciencia. El problema surge cuando parece que las han hecho los coleguitas del Al Capone desde el talego. Ahí también tienes que lidiar con tu conciencia, pero para aplicarlas tal cual son, por mucho asco que te de.
Este ataque repentino hacia los penalistas, los legisladores de las leyes penales y los jueces que las aplican no es producto del azar, aunque hasta el momento lo parezca. Este ataque tiene un motivo muy concreto. Para que hasta ellos lo entiendan, lo voy a simplificar mediante la manida ley de acción-reacción. Acción: etarras que demandan ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la aplicación de la doctrina Parot. Reacción: que la Audiencia Nacional sin saber la respuesta europea definitiva a este tema, se niegue a aplicar dicha doctrina y empiece a dejar en libertad a algunos etarras. Contra reacción: que yo me suba por las paredes por la cobardía de los jueces, la hipocresía de los terroristas y el cinismo de los penalistas que los defienden.
Hasta este punto, me he contenido, pero aviso que a partir del mismo me importa un pimiento a quien o cuanto ofenda. Visto que los demás hacen uso de su libertad de expresión para expresar sus nocivas e inmundas ideas, no veo motivo para que yo me coarte en la mía. Quien siga leyendo, que no me venga luego con réplicas ni sermones, que esto no es una tertulia. Si quisiera intercambiar opiniones, me sentaría a hablar. Pero como lo que quiero es desahogarme de tanto adoctrinamiento de algunos a través de las redes sociales y demás medios, me siento a escribir para expulsar mis demonios. Avisados quedáis.
Estoy hasta las mismísimas narices de que en este país se saque pecho por tener un sistema penal sin pena capital ni prisión permanente y basado en la reinserción del preso. Es más, si en un universo paralelo me cruzara con los listos a los que se les ocurrió la majadería de la reinserción como máxima, pondría en práctica más de una de esas curiosas e interactivas torturas que los chinos inventaron allá por la edad de piedra. Cada vez que un abogado penalista me suelta el rollo de que cuando un preso vuelve a delinquir, es el sistema el que le ha fallado, tengo que hacer un esfuerzo hercúleo para no estrangularlo con mis propias manos. Vamos a ver, señores, si un dulce e inocente joven un buen día decide, que sé yo, traficar con drogas, y lo mandan un ratito a que le de la sombra, pagándole mientras tanto el resto de los españoles honrados los estudios y cursos que quiera hacer desde allí, con su horita de patio y colegueo con los otros reclusos, su uso de la biblioteca, su gimnasio y demás, y llega el ansiado momento en que puede volver a ser libre, sale a la calle, llega a su casa, y se dice ¿qué hago ahora? y se responde “lo mismo que antes, pero con mas cuidado, no vaya a ser que me metan otra vez”, ¿es el puñetero sistema el que ha fallado? ¿Qué carajo quieren que haga el sistema? Porque les recuerdo que la lobotomía, más que ayudar, deja a los sujetos en estado vegetal en el mejor de los casos. Aunque, mirándolo desde ese punto de vista, me da a mí que es el único método de reinsertar a algunos, o más bien, de reimplantarlos, pero en una silla, y así al menos, si no van a hacer bien, que tampoco hagan mal.
En segundo año de carrera te explican ya una verdad desagradable del Derecho Penal: no sólo protege a la víctima, sino también al procesado. Cuando escuchas eso, además de revolverte el estómago, estás a un tris de que te de un infarto fulminante, pero te sosiegas, sigues escuchando y haces la pregunta crucial: ¿de qué protege al procesado? Y aquí llega la respuesta que, si bien no es del todo satisfactoria, al menos te deja un margen de tranquilidad: de un proceso sin las medidas legales pertinentes. ¡Ahm! ¡Ahora sí! No lo protegemos de lo que ha hecho, sino que utilizamos ciertas medidas para asegurarnos de que realmente es él quien lo ha hecho y establecemos como lo hizo con la mayor exactitud posible. Hasta aquí, no aparece por ninguna parte nada de reinserción. La susodicha entra en juego en el Derecho Penitenciario, que es el que aplicamos a los reclusos, es decir, a las personas condenadas por un delito que se encuentran en prisión. Aquí si van a entrar en juego una serie de circunstancias que favorecerán o perjudicarán al reo. Por tanto, a mi entender, y al de expertos en la materia, el proceso penal en puridad no está pensado para reinsertar al reo. Y si a alguien le cabe alguna duda, debería repasarse el artículo 100 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, donde se establece claramente que “de todo delito o falta nace acción penal para el castigo del culpable y puede nacer también acción civil para la restitución de la cosa, la reparación del daño y la indemnización de perjuicios causados por el hecho punible”.
Establecidas, por tanto, las diferencias entre uno y otro ámbito, salta a la vista la gran pifia del sistema penal. Y no, no es que le falle al delincuente porque no se reinserta. Es que no tiene en cuenta en absoluto la circunstancia de que el delincuente no quiera reinsertarse ni así le metan astillas encendidas debajo de las uñas. Porque ¿qué plan tiene el sistema para una persona que, sabiendo el mal que entraña su acción, no sólo no se arrepiente, sino que está tan orgullosa de la misma que la piensa repetir cuantas veces tenga oportunidad de hacerlo? La respuesta es sencilla: nada. El sistema no tiene plan b. Todo recluso debe ser reinsertado, quiera éste o no. Como idea está muy bien. Con todos reinsertados, nadie sería reincidente, ya que después del paso por la cárcel, no se volvería a delinquir. Pero esa no es la verdad. Es más, quienes hicieron el sistema sabían que no ocurriría eso. Si no, ¿por qué crear la figura de la reincidencia? No parece tener sentido en un mundo donde la mayoría se reinserta. Porque los que estamos dentro de este mundo sabemos con certeza que se legisla pensando en las mayorías de supuestos, no en los casos especiales. Al menos, no en leyes generales como lo son aquellas de las que estamos hablando. La dolorosa verdad es que quienes hicieron la ley originalmente y todos aquellos que la han reformado sin tocar este punto son unos sucios cobardes. Todos sabemos el revuelo que se arma al mencionar las palabras “prisión permanente” o “pena capital”. Las asociaciones a favor de los derechos humanos, así como casi todos los penalistas del mundo, se alzan en armas contra semejante iniquidad. ¡Por todos los cielos! ¿Quitarle la vida a un ser humano? ¿Dejarlo encerrado hasta su muerte? ¡Que disparate!
Pues señores, yo discrepo con todo mi ser, y no voy a cortarme al decirles porque. A mí, que se hable de los derechos humanos de una persona que, con la única excusa de tener ideas políticas diferentes a la víctima, no se ha cortado un pelo en matarla, me dan ganas de vomitar. No hablemos ya de los secuestros, torturas, amenazas y coacciones a fin de silenciar la tan querida libertad de expresión. Esa misma que debemos respetarles a ellos, así nos cueste la propia o la vida. Porque todos sabemos que las reglas del juego han sido durante muchos años, y yo todavía no las tengo todas conmigo de que no lo sigan siendo, callar o morir. Sin embargo, a estos despreciables espectros hay que tratarlos con toda la delicadeza del Derecho Penal, y aplicarles el máximo de beneficios penitenciarios que sea posible. Al fin y al cabo, han tenido un buen comportamiento, no han matado a nadie en la cárcel. Pues menuda porquería de cárcel sería aquella en la que se permitiera que los reclusos mataran a sus anchas. A mi entender, no es mérito del recluso, sino por una maldita vez, del sistema.
El colmo del asunto lo pone que los abogados de esta gentuza, es decir, los gentuza con título profesional, que para sacarse una licenciatura no miden tu categoría personal, que si no, más de la mitad estaría haciendo otra cosa, defiendan a estas pobres criaturas ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos porque se aplica una doctrina instaurada por nuestro Tribunal Supremo y refrendada por nuestro Tribunal Constitucional. Desde luego, coincido en algo con ellos: es un disparate aplicarles las rebajas a cada pena en concreto (en lugar de a la suma total de las penas, que es lo más beneficioso). Lo que estaría bien hecho es no aplicarles ninguna rebaja. Que se porten bien en la cárcel no es un mérito, es una obligación. Es más, redondeando el asunto, portarse bien fuera de la cárcel es la verdadera obligación. ¿Qué mierda de sistema es éste que premia a quien mata y no al que cumple las normas? Aunque más mierdas son los que aplican esto y lo defienden. Sí, utilizo la palabra correcta: mierdas. Puede que resulte soez, pero no hay otro epíteto que describa con mayor claridad y concisión al hatajo enfermizo de seres Infra humanos venidos directos desde el Averno más profundo de la inmoralidad.
También tenemos que tenerles en cuenta que hacen cursos y carreras. Eso sí, pagados por otros, que ellos no pagan ni la responsabilidad civil de los delitos que cometen. Y hablando de esto, ¿cómo puede alguien reinsertarse sin haber asumido las consecuencias de sus actos? Se niegan a declararse culpables, a pedir perdón a las víctimas y a sus familias, a pagar los daños que han provocado. Daños que no pueden ser pagados. Porque, mal queridos penalistas, ¿cómo se repara una muerte? ¿Es que acaso la reinserción del delincuente tiene la capacidad milagrosa de devolverle la vida al difunto? Porque si no la tiene, y la realidad es que no la tiene, esas acciones no tienen reparación posible. Me da vergüenza oír hablar a antiguos compañeros de profesión de la violación de los derechos humanos de los etarras, cuando están en la situación en la que están por violar el derecho fundamental que da cabida a los demás: la vida. Sin él, ¿cómo gozar de los demás? Los muertos no hablan, no pasean, no practican culto religioso alguno, no pueden ser detenidos, no tienen domicilio, etc. No lo hacen, pero lo han hecho, y a consecuencia de ello, han sido privados de la vida. Porque otra persona, basándose en parámetros arbitrarios y absurdos, decidió que no merecían vivir. No, no creo que alguien que viola tan tajante y contundentemente el más sagrado de los derechos humanos tenga una pizca de credibilidad defendiendo los suyos.
Para la Audiencia Nacional, sin embargo, sí importa. Pesan más los derechos de los verdugos que los de aquellos que no pueden defenderse. Temerosos ante la posible respuesta negativa del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, deciden no aplicar la doctrina Parot. Total, los muertos ya no están aquí, así que ocupémonos de los vivos. Pues si realmente les preocupamos los vivos, los que cumplimos las normas sin esperar premios ni recompensas, sino porque debemos hacerlo, no sean cobardes. Tienen en sus manos el poder de cambiar las cosas. Si la pena capital es algo innegociable, luchemos por la prisión permanente. Aunque sea revisable, como en Francia. Así será legítimo no dejar salir a nadie que no esté realmente reinsertado. La verdad, van a salir bien pocos, así que no me extrañaría que el Gobierno, el de ahora, el de antes, el que venga después, no quiera proponerla por el gasto presupuestario que supondría. No es inhumano tener encerrado a alguien que no es capaz de convivir con el resto sin matarlos a la primera molestia que surja. Lo inhumano es dejarlo salir para que derrame más sangre y provoque más dolor.
Soplan últimamente vientos de cambio. Se habla de introducir la prisión permanente revisable en la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Yo no las tengo todas conmigo. Aunque salga adelante con este Gobierno, no sé cuanto va a tardar el siguiente en dar un paso atrás de nuevo. Un paso atrás potenciado por las asquerosas ratas que defienden a los que derraman sangre, que clamarán al cielo, girando sin cesar alrededor de los que tienen el poder de cambiar las cosas, como chacales de cacería. Y como las hienas, los que ostentan el poder cederán esto a cambio de obtener otras ventajas. Me da tanta rabia como pena, porque yo realmente adoro el Derecho. Y en el fondo, aún creo en el sistema. Sé que tiene muchos fallos, pero también tiene muchos aciertos, y de nosotros depende perfeccionarlo para que cada día ser acerque más a lo que debe ser. Es un camino difícil, no obstante, y prácticamente vetado para el ciudadano de a pie. No queda más salida que escalar hasta una posición en la que mi voz cuente. Un proyecto ambicioso, sin duda, pero no me cabe la menor duda de que seré alentada a cada paso con las acciones y declaraciones de esos deshechos humanos llamados penalistas. Dense prisa, señores, en hacer lo que tengan que hacer, porque ya está marcado su último día en el calendario. Yo, a diferencia de ustedes, no cederé mi voz a hienas y chacales. Yo pagaré mi deuda de sangre, y así los muertos, aún sin poder recobrar la vida, volverán a hablar y serán escuchados.
Nunca he sentido especial simpatía por los abogados penalistas. Creo que en la gran mayoría, y por desgracia sé de qué hablo, tienen la fama que se merecen. Tampoco el Derecho Penal ha sido mi rama favorita. En parte, porque siempre he tenido la extraña certeza de que se preocupa más por el delincuente que por la víctima. Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior o debido a ello, vete a saber, siempre he sentido un especial respeto por los jueces y magistrados de la jurisdicción penal. Quizás porque ellos son el último reducto donde el Derecho tiene la oportunidad de ser lo que debe ser, y no lo nauseabundo que es, a veces. Hay ocasiones, lo comprendo, en que uno no tiene resquicio legal. Las leyes son productos humanos, y como tal, pueden estar bien o mal hechas. Cuando están bien hechas, es fácil: sólo tienes que aplicarlas conforme dicta tu conciencia. El problema surge cuando parece que las han hecho los coleguitas del Al Capone desde el talego. Ahí también tienes que lidiar con tu conciencia, pero para aplicarlas tal cual son, por mucho asco que te de.
Este ataque repentino hacia los penalistas, los legisladores de las leyes penales y los jueces que las aplican no es producto del azar, aunque hasta el momento lo parezca. Este ataque tiene un motivo muy concreto. Para que hasta ellos lo entiendan, lo voy a simplificar mediante la manida ley de acción-reacción. Acción: etarras que demandan ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por la aplicación de la doctrina Parot. Reacción: que la Audiencia Nacional sin saber la respuesta europea definitiva a este tema, se niegue a aplicar dicha doctrina y empiece a dejar en libertad a algunos etarras. Contra reacción: que yo me suba por las paredes por la cobardía de los jueces, la hipocresía de los terroristas y el cinismo de los penalistas que los defienden.
Hasta este punto, me he contenido, pero aviso que a partir del mismo me importa un pimiento a quien o cuanto ofenda. Visto que los demás hacen uso de su libertad de expresión para expresar sus nocivas e inmundas ideas, no veo motivo para que yo me coarte en la mía. Quien siga leyendo, que no me venga luego con réplicas ni sermones, que esto no es una tertulia. Si quisiera intercambiar opiniones, me sentaría a hablar. Pero como lo que quiero es desahogarme de tanto adoctrinamiento de algunos a través de las redes sociales y demás medios, me siento a escribir para expulsar mis demonios. Avisados quedáis.
Estoy hasta las mismísimas narices de que en este país se saque pecho por tener un sistema penal sin pena capital ni prisión permanente y basado en la reinserción del preso. Es más, si en un universo paralelo me cruzara con los listos a los que se les ocurrió la majadería de la reinserción como máxima, pondría en práctica más de una de esas curiosas e interactivas torturas que los chinos inventaron allá por la edad de piedra. Cada vez que un abogado penalista me suelta el rollo de que cuando un preso vuelve a delinquir, es el sistema el que le ha fallado, tengo que hacer un esfuerzo hercúleo para no estrangularlo con mis propias manos. Vamos a ver, señores, si un dulce e inocente joven un buen día decide, que sé yo, traficar con drogas, y lo mandan un ratito a que le de la sombra, pagándole mientras tanto el resto de los españoles honrados los estudios y cursos que quiera hacer desde allí, con su horita de patio y colegueo con los otros reclusos, su uso de la biblioteca, su gimnasio y demás, y llega el ansiado momento en que puede volver a ser libre, sale a la calle, llega a su casa, y se dice ¿qué hago ahora? y se responde “lo mismo que antes, pero con mas cuidado, no vaya a ser que me metan otra vez”, ¿es el puñetero sistema el que ha fallado? ¿Qué carajo quieren que haga el sistema? Porque les recuerdo que la lobotomía, más que ayudar, deja a los sujetos en estado vegetal en el mejor de los casos. Aunque, mirándolo desde ese punto de vista, me da a mí que es el único método de reinsertar a algunos, o más bien, de reimplantarlos, pero en una silla, y así al menos, si no van a hacer bien, que tampoco hagan mal.
En segundo año de carrera te explican ya una verdad desagradable del Derecho Penal: no sólo protege a la víctima, sino también al procesado. Cuando escuchas eso, además de revolverte el estómago, estás a un tris de que te de un infarto fulminante, pero te sosiegas, sigues escuchando y haces la pregunta crucial: ¿de qué protege al procesado? Y aquí llega la respuesta que, si bien no es del todo satisfactoria, al menos te deja un margen de tranquilidad: de un proceso sin las medidas legales pertinentes. ¡Ahm! ¡Ahora sí! No lo protegemos de lo que ha hecho, sino que utilizamos ciertas medidas para asegurarnos de que realmente es él quien lo ha hecho y establecemos como lo hizo con la mayor exactitud posible. Hasta aquí, no aparece por ninguna parte nada de reinserción. La susodicha entra en juego en el Derecho Penitenciario, que es el que aplicamos a los reclusos, es decir, a las personas condenadas por un delito que se encuentran en prisión. Aquí si van a entrar en juego una serie de circunstancias que favorecerán o perjudicarán al reo. Por tanto, a mi entender, y al de expertos en la materia, el proceso penal en puridad no está pensado para reinsertar al reo. Y si a alguien le cabe alguna duda, debería repasarse el artículo 100 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, donde se establece claramente que “de todo delito o falta nace acción penal para el castigo del culpable y puede nacer también acción civil para la restitución de la cosa, la reparación del daño y la indemnización de perjuicios causados por el hecho punible”.
Establecidas, por tanto, las diferencias entre uno y otro ámbito, salta a la vista la gran pifia del sistema penal. Y no, no es que le falle al delincuente porque no se reinserta. Es que no tiene en cuenta en absoluto la circunstancia de que el delincuente no quiera reinsertarse ni así le metan astillas encendidas debajo de las uñas. Porque ¿qué plan tiene el sistema para una persona que, sabiendo el mal que entraña su acción, no sólo no se arrepiente, sino que está tan orgullosa de la misma que la piensa repetir cuantas veces tenga oportunidad de hacerlo? La respuesta es sencilla: nada. El sistema no tiene plan b. Todo recluso debe ser reinsertado, quiera éste o no. Como idea está muy bien. Con todos reinsertados, nadie sería reincidente, ya que después del paso por la cárcel, no se volvería a delinquir. Pero esa no es la verdad. Es más, quienes hicieron el sistema sabían que no ocurriría eso. Si no, ¿por qué crear la figura de la reincidencia? No parece tener sentido en un mundo donde la mayoría se reinserta. Porque los que estamos dentro de este mundo sabemos con certeza que se legisla pensando en las mayorías de supuestos, no en los casos especiales. Al menos, no en leyes generales como lo son aquellas de las que estamos hablando. La dolorosa verdad es que quienes hicieron la ley originalmente y todos aquellos que la han reformado sin tocar este punto son unos sucios cobardes. Todos sabemos el revuelo que se arma al mencionar las palabras “prisión permanente” o “pena capital”. Las asociaciones a favor de los derechos humanos, así como casi todos los penalistas del mundo, se alzan en armas contra semejante iniquidad. ¡Por todos los cielos! ¿Quitarle la vida a un ser humano? ¿Dejarlo encerrado hasta su muerte? ¡Que disparate!
Pues señores, yo discrepo con todo mi ser, y no voy a cortarme al decirles porque. A mí, que se hable de los derechos humanos de una persona que, con la única excusa de tener ideas políticas diferentes a la víctima, no se ha cortado un pelo en matarla, me dan ganas de vomitar. No hablemos ya de los secuestros, torturas, amenazas y coacciones a fin de silenciar la tan querida libertad de expresión. Esa misma que debemos respetarles a ellos, así nos cueste la propia o la vida. Porque todos sabemos que las reglas del juego han sido durante muchos años, y yo todavía no las tengo todas conmigo de que no lo sigan siendo, callar o morir. Sin embargo, a estos despreciables espectros hay que tratarlos con toda la delicadeza del Derecho Penal, y aplicarles el máximo de beneficios penitenciarios que sea posible. Al fin y al cabo, han tenido un buen comportamiento, no han matado a nadie en la cárcel. Pues menuda porquería de cárcel sería aquella en la que se permitiera que los reclusos mataran a sus anchas. A mi entender, no es mérito del recluso, sino por una maldita vez, del sistema.
El colmo del asunto lo pone que los abogados de esta gentuza, es decir, los gentuza con título profesional, que para sacarse una licenciatura no miden tu categoría personal, que si no, más de la mitad estaría haciendo otra cosa, defiendan a estas pobres criaturas ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos porque se aplica una doctrina instaurada por nuestro Tribunal Supremo y refrendada por nuestro Tribunal Constitucional. Desde luego, coincido en algo con ellos: es un disparate aplicarles las rebajas a cada pena en concreto (en lugar de a la suma total de las penas, que es lo más beneficioso). Lo que estaría bien hecho es no aplicarles ninguna rebaja. Que se porten bien en la cárcel no es un mérito, es una obligación. Es más, redondeando el asunto, portarse bien fuera de la cárcel es la verdadera obligación. ¿Qué mierda de sistema es éste que premia a quien mata y no al que cumple las normas? Aunque más mierdas son los que aplican esto y lo defienden. Sí, utilizo la palabra correcta: mierdas. Puede que resulte soez, pero no hay otro epíteto que describa con mayor claridad y concisión al hatajo enfermizo de seres Infra humanos venidos directos desde el Averno más profundo de la inmoralidad.
También tenemos que tenerles en cuenta que hacen cursos y carreras. Eso sí, pagados por otros, que ellos no pagan ni la responsabilidad civil de los delitos que cometen. Y hablando de esto, ¿cómo puede alguien reinsertarse sin haber asumido las consecuencias de sus actos? Se niegan a declararse culpables, a pedir perdón a las víctimas y a sus familias, a pagar los daños que han provocado. Daños que no pueden ser pagados. Porque, mal queridos penalistas, ¿cómo se repara una muerte? ¿Es que acaso la reinserción del delincuente tiene la capacidad milagrosa de devolverle la vida al difunto? Porque si no la tiene, y la realidad es que no la tiene, esas acciones no tienen reparación posible. Me da vergüenza oír hablar a antiguos compañeros de profesión de la violación de los derechos humanos de los etarras, cuando están en la situación en la que están por violar el derecho fundamental que da cabida a los demás: la vida. Sin él, ¿cómo gozar de los demás? Los muertos no hablan, no pasean, no practican culto religioso alguno, no pueden ser detenidos, no tienen domicilio, etc. No lo hacen, pero lo han hecho, y a consecuencia de ello, han sido privados de la vida. Porque otra persona, basándose en parámetros arbitrarios y absurdos, decidió que no merecían vivir. No, no creo que alguien que viola tan tajante y contundentemente el más sagrado de los derechos humanos tenga una pizca de credibilidad defendiendo los suyos.
Para la Audiencia Nacional, sin embargo, sí importa. Pesan más los derechos de los verdugos que los de aquellos que no pueden defenderse. Temerosos ante la posible respuesta negativa del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, deciden no aplicar la doctrina Parot. Total, los muertos ya no están aquí, así que ocupémonos de los vivos. Pues si realmente les preocupamos los vivos, los que cumplimos las normas sin esperar premios ni recompensas, sino porque debemos hacerlo, no sean cobardes. Tienen en sus manos el poder de cambiar las cosas. Si la pena capital es algo innegociable, luchemos por la prisión permanente. Aunque sea revisable, como en Francia. Así será legítimo no dejar salir a nadie que no esté realmente reinsertado. La verdad, van a salir bien pocos, así que no me extrañaría que el Gobierno, el de ahora, el de antes, el que venga después, no quiera proponerla por el gasto presupuestario que supondría. No es inhumano tener encerrado a alguien que no es capaz de convivir con el resto sin matarlos a la primera molestia que surja. Lo inhumano es dejarlo salir para que derrame más sangre y provoque más dolor.
Soplan últimamente vientos de cambio. Se habla de introducir la prisión permanente revisable en la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Yo no las tengo todas conmigo. Aunque salga adelante con este Gobierno, no sé cuanto va a tardar el siguiente en dar un paso atrás de nuevo. Un paso atrás potenciado por las asquerosas ratas que defienden a los que derraman sangre, que clamarán al cielo, girando sin cesar alrededor de los que tienen el poder de cambiar las cosas, como chacales de cacería. Y como las hienas, los que ostentan el poder cederán esto a cambio de obtener otras ventajas. Me da tanta rabia como pena, porque yo realmente adoro el Derecho. Y en el fondo, aún creo en el sistema. Sé que tiene muchos fallos, pero también tiene muchos aciertos, y de nosotros depende perfeccionarlo para que cada día ser acerque más a lo que debe ser. Es un camino difícil, no obstante, y prácticamente vetado para el ciudadano de a pie. No queda más salida que escalar hasta una posición en la que mi voz cuente. Un proyecto ambicioso, sin duda, pero no me cabe la menor duda de que seré alentada a cada paso con las acciones y declaraciones de esos deshechos humanos llamados penalistas. Dense prisa, señores, en hacer lo que tengan que hacer, porque ya está marcado su último día en el calendario. Yo, a diferencia de ustedes, no cederé mi voz a hienas y chacales. Yo pagaré mi deuda de sangre, y así los muertos, aún sin poder recobrar la vida, volverán a hablar y serán escuchados.
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