lunes, 9 de septiembre de 2013

La Pietá

A comienzos de año, como ya es tradición en mi casa, me regalaron un calendario para colgar en la pared. Este hecho sucede todos los años desde hace ya unos cuantos, y sinceramente, no entiendo como pude vivir antes sin él. Un buen calendario, con cuadrados grandes en los que apuntar compromisos, es la mejor agenda que nadie puede tener o, cuanto menos, un complemento estupendo de ésta, y tiene el añadido de ofrecerte una imagen agradable para comenzar el día.

Así que, como iba diciendo, el día de Navidad recibí el calendario del año que se aproximaba, y he de decir que a pesar de haber tenido calendarios magníficos, éste supera a todos los anteriores y, muy a mi pesar, a los que estén por venir, ya que la temática del mismo no era otra que la obra de Miguel Ángel. Me he pasado los primeros siete meses despertando con imágenes, algunas detalles ampliados, de la Capilla Sixtina, el Tondo Doni, el Juicio Universal, etc. El colofón llegó el mes de Agosto, cuando pasé la página del calendario y me encontré contemplando a la Pietá.

Cuando uno habla con los admiradores de Miguel Ángel, o con cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de su obra escultórica, hay una proporción considerable que considera que su David o su Moisés son el colofón de su esplendor escultórico. Y no voy a contradecir en absoluto la inmensa grandeza de dichas esculturas. Tanto por su tamaño como por la exquisitez de sus detalles, es evidente que son obras maestras en mayúsculas, y que el talento del hombre que las creó no podía ser terrenal. Sin embargo, y quizás por eso el arte es tan maravilloso, ninguna escultura, ni del maestro Buonarroti ni de ningún otro, me ha causado mayor impacto que su Piedad.

La primera vez que la vi se me hizo un nudo en la garganta que no podía explicarme y no pude apartar la vista de ella durante mucho tiempo. Tanto, que me perdí la explicación de las siguientes esculturas que ese día nos daban en clase de Historia del Arte. Por supuesto, no tardé en ponerme al día pero jamás se me han quedado grabados los detalles de una obra como me pasó con ésta: una primera lectura, y sabía decir las medidas, describir la posición de las cuerpos y enumerar los detalles más significativos. Huelga decir que después de años de contemplación, creo que aún con amnesia podría recordar más fácilmente esta escultura al completo que mi propia cara. Además, me provocó una intensa curiosidad sobre la restante obra y vida del autor, así que para el examen del bloque, yo había aprendido más de Miguel Ángel de lo que era estrictamente necesario, y recuerdo que me pasé los meses previos a selectividad deseando que hubiera alguna pregunta sobre su obra. No porque la dominara, sino porque disfrutaba escribiendo sobre ello. Mi profesor solía decir, no sé si para contentarme, que siempre caía en alguno de los bloques, así que sólo tenía que rezar porque me supiera las demás y bordaría el examen. Sinceramente, me importaban un pimiento las otras preguntas: si Miguel Ángel estaba en un bloque, fuera cual fuera la obra, ése y no otro sería el que yo haría. Menudencias como las otras preguntas no iban a privarme de uno de los mayores placeres de ese momento, y menos en una asignatura que más que estudiar, se disfrutaba. Por desgracia, ese año no pusieron en selectividad nada sobre él, y yo tuve que resignare a hablar de la obra de otros autores.

Quizás por eso este mes de Agosto me he acordado de aquellos primeros meses acercándome a la obra de mi artista predilecto. Contemplar durante un mes tu obra favorita, en esas horas en las que o bien aún es demasiado temprano o ya es demasiado tarde, todo es silencio, y parece que en el mundo no haya nada más que la imagen y tú, te hace reflexionar mucho. Yo creo que eso es lo que diferencia las grandes obras de las buenas, que trascienden a lo que representan y conectan con algo dentro de ti, de tu vida en ese momento, de la que fue tu vida, de la que pretendes que sea. Y entonces sucede el milagro que llevabas tanto tiempo esperando, y vuelves a verte a ti misma con más claridad que si usaras un espejo. Te das cuenta de que a pesar de los tropiezos y las dudas, no te has perdido. Y te alegras de una manera tan profunda que te cuesta hasta respirar. También comprendes que, a pesar de todos tus defectos, aprecias a la persona que eres. No sólo tus aptitudes, también tus fallos y tus manías. Porque, al fin y al cabo, nadie es perfecto, y tu escaso sentido del humor, tu cabezonería y tu arrogancia también eres tú. Y al final del todo, te perdonas por haber dudado y haberte sentido perdida. Y lo haces porque entiendes que pararse no es lo mismo que darse por vencido, y porque entiendes que eres la primera persona que no tirará la toalla consigo misma, sin importar lo profundo que sea el agujero donde puedas caer. Entonces, mágicamente, todo se vuelve un poco más fácil, y afrontas la siguiente fase del proceso con la mochila más ligera y los pies más firmes. Porque el proceso no acaba, nunca acaba. Pero ya no tienes miedo ni luchas contra él. Te dejas llevar y decides seguir haciendo las cosas lo mejor que sepas, rezando porque eso sea suficiente la mayoría de las veces.

Sí, hay otras esculturas en el mundo que técnicamente serán más perfectas que la Pietá. Las hay más grandes, más precisas, más espectaculares. Las hay más alegres y más tristes. Pero ninguna de ellas me produjo nunca el mazazo emocional que sufro cada vez que la veo a ella. Ninguna hace que sienta todo el dolor y la ternura del mundo dentro de mí. Que pueda ver la inmensa tristeza y la desolación de una madre que tiene en sus brazos el cuerpo sin vida de su hijo. Ninguna me transmite la digna y serena quietud del cuerpo sin vida, derrotado pero no vencido.

Por eso costó tanto trabajo pasar la página del calendario cuando terminó Agosto, aunque parezca un hecho tonto y absurdo, un gesto mecánico que repetimos cada mes. Sin embargo, para mí nunca volverá a ser algo cotidiano y sin importancia. Y no lo será no sólo porque reviví los inicios de mi pasión por Miguel Ángel, ni por la comprobación de que los amores verdaderos, como el mío con la Pietá, si son sinceros sobreviven con la intensidad del primer día el paso del tiempo, sin importar lo largo que éste sea. Lo será porque aprendí, de una manera atípica y brutal, que algo frío, inerte y carente de sentimientos puede hacer que algo caliente, vivo y sensitivo vuelva a ser.

Nunca habrá manera de pagar esta deuda. No hay sacrificio que vaya a compensar aquello que se me ha devuelto, no como era en su estado original, sino multiplicado por infinito. Sin embargo, cuando alcance mi objetivo, y esto me permita plantarme a los pies de la imagen que venero, espero que de alguna forma, por una vez, el frío e inerte mármol sienta en su pétreo corazón una ligera vibración: el latido agradecido de la vida.







lunes, 2 de septiembre de 2013

El dúo dinámico

Y por fin, después de unos meses de sequía futbolística, volvió la Liga española. No es que hayamos tenido carencia de fútbol en estos meses veraniegos precisamente, entiéndanme bien. Soy consciente de que se ha seguido con mucho interés el Europeo sub-21 y, aunque ahora mismo no sea capaz de recordarlo, alguna otra competición más habrá deleitado los paladares deportivos de los aficionados. No obstante, nada es comparable con la emoción de ver jugar a tu equipo. No el del país donde vives, que ese, por defecto, nos lo asignan en el momento del nacimiento, sino el que conquistó tu corazón en un momento anterior al nacimiento de la razón y la fría lógica. Me duele confesar que muchas veces me cuestiono si las decisiones tomadas en esos tiempos no eran mejores que las que vinieron después. Por su vigencia, lo parecen.

Volviendo al tema en cuestión, la Liga comenzó de nuevo. Y gracias a Dios, pensé, el primer partido es en Canal Plus 1. Puede parecer exagerado una invocación a Él por algo tan nimio, pero cuando te has pasado la pretemporada espiando los resultados en diferentes periódicos y telediarios debido a que, por mucho que la falsa propaganda de Antena 3 anunciara que “la pretemporada del Real Madrid se vive aquí”, excepto dos partidos contados (créanme, contados, dos) el resto lo televisara el maldito canal Gol TV, al que desgraciadamente no estoy suscrita, poder disfrutar de 90 minutos seguidos de mi amado equipo, viendo los fallos y aciertos con mis propios ojos y teniendo la libertad de sacar mis propias conclusiones, era un regalo digno de agradecimiento. Así que allí me encontraba yo, quince minutos antes de la hora fijada para el comienzo, cómodamente sentada en mi sofá, con el brillo anticipatorio en los ojos de lo que estaba por venir. Y si bien he de decir que el partido no fue todo lo bueno que yo esperaba, tampoco fue todo lo malo que los comentaristas del mencionado canal manifestaban. Y he aquí el motivo de esta disertación: los comentaristas deportivos del Canal Plus.

No me extrañaría en absoluto que más de uno haya fruncido el entrecejo, gesto inequívoco de extrañeza, o sacudido la cabeza hacia los lados. Por lo menos, esos son los dos gestos más comunes que sin querer hago yo misma cuando me cambian de repente el guión. Tengan paciencia, porque la explicación viene de camino y pronto van a entender que era más urgente profundizar en el tema señalado que en el evidente. Hace no demasiadas líneas les dije que expresé de inmediato mi agradecimiento porque el partido lo televisara un canal al que podía acceder. Bueno, el ser humano, y no hay duda de que yo me encuentro entre ellos, es olvidadizo por naturaleza. Y, con excepción de los especímenes más rencorosos, lo que más rápidamente olvida es aquello que le desagrada. Debe ser que como aún no sabemos cómo utilizar toda nuestra capacidad cerebral, decidimos de manera inconsciente, y saludable, invertirla en aquello que nos dará algún provecho o satisfacción. Lo espinoso del asunto es que a mí esa tendencia me proporcionó un placer que no llegó a los diez minutos de partido. A partir de ese tiempo, empecé a recordar dolorosamente porqué tenía un sabor agridulce verlos en ese canal. Que nadie se llame a engaño, no es por el juego o el resultado. Si bien es cierto que como aficionada deseaba que mi equipo aplastara sin piedad al contrario, dejando tras de sí una masa perdedora y sanguinolenta de cuerpos humillados, la fría lógica hizo acto de presencia para advertirme que contra nosotros siempre se presenta la batalla más feroz, y que, siendo el primer partido de la temporada, David vendría con ganas de guerra.

Llegados a este punto, me veo en la obligación moral de hacer un pequeño inciso para comentar mínimanente algo del partido. Quien piense que sería capaz de resistirme a ello, lo siento, se equivocaba, pero no podría continuar sin decir que, a pesar de lo que pueda parecerles a muchos, creo que fue un buen comienzo. No fue un despliegue de virtuosismo apoteósico, no. Ni ganamos por goleada. Eso sí, ganamos, porque mal que les pese a muchos, se gana igual por un gol de diferencia que por más, que en eso el reglamento es contundente. No, no fue un comienzo estelar, fue un comienzo prometedor. Los jugadores, salvo alguna excepción, tenían ganas de balón. Hubo destellos de entendimiento, pases milimétricos, florituras. Es más, a pesar de tener que remontar el partido, no hubo bajada de brazos. Se intentó hasta la saciedad y, claro, tanto va el cántaro a la fuente, que al final termina rompiéndose. Sí, conociendo a mi equipo, fue el comienzo adecuado. Es mejor que comprueben que será duro de primera hora. Ellos también son seres humanos, y a pesar de lo que digan, tienden a olvidar estas cosas embebidos por la magnificencia de su santuario. Ahora lo han recordado: no habrá equipos pequeños ni grandes. Habrá una lucha constante contra el deseo de humillar al más grande. Y si es en su estadio, tanto mejor. La prueba es que esas derrotas siguen siendo objeto de burla hasta el día de hoy, cuando las victorias sobre otros equipos se han perdido en el olvido de lo intrascendente.

Llegados a este punto, más de uno se preguntará porqué me quedó un sabor desagradable tras el encuentro, si el resultado para mí ha sido positivo. Vuelvan un poco atrás, porque la respuesta es evidente. El mal sabor de boca lo tenía ya con diez minutos de partido, sin goles en ninguna portería, y con un juego aceptable de mi equipo. ¿Aún no lo saben? Aquí viene la pista definitiva: no es lo que estaba viendo, sino lo que estaba oyendo. O más bien, a quienes estaba oyendo. Carlos Martínez y Michael Robinson: los comentaristas deportivos blaugranas. Sí, sí, blaugranas hasta las trancas. Es imposible que nadie dude de esta afirmación, y sí lo hacen, será porque son blaugranas. No tiene más explicación. No obstante, vayamos por partes.

Del “señor” Robinson no hay mucho que decir. Cualquiera que lo haya visto comentar un partido del Real Madrid puede apreciar su profunda animadversión hacia ese equipo. Debe ser que como en la Liga española sólo estuvo entre las filas del Osasuna a pesar de su fulgurante carrera en Inglaterra, tiene cierto resentimiento futbolístico enquistado que no le deja respirar. No es que me parezca una explicación satisfactoria si tenemos en cuenta que tampoco jugó con el Barcelona. No, al menos, hasta que recuerdo que los segundones siempre se alían. Ahí ya me encaja que el “señor” Robinson odie todo lo que sea blanco. De hecho, ciertos rumores malintencionados afirman que le sale un terrible sarpullido cada vez que su delicada piel entra en contacto con tan demoníaco color. Sin embargo, y para no caer en la parcialidad de dicho personaje, sigamos con la visión global del mismo. Si comentando un partido del equipo merengue se pueden apreciar los intentos denodados por no vomitar del mal llamado comentarista, cuando el objeto del comentario es el equipo de la Ciudad Condal lo que hace esfuerzos por contener son los suspiros de amor. Nadie hace nada, si de fútbol hablamos, tan bien como los blaugranas. Todo son “¿has visto ese pase increíble?, ¡nadie podría haberlo hecho mejor!, es un equipo intratable, etc”. Lo único que le falta a Robinson, es aplaudir la depurada técnica de los escupitajos. Ya me imagino su comentario “puestos a que te escupan, Carlos, qué mejor que te lo hagan así”. Esta contraposición entre al amor y el odio de Robinson termina de asentarse cuando lo escuchas comentando partidos donde ninguno de los dos equipos está presente. Por supuesto, tiene otras simpatías, pero se suele quedar dentro de los límites de la corrección deportiva y, aunque con bastante esfuerzo, he de reconocer que llega a la calidad de comentarista de bar. Sí, ya saben, el típìco borracho del bar que se sienta a ver todos los partidos y que, de tanto ver lo mismo una y otra vez, ha aprendido ciertas frases coherentes que intercala en momentos oportunos del juego. Para algo más, me temo, no llega. Y eso, juegue el equipo que juegue. Debe ser que en lo periodístico brilla tanto como en lo deportivo. Pequeña luz parpadeante a la que se recurre a falta de foco.

Vayamos ahora con el “señor” Carlos Martínez. He de decir que su técnica es algo más depurada que la de Robinson. Quizás sea un juego pactado entre ambos. Mientras que Robinson moriría por shock anafiláctico si saliera un halago hacia algo (jugador, entrenador, pase, etc) que tenga que ver con el Real Madrid (las alergias es lo que tienen), Martínez de vez en cuando, intercala alguno. Eso sí, siempre acompañados de un pero del tamaño de la bóveda celeste. “El planteamiento estaba bien, pero la ejecución no ha estado a la altura”, “el pase era bueno, pero el control no ha sido firme”, “no es demérito del Real Madrid, sino mérito del otro equipo”. Ésta última le encanta. Y lo digo porque se la oigo en cada uno de los partidos que tiene la desgracia de comentar. Debe ser que, a ojos de Martínez, los méritos de los otros equipos siempre, sin excepciones, pesan más. No importa el resultado. Aunque haya perdido el equipo contrario por una goleada de diez, sus méritos han brillado como Casiopea en el maldito eclipse futbolístico del Real Madrid. Ya puestos, no me extrañaría que propusiera que se modificara el reglamento y que, a partir de ahora, no sean los goles los que decidan los resultados, sino los méritos. Se de sobra quien reuniría los suficientes para ganar cada partido, si el juzgador de los mismos va a ser este sujeto. Y quien no los va a reunir, también. Como decía al principio, su técnica es más depurada, pero repetitiva. Y claro, de ver siempre los mismos patrones, una empieza a formar sus propias certezas. Claro que el “señor” Martínez vino a mi rescate de manera muy galante con un comentario que elevó esa certeza personal a la categoría de verdad escrita en piedra. Fue en el partido que tuvo lugar en abril de 2012. Barcelona – Real Madrid. La Liga candente y todos los ánimos crispados. Y el partido, por supuesto, televisado por Canal Plus. Pues bien, estando ya el mismo expirando, con un resultado favorecedor para el Real Madrid, este fue el comentario que lo desenmascaró para el que aún tuviera alguna duda “Falta clara de Callejón. El Barça la va a poner en movimiento. Estamos ya en el descuento, el Madrid gana 1-2 y la Liga se nos… se le escapa al Barcelona de las manos”. ¡Boom! Jugarreta del subconsciente y todos los denodados esfuerzos por parecer un comentarista imparcial al cubo de la basura. Le diremos a Martínez a modo de consuelo que no se flagele mucho por ello, que de todas formas sus esfuerzos estaban sirviendo para bien poco, así que casi mejor poner las cartas sobre la mesa y hablar a cara descubierta como hombres.

Con semejante dúo dinámico, comprenderán que el partido se me atragantara. Es más, tuve que hacer incontables esfuerzos para no tirar el mando directo a la pantalla de la tele, ya que las cabezas de ambos personajes quedaban momentáneamente fuera de mi alcance. Lo confieso, pagaría gustosa la multa que el juez quisiera imponerme por esos segundos de placer. No obstante, como no he tenido el placer de cruzarme con ellos, continúan impolutas tanto sus seseras como mi hoja de antecedentes penales. No obstante, heme aquí, pregonando mi indignación de una manera menos violenta y, quisiera creer, más creativa, aunque igualmente infructuosa. Sinceramente, tengo un trabajo por delante arduo y complicado, porque estoy convencida de que alguna manera tiene que haber de cortar este mal de raíz. Algún mecanismo tiene que existir que haga que la opinión pública ejerza su presión y, si no a los dos, al menos quiten a uno de estos “señores”, poniéndole un compañero merengue. Sería lo justo, equilibrar la balanza. De ese modo, las arcadas irían intermitentemente de uno a otro, y el asqueamiento correría tanto por las filas blaugranas como por las merengues. Claro está que, a ojos de ambos, yo no soy más que una ultra energúmena que sueña con tirar mandos de televisión a las cabezas de las personas decentes. Bueno, es una opinión “respetable”. Al fin y al cabo, ¿qué saben de mí más allá de mi pésima opinión por sus personas y el ejercicio de su “profesión”?. ¿Y ya puestos, que saben ellos de mi indiscriminado uso del entrecomillado? No mucho. Indicios. Dudas. Ligeras sospechas por su reiteración. Tranquilos, “señores”, que yo a diferencia de ustedes, siempre enseño las cartas y no pienso dejarles con esa incertidumbre. Para algunos avezados, no hace falta explicación, pero puesto que ustedes dos no entran en esa categoría, allá va: ironía. Tomen cada palabra entrecomillada como lo contrario de lo que las comillas encierran, y ahí lo tienen. Ni señores, ni profesionales, ni respetables. ¿Qué es una opinión parcial? Ah, bueno, viniendo de Martínez y Robinson habrá que creerles. Después de todo, cuando ellos llegaron al mundo del comentario deportivo, la parcialidad vino para quedarse.

domingo, 17 de marzo de 2013

Críticas a la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género


Hoy me voy a meter en un “jardín” del que, posiblemente, no salga bien parada a ojos de la mayoría. No obstante, no encuentro más motivo para no hacerlo que el miedo al famoso “qué dirán”. Calibrado en su justa medida, es un riesgo bastante pequeño, ya que la difusión de este blog no es precisamente apabullante. Pero aunque así fuera, aunque tuviera la certeza de que mis palabras serían leídas por muchas personas, mi elección no sería diferente. En la primera de sus entradas, hace ya algunos meses, asenté la base fundamental del mismo: ser mi lugar sagrado. La única condición que me impuse para hacerlo, la única que me obligaría cada vez que me pusiera a escribir, sería ser sincera conmigo misma y con lo que pensaba, fueran cuales fueran las consecuencias que conllevara esa sinceridad. No queda, pues, más opción que ser coherente y cumplir aquello que me prometí.

 

El delicado tema que ronda mi cabeza desde hace algunas semanas surgió a consecuencia de las declaraciones que Toni Cantó, actual Diputado del Congreso por UPyD, hizo sobre la comúnmente llamada “Ley de Violencia de Género”. El señor Cantó publico ciertos datos en su cuenta de Twitter sobre las denuncias falsas que se producen en este ámbito. Datos que, desgraciadamente, no estaban contrastados y que, posteriormente, fueron refutados por los organismos oficiales correspondientes. Obviamente, y como era de esperar en este país, se armó un revuelo de aúpa, pidiendo su cabeza y su dimisión. Cantó no tardó en retractarse y pedir perdón por los datos denunciados, entonando el mea culpa por su ingenuidad al no contrastarlos. No obstante, fiel a su manera de pensar, subrayó que la citada Ley es ineficaz y desacertada, exhortando a las autoridades competentes a estudiar su reforma inmediata.

 

Se ha hablado mucho sobre la ausencia de veracidad de esos datos. Básicamente, creo que es de lo único que se ha hablado a raíz de esas declaraciones. Las múltiples asociaciones feministas, y las nombro especialmente por la parte que les toca, no han hecho comentarios sobre ningún aspecto más de esta polémica. Y lo cierto es que no solamente los hay, sino que son mucho más importantes. Coincido en que uno, sobre todo en temas sensibles, debe andar con pies de plomo a la hora de airear datos. Pero dado el caso concreto, no me parece una equivocación significativa. Es más, diría que incluso ofrece una buena oportunidad para poner en primera plana un tema que para estas asociaciones debería ser de capital importancia. Y digo correctamente debería porque después de ver como se limitan a insultar y pedir dimisiones como si de políticos se tratasen, en lugar de aprovechar la coyuntura para avanzar en sus nobles propósitos, tengo la fundada sospecha de que se han acomodado en la manera fácil de hacer las cosas. Una manera muy famosa, desde luego, y bastante frecuentada, pero que apenas te permite avanzar en tus propósitos.

 

Un buen sablazo al problema de la violencia de género habría sido dar un paso al frente y decir “bien, señores, no hay tantas denuncias falsas como ha manifestado el señor Cantó. Pero puesto que las hay, ¿qué medidas legales se usan para detectarlas?” Claro que habría sido una pregunta tan incómoda de contestar como de formular, porque esas asociaciones saben, o deberían saber, la misma verdad que se yo: no se han previsto medidas para eso. La realidad es que en este tema, una mujer puede ir a cualquier comisaría o dependencia policial y denunciar que su expareja o pareja actual ha ejercido cualquier tipo de violencia sobre ella, y la consecuencia inmediata es que ese sujeto va a pasar una noche en el calabozo. Como mujer, puede ser una medida muy tranquilizadora, pero como jurista, me preocupa bastante. Me apostaría un brazo a que la mayoría de los que estudiamos Derecho hemos sufrido un tremendo shock cuando, en nuestra primera clase de Derecho Penal, el profesor de turno nos soltó la lapidaria frase de “El Derecho Penal no sólo protege a la víctima, sino también al delincuente”. Pasado el trauma inicial, uno va comprendiendo que hay un largo camino desde la denuncia hasta la sentencia, y que establecer unas garantías determinadas es lo más acertado para que las cárceles no estén a rebosar de personas inocentes. Aún así, las hay. Los jueces no son infalibles, ni los medios de prueba incontestables. No obstante, habría muchos más de no existir estas garantías. Por eso, después de que uno se meta esa frase y sus lógicas consecuencias en la cabeza, choca encontrarse con un delito que la incumple de manera flagrante y, para colmo, legal.

 

Un segundo aspecto a resaltar de estos procesos es, además de la absoluta veracidad que se da a la declaración de la víctima, aunque no haya ninguna otra prueba que la apoye, la anulación del principio “in dubio pro reo”. Este principio obliga a que, en caso de duda, el juez dictamine a favor del imputado. Menos en este ámbito, que en caso de duda, no se va a optar por la versión de la víctima. Y sigo diciendo que no me parece mal como mujer, pero que una vez más, la jurista que hay en mí se revela. Y en este punto, lo hace apoyándose en otra lección aprendida: la seguridad jurídica. ¿Por qué este proceso permite que todos los principios fundamentales del Derecho Penal se vulneren? Justo éste. Ni el asesinato, ni la violación, ni el homicidio, ni la explotación sexual. Hay una lista enorme de delitos que, sintiéndolo en el alma por aquellas mujeres que de verdad son víctimas de delitos de violencia de género, me parecen bastante más graves. Porque, usando la fría lógica, el que maltrata de cualquier forma a la mujer con la que mantiene una relación, lo hará sólo con ella. En número considerable de casos, tendrá dos o tres víctimas más a lo sumo. Pero lo normal en este tipo de delincuentes es que no tengan un número alto de víctimas. Pero el que viola, el que asesina, el que explota sexualmente a personas, no es delincuente de una víctima, ni de tres, ni de cinco. La regla general es que tendrá una larga lista de víctimas, tan larga como su vida o como su tiempo en libertad, dependiendo de lo que termine antes. Viven para eso, ese es el gran objetivo de sus vidas. Los agresores de género, normalmente, se ceban en una sola víctima, que les ha permitido tener ese poder sobre ellas. Y por eso, si se revela, si tardíamente muestra resistencia, intenta acabar con su vida. Entonces, y sólo entonces, busca una nueva persona con la que desempeñar el rol dominador que le hace sentirse quien es.

 

Esto no quiere decir, de ninguna manera, que los sujetos que maltratan a mujeres me parezcan menos delincuentes que los otros. Todos, del primero al último, forman parte de lo más despreciable del planeta. Pero, en mi particular barómetro, no son lo más despreciable. Por eso, no entiendo que se quiebren principios tan importantes para este caso concreto y no, por ejemplo, para los casos de abusos de menores. Desde mi punto de vista, no hay nada más atroz que abusar sexualmente de un niño. La sola idea de que una criatura inocente y sensible sea marcada de por vida por semejante humillación y atropello me revuelve el estómago. En este caso, la fría lógica a la que recurría antes se me nubla, y sólo me da, con mucho esfuerzo, para buscar todos los resquicios legales que me permitan aplastar a semejante monstruo bajo el contundente peso de la ley. Peso que, si se permite, aplasta sin remedio. Sólo en caso de que no sucediera así, renegaría de todo principio legal y moral para ajusticiar a estos monstruos de la única manera que se merecen: con una carencia absoluta de piedad.

 

Pero la realidad es que una mujer presuntamente maltratada está más protegida que un menor del que se ha abusado con certeza. Y esto me molesta profundamente. No ya como jurista, sino como mujer. Podría dar muchas razones, muchas, pero me contentaré con ilustrarlo con un ejemplo real, que puede ser contrastado por cualquiera que tenga amigos o parientes que sea funcionarios en un juzgado de ámbito penal. En los procesos de abusos de menores, sobre todo por debajo de los diez años, jamás, y lo digo con contundencia porque es así, se verá a un menor fingir sus daños. Ni siquiera se retractará de sus heridas. Las mostrará una a una, gracias al trabajo de expertos, que se las tendrán que arrancar de las fuertes garras del dolor y la vergüenza más profundos. De la otra parte, es muy frecuente ver a mujeres en Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que lloran desconsoladas retractándose de su denuncia porque, palabras textuales, “no quieren que les pase nada a su pareja”. En mi corta vida, no he presenciado nunca nada más humillante como mujer, que estas escenas. Mujeres que, reconociendo que son maltratadas, después de dar el valeroso paso de tomar las riendas de su integridad física y moral, se niegan a continuar con la acusación. Y, como su palabra es ley, nada pueden hacer los fiscales si no están dispuestas a ratificarlas en sede judicial. El asunto se archiva, el sujeto sale del calabozo y aquí no ha pasado nada. Pero sí que pasa. Muchas veces no a ellas, pero dentro de este mundo, este paso atrás tiene consecuencias mortales para otras mujeres. Mujeres valientes que no se retractan, que defienden su libertad como personas y aprietan los dientes en la cara del miedo. Mujeres que, debido al aluvión de denuncias, no cuentan con una protección efectiva, porque no hay para todas. Ni siquiera en tiempos de bonanza se podrían satisfacer las demandas de protección de este tipo. Y, por desgracia, la cobardía y negligencia de otras mujeres, les cuesta su vida.

 

Por eso, por todas ellas, me indigna tanto la polémica de la ley de violencia de género, que, puestos a hablar con propiedad, se llama “Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género”. Un nombre que no se usa completo, y se hace bien, porque esas medidas de protección que tan bien quedan en el título, son escasas, ineficientes y ridículas en la vida real. ¿Quieren que sean eficientes? Sancionen a la mujer que se retracta de la denuncia realizada. Ya está bien de complacer a las asociaciones de mujeres, que sólo se encargan de lavar cerebros para que estén tan vacíos como los suyos con propaganda feminista hueca e inservible. Las denuncias falsas en todos los demás delitos son castigadas. Éste no debe ser diferente. De esta manera, ahorremos trabajo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que podrán tener más efectivos dedicados a  para proteger a quien realmente lo necesita. También irán mucho más rápidos los Juzgados de Violencia de Género, que no tendrán que dedicarse a tramitar expedientes destinados a archivarse, y podrán sacar adelante los expedientes con razón de ser. Puestos a reformar, vuelvo a incidir en que no es el proceso más adecuado para pisotear los principios fundamentales del Derecho Penal. Un ajuste de los mismos, vale, pero su anulación no procede. Y, por último, como soñar es gratis, sería de justicia que se incluyeran los casos de violencia homosexual. Porque digo yo que si el fundamento es la violencia entre parejas, será lo mismo si se produce entre mujer y hombre, entre hombres, o entre mujeres. Si el objetivo es luchar contra un tipo de violencia que pone a uno de los sujetos en una situación de indefensión especial por la relación que tiene con su agresor, apliquémoslo sin excepciones. De lo contrario, caemos en la conducta fácil de hacer lo que quieren las masas y no lo que es justo.

 

A modo de cierre de esta entrada, sin que sirva de precedente y debido al delicado tema que he abordado en la misma, no quiero zanjarlo sin hacer ciertas puntualizaciones:

1.- Las víctimas reales de violencia de género tienen todo mi respeto y apoyo en la difícil situación que les ha tocado vivir.

2.- Que el delito de violencia de género no sea el más grave de todos los que existen es mi criterio personal. Hay que partir de que las penas y medidas que se imponen en Derecho se establecen en base a un peculiar ranking de gravedad de los delitos y, por tanto, sólo he expresado mi opinión en este aspecto conjugando fundamentos jurídicos con otros puramente subjetivos.

3.- La anterior afirmación no conlleva en absoluto que dicho delito no me parezca grave. Lo es, como todas aquellas conductas que están tipificadas como tal, y por eso merece una protección eficaz dentro de los parámetros acordes con su naturaleza.

4.- Mi postura en contra de la pasividad hacia ciertas asociaciones de víctimas de este tipo de violencia no es extrapolable a todas. Es cuestión de cada uno hacer examen de conciencia. Yo me he limitado a señalar mi sorpresa sobre el nulo partido que, a mi juicio, se ha sacado en este tema a unas declaraciones que ponían en primera plana un tema que debería ser en todo momento su motor de funcionamiento.

5.- Las críticas hacia la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género han sido realizadas conjugando los conocimientos jurídicos, la experiencia profesional en este tipo de procesos y la lógica opinión subjetiva que emana de todo ello.

6.- La anterior manifestación no quiere decir que sean las reformas más adecuadas ni las más eficaces. Son, desde mi punto de vista, un mejor punto de partida que el actual para atajar este problema, pero nada más.

7.- En todo momento, parto de que mi verdad no es la verdad absoluta, pero también de que ciertas verdades se aproximan a ésta más que otras. Por tanto, tiene tanta cabida en este mundo y exige el mismo respeto que las demás. Aquel que no esté de acuerdo tiene la opción de ejercer su derecho a la libertad de expresión en su propio espacio.
 
 
 

domingo, 3 de marzo de 2013

¿Fácil?


Soy madridista desde que tengo uso de razón. Puede que lo fuera incluso mucho antes de eso. Siendo sincera, el medio lo favorecía: casi toda mi familia lo es. Así que crecí viendo partidos del equipo blanco a mansalva, celebrando las victorias y lamentando las derrotas como si fueran conquistas y fracasos propios. No obstante, y a pesar del ascendiente que pudiera tener este hecho en su momento, no creo que fuera determinante. No sería la primera que desafía futbolísticamente a su clan, jurándole amor eterno a otro club. Por supuesto, jamás al eterno rival. Mi osadía jamás se ha traducido en estupidez, o al menos, no hasta ese punto.

 

Durante todos estos años de madridismo confeso, he tenido que escuchar cierta frase manida que, pronunciada en tono acusatorio por vocecillas chillonas y resentidas, dice tal que así: “claro, tú eres del Madrid porque es fácil”. No le pongo el “Real”, porque nadie cuestiona lo difícil que es ser colchonero, o que era hasta hace bien poco. En años más jóvenes, dicha afirmación pretendía hacerte sentir como la pecadora más ignominiosa de la faz de la Tierra. Y yo, como joven y tierna cría de león, me veía en medio de una manada de ñus, calibrando el alcance de la sentencia. Pasarse a otro equipo no era una opción viable: la muerte antes que la deserción. Tampoco era seductora la idea de renegar del fútbol: lealtad a las buenas pasiones. Sólo quedaba una opción honorable en aquellos tiempos: “Porque tú lo digas”. Media vuelta, la mañana de ñus desconcertada por no haber hecho mella y camino a la sabana con la dignidad intacta.

 

No obstante, la madurez (o eso quiero creer), me ha hecho reflexionar seriamente ante esa frase. Porque otra cosa no, pero como a ciertos grupos les de por pronunciar sentencias, te la repiten hoy igual que ayer, y a tus hijos mañana, hasta el fin de los tiempos, amén. Hasta que un día, un ñu disfrazado (persona que dice que es mas simpatizante de tu equipo que del rival, pero que lo ataca sin piedad como si le fuera la vida en ello), me soltó la dichosa frase. Y claro, por mucho que una no quiera caer en el ciego fanatismo que tanto critica, a veces el vaso está lleno y empieza a caer el agua en el momento más inapropiado. Así que, ni corta ni perezosa, y por las miradas que me echaban los de alrededor, cual dragón escupiendo fuego, le solté de manera tan sosegada como cortante, lo que pensaba desde hace bastante tiempo:

 

“¿Ser del Real Madrid es fácil? ¡Claro! Ser el blanco de todas las críticas es algo fácil de llevar. Que lo único que tengan en común los aficionados de otros equipos, entrenadores, jugadores, árbitros, simpatizantes del fútbol o detractores sea no perder oportunidad para comentar de manera denigrante y despectiva hasta el más mínimo de los fallos de tu equipo es muy gratificante.

 

¿Sabes que más lo es? Que la prensa se invente constantemente rumores sobre nuestro vestuario: que si nuestro entrenador no mete en cintura al vestuario, que si el vestuario no tiene motivación ninguna, que si el mejor jugador que tenemos ha recibido tal o cual oferta y sea casi seguro que se va, etc.

 

Otra cosa que también me hace muy llevadero ser de mi equipo, es que jugadores mundialmente reconocidos, pasen a ser la basura de la profesión cuando visten de blanco: de héroe a cero. No importan los goles que metan, los pases que den, lo bien que se lleven con los demás o lo mucho que se esfuercen: son la escoria que hay que erradicar.

 

También me resulta muy fácil de tragar que, contra ciertos equipos, todo valga. Se reescribe el reglamente para que la falta, si es a un jugador del Real Madrid, no sea falta. Mera amonestación verbal, carita de penitente arrepentido del contrario, y a coserte el miembro amputado de la patada, que esto es un juego de hombres, no de niños pequeños.

 

Otro detalle que me produce gran placer es que si mi equipo se enfrenta contra el que sea, nacional o extranjero, el resto del mundo, sea del equipo que sea, esté contra ese rival. Y no hablo del eterno rival, no, que de ese me espero que me pague con la misma moneda que yo le doy gustosa. Hablo de otros equipos, más mediocres aún, que por no tener el placer de mojarnos la oreja, rezan fervientemente para que lo haga otro.

 

La próxima vez que tengas la arrogancia de decirme esa frase, que sea con la camiseta de tu equipo, el día después de perder un partido importante. Entonces, a lo mejor, te concedo la gracia de escucharte, ya que el placer de darte la razón es algo que no está en mis manos concederte, que yo seré muchas cosas, pero mentirosa, jamás.”

 

Después de eso, lógicamente, sólo habló de fútbol en mi presencia en corrillos de gente, y sin osar traspasar nunca más las reglas de la diplomacia. Sabía bien lo que se jugaba en caso de hacerlo.

 

Esta semana, mi equipo me ha demostrado que, aunque siguen siendo tan válidas ahora como entonces todas esas razones, se quedan en nada ante la evidencia: ser del Real Madrid es fácil. Si hace seis días se hubiera hecho una encuesta entre los aficionados, no me habría extrañado que muchos de ellos firmaran por empatar los dos clásicos, o uno, cuanto menos. Dejamos la Liga, que la tenemos perdida, y nos aferramos con uñas y dientes a la Copa del Rey, que la tenemos más cerquita en cuanto a número de partidos. De Champions mejor no hablar, porque después del vapuleo de la semana por el eterno rival, a ver cómo carajo se rehacen para dar la cara en Old Traford. Nadie nada un duro por nosotros, ni siquiera mucho de nosotros. Bueno, casi nadie. Porque Mou y sus chicos han dado un golpe encima de la mesa. ¿Qué nadie apuesta a nuestro favor? ¡Y qué! Nosotros lo apostamos todo: ganar o morir. ¡Y vaya si han ganado! Los dos partidos. Que si bien con la goleada de Copa ya habían devuelto la esperanza a una afición que dudaba, con el golpe en Liga han recuperado la imagen de lo que fuimos: el equipo que, no jugándose nada, vende caro el honor, que es lo más sagrado que tiene.

 

El Real Madrid no sólo ha ganado en el campo del eterno rival, eliminándolo de la competición que, digan lo que digan, deseaban tener. En nuestra casa, no nos han arañado ni un punto esta temporada. Nuestro Coliseo ha quedado inmaculado, como siempre debió estar, con un Madrid que vence y convence, y un Barcelona que se busca pero no se encuentra. O que no dejan que se encuentre, que para el caso, es lo mismo. Se han peleado balones como si fueran granadas, y había que sudar cada metro de campo contrario, porque aquí se cedía antes el aliento que el espacio. En estos partidos no había titulares y suplentes, sólo había personas creyendo en un mismo sueño: la victoria. Y ese sueño se ha hecho realidad.

 

Pero que no se equivoque el lector: no es éste un canto a la victoria. No hemos ganado la Copa, la Liga sigue estando lejos, y la Champions está por decidir. Lo que yo ensalzo hoy, lo que ensalzaré siempre, es el esfuerzo. En todos los sentidos. Esfuerzo mental para no amilanarse, para crear un muro impenetrable al desaliento y mantener viva la fe en las posibilidades del equipo. Esfuerzo físico aguantando las embestidas del rival, las carreras, los minutos lentos del reloj. Han rescatado la imagen de oro: la del equipo que hace que parezca fácil, lo que a todos les resulta difícil.

 

Por eso, creo que ya es hora de que usemos la manida frase a nuestro favor. Ser del Real Madrid es fácil. ¿No es fácil enamorarse del buen fútbol? ¿No es fácil enamorarse de la belleza técnica? ¿No es fácil enamorarse de la entrega y el tesón? ¿No es fácil enamorarse del que no da nada por perdido, del que cree en sí mismo aunque nadie crea en él, del que se mantiene en pie hasta el final? ¿No es fácil enamorarse del que enarbola como bandera el honor y la dignidad? Sí, mi familia me indicó su opción futbolística, pero que mi corazón sea merengue desde su primer latido hasta el último, sin duda, fue mérito del Real Madrid. Y os diré una cosa: conseguirlo les fue fácil.
 
 
 
 
 

domingo, 17 de febrero de 2013

San Valentín


Llevo toda la semana reflexionando sobre el día de San Valentín. Sobre cómo pudo comenzar, que sentido tuvo en su momento, que significado pretenden que tenga ahora y qué significa para mí. Investigando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que hay dos teorías mayoritarias acerca del origen de esta fecha.

 

La primera de estas teorías afirma que nació en honor de un romano, llamado Valentín, que se convirtió al cristianismo. No podemos afirmar mucho sobre él, aunque con toda seguridad era un hombre consecuente con sus decisiones, pues se dedicó a sacar a los cristianos de las cárceles romanas. Cuando finalmente le descubrieron, se negó a renunciar a su fé, por lo que fue ajusticiado el 14 de febrero del año 269 Después de Cristo.

 

La segunda teoría, bastante más extendida, afirma que esta fecha se debe a Valentín, un cura que servía en un templo en la época de Claudio III. Cuando éste decidió reclutar a todos los hombres jóvenes para el ejército, prohibiéndoles contraer matrimonio, Valentín hizo caso omiso del Decreto, oficiando matrimonios en secreto. Una vez descubierto, fue encarcelado por haber desafiado al emperador. Antes de morir, dejó una carta de amor a la hija del carcelero, poniendo en ella como rúbrica “de tu Valentín”.

 

Finalmente, en el año 496 Después de Cristo, el Papa Gelasio decidió que se honraría a San Valentín cada catorce de febrero. Y así se ha venido haciendo hasta ahora. Cada año, ese mismo día, se celebra el amor. Pero, ¿qué amor? La televisión, la radio, la publicidad de las tiendas y centros comerciales, hasta las conversaciones que surgen a mi alrededor, no dudan en señalar que el elegido es el amor de pareja. Ese, y no otro, es el amor por excelencia, y ello a pesar de que las teorías de su nacimiento deriven todos de un amor general, superior al de una sola persona por otra. Ahí debemos encontrar todos a nuestra media naranja. Y ya esta. Los demás tipos de amor, si bien son tan necesarios como ese, quedan relegados a un segundo plano. Si los tienes todos, menos una pareja, el día de San Valentín no tienes nada, y el mundo parece compadecerte por ello.

 

Durante mucho tiempo, yo también lo creí. Seguí a la masa sin plantearme qué significaba para mí el gran amor, el amor con mayúsculas, la media naranja. Acepté que ser feliz plenamente pasaba por encontrarlo, y que debía de ser uno más de los objetivos vitales de mi vida. Pero, curiosamente, nunca me esforcé por cumplirlo. Me faltaba esa sensación de vacío, ese sentimiento de carencia que te impulsa a buscar lo que te completa o, más bien,  a quien te completa. Nunca he conseguido conformarme con algo que no me satisface del todo, así que conformarme con alguien se ha presentado siempre como un objetivo imposible. Y no es que yo sea una persona carente de defectos. Los tengo, y a montones. Simplemente, no estoy cómoda con la idea de que alguien se quede conmigo porque no encuentre algo mejor, y por tanto, no me parece justo pagarle a nadie con esa moneda. Tampoco me veo capaz de soportar a alguien sólo por no estar sola. A veces, la soledad es una bendición si la contraposición es determinadas compañías.

 

Estuve dándole vueltas una y otra vez, preguntándome cual de los numerosos tornillos que me faltan sería el culpable de esto. Y, sin querer, me dí cuenta de que quizás nunca me haya sentido incompleta en el sentido literal de la palabra, pero sí hubo un tiempo muy lejano, tan lejano que apenas guardo recuerdos de él, en el que había algo que yo deseaba con todo mi corazón, algo que inconscientemente sabía que necesitaba para ser totalmente feliz. Afortunadamente, me hicieron ese regalo cuando tenía ocho años. Un regalo que adoptó la forma de bebé de cabellos rubios y ojos marrones. No he tenido hijos, así que no puedo saber con certeza como de fuerte e instantáneo es ese amor, pero de lo que no me cabe la menor duda es que yo experimenté algo muy parecido la primera vez que la vi. Es asombroso como se puede querer tanto a alguien a quien acabas de conocer. Alguien que no sabe todavía tu nombre, ni que parentesco tienes con ella, ni que te sacará de quicio que te haga.

 

Ahora que miro hacia atrás lo veo tan claro, que me parece absurdo no haberme percatado desde el primer instante. Lo único que se me ocurre es que, quizás, algunos sentimientos sean tan abrumadores que nos haga falta un poco de tiempo para ser conscientes de su plenitud. De lo que no me cabe duda, y quizás siempre lo he sabido, es que yo conocí a mi media naranja aquel día. Si existe el alma gemela, si existe la persona que te completa, ella es la mía. Pero no me completa en el sentido vulgar que le damos a la palabra. No elimina mis defectos. La quiero demasiado como para poner sobre su frágil espalda un peso que me corresponde sólo a mí. Hace por mí algo mucho mejor: cuando está cerca, mis virtudes brillan tanto, que mis defectos se ven menos. Jamás he sido tan fuerte como cuando ella me ha necesitado. Ni tan despiadada como cuando la han herido. Ni tan intransigente como cuando la quiero proteger. Me sorprende que mucha gente pase por su lado sin darse cuenta de que, con bastante probabilidad, estén cerca de la mejor persona que pueda existir. Porque, seamos francos, hay muchas personas que brillan, pero muy pocas que hagan que su brillo motive a los demás. Ella inspira a ser mejor. Es la amiga más leal y divertida, pero también la enemiga más digna y valiente.

 

He tenido el privilegio de compartir casa con ella durante muchos años, y espero que todavía me queden algunos más. Inevitablemente, un día se irá a su propia casa, y yo tendré que aprender a vivir de otra forma. Aún así, nunca será como esos años vacíos en mi memoria, de la misma manera que yo tampoco seré igual que la persona que no la conocía. La vida es cambio constante, adaptación, mejora, progreso y, por qué callarlo, retroceso. No obstante, habrá algo que permanecerá tan inalterable como desde que llegó a mi vida: ella, para mí, es y será siempre el amor en mayúsculas.

 
 

domingo, 10 de febrero de 2013

Carta al mejor amigo del hombre


Querido amigo:

 

Hace días que no puedo leer un periódico o bucear por una red social. A la que me descuido, me topo con una nueva noticia sobre maltrato, abandono o muerte de uno de tus congéneres. Sucesos tristes y desgarradores que me encogen el corazón y me dejan hecha polvo para lo que reste de día.

 

Durante un tiempo pensé que era cosa mía, que esos casos atroces no podían ser tan frecuentes, y que no hay nada mejor que obsesionarse con algo para verlo en todas partes. Entonces, enfadada por haberme vuelto impresionable, volvía al periódico o a Internet. Breves visitas en las que descubría que no es ninguna obsesión, que el maltrato y demás tropelías contra tu especie son más frecuentes de lo que me temía.

 

Todo empezó con la noticia de la pobre galga que se perdió en el metro de Madrid. Cuatro días estuvo dando vueltas, muerta de miedo y de vete a saber que más, para acabar atropellada por un maldito metro. No se permitió que nadie bajara a buscarla, a pesar de que varias asociaciones estuvieron allí durante esos días. Finalmente, dos mujeres de alguna de ellas, valientes, decidieron saltarse las normas y arriesgarse a ir a por ella. Nada se pudo hacer, más que recuperar su cuerpo, maltrecho y sin vida. Y ya está. Nada que hacer ni que decir. Un suceso que ni siquiera tenía interés para los telediarios. Sólo era una perra callejera muerta.

 

Después, como los males no vienen solos, empezaron a llover más noticias: un perrito abandonado, atado en el puente del nuevo paseo marítimo de Málaga, que recogía la sociedad protectora de la ciudad; un par de cachorros que algún insensato tiró a una zona de queroseno en Chile, rescatados por dos jóvenes que jugaban al fútbol con más chicos por el lugar; un tinerfeño detenido por la Guardia Civil por tirar perros vivos por un barranco; perros salvajes tiroteados en Punta Umbría con autorización del Ayuntamiento; etc.

 

La lista continúa, pero para qué ahondar más en la barbarie. Con lo enumerado, será suficiente para ahuyentar al sueño durante bastantes días. Porque, lamentablemente, no hay noche que mi cerebro no de un repaso mental a todas esas noticias en un intento por entender de donde proviene tanta crueldad gratuita. Hasta el momento, todo esfuerzo ha resultado infructuoso. ¿Qué impulsa a una persona a destrozar a un animal? ¿Qué mal temible ven en sus ojos dulces e inocentes que a mí se me escapa? Puedo comprender que, en una situación donde peligra tu vida o la de un ser querido, se emplee la fuerza con el resultado más grave, aún a costa de la vida del animal que te ataca. Al final, el instinto de supervivencia o el de protección siempre perviven. Pero ¿y cuándo no hay situación de peligro? ¿Cómo puede uno levantar la mano contra un animal y, simplemente, no parar hasta que lo matas? No puedo comprenderlo, ni ahora ni nunca. Por mucho que lo intente, no es un esfuerzo que vaya a obtener resultado.

 

Lo peor, tú lo sabes mejor que nadie, es que no es una cruzada contra tus congéneres caninos. Es una guerra abierta contra todo animal que exista. Como si el mundo fuera sólo nuestro, y pudiéramos hacer de él lo que nos viniera en gana. Sin rendir cuentas, ni atender a razones. Algunos ya han caído para no levantarse, extinguidos por la mano que les hizo imposible sobrevivir. Y los habrá que estén orgullosos de poder apuntarse ese tanto. Pobres necios que no son conscientes de que, tarde o temprano, uno debe pagar sus deudas. Tanto si quiere, como si no. Llega el día en que la vida se acaba, y no se hace borrón y cuenta nueva, sino balance. Y ¡ay del que no esté preparado para asumir su resultado!

 

No obstante, es un flaco consuelo. Porque mientras tanto, aquí todo sigue igual. Animales que mueren cuando deberían vivir, y personas que viven cuando deberían desaparecer. Y yo, impotente, me conformo con ser testigo mudo de lo que ocurre, sin alzar la mano, pero sin detener tampoco el brazo que cae. No hay excusas para mí. Sólo la verdad incómoda que pretendo evitar, esa que nos decimos todos para sentirnos mejor: yo sola no puedo cambiar nada. Pero me he dado cuenta de que esa verdad no es cierta. Sí puedo cambiar algo. No puedo proteger a todos los animales maltratados del mundo, ¡ojalá pudiera! Pero puedo hacer algo más que la nada que hago ahora. Puedo marcar una diferencia, por muy pequeña que sea. No quiero seguir lamentando las muertes y el maltrato, la mala suerte de esos seres que sólo tratan de sobrevivir, cruzada de brazos y a lo mío. No ahora, que allá arriba hay un ser peludo que me mira, seguramente con la misma bondad y dulzura que cuando me miraba aquí abajo, lamentando mi parsimonia y mi comodidad. Y lo que me hace sentir peor es que sé que no me lo tendrá en cuenta. Que el día que se haga mi balance, intercederá en mi favor por lo poco bueno que hiciera por él. No estará él solo, le acompañarán otros ese día. Algunos que ya están y perdí antes que a él, y otros que están conmigo ahora o lo estarán a lo largo de mi vida. Seres que se entregaron por completo, dándome su todo a cambio de lo que a mí me sobraba. Ahora no puedo mirar sus ojos sin sentirme despreciable, sin que mi conciencia me pregunte “¿y si fueran ellos?” Y sé que si fueran ellos, por muy irracional que suene, yo no permitiría ese golpe. Ni ese ni ninguno, mientras tuviera aliento. Primero tendrían que terminar conmigo del todo, porque con poca o mucha fuerza, de pie o arrastrándome, sería el obstáculo perenne en el camino de la destrucción.

 

Si fueras otro, pondrías en duda mis palabras. Tantos años de pasividad no pueden ser borrados por un discurso mínimamente emotivo y unas cuantas noches de insomnio. Pero tú no eres cualquiera. Tú tienes fe siempre, como sólo un perro puede tenerla. Incluso atado, abandonado, sin agua ni comida, pasando penurias y peligros, recorres kilómetros sin cuartel buscando al dueño que te puso en esa situación, convencido de que todo ha sido un malentendido, de que cuando lo encuentres se subsanará el error. Sólo vosotros sois capaces de volver a querer a un ser humano después de todo lo pasado. Sólo vosotros ponéis la otra mejilla.

 

Por eso, y aunque entre nosotros no haga falta, he de ser tajante en esta ocasión, dándote las explicaciones que no me pides. Esta carta, amigo, no son ahora, ni serán jamás, sólo palabras. Es cierto que debo poner en orden ciertas cosas antes de entregarme a la lucha, que no puedo salir mañana por la puerta armada hasta los dientes y masacrar a todo ser humano que se lo merezca. Entre otras cosas, porque desde la cárcel poco podría hacer, y porque el uso de la fuerza bruta siempre debe ser el último recurso. Pero no te preocupes, que el tiempo que necesito no será largo, y nos servirá a ambos. Necesito armarme bien para la lucha, porque será larga y difícil. No serán suficientes las ganas y la voluntad, que es lo único que poseo ahora. Yo no olvidaré, ni cambiaré de parecer. Te aseguro que antes de que llegue a una nueva década, podrás verme marcar la diferencia. Por ti, por los que están contigo, por los que estarán. Y porque, en este asqueroso mundo, uno es lo que es, y yo comparto especie con los abominables que te torturan. Así que la deuda que tienen contigo, ahora es también mía. Y yo no esperaré al balance final. La saldaré en vida, con los medios que tenga a mi alcance, que serán muchos y potentes.

 

No hace falta decir más. Tú sabes que yo nunca hablo en balde, y que no hay muro que no derribe cuando mi voluntad así lo decide. Allá donde estés, cuídate y cuídalos, porque volveremos a vernos y, entonces, si tenéis que interceder por mí, lo haréis sintiendo que merece la pena.
 
 
 
 

 

Un abrazo, amigo. Hasta pronto.

domingo, 3 de febrero de 2013

El valor del voto


Hace un par de semanas, acompañé a un familiar a la consulta del médico. Como es habitual en estos casos, uno procura estar allí al menos un cuarto de hora antes de la cita que le han dado, no vaya a ser que el doctor, milagrosamente, vaya en hora y te toque esperar hasta el final de su jornada laboral. Pero, claro, debe ser que la Corte Celestial no tiene mano en ciertos aspectos de la sanidad pública (ni privada, ya puestos), porque la realidad es que si le sumamos el tiempo de antelación con la que uno va  y el retraso que lleva la consulta, lo más normal es que te pases allí media mañana, cuando no la mañana completa, esperando pacientemente tu turno. Vaya por delante que no pretendo criticar a los profesionales de la sanidad, que seguro que los hay muy válidos, y sufren tanto como los pacientes los retrasos a la hora de pasar consulta, obligados a poner las citas cada cinco minutos por culpa de políticas sanitarias poco realistas y extremadamente deficientes. Pero la realidad es la que es, para desgracia de todos, y no me corresponde a mí endulzarla para no herir sensibilidades poco críticas.

 

Volviendo al tema que tratábamos, mi familiar y yo llegamos con ese cuarto de hora de antelación a la consulta. Comprobamos que el mundo seguía por su derrotero habitual: la sala de espera atestada de pacientes, un retraso que, en nivel ascendente, oscilaba entre 30 y 45 minutos, etc. A la vista del panorama, sólo nos quedaba recurrir a la resignación y sentarnos hasta que fuera nuestro turno. Y eso hicimos. Pero claro, cuando tienes que matar una hora entera (si no más), sin hacer otra cosa que mirar el deprimente color de las paredes del centro de salud, llega un momento en que te resulta inevitable empezar a prestar atención a las conversaciones que se mantienen a tu alrededor. Hay que decir que también ayuda el hecho de que algunas personas se acomoden allí como si estuvieran en el salón de su casa, lo que vendría a ser, más o menos, tal que así: medio tumbado en la silla, rascándose sin pudor todo lo que pique y hablando a voz en grito de los temas más variopintos. Viéndolos, estoy segura de que más de un médico siente deseos de decirles que el aburrimiento, hasta la fecha, no se considera una enfermedad, y que quizás en un parque encontrarían un entorno más adecuado para ellos, ahorrándolos a los demás, que sí que están enfermos, la molestia de escucharlos. Claro que, conociendo el percal, aquí se liaría la de Dios, tildando a los médicos de enviados del anticristo por negarle a una persona el derecho a incordiar. Por tanto, como a mí, no les queda más remedio que escucharlos, con la desventaja de que ellos lo hacen cada día, y yo sólo cuando es inevitable.

 

Pues bien, allí estaba yo, intentando no escuchar a esos elementos perturbadores de la calma sanitaria, cuando la insistente y elevada voz de una señora se sobrepuso a las demás. Esta señora se encontraba hablando, de forma muy acalorada y coloquial, con un caballero que, no creo equivocarme, había tenido el dudoso gusto de conocerla allí mismo. El tema era de lo más habitual en los tiempos que corren: la política. Tampoco había demasiada originalidad en las frases que se pronunciaban, sobre todo por parte de la señora, que apenas si dejaba que su contertulio metiera baza de vez en cuando. No obstante, una vez que mi atención se centro en esa conversación, no hubo manera de ignorarla, y muy a mi pesar me pase más de media hora escuchando comentarios como los que siguen: “todos los políticos son unos chorizos”, “así nos va en España con lo que tenemos gobernando”, “pasamos del PP al PSOE porque las demás opciones no existen, aunque hay más partidos”, etc. Casi había conseguido aclimatarme al entorno, con ese soniquete de runrún continuo, cuando escuché la gran frase: “pero vamos, que a mí me da igual, porque yo no voto, ¿para qué? Así que ahora que aguanten los que han votado”.

 

Después de dos años de ejercicio de la abogacía, uno se curte en escuchar las idioteces mas tremendas y seguir con cara de circunstancias, como si lo manifestado por la persona que está enfrente fuera lo más natural del mundo. Así que, lógicamente, como toda buena costumbre adquirida, entró en juego sin que yo necesitara ponerla en marcha de manera consciente, mientras que dentro de mi cabeza se desataba una pequeña tormenta. La frase resonaba en mi cabeza una y otra vez, mientras que yo, saliendo del shock, pasaba de la incredulidad a la indignación. Me hubiera gustado levantarme, sentarme enfrente de esa señora y puntualizarle algunas cosas. Obviamente, no era momento ni lugar, así que no lo hice. No obstante, como soy partidaria de echar fuera los demonios, que no sirven más que de lastre, aquí van las palabras que se quedaron en mi garganta:

 

“Querida señora:

 

No he podido evitar escuchar parte de la conversación que ha mantenido con el caballero que está sentado al lado. Y digo que no he podido, porque con el volumen de voz que emplea, me consta que hasta la han escuchado en la Moncloa, a pesar de los kilómetros de distancia. Lleva media hora soltando perlas de sabiduría popular, que sin duda ha debido usted escuchar de otras personas para reproducir en el momento adecuado. No obstante, ha dilapidado todo ese esfuerzo al decir la única frase de su propia cosecha, que resumiré en: usted no vota.

 

Podría decirle de muchas formas distintas lo necio de su afirmación de que como no vota, no tiene porqué soportar las consecuencias de las elecciones, pero me temo no poder bajar al nivel requerido para que usted me comprenda. Sin duda, una idea que le resultará vagamente familiar es aquella de la democracia. Ha oído hablar de ella a menudo, y la practican con usted cada día. En este momento, la estábamos practicando toda la sala, teniendo que escuchar sus sandeces sin apetecernos un ápice por aquello de la libertad de expresión. También debemos reprochar a la democracia que no se consideren las voces humanas, como la suya, contaminación acústica. Por muy estridentes y desagradables que sean, que en este caso, lo son. Es también la maldita democracia la que le permitió casarse con ese pobre diablo que, cada mañana al despertarse y verla a su lado, ruega a Dios que le libere de tanta angustia eterna por un efímero momento de enajenación. Y ésa misma, es la que le ha permitido educar  a sus hijos como si fueran los caballos de su cortijo, sin rendir cuentas a padres, hermanos, maridos, o cualquier otro familiar masculino.

 

Entiendo que usted, después de lo que le he dicho, me replique que la deje expresarse como le de la real gana, que por lo que digo, eso es democracia. Y tiene usted razón. Pero también es democracia que yo me exprese libremente, y en este caso, justicia. Porque ha tenido la desfachatez de criticar la política, los políticos y a las personas que votan, despreciando el ejercicio del voto, que es la máxima expresión de la democracia, porque al final, se reduce a una idea fundamental: tener la libertad de elegir. No lo que te gustaría, claro. Somos humanos, seres imperfectos. La mayoría, intentamos hacerlo lo mejor posible con lo que tenemos. Y, sí, unos pocos lo hacen todo lo mal que pueden, procurando quedar bien tapaditos y como santos de puertas para fuera. Como le digo, está escrito que tiene que haber de todo, y la mejor prueba de ello es usted. Porque lo peor de su comentario no es que se trasluzca falta de fe en el sistema, que por desgracia, todos empezamos a carecer de ella. Ni falta de fe en los políticos, que hacen que perdamos la fe en el género humando diariamente. Ni siquiera que demuestre una intransigencia descomunal, por quejarse de aquello contra lo que nada hace ni piensa hacer. Lo deplorable del asunto es que manifiesta que le importa poco menos que un pimiento el derecho a elegir, y eso, señora mía, es asqueroso, y más aún siendo mujer.

 

Nosotras, que siempre hemos estado sometidas al yugo masculino, hasta hace bastante poco no podíamos hacer nada. Claro que la memoria es caprichosa, y olvida fácilmente lo que no le gusta. Pero créame, cuando el tiempo se mide en siglos, cincuenta, cien o ciento cincuenta no son tantos años. Y precisamente por eso, hace un suspiro no podíamos comprar una vivienda nosotras solas. Tenía que autorizarnos nuestro padre o marido. Lo del trabajo también nos costó lo nuestro, aunque eso lo conseguimos un poco antes porque ya se apañaron ellos de que ganáramos menos dinero por hacer lo mismo, o de ofrecernos puestos peores, salvando su ego a costa de nuestra dignidad. Pero nada de eso habría sido posible si, un buen día, mujeres valientes no hubieran dado un paso al frente para luchar por los derechos de todas. Y esos derechos, señora mía, empezaban por el derecho a votar. Porque si no podemos elegir quién nos gobierna, ¿qué mas da que sea democracia o dictadura? A los efectos prácticos, para el que no puede elegir es lo mismo: una autoridad impuesta. El derecho al voto nos permite decantarnos por la mejor opción en ese momento. No siempre acertamos. Es difícil hacerlo cuando aquellos que se disputan tu apoyo te engañan y manipulan para acceder al poder. Pero tenemos la oportunidad de escoger. Y por eso, aceptamos lo que sea escogido por la mayoría, aunque no nos guste el resultado. Así son las reglas del juego y, pese a las trampas de los jugadores, merece la pena participar.

 

Esas mujeres sabían que un día, si conseguíamos el derecho a votar, también tendríamos la posibilidad de elegir quienes queremos ser, y serlo con plenitud. Sin escondernos detrás de ninguna figura masculina. Con todo lo que ello significa. Y lo hicieron, en algunos casos de tantos, a costa de lo más sagrado: la propia vida. Sólo por eso señora, la próxima vez que vaya a jactarse de que no vota, piense, no en cómo sería su vida, sino en como sería la de su hija. Quizás entonces pueda comprender la infamia que ha cometido. Mientras tanto, nada más hay que yo pueda decirle para ilustrarla sobre el tema”.