domingo, 17 de marzo de 2013

Críticas a la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género


Hoy me voy a meter en un “jardín” del que, posiblemente, no salga bien parada a ojos de la mayoría. No obstante, no encuentro más motivo para no hacerlo que el miedo al famoso “qué dirán”. Calibrado en su justa medida, es un riesgo bastante pequeño, ya que la difusión de este blog no es precisamente apabullante. Pero aunque así fuera, aunque tuviera la certeza de que mis palabras serían leídas por muchas personas, mi elección no sería diferente. En la primera de sus entradas, hace ya algunos meses, asenté la base fundamental del mismo: ser mi lugar sagrado. La única condición que me impuse para hacerlo, la única que me obligaría cada vez que me pusiera a escribir, sería ser sincera conmigo misma y con lo que pensaba, fueran cuales fueran las consecuencias que conllevara esa sinceridad. No queda, pues, más opción que ser coherente y cumplir aquello que me prometí.

 

El delicado tema que ronda mi cabeza desde hace algunas semanas surgió a consecuencia de las declaraciones que Toni Cantó, actual Diputado del Congreso por UPyD, hizo sobre la comúnmente llamada “Ley de Violencia de Género”. El señor Cantó publico ciertos datos en su cuenta de Twitter sobre las denuncias falsas que se producen en este ámbito. Datos que, desgraciadamente, no estaban contrastados y que, posteriormente, fueron refutados por los organismos oficiales correspondientes. Obviamente, y como era de esperar en este país, se armó un revuelo de aúpa, pidiendo su cabeza y su dimisión. Cantó no tardó en retractarse y pedir perdón por los datos denunciados, entonando el mea culpa por su ingenuidad al no contrastarlos. No obstante, fiel a su manera de pensar, subrayó que la citada Ley es ineficaz y desacertada, exhortando a las autoridades competentes a estudiar su reforma inmediata.

 

Se ha hablado mucho sobre la ausencia de veracidad de esos datos. Básicamente, creo que es de lo único que se ha hablado a raíz de esas declaraciones. Las múltiples asociaciones feministas, y las nombro especialmente por la parte que les toca, no han hecho comentarios sobre ningún aspecto más de esta polémica. Y lo cierto es que no solamente los hay, sino que son mucho más importantes. Coincido en que uno, sobre todo en temas sensibles, debe andar con pies de plomo a la hora de airear datos. Pero dado el caso concreto, no me parece una equivocación significativa. Es más, diría que incluso ofrece una buena oportunidad para poner en primera plana un tema que para estas asociaciones debería ser de capital importancia. Y digo correctamente debería porque después de ver como se limitan a insultar y pedir dimisiones como si de políticos se tratasen, en lugar de aprovechar la coyuntura para avanzar en sus nobles propósitos, tengo la fundada sospecha de que se han acomodado en la manera fácil de hacer las cosas. Una manera muy famosa, desde luego, y bastante frecuentada, pero que apenas te permite avanzar en tus propósitos.

 

Un buen sablazo al problema de la violencia de género habría sido dar un paso al frente y decir “bien, señores, no hay tantas denuncias falsas como ha manifestado el señor Cantó. Pero puesto que las hay, ¿qué medidas legales se usan para detectarlas?” Claro que habría sido una pregunta tan incómoda de contestar como de formular, porque esas asociaciones saben, o deberían saber, la misma verdad que se yo: no se han previsto medidas para eso. La realidad es que en este tema, una mujer puede ir a cualquier comisaría o dependencia policial y denunciar que su expareja o pareja actual ha ejercido cualquier tipo de violencia sobre ella, y la consecuencia inmediata es que ese sujeto va a pasar una noche en el calabozo. Como mujer, puede ser una medida muy tranquilizadora, pero como jurista, me preocupa bastante. Me apostaría un brazo a que la mayoría de los que estudiamos Derecho hemos sufrido un tremendo shock cuando, en nuestra primera clase de Derecho Penal, el profesor de turno nos soltó la lapidaria frase de “El Derecho Penal no sólo protege a la víctima, sino también al delincuente”. Pasado el trauma inicial, uno va comprendiendo que hay un largo camino desde la denuncia hasta la sentencia, y que establecer unas garantías determinadas es lo más acertado para que las cárceles no estén a rebosar de personas inocentes. Aún así, las hay. Los jueces no son infalibles, ni los medios de prueba incontestables. No obstante, habría muchos más de no existir estas garantías. Por eso, después de que uno se meta esa frase y sus lógicas consecuencias en la cabeza, choca encontrarse con un delito que la incumple de manera flagrante y, para colmo, legal.

 

Un segundo aspecto a resaltar de estos procesos es, además de la absoluta veracidad que se da a la declaración de la víctima, aunque no haya ninguna otra prueba que la apoye, la anulación del principio “in dubio pro reo”. Este principio obliga a que, en caso de duda, el juez dictamine a favor del imputado. Menos en este ámbito, que en caso de duda, no se va a optar por la versión de la víctima. Y sigo diciendo que no me parece mal como mujer, pero que una vez más, la jurista que hay en mí se revela. Y en este punto, lo hace apoyándose en otra lección aprendida: la seguridad jurídica. ¿Por qué este proceso permite que todos los principios fundamentales del Derecho Penal se vulneren? Justo éste. Ni el asesinato, ni la violación, ni el homicidio, ni la explotación sexual. Hay una lista enorme de delitos que, sintiéndolo en el alma por aquellas mujeres que de verdad son víctimas de delitos de violencia de género, me parecen bastante más graves. Porque, usando la fría lógica, el que maltrata de cualquier forma a la mujer con la que mantiene una relación, lo hará sólo con ella. En número considerable de casos, tendrá dos o tres víctimas más a lo sumo. Pero lo normal en este tipo de delincuentes es que no tengan un número alto de víctimas. Pero el que viola, el que asesina, el que explota sexualmente a personas, no es delincuente de una víctima, ni de tres, ni de cinco. La regla general es que tendrá una larga lista de víctimas, tan larga como su vida o como su tiempo en libertad, dependiendo de lo que termine antes. Viven para eso, ese es el gran objetivo de sus vidas. Los agresores de género, normalmente, se ceban en una sola víctima, que les ha permitido tener ese poder sobre ellas. Y por eso, si se revela, si tardíamente muestra resistencia, intenta acabar con su vida. Entonces, y sólo entonces, busca una nueva persona con la que desempeñar el rol dominador que le hace sentirse quien es.

 

Esto no quiere decir, de ninguna manera, que los sujetos que maltratan a mujeres me parezcan menos delincuentes que los otros. Todos, del primero al último, forman parte de lo más despreciable del planeta. Pero, en mi particular barómetro, no son lo más despreciable. Por eso, no entiendo que se quiebren principios tan importantes para este caso concreto y no, por ejemplo, para los casos de abusos de menores. Desde mi punto de vista, no hay nada más atroz que abusar sexualmente de un niño. La sola idea de que una criatura inocente y sensible sea marcada de por vida por semejante humillación y atropello me revuelve el estómago. En este caso, la fría lógica a la que recurría antes se me nubla, y sólo me da, con mucho esfuerzo, para buscar todos los resquicios legales que me permitan aplastar a semejante monstruo bajo el contundente peso de la ley. Peso que, si se permite, aplasta sin remedio. Sólo en caso de que no sucediera así, renegaría de todo principio legal y moral para ajusticiar a estos monstruos de la única manera que se merecen: con una carencia absoluta de piedad.

 

Pero la realidad es que una mujer presuntamente maltratada está más protegida que un menor del que se ha abusado con certeza. Y esto me molesta profundamente. No ya como jurista, sino como mujer. Podría dar muchas razones, muchas, pero me contentaré con ilustrarlo con un ejemplo real, que puede ser contrastado por cualquiera que tenga amigos o parientes que sea funcionarios en un juzgado de ámbito penal. En los procesos de abusos de menores, sobre todo por debajo de los diez años, jamás, y lo digo con contundencia porque es así, se verá a un menor fingir sus daños. Ni siquiera se retractará de sus heridas. Las mostrará una a una, gracias al trabajo de expertos, que se las tendrán que arrancar de las fuertes garras del dolor y la vergüenza más profundos. De la otra parte, es muy frecuente ver a mujeres en Juzgados de Violencia sobre la Mujer, que lloran desconsoladas retractándose de su denuncia porque, palabras textuales, “no quieren que les pase nada a su pareja”. En mi corta vida, no he presenciado nunca nada más humillante como mujer, que estas escenas. Mujeres que, reconociendo que son maltratadas, después de dar el valeroso paso de tomar las riendas de su integridad física y moral, se niegan a continuar con la acusación. Y, como su palabra es ley, nada pueden hacer los fiscales si no están dispuestas a ratificarlas en sede judicial. El asunto se archiva, el sujeto sale del calabozo y aquí no ha pasado nada. Pero sí que pasa. Muchas veces no a ellas, pero dentro de este mundo, este paso atrás tiene consecuencias mortales para otras mujeres. Mujeres valientes que no se retractan, que defienden su libertad como personas y aprietan los dientes en la cara del miedo. Mujeres que, debido al aluvión de denuncias, no cuentan con una protección efectiva, porque no hay para todas. Ni siquiera en tiempos de bonanza se podrían satisfacer las demandas de protección de este tipo. Y, por desgracia, la cobardía y negligencia de otras mujeres, les cuesta su vida.

 

Por eso, por todas ellas, me indigna tanto la polémica de la ley de violencia de género, que, puestos a hablar con propiedad, se llama “Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género”. Un nombre que no se usa completo, y se hace bien, porque esas medidas de protección que tan bien quedan en el título, son escasas, ineficientes y ridículas en la vida real. ¿Quieren que sean eficientes? Sancionen a la mujer que se retracta de la denuncia realizada. Ya está bien de complacer a las asociaciones de mujeres, que sólo se encargan de lavar cerebros para que estén tan vacíos como los suyos con propaganda feminista hueca e inservible. Las denuncias falsas en todos los demás delitos son castigadas. Éste no debe ser diferente. De esta manera, ahorremos trabajo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que podrán tener más efectivos dedicados a  para proteger a quien realmente lo necesita. También irán mucho más rápidos los Juzgados de Violencia de Género, que no tendrán que dedicarse a tramitar expedientes destinados a archivarse, y podrán sacar adelante los expedientes con razón de ser. Puestos a reformar, vuelvo a incidir en que no es el proceso más adecuado para pisotear los principios fundamentales del Derecho Penal. Un ajuste de los mismos, vale, pero su anulación no procede. Y, por último, como soñar es gratis, sería de justicia que se incluyeran los casos de violencia homosexual. Porque digo yo que si el fundamento es la violencia entre parejas, será lo mismo si se produce entre mujer y hombre, entre hombres, o entre mujeres. Si el objetivo es luchar contra un tipo de violencia que pone a uno de los sujetos en una situación de indefensión especial por la relación que tiene con su agresor, apliquémoslo sin excepciones. De lo contrario, caemos en la conducta fácil de hacer lo que quieren las masas y no lo que es justo.

 

A modo de cierre de esta entrada, sin que sirva de precedente y debido al delicado tema que he abordado en la misma, no quiero zanjarlo sin hacer ciertas puntualizaciones:

1.- Las víctimas reales de violencia de género tienen todo mi respeto y apoyo en la difícil situación que les ha tocado vivir.

2.- Que el delito de violencia de género no sea el más grave de todos los que existen es mi criterio personal. Hay que partir de que las penas y medidas que se imponen en Derecho se establecen en base a un peculiar ranking de gravedad de los delitos y, por tanto, sólo he expresado mi opinión en este aspecto conjugando fundamentos jurídicos con otros puramente subjetivos.

3.- La anterior afirmación no conlleva en absoluto que dicho delito no me parezca grave. Lo es, como todas aquellas conductas que están tipificadas como tal, y por eso merece una protección eficaz dentro de los parámetros acordes con su naturaleza.

4.- Mi postura en contra de la pasividad hacia ciertas asociaciones de víctimas de este tipo de violencia no es extrapolable a todas. Es cuestión de cada uno hacer examen de conciencia. Yo me he limitado a señalar mi sorpresa sobre el nulo partido que, a mi juicio, se ha sacado en este tema a unas declaraciones que ponían en primera plana un tema que debería ser en todo momento su motor de funcionamiento.

5.- Las críticas hacia la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género han sido realizadas conjugando los conocimientos jurídicos, la experiencia profesional en este tipo de procesos y la lógica opinión subjetiva que emana de todo ello.

6.- La anterior manifestación no quiere decir que sean las reformas más adecuadas ni las más eficaces. Son, desde mi punto de vista, un mejor punto de partida que el actual para atajar este problema, pero nada más.

7.- En todo momento, parto de que mi verdad no es la verdad absoluta, pero también de que ciertas verdades se aproximan a ésta más que otras. Por tanto, tiene tanta cabida en este mundo y exige el mismo respeto que las demás. Aquel que no esté de acuerdo tiene la opción de ejercer su derecho a la libertad de expresión en su propio espacio.
 
 
 

domingo, 3 de marzo de 2013

¿Fácil?


Soy madridista desde que tengo uso de razón. Puede que lo fuera incluso mucho antes de eso. Siendo sincera, el medio lo favorecía: casi toda mi familia lo es. Así que crecí viendo partidos del equipo blanco a mansalva, celebrando las victorias y lamentando las derrotas como si fueran conquistas y fracasos propios. No obstante, y a pesar del ascendiente que pudiera tener este hecho en su momento, no creo que fuera determinante. No sería la primera que desafía futbolísticamente a su clan, jurándole amor eterno a otro club. Por supuesto, jamás al eterno rival. Mi osadía jamás se ha traducido en estupidez, o al menos, no hasta ese punto.

 

Durante todos estos años de madridismo confeso, he tenido que escuchar cierta frase manida que, pronunciada en tono acusatorio por vocecillas chillonas y resentidas, dice tal que así: “claro, tú eres del Madrid porque es fácil”. No le pongo el “Real”, porque nadie cuestiona lo difícil que es ser colchonero, o que era hasta hace bien poco. En años más jóvenes, dicha afirmación pretendía hacerte sentir como la pecadora más ignominiosa de la faz de la Tierra. Y yo, como joven y tierna cría de león, me veía en medio de una manada de ñus, calibrando el alcance de la sentencia. Pasarse a otro equipo no era una opción viable: la muerte antes que la deserción. Tampoco era seductora la idea de renegar del fútbol: lealtad a las buenas pasiones. Sólo quedaba una opción honorable en aquellos tiempos: “Porque tú lo digas”. Media vuelta, la mañana de ñus desconcertada por no haber hecho mella y camino a la sabana con la dignidad intacta.

 

No obstante, la madurez (o eso quiero creer), me ha hecho reflexionar seriamente ante esa frase. Porque otra cosa no, pero como a ciertos grupos les de por pronunciar sentencias, te la repiten hoy igual que ayer, y a tus hijos mañana, hasta el fin de los tiempos, amén. Hasta que un día, un ñu disfrazado (persona que dice que es mas simpatizante de tu equipo que del rival, pero que lo ataca sin piedad como si le fuera la vida en ello), me soltó la dichosa frase. Y claro, por mucho que una no quiera caer en el ciego fanatismo que tanto critica, a veces el vaso está lleno y empieza a caer el agua en el momento más inapropiado. Así que, ni corta ni perezosa, y por las miradas que me echaban los de alrededor, cual dragón escupiendo fuego, le solté de manera tan sosegada como cortante, lo que pensaba desde hace bastante tiempo:

 

“¿Ser del Real Madrid es fácil? ¡Claro! Ser el blanco de todas las críticas es algo fácil de llevar. Que lo único que tengan en común los aficionados de otros equipos, entrenadores, jugadores, árbitros, simpatizantes del fútbol o detractores sea no perder oportunidad para comentar de manera denigrante y despectiva hasta el más mínimo de los fallos de tu equipo es muy gratificante.

 

¿Sabes que más lo es? Que la prensa se invente constantemente rumores sobre nuestro vestuario: que si nuestro entrenador no mete en cintura al vestuario, que si el vestuario no tiene motivación ninguna, que si el mejor jugador que tenemos ha recibido tal o cual oferta y sea casi seguro que se va, etc.

 

Otra cosa que también me hace muy llevadero ser de mi equipo, es que jugadores mundialmente reconocidos, pasen a ser la basura de la profesión cuando visten de blanco: de héroe a cero. No importan los goles que metan, los pases que den, lo bien que se lleven con los demás o lo mucho que se esfuercen: son la escoria que hay que erradicar.

 

También me resulta muy fácil de tragar que, contra ciertos equipos, todo valga. Se reescribe el reglamente para que la falta, si es a un jugador del Real Madrid, no sea falta. Mera amonestación verbal, carita de penitente arrepentido del contrario, y a coserte el miembro amputado de la patada, que esto es un juego de hombres, no de niños pequeños.

 

Otro detalle que me produce gran placer es que si mi equipo se enfrenta contra el que sea, nacional o extranjero, el resto del mundo, sea del equipo que sea, esté contra ese rival. Y no hablo del eterno rival, no, que de ese me espero que me pague con la misma moneda que yo le doy gustosa. Hablo de otros equipos, más mediocres aún, que por no tener el placer de mojarnos la oreja, rezan fervientemente para que lo haga otro.

 

La próxima vez que tengas la arrogancia de decirme esa frase, que sea con la camiseta de tu equipo, el día después de perder un partido importante. Entonces, a lo mejor, te concedo la gracia de escucharte, ya que el placer de darte la razón es algo que no está en mis manos concederte, que yo seré muchas cosas, pero mentirosa, jamás.”

 

Después de eso, lógicamente, sólo habló de fútbol en mi presencia en corrillos de gente, y sin osar traspasar nunca más las reglas de la diplomacia. Sabía bien lo que se jugaba en caso de hacerlo.

 

Esta semana, mi equipo me ha demostrado que, aunque siguen siendo tan válidas ahora como entonces todas esas razones, se quedan en nada ante la evidencia: ser del Real Madrid es fácil. Si hace seis días se hubiera hecho una encuesta entre los aficionados, no me habría extrañado que muchos de ellos firmaran por empatar los dos clásicos, o uno, cuanto menos. Dejamos la Liga, que la tenemos perdida, y nos aferramos con uñas y dientes a la Copa del Rey, que la tenemos más cerquita en cuanto a número de partidos. De Champions mejor no hablar, porque después del vapuleo de la semana por el eterno rival, a ver cómo carajo se rehacen para dar la cara en Old Traford. Nadie nada un duro por nosotros, ni siquiera mucho de nosotros. Bueno, casi nadie. Porque Mou y sus chicos han dado un golpe encima de la mesa. ¿Qué nadie apuesta a nuestro favor? ¡Y qué! Nosotros lo apostamos todo: ganar o morir. ¡Y vaya si han ganado! Los dos partidos. Que si bien con la goleada de Copa ya habían devuelto la esperanza a una afición que dudaba, con el golpe en Liga han recuperado la imagen de lo que fuimos: el equipo que, no jugándose nada, vende caro el honor, que es lo más sagrado que tiene.

 

El Real Madrid no sólo ha ganado en el campo del eterno rival, eliminándolo de la competición que, digan lo que digan, deseaban tener. En nuestra casa, no nos han arañado ni un punto esta temporada. Nuestro Coliseo ha quedado inmaculado, como siempre debió estar, con un Madrid que vence y convence, y un Barcelona que se busca pero no se encuentra. O que no dejan que se encuentre, que para el caso, es lo mismo. Se han peleado balones como si fueran granadas, y había que sudar cada metro de campo contrario, porque aquí se cedía antes el aliento que el espacio. En estos partidos no había titulares y suplentes, sólo había personas creyendo en un mismo sueño: la victoria. Y ese sueño se ha hecho realidad.

 

Pero que no se equivoque el lector: no es éste un canto a la victoria. No hemos ganado la Copa, la Liga sigue estando lejos, y la Champions está por decidir. Lo que yo ensalzo hoy, lo que ensalzaré siempre, es el esfuerzo. En todos los sentidos. Esfuerzo mental para no amilanarse, para crear un muro impenetrable al desaliento y mantener viva la fe en las posibilidades del equipo. Esfuerzo físico aguantando las embestidas del rival, las carreras, los minutos lentos del reloj. Han rescatado la imagen de oro: la del equipo que hace que parezca fácil, lo que a todos les resulta difícil.

 

Por eso, creo que ya es hora de que usemos la manida frase a nuestro favor. Ser del Real Madrid es fácil. ¿No es fácil enamorarse del buen fútbol? ¿No es fácil enamorarse de la belleza técnica? ¿No es fácil enamorarse de la entrega y el tesón? ¿No es fácil enamorarse del que no da nada por perdido, del que cree en sí mismo aunque nadie crea en él, del que se mantiene en pie hasta el final? ¿No es fácil enamorarse del que enarbola como bandera el honor y la dignidad? Sí, mi familia me indicó su opción futbolística, pero que mi corazón sea merengue desde su primer latido hasta el último, sin duda, fue mérito del Real Madrid. Y os diré una cosa: conseguirlo les fue fácil.
 
 
 
 
 

domingo, 17 de febrero de 2013

San Valentín


Llevo toda la semana reflexionando sobre el día de San Valentín. Sobre cómo pudo comenzar, que sentido tuvo en su momento, que significado pretenden que tenga ahora y qué significa para mí. Investigando sobre el tema, he llegado a la conclusión de que hay dos teorías mayoritarias acerca del origen de esta fecha.

 

La primera de estas teorías afirma que nació en honor de un romano, llamado Valentín, que se convirtió al cristianismo. No podemos afirmar mucho sobre él, aunque con toda seguridad era un hombre consecuente con sus decisiones, pues se dedicó a sacar a los cristianos de las cárceles romanas. Cuando finalmente le descubrieron, se negó a renunciar a su fé, por lo que fue ajusticiado el 14 de febrero del año 269 Después de Cristo.

 

La segunda teoría, bastante más extendida, afirma que esta fecha se debe a Valentín, un cura que servía en un templo en la época de Claudio III. Cuando éste decidió reclutar a todos los hombres jóvenes para el ejército, prohibiéndoles contraer matrimonio, Valentín hizo caso omiso del Decreto, oficiando matrimonios en secreto. Una vez descubierto, fue encarcelado por haber desafiado al emperador. Antes de morir, dejó una carta de amor a la hija del carcelero, poniendo en ella como rúbrica “de tu Valentín”.

 

Finalmente, en el año 496 Después de Cristo, el Papa Gelasio decidió que se honraría a San Valentín cada catorce de febrero. Y así se ha venido haciendo hasta ahora. Cada año, ese mismo día, se celebra el amor. Pero, ¿qué amor? La televisión, la radio, la publicidad de las tiendas y centros comerciales, hasta las conversaciones que surgen a mi alrededor, no dudan en señalar que el elegido es el amor de pareja. Ese, y no otro, es el amor por excelencia, y ello a pesar de que las teorías de su nacimiento deriven todos de un amor general, superior al de una sola persona por otra. Ahí debemos encontrar todos a nuestra media naranja. Y ya esta. Los demás tipos de amor, si bien son tan necesarios como ese, quedan relegados a un segundo plano. Si los tienes todos, menos una pareja, el día de San Valentín no tienes nada, y el mundo parece compadecerte por ello.

 

Durante mucho tiempo, yo también lo creí. Seguí a la masa sin plantearme qué significaba para mí el gran amor, el amor con mayúsculas, la media naranja. Acepté que ser feliz plenamente pasaba por encontrarlo, y que debía de ser uno más de los objetivos vitales de mi vida. Pero, curiosamente, nunca me esforcé por cumplirlo. Me faltaba esa sensación de vacío, ese sentimiento de carencia que te impulsa a buscar lo que te completa o, más bien,  a quien te completa. Nunca he conseguido conformarme con algo que no me satisface del todo, así que conformarme con alguien se ha presentado siempre como un objetivo imposible. Y no es que yo sea una persona carente de defectos. Los tengo, y a montones. Simplemente, no estoy cómoda con la idea de que alguien se quede conmigo porque no encuentre algo mejor, y por tanto, no me parece justo pagarle a nadie con esa moneda. Tampoco me veo capaz de soportar a alguien sólo por no estar sola. A veces, la soledad es una bendición si la contraposición es determinadas compañías.

 

Estuve dándole vueltas una y otra vez, preguntándome cual de los numerosos tornillos que me faltan sería el culpable de esto. Y, sin querer, me dí cuenta de que quizás nunca me haya sentido incompleta en el sentido literal de la palabra, pero sí hubo un tiempo muy lejano, tan lejano que apenas guardo recuerdos de él, en el que había algo que yo deseaba con todo mi corazón, algo que inconscientemente sabía que necesitaba para ser totalmente feliz. Afortunadamente, me hicieron ese regalo cuando tenía ocho años. Un regalo que adoptó la forma de bebé de cabellos rubios y ojos marrones. No he tenido hijos, así que no puedo saber con certeza como de fuerte e instantáneo es ese amor, pero de lo que no me cabe la menor duda es que yo experimenté algo muy parecido la primera vez que la vi. Es asombroso como se puede querer tanto a alguien a quien acabas de conocer. Alguien que no sabe todavía tu nombre, ni que parentesco tienes con ella, ni que te sacará de quicio que te haga.

 

Ahora que miro hacia atrás lo veo tan claro, que me parece absurdo no haberme percatado desde el primer instante. Lo único que se me ocurre es que, quizás, algunos sentimientos sean tan abrumadores que nos haga falta un poco de tiempo para ser conscientes de su plenitud. De lo que no me cabe duda, y quizás siempre lo he sabido, es que yo conocí a mi media naranja aquel día. Si existe el alma gemela, si existe la persona que te completa, ella es la mía. Pero no me completa en el sentido vulgar que le damos a la palabra. No elimina mis defectos. La quiero demasiado como para poner sobre su frágil espalda un peso que me corresponde sólo a mí. Hace por mí algo mucho mejor: cuando está cerca, mis virtudes brillan tanto, que mis defectos se ven menos. Jamás he sido tan fuerte como cuando ella me ha necesitado. Ni tan despiadada como cuando la han herido. Ni tan intransigente como cuando la quiero proteger. Me sorprende que mucha gente pase por su lado sin darse cuenta de que, con bastante probabilidad, estén cerca de la mejor persona que pueda existir. Porque, seamos francos, hay muchas personas que brillan, pero muy pocas que hagan que su brillo motive a los demás. Ella inspira a ser mejor. Es la amiga más leal y divertida, pero también la enemiga más digna y valiente.

 

He tenido el privilegio de compartir casa con ella durante muchos años, y espero que todavía me queden algunos más. Inevitablemente, un día se irá a su propia casa, y yo tendré que aprender a vivir de otra forma. Aún así, nunca será como esos años vacíos en mi memoria, de la misma manera que yo tampoco seré igual que la persona que no la conocía. La vida es cambio constante, adaptación, mejora, progreso y, por qué callarlo, retroceso. No obstante, habrá algo que permanecerá tan inalterable como desde que llegó a mi vida: ella, para mí, es y será siempre el amor en mayúsculas.

 
 

domingo, 10 de febrero de 2013

Carta al mejor amigo del hombre


Querido amigo:

 

Hace días que no puedo leer un periódico o bucear por una red social. A la que me descuido, me topo con una nueva noticia sobre maltrato, abandono o muerte de uno de tus congéneres. Sucesos tristes y desgarradores que me encogen el corazón y me dejan hecha polvo para lo que reste de día.

 

Durante un tiempo pensé que era cosa mía, que esos casos atroces no podían ser tan frecuentes, y que no hay nada mejor que obsesionarse con algo para verlo en todas partes. Entonces, enfadada por haberme vuelto impresionable, volvía al periódico o a Internet. Breves visitas en las que descubría que no es ninguna obsesión, que el maltrato y demás tropelías contra tu especie son más frecuentes de lo que me temía.

 

Todo empezó con la noticia de la pobre galga que se perdió en el metro de Madrid. Cuatro días estuvo dando vueltas, muerta de miedo y de vete a saber que más, para acabar atropellada por un maldito metro. No se permitió que nadie bajara a buscarla, a pesar de que varias asociaciones estuvieron allí durante esos días. Finalmente, dos mujeres de alguna de ellas, valientes, decidieron saltarse las normas y arriesgarse a ir a por ella. Nada se pudo hacer, más que recuperar su cuerpo, maltrecho y sin vida. Y ya está. Nada que hacer ni que decir. Un suceso que ni siquiera tenía interés para los telediarios. Sólo era una perra callejera muerta.

 

Después, como los males no vienen solos, empezaron a llover más noticias: un perrito abandonado, atado en el puente del nuevo paseo marítimo de Málaga, que recogía la sociedad protectora de la ciudad; un par de cachorros que algún insensato tiró a una zona de queroseno en Chile, rescatados por dos jóvenes que jugaban al fútbol con más chicos por el lugar; un tinerfeño detenido por la Guardia Civil por tirar perros vivos por un barranco; perros salvajes tiroteados en Punta Umbría con autorización del Ayuntamiento; etc.

 

La lista continúa, pero para qué ahondar más en la barbarie. Con lo enumerado, será suficiente para ahuyentar al sueño durante bastantes días. Porque, lamentablemente, no hay noche que mi cerebro no de un repaso mental a todas esas noticias en un intento por entender de donde proviene tanta crueldad gratuita. Hasta el momento, todo esfuerzo ha resultado infructuoso. ¿Qué impulsa a una persona a destrozar a un animal? ¿Qué mal temible ven en sus ojos dulces e inocentes que a mí se me escapa? Puedo comprender que, en una situación donde peligra tu vida o la de un ser querido, se emplee la fuerza con el resultado más grave, aún a costa de la vida del animal que te ataca. Al final, el instinto de supervivencia o el de protección siempre perviven. Pero ¿y cuándo no hay situación de peligro? ¿Cómo puede uno levantar la mano contra un animal y, simplemente, no parar hasta que lo matas? No puedo comprenderlo, ni ahora ni nunca. Por mucho que lo intente, no es un esfuerzo que vaya a obtener resultado.

 

Lo peor, tú lo sabes mejor que nadie, es que no es una cruzada contra tus congéneres caninos. Es una guerra abierta contra todo animal que exista. Como si el mundo fuera sólo nuestro, y pudiéramos hacer de él lo que nos viniera en gana. Sin rendir cuentas, ni atender a razones. Algunos ya han caído para no levantarse, extinguidos por la mano que les hizo imposible sobrevivir. Y los habrá que estén orgullosos de poder apuntarse ese tanto. Pobres necios que no son conscientes de que, tarde o temprano, uno debe pagar sus deudas. Tanto si quiere, como si no. Llega el día en que la vida se acaba, y no se hace borrón y cuenta nueva, sino balance. Y ¡ay del que no esté preparado para asumir su resultado!

 

No obstante, es un flaco consuelo. Porque mientras tanto, aquí todo sigue igual. Animales que mueren cuando deberían vivir, y personas que viven cuando deberían desaparecer. Y yo, impotente, me conformo con ser testigo mudo de lo que ocurre, sin alzar la mano, pero sin detener tampoco el brazo que cae. No hay excusas para mí. Sólo la verdad incómoda que pretendo evitar, esa que nos decimos todos para sentirnos mejor: yo sola no puedo cambiar nada. Pero me he dado cuenta de que esa verdad no es cierta. Sí puedo cambiar algo. No puedo proteger a todos los animales maltratados del mundo, ¡ojalá pudiera! Pero puedo hacer algo más que la nada que hago ahora. Puedo marcar una diferencia, por muy pequeña que sea. No quiero seguir lamentando las muertes y el maltrato, la mala suerte de esos seres que sólo tratan de sobrevivir, cruzada de brazos y a lo mío. No ahora, que allá arriba hay un ser peludo que me mira, seguramente con la misma bondad y dulzura que cuando me miraba aquí abajo, lamentando mi parsimonia y mi comodidad. Y lo que me hace sentir peor es que sé que no me lo tendrá en cuenta. Que el día que se haga mi balance, intercederá en mi favor por lo poco bueno que hiciera por él. No estará él solo, le acompañarán otros ese día. Algunos que ya están y perdí antes que a él, y otros que están conmigo ahora o lo estarán a lo largo de mi vida. Seres que se entregaron por completo, dándome su todo a cambio de lo que a mí me sobraba. Ahora no puedo mirar sus ojos sin sentirme despreciable, sin que mi conciencia me pregunte “¿y si fueran ellos?” Y sé que si fueran ellos, por muy irracional que suene, yo no permitiría ese golpe. Ni ese ni ninguno, mientras tuviera aliento. Primero tendrían que terminar conmigo del todo, porque con poca o mucha fuerza, de pie o arrastrándome, sería el obstáculo perenne en el camino de la destrucción.

 

Si fueras otro, pondrías en duda mis palabras. Tantos años de pasividad no pueden ser borrados por un discurso mínimamente emotivo y unas cuantas noches de insomnio. Pero tú no eres cualquiera. Tú tienes fe siempre, como sólo un perro puede tenerla. Incluso atado, abandonado, sin agua ni comida, pasando penurias y peligros, recorres kilómetros sin cuartel buscando al dueño que te puso en esa situación, convencido de que todo ha sido un malentendido, de que cuando lo encuentres se subsanará el error. Sólo vosotros sois capaces de volver a querer a un ser humano después de todo lo pasado. Sólo vosotros ponéis la otra mejilla.

 

Por eso, y aunque entre nosotros no haga falta, he de ser tajante en esta ocasión, dándote las explicaciones que no me pides. Esta carta, amigo, no son ahora, ni serán jamás, sólo palabras. Es cierto que debo poner en orden ciertas cosas antes de entregarme a la lucha, que no puedo salir mañana por la puerta armada hasta los dientes y masacrar a todo ser humano que se lo merezca. Entre otras cosas, porque desde la cárcel poco podría hacer, y porque el uso de la fuerza bruta siempre debe ser el último recurso. Pero no te preocupes, que el tiempo que necesito no será largo, y nos servirá a ambos. Necesito armarme bien para la lucha, porque será larga y difícil. No serán suficientes las ganas y la voluntad, que es lo único que poseo ahora. Yo no olvidaré, ni cambiaré de parecer. Te aseguro que antes de que llegue a una nueva década, podrás verme marcar la diferencia. Por ti, por los que están contigo, por los que estarán. Y porque, en este asqueroso mundo, uno es lo que es, y yo comparto especie con los abominables que te torturan. Así que la deuda que tienen contigo, ahora es también mía. Y yo no esperaré al balance final. La saldaré en vida, con los medios que tenga a mi alcance, que serán muchos y potentes.

 

No hace falta decir más. Tú sabes que yo nunca hablo en balde, y que no hay muro que no derribe cuando mi voluntad así lo decide. Allá donde estés, cuídate y cuídalos, porque volveremos a vernos y, entonces, si tenéis que interceder por mí, lo haréis sintiendo que merece la pena.
 
 
 
 

 

Un abrazo, amigo. Hasta pronto.

domingo, 3 de febrero de 2013

El valor del voto


Hace un par de semanas, acompañé a un familiar a la consulta del médico. Como es habitual en estos casos, uno procura estar allí al menos un cuarto de hora antes de la cita que le han dado, no vaya a ser que el doctor, milagrosamente, vaya en hora y te toque esperar hasta el final de su jornada laboral. Pero, claro, debe ser que la Corte Celestial no tiene mano en ciertos aspectos de la sanidad pública (ni privada, ya puestos), porque la realidad es que si le sumamos el tiempo de antelación con la que uno va  y el retraso que lleva la consulta, lo más normal es que te pases allí media mañana, cuando no la mañana completa, esperando pacientemente tu turno. Vaya por delante que no pretendo criticar a los profesionales de la sanidad, que seguro que los hay muy válidos, y sufren tanto como los pacientes los retrasos a la hora de pasar consulta, obligados a poner las citas cada cinco minutos por culpa de políticas sanitarias poco realistas y extremadamente deficientes. Pero la realidad es la que es, para desgracia de todos, y no me corresponde a mí endulzarla para no herir sensibilidades poco críticas.

 

Volviendo al tema que tratábamos, mi familiar y yo llegamos con ese cuarto de hora de antelación a la consulta. Comprobamos que el mundo seguía por su derrotero habitual: la sala de espera atestada de pacientes, un retraso que, en nivel ascendente, oscilaba entre 30 y 45 minutos, etc. A la vista del panorama, sólo nos quedaba recurrir a la resignación y sentarnos hasta que fuera nuestro turno. Y eso hicimos. Pero claro, cuando tienes que matar una hora entera (si no más), sin hacer otra cosa que mirar el deprimente color de las paredes del centro de salud, llega un momento en que te resulta inevitable empezar a prestar atención a las conversaciones que se mantienen a tu alrededor. Hay que decir que también ayuda el hecho de que algunas personas se acomoden allí como si estuvieran en el salón de su casa, lo que vendría a ser, más o menos, tal que así: medio tumbado en la silla, rascándose sin pudor todo lo que pique y hablando a voz en grito de los temas más variopintos. Viéndolos, estoy segura de que más de un médico siente deseos de decirles que el aburrimiento, hasta la fecha, no se considera una enfermedad, y que quizás en un parque encontrarían un entorno más adecuado para ellos, ahorrándolos a los demás, que sí que están enfermos, la molestia de escucharlos. Claro que, conociendo el percal, aquí se liaría la de Dios, tildando a los médicos de enviados del anticristo por negarle a una persona el derecho a incordiar. Por tanto, como a mí, no les queda más remedio que escucharlos, con la desventaja de que ellos lo hacen cada día, y yo sólo cuando es inevitable.

 

Pues bien, allí estaba yo, intentando no escuchar a esos elementos perturbadores de la calma sanitaria, cuando la insistente y elevada voz de una señora se sobrepuso a las demás. Esta señora se encontraba hablando, de forma muy acalorada y coloquial, con un caballero que, no creo equivocarme, había tenido el dudoso gusto de conocerla allí mismo. El tema era de lo más habitual en los tiempos que corren: la política. Tampoco había demasiada originalidad en las frases que se pronunciaban, sobre todo por parte de la señora, que apenas si dejaba que su contertulio metiera baza de vez en cuando. No obstante, una vez que mi atención se centro en esa conversación, no hubo manera de ignorarla, y muy a mi pesar me pase más de media hora escuchando comentarios como los que siguen: “todos los políticos son unos chorizos”, “así nos va en España con lo que tenemos gobernando”, “pasamos del PP al PSOE porque las demás opciones no existen, aunque hay más partidos”, etc. Casi había conseguido aclimatarme al entorno, con ese soniquete de runrún continuo, cuando escuché la gran frase: “pero vamos, que a mí me da igual, porque yo no voto, ¿para qué? Así que ahora que aguanten los que han votado”.

 

Después de dos años de ejercicio de la abogacía, uno se curte en escuchar las idioteces mas tremendas y seguir con cara de circunstancias, como si lo manifestado por la persona que está enfrente fuera lo más natural del mundo. Así que, lógicamente, como toda buena costumbre adquirida, entró en juego sin que yo necesitara ponerla en marcha de manera consciente, mientras que dentro de mi cabeza se desataba una pequeña tormenta. La frase resonaba en mi cabeza una y otra vez, mientras que yo, saliendo del shock, pasaba de la incredulidad a la indignación. Me hubiera gustado levantarme, sentarme enfrente de esa señora y puntualizarle algunas cosas. Obviamente, no era momento ni lugar, así que no lo hice. No obstante, como soy partidaria de echar fuera los demonios, que no sirven más que de lastre, aquí van las palabras que se quedaron en mi garganta:

 

“Querida señora:

 

No he podido evitar escuchar parte de la conversación que ha mantenido con el caballero que está sentado al lado. Y digo que no he podido, porque con el volumen de voz que emplea, me consta que hasta la han escuchado en la Moncloa, a pesar de los kilómetros de distancia. Lleva media hora soltando perlas de sabiduría popular, que sin duda ha debido usted escuchar de otras personas para reproducir en el momento adecuado. No obstante, ha dilapidado todo ese esfuerzo al decir la única frase de su propia cosecha, que resumiré en: usted no vota.

 

Podría decirle de muchas formas distintas lo necio de su afirmación de que como no vota, no tiene porqué soportar las consecuencias de las elecciones, pero me temo no poder bajar al nivel requerido para que usted me comprenda. Sin duda, una idea que le resultará vagamente familiar es aquella de la democracia. Ha oído hablar de ella a menudo, y la practican con usted cada día. En este momento, la estábamos practicando toda la sala, teniendo que escuchar sus sandeces sin apetecernos un ápice por aquello de la libertad de expresión. También debemos reprochar a la democracia que no se consideren las voces humanas, como la suya, contaminación acústica. Por muy estridentes y desagradables que sean, que en este caso, lo son. Es también la maldita democracia la que le permitió casarse con ese pobre diablo que, cada mañana al despertarse y verla a su lado, ruega a Dios que le libere de tanta angustia eterna por un efímero momento de enajenación. Y ésa misma, es la que le ha permitido educar  a sus hijos como si fueran los caballos de su cortijo, sin rendir cuentas a padres, hermanos, maridos, o cualquier otro familiar masculino.

 

Entiendo que usted, después de lo que le he dicho, me replique que la deje expresarse como le de la real gana, que por lo que digo, eso es democracia. Y tiene usted razón. Pero también es democracia que yo me exprese libremente, y en este caso, justicia. Porque ha tenido la desfachatez de criticar la política, los políticos y a las personas que votan, despreciando el ejercicio del voto, que es la máxima expresión de la democracia, porque al final, se reduce a una idea fundamental: tener la libertad de elegir. No lo que te gustaría, claro. Somos humanos, seres imperfectos. La mayoría, intentamos hacerlo lo mejor posible con lo que tenemos. Y, sí, unos pocos lo hacen todo lo mal que pueden, procurando quedar bien tapaditos y como santos de puertas para fuera. Como le digo, está escrito que tiene que haber de todo, y la mejor prueba de ello es usted. Porque lo peor de su comentario no es que se trasluzca falta de fe en el sistema, que por desgracia, todos empezamos a carecer de ella. Ni falta de fe en los políticos, que hacen que perdamos la fe en el género humando diariamente. Ni siquiera que demuestre una intransigencia descomunal, por quejarse de aquello contra lo que nada hace ni piensa hacer. Lo deplorable del asunto es que manifiesta que le importa poco menos que un pimiento el derecho a elegir, y eso, señora mía, es asqueroso, y más aún siendo mujer.

 

Nosotras, que siempre hemos estado sometidas al yugo masculino, hasta hace bastante poco no podíamos hacer nada. Claro que la memoria es caprichosa, y olvida fácilmente lo que no le gusta. Pero créame, cuando el tiempo se mide en siglos, cincuenta, cien o ciento cincuenta no son tantos años. Y precisamente por eso, hace un suspiro no podíamos comprar una vivienda nosotras solas. Tenía que autorizarnos nuestro padre o marido. Lo del trabajo también nos costó lo nuestro, aunque eso lo conseguimos un poco antes porque ya se apañaron ellos de que ganáramos menos dinero por hacer lo mismo, o de ofrecernos puestos peores, salvando su ego a costa de nuestra dignidad. Pero nada de eso habría sido posible si, un buen día, mujeres valientes no hubieran dado un paso al frente para luchar por los derechos de todas. Y esos derechos, señora mía, empezaban por el derecho a votar. Porque si no podemos elegir quién nos gobierna, ¿qué mas da que sea democracia o dictadura? A los efectos prácticos, para el que no puede elegir es lo mismo: una autoridad impuesta. El derecho al voto nos permite decantarnos por la mejor opción en ese momento. No siempre acertamos. Es difícil hacerlo cuando aquellos que se disputan tu apoyo te engañan y manipulan para acceder al poder. Pero tenemos la oportunidad de escoger. Y por eso, aceptamos lo que sea escogido por la mayoría, aunque no nos guste el resultado. Así son las reglas del juego y, pese a las trampas de los jugadores, merece la pena participar.

 

Esas mujeres sabían que un día, si conseguíamos el derecho a votar, también tendríamos la posibilidad de elegir quienes queremos ser, y serlo con plenitud. Sin escondernos detrás de ninguna figura masculina. Con todo lo que ello significa. Y lo hicieron, en algunos casos de tantos, a costa de lo más sagrado: la propia vida. Sólo por eso señora, la próxima vez que vaya a jactarse de que no vota, piense, no en cómo sería su vida, sino en como sería la de su hija. Quizás entonces pueda comprender la infamia que ha cometido. Mientras tanto, nada más hay que yo pueda decirle para ilustrarla sobre el tema”.
 
 

domingo, 20 de enero de 2013

La tolerancia de los ateos


No soporto a los ateos. No a todos, por supuesto, pero sí a esa gran mayoría que se empeña en pedirme tolerancia hacia sus no creencias religiosas, pero no duda en aprovechar la más mínima ocasión para pisotear las mías. Demasiadas veces a lo largo de mi corta vida he conocido a personas que, ataviadas con un disfraz de Gandhi que les permitiera acercarse a mí, sacaban a colación el tema religioso para, cual Maquiavelo, emplear las técnicas necesarias para que yo dijera “amén” a sus opiniones, descartando las mías con un simple chasquido de dedos. Por supuesto, tuvieron que resignarse conmigo e incluirme en la categoría de “causa perdida”, achacando la derrota a la falta de las neuronas necesarias en mi cerebro para que tenga cabida la lucidez.

 

Personalmente, no soy del tipo de personas que intenta atraer a nadie hacia su religión, lo cual no quiere decir que esconda mis creencias. Reconozco mi fe como reconozco mi color de ojos: no se ven a distancia, pero si te acercas, es evidente. Respeto, aunque no he conseguido entender todavía, a las personas que piensan que tenemos esta vida, y una vez baje el telón, nada podemos esperar. Cuando era más joven, les preguntaba por qué no creían en nada. No para hacerles cambiar de opinión, sino para intentar comprender su postura. Ahora no se me ocurre hacerlo aunque mi vida dependa de ello, porque he aprendido que una cosa es que yo no intente hacer cambiar de opinión al otro, y otra muy diferente que esa persona me trate a mí con la misma deferencia. Sin embargo, nunca me ha molestado que me pregunten porqué yo sí tengo fe. Sería tan absurdo como molestarse porque me pregunten porqué soy española. Y la respuesta, irónicamente, es igual de sencilla. Uno es español, porque nace en España. Y uno tiene fe, porque la tiene. No hay ninguna relación entre la educación y su existencia. En muchos casos, esa excesiva educación en la fe, paradójicamente, lo único que produce es su falta absoluta. Sé que para aquellos empeñados en que toda explicación sea lógica y demostrable, es una respuesta realmente insatisfactoria, pero desgraciadamente no tengo otra mejor. Sencillamente, es una conexión que está ahí, aunque tú no recuerdas haberla realizado. Un sentimiento fuerte que no puedes ignorar y del que no puedes escapar.

 

Pero volvamos al tema de los ateos intolerantes. Una cosa muy curiosa de ellos es que, a pesar de que se erigen en defensores de la libertad, la justicia y la igualdad, parecen no entender en absoluto esos términos. Y lo digo así porque, si parto de la premisa de que los entienden pero deciden no aplicarlos a los demás, en vez de intolerantes tendría que tacharlos de cínicos e hipócritas, calificativos que no descarto usar en un futuro cada vez más próximo teniendo en cuenta sus acciones. Una de ellas sería, por poner ejemplos, el hecho de que siempre que se hable del Vaticano, tengan un montón de críticas. Por supuesto, del resto de países que pueblan el globo terráqueo no tienen nada que decir. Ni siquiera una mínima sugerencia constructiva para mejorar cualquiera aspecto de su gobierno. Debe ser que son intachables en todas sus decisiones y conductas, no como el Vaticano. ¿O no? Creo que infinito es el número aproximado de veces que he visto la famosa lista de tratados no ratificados por el Vaticano. Para ser más exactos, creo que infinito es el número de veces que la bacteria más solitaria y recóndita de la Antártida ha visto esa lista. Todo un ejemplo de abnegación y esfuerzo por la causa hacer llegar a los pingüinos y osos polares que pueblan dicho territorio que el Vaticano no ha ratificado el tratado por la supresión de los trabajos forzados, o el de la supresión de la discriminación basada en la sexualidad, o el tratado por la supresión de la esclavitud. Desde luego, y por muy creyente que sea, son tratados que el Vaticano debería ratificar cuanto antes. Lo que me inquieta del asunto es que esos ateos, defensores de tan altos valores inspiradores del género humano, no pongan el mismo celo para ilustrar al mundo sobre los tratados no ratificados por otros países, como China, o lo que es peor, sobre el escandaloso incumplimiento de los que ha ratificado. Nadie se escandaliza porque los ciudadanos chinos no tengan, de facto, derechos políticos, ni laborales, ni sociales. Ni porque las mujeres estén peor consideradas que cualquier posesión material.

 

Otro ejemplo de su justicia a la carta sería el escándalo por la asignación que tiene la Iglesia Católica en los presupuestos generales del Estado. No parece menoscabar ni un ápice su indignación saber que parte de esos fondos es destinado a sufragar los colegios católicos concertados o Cáritas. Sin embargo, parece que estas personas encuentran muy razonables que el sueldo base de los Secretarios de Estado sea de 12.990,72 euros, con un complemento de destino de 21.115, 92 euros y un complemento específico de 32.948,67 euros. O que el sueldo anual del Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial sea de 26.448, 38 euros, con un complemento a recibir en 12 mensualidades de 103.704, 24 euros. O que cualquiera de los magistrados del Tribunal Constitucional tenga como sueldo la friolera de 41.428, 10 euros al año, con un complemento a recibir en 12 mensualidades de 69.091, 92 euros. También es muy razonable que el Fiscal General del Estado reciba un sueldo de 113.838, 96 euros anuales. Y así podríamos continuar con una larga lista de personas que, si bien es cierto que realizan una función social como miembros de uno de los tres poderes del Estado, no lo es menos que reciben por ello una cantidad exagerada como contraprestación. Al fin y al cabo, no podemos olvidar que las personas nombradas no se han ganado sus puestos: han sido elegidos. Sus puestos de origen se encontraban en Judicatura, Universidades, Abogacía o funcionarios en la Administración de Justicia. Una vez ahí, sólo tuvieron que acumular el tiempo suficiente, y cultivar las convenientes relaciones, para llegar a esos descomunales sueldos anuales. Y nadie se queja. Todo parece natural. Pero no lo es. Si nos escandalizamos por darle a una confesión religiosa ciertas cantidades de dinero, confesión que realiza una actividad social y que mantiene centros docentes, ¿no es más escandaloso darse el triple o el cuádruple a una sola persona que simplemente hace su trabajo? Y un trabajo, no lo olvidemos, que le gusta. Esta ahí porque aceptó, porque decidió asumir esa responsabilidad, porque es donde deseaba estar. No digo que no tengan que recibir un sueldo acorde con sus funciones, pero de lo que no me cabe duda es que es absolutamente excesivo.

 

No obstante todo lo anterior, no tendría nada en contra de ellos si no fuera por dos detalles. El primero es su ataque encarnizado a cualquier creyente. No acepto que cualquier ateo venga a recriminarme los casos de pedófilos entre curas o las palabras que el Papa haya tenido a bien decir sobre los homosexuales. Y no lo acepto, por la sencilla razón de que esas acciones o palabras no son mías. Yo no soy la Iglesia, en mayúsculas. Soy una persona que cree en Dios. Eso no quiere decir que crea en todos y cada uno de los curas, ni en todas y cada una de las palabras del Papa. Y por el contrario, tampoco significa que no crea en ninguna. Es un concepto que les cuesta entender, supongo que porque no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Es tan sencillo como lo siguiente: soy española. No me enorgullezco de todas las hazañas de los españoles, ni me avergüenzo de todas ellas. Hay momentos históricos para sacar pecho, y otros para sacarnos los colores. Ser algo no significa perder todo criterio. Lo único que aporta es la pertenencia a un grupo mayor que tú mismo, con las cosas buenas y malas que eso conlleva. Pues con la Iglesia católica igual. Personalmente, no soy su mayor fan, pero debo reconocer que, a veces, Dios hace que se cruce en mi camino una persona que me devuelve la fe en ella. Al fin y al cabo, son personas, no pueden ser perfectos, ni todos merecen la pena.

El segundo detalle es el desprecio que me muestran en ese ámbito. Como si saber que soy creyente les abriera los ojos y, de repente, se dieran cuenta de que no soy tan lista como parecía. Intentan hacerme ver que mi verdad no es tal, pero la suya sí, sin darme pruebas en absoluto de lo que dicen. Creen que haciéndome la manida pregunta de ¿si Dios existe, por qué nadie lo ha visto?, voy a caer a sus pies, abnegada ante la claridad de su pensamiento. Y lo cierto es que esa pregunta tiene una respuesta afirmativa. Porque Dios, o al menos, una parte de él, sí lo han visto ojos humanos. Vale, hace más de dos mil años, pero, ¿y qué? Yo no necesito ver las cosas constantemente para saber que son reales. Acepto la existencia de muchas cosas que no he visto ni tendré la oportunidad de ver. Sabemos que existieron Alejandro Magno, Julio César, Cleopatra, Juana la Loca, y un largo etcétera, y que yo sepa, no queda nadie vivo que lo demuestre. Sólo tenemos los testimonios escritos, las pinturas, los restos de esas vidas. Como los que dejó Jesucristo. Si queremos hablar científicamente, está demostrado que existió. No que era hijo de Dios, vale. Pero su existencia es cierta. Vivió, predicó y murió tal como nos lo cuentan. Después es cosa de cada uno decidir si cree o no en su origen divino, pero lo demás está igual de documentado que en el caso de esos personajes históricos cuya existencia nadie cuestiona.

Yo creo en Dios, tal y como Jesucristo lo concibe. Y mi fe se ve reforzada cuando pienso que algo más allá de toda comprensión humana debió suceder para que tantas personas decidieran dar sus vidas por las palabras de un solo hombre. En aquella época en la que lo mejor para sobrevivir era seguir la corriente, tuvieron que presenciar hechos inexplicables, que desafiaran por completo a la razón humana, para entregarse por completo a la creencia de su origen divino. Es cierto que yo no lo he visto, ni he oído su voz, ni he escuchado sus palabras. No obstante, hay algo inquebrantable en mi fe en Dios, y es que aunque tuviera en mis manos la prueba definitiva de que no existe, yo aún seguiría creyendo en Jesucristo. Porque, en un mundo como el que vivimos, donde pisotear al de al lado es la norma general, admiro al que puso la otra mejilla; en un mundo donde todos competimos por acumular más que el de al lado, creo en el que da todo lo que tiene y no pide nada a cambio; en un mundo en el que nos rodea el odio y la fuerza, yo sigo al que no sólo habla de amor y perdón, sino que realmente ama y perdona. Así que, si al final sólo fue un hombre, ese es el hombre al que merece la pena seguir toda una vida. Por eso, señores ateos, mi fe es más fuerte que vuestros pobres argumentos. Porque incluso negando su máxima, encuentra un camino para crecer en mí.


 

domingo, 6 de enero de 2013

Los caminos del fracaso


La memoria es algo realmente curioso. Si me preguntaran cuando empecé a escribir, no sabría que responder. Mis recuerdos no alcanzan a épocas anteriores a la escritura, aunque sin duda, las ha habido. Sin embargo, si me preguntaran si me he presentado alguna vez a un concurso literario, sabría decir las veces con exactitud. Incluso la edad que tenía en cada uno de ellos. Y no porque el resultado de los mismos fuera un éxito, ni mucho menos.

 

Mi primer concurso fue un certamen de poesía a nivel andaluz para conmemorar el centenario del nacimiento de Alberti. Yo estaba por aquel entonces en Primero de Bachiller, así que tenía entre 15 y 16 años. Siempre me había gustado escribir, pero rara vez se lo enseñaba a alguien, por lo que a día de hoy sigo preguntándome que me impulsó a hacerlo. Quizás me avergonzaba menos que me juzgaran unos extraños que personas cercanas a mí, no lo sé. El caso es que me presenté, aunque sabía que era realmente difícil que me escogieran, ya que solo un chico y una chica de cada provincia podían resultar elegidos. No se lo conté a nadie, así que cuando pasó el tiempo y no recibí ningún tipo de respuesta, supuse que me habían descartado y no comenté el asunto. Hasta que un día, estando en clase, una profesora de Literatura vino a buscarme para llevarme a ver al director. En circunstancias normales, no se tarda más de un minuto o dos en llegar hasta allí, independientemente del punto del Instituto desde donde partas. Pero con una profesora mirándome enigmáticamente todo el trayecto, y yo dándole vueltas al motivo, fue uno de los más largos que he recorrido en mi vida. Cuando llegué, el director me recibió de manera cordial y me contó la noticia. No sabía en que puesto había quedado, sólo que yo representaría, en la versión femenina, a Málaga, y que tenía que ir a Sevilla un día determinado para el acto en cuestión, con mi familia, él mismo y algunos profesores del departamento de Literatura. No conseguí el primer puesto, sino el segundo, aunque por suerte para Málaga, en la parte masculina nos alzamos con el deseado galardón (que un doblete sevillano habría sido imposible de digerir).

 

El segundo certamen, también de poesía, fue justo al año siguiente. Esta vez era a nivel provincial, así que pensé que tenía la oportunidad de quitarme el mal sabor de boca del anterior, ya que hacía apenas un año había conseguido imponerme a todas las candidatas malagueñas. Pero esta vez mi poema no complació el gusto de los jueces o, simplemente, no fue mejor que las demás, porque solo quedé finalista. A pesar de todo, se requirió que asistiera a la entrega de premios, donde me acompañaron nuevamente familiares y profesores del departamento de Literatura. Recuerdo con mucha nitidez que mientras yo estaba allí, intentando mantener el tipo y parecer encantada, me preguntaba porque una de las profesoras que me acompañaba estaba tan emocionada. Si, al fin y al cabo, no había ganado nada. De hecho, deseé tirar al primer contenedor que viera la placa que me habían dado como prueba de mi participación. Pero mi madre, con mucho más sentido común, me recomendó que la guardara, y dijo esa frase que a todos los hijos nos hace reconsiderar posturas: “si lo haces, te arrepentirás”. Así que, en lugar de tirarla, la guarde en donde no tuviera que verla.

 

Y, como era joven, estúpida y extremadamente arrogante, sencillamente decidí dejar de escribir. Pensé que dos fracasos consecutivos eran un indicio más que claro de que no se me daba tan bien como yo pensaba, y de que mi tiempo estaría mejor invertido si lo dedicaba a otra cosa. Es una de las peores decisiones que he tomado, y sin duda, jamás podré recuperar el tiempo perdido. No supe apreciar que había sido elegida entre las finalistas en mis dos únicos intentos, lo cual tiene su mérito si considero que nunca recibí clases de escritura creativa. No comprendí que, como casi todo en la vida, en el mundo de las palabras hay que sudar cada letra, y que aún con todo el esfuerzo del mundo, si no tienes ese poquito de suerte para que los jueces de turno decidan que tu trabajo es mejor que el del resto, sea verdad o no, te quedas fuera. Dejé que personas sin rostro decidieran lo que era y lo que podía hacer.

 

No volví a pensar en ello durante muchos años, hasta que tuve que volver a enfrentarme al gran fracaso de mi vida. Desde que tengo uso de razón, puede que incluso antes, quise ser abogada. Hacer la carrera de Derecho, y estudiar aquello con lo que tanto había soñado, ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida. No recuerdo nada más emocionante que el primer día de clase, y no me avergüenza reconocer que, a día de hoy, sigo sintiendo un cosquilleo en el estómago cuando cruzo sus puertas. Los cursos fueron pasando, llegó el título, encontré un despacho (o dos) donde aprender la parte práctica de la profesión, y me colegié. Pasé dos años intentando hacerme un hueco. Nunca recibí malas críticas, ni cometí grandes errores. Aprendí deprisa, y trabajé duro. No obstante, tampoco la suerte estuvo de mi parte en este ámbito, y llegó un momento en el que tuve que enfrentarme a la verdad que tanto había luchado por evitar: no podía seguir ejerciendo. Las cuotas llegaban inexorablemente, y mis ingresos no bastaban para afrontarlas. A pesar de todo, no había conseguido el respeto suficiente como para conseguir un sueldo medianamente digno, que me permitiera seguir pagando por ejercer mi profesión, y no tenía contactos suficientes para cambiar el horizonte.

 

Así que tomé la decisión, y hasta la fecha, ha sido la más dolorosa y difícil que he tenido que tomar. Pero también ha sido la más acertada. Porque en este caso, al contrario que cuando decidí dejar de escribir, no sólo me sentía tremendamente vacía, sino que en cierta medida, también me sentía aliviada. Ya no tenía que seguir mintiéndome, ignorando una verdad que cada día se me hacía más evidente. Ahora podía enfrentarme a la realidad tal como era, y a pesar de las heridas, para mí eso siempre es un buen punto de partida. Me informé acerca de mis opciones, valoré otras alternativas que jamás había tenido en cuenta y encontré un nuevo camino. Fue entonces cuando volví a escribir. Sólo para mí, para ordenar mis ideas, para desahogarme sobre ciertas cosas que sucedían a mi alrededor, para evadirme de mis preocupaciones o por simple placer. El caso es que volví a hacerlo, y me sentí bien. No es que las palabras me hubieran abandonado todos esos años, sino que yo, como a la verdad incómoda que no quería ver, las había ignorado. Y haciéndolo, me había ignorado yo. Porque, al final, uno es lo que es, aunque no ejerza de tal o no tenga una placa que lo conmemore.

 

Ahora que las heridas son sólo cicatrices que me ayudan a no olvidar lo que pasó, doy gracias a Dios esté donde esté por hacerme fracasar. Porque hoy sé que soy mejor gracias a mis fracasos. Que los he mirado durante mucho tiempo como mis grandes enemigos, cuando mi único lastre era yo misma. Ellos hicieron sólo lo necesario para despertarme, de una manera un tanto dolorosa y brutal, pero sin duda, efectiva. Son la mejor fuente de energía que tengo y mi mayor motivación. Y no digo que mi nuevo camino sea sencillo. No lo es. Pero cuando, como todos, creo que no puedo más, que no seré capaz de hacerlo, que no tengo la suficiente inteligencia o constancia o fuerza de voluntad, me agarro a ellos, los vuelvo a sentir como la primera vez, y sin saber cómo, vuelvo a poner un pie delante de otro. No me permiten rendirme, ni dudar, ni echarme atrás y, lo que es más importante, no permiten que nadie pueda decirme lo que soy o lo que puedo hacer. Ni siquiera yo. Por eso, el día que consiga acariciar la gloria, no se lo deberé a que todo me haya salido redondo a la primera. Mis éxitos, sean los que sean, deberán eterna gratitud al momento en que lo perdí todo, y tuve que empezar de cero. Porque entonces, y sólo entonces, descubrí que tenía la fortaleza para hacerlo, no una, sino las veces necesarias hasta conseguirlo.