jueves, 26 de noviembre de 2015

No me toques las velas

Cuando París se tiñó de sangre, no quise escribir. No porque no tuviera nada que decir al respecto, sino porque no quería que mis palabras estuvieran llenas de una rabia que las rebajaría a la consideración de irracionales y absurdas. No quise que fueran fruto del dolor, ni del miedo. Así que decidí esperar a que pasaran los días, creyendo que a medida que se recabaran datos y se esclarecieran los hechos, podría formarme una opinión más sensata que en ese momento. Hubiera querido que mucha gente compartiera mi misma prudencia porque hoy, casi dos semanas después de la masacre, siento más rabia que aquel día. Y lo peor es que esa rabia no procede únicamente de la consideración que me merecen los culpables de la misma, sino que gran parte proviene de muchos de mis “civilizados” congéneres.

¿A quién en su sano juicio se le ocurre llamar fachas a personas que ante un acto tal de agresión cantan pacíficamente su himno nacional? ¿Quién, ante la desolación que se vivió en París, tiene estómago de acusarle por no sufrir igual por los muertos en Siria? ¿A qué anormales les molesta que se ponga la bandera de un país que ha sufrido un ataque de estas dimensiones? No habían pasado ni 24 horas del atentado, y lo que me hervía más la sangre no era enterarme de los detalles atroces de la misma, sino los comentarios estúpidos e inmaduros de gente estúpida, frívola y con una falsa creencia de superioridad moral. Bien, no voy a defender que yo soy una persona libre de defectos, pero puesto que he cumplido con creces el plazo autoimpuesto de silencio, con lo que conlleva en cuanto a tiempo dedicado a reflexión, creo que es hora de exorcizar mis demonios sobre el tema.
La inmensa mayoría de la gente es gilipollas, simple y llanamente. Totalmente gilipollas, y además, sin remedio posible. Un amplio porcentaje, además, es mala. Pero no mala en plan Disney (toma niña, muerde esta manzana y duérmete para no incordiarme más), sino mala en plan vida real (te corto la garganta para que puedas presenciar mientras mueres, en una terrible agonía, como te saco los intestinos y te los coloco de bufanda). Yo no tengo ningún problema en que la gente sea gilipollas en su propio ámbito, pero cuando esa gilipollez pone en peligro cosas que me afectan y que considero importantes, Lucifer podría aprender una o dos cosas sobre la furia asesina que siento en ese momento. Sobre todo porque esa gente gilipollas les pone una alfombra roja a la gente mala para que salten sobre pobres estúpidos como yo y nos hagan lo que les venga en gana.

Bueno, pues aquí hay una estúpida que se ha cansado de serlo y va a decir clarito un par de cosas. Por ejemplo, me importa un huevo y medio si la gente le quiere poner una velita a los muertos en París, en Beirut, en Iraq o en Pompeya. Por mí, podrían poner cirios grandes como la torre de Pisa hasta que cubrieran la tierra entera. Eso sí, los juicios de valor sobre si los demás ponemos o no ponemos velas, es mejor que se los metan por donde la espalda pierde el nombre. Y los juicios de valor moralizantes sobre la importancia y la igualdad de unos muertos sobre otros mejor no digo lo que pueden hacer con ellos. Porque lo que a mí me encanta es la congruencia de esas personas que atacan un acto de solidaridad con París que no se ha tenido con Beirut, por ejemplo, olvidando que ellos tampoco han dicho ni media palabra sobre el tema. A ver, ¿quién publicó y dónde sus condolencias por esos muertos el día que se supo la noticia? No después, para criticar la muestra de solidaridad de otros, sino el día de esas muertes. ¿Alguien buscó una foto de una vela y la subió a sus redes sociales indicando que la ponía por esos muertos? Porque, desde luego, yo no se lo vi a ninguno de mis contactos. Que sí, que Facebook permitió la opción de poner la bandera de Francia en tu foto de perfil, pero no te impide poner todos los días lo que te venga en gana sobre las personas que se mueren de hambre todos los días en Etiopía, que según la FAO, es uno de los países que más sufre esta lacra social. Tampoco impide a nadie preocuparse públicamente por las personas a las que queman vivas por sus creencias religiosas en ciertas partes del mundo.

Por mucho que moleste, nos hemos acostumbrado a ver la violencia en todas sus facetas, y eso ha llegado hasta tal punto que calibramos que violencia merece nuestro tiempo y consideración y cual no. Y eso se hace extensible a las víctimas de esa violencia. Así que sí, unos muertos valen más que otros, porque nosotros hemos dado a las circunstancias por las que pierden la vida más importancia o menos. Por eso me produce un asco especial la gente que moraliza sobre el tema, escandalizándose sobre la indiferencia con la que se trata a algunos muertos, indiferencia de la que ellos no están exentos. Sin embargo, como la mayoría del tiempo soy una persona educada, estos días me he abstenido de poner cualquier comentario en respuesta a los sermones evangelizadores en la doctrina de la igualdad en la muerte que han emitido desde sus diferentes púlpitos. No obstante, la vida siempre ofrece vías de satisfacción a los deseos, y como hoy he decidido ser todo lo maleducada que me apetezca, voy a aprovechar mi púlpito para desahogarme a fin de que tanta gilipollez no acabe con mi cordura.

Vosotros, gilipollas declarados y sin declarar, conocedores de los grados de vuestra propia doble moral o negadores de su existencia, hacedme un favor: dejad las pajas mentales para vuestro diario. Sí, ese objeto pequeño, con formato de libro y páginas en blanco, donde uno puede escribir lo que quiera sin que nadie lo lea. De verdad, el mundo va a ser girando y la humanidad no va a perder nada que merezca la pena llorarse porque la privéis de vuestros sesudos comentarios. Es más, estoy completamente segura de que el mundo sería un sitio mucho mejor si uno no tuviera que leer y escuchar a tanto subnormal. Porque sí, aunque no respondamos a vuestros comentarios, comentarios que muchas veces os permitís el lujo de poner en perfiles que no son los vuestros sino, por ejemplo, el mío, no puedo evitar que mis ojos lo lean y que la bilis se me suba por la garganta. Además, os comento en primicia que normalmente no respondo, pero bloquearlo es una práctica que estoy empezando a hacer muy a menudo, y lo único que lamento es no poder bloquear algunos perfiles del todo por razones de respeto a terceros, que a mí, desgraciadamente, cada vez me da más igual que la gente que considero gilipollas, sea lo gilipollas que la considero. En cuanto a la libertad de expresión que más de un imbécil esgrimirá en defensa de poner por escrito o decir de palabra lo que le apetezca, haya pasado por su cerebro antes que por su boca o no, he de decir que cada día lamento más que se asimile esa libertad con la mala educación, y que se esté perdiendo el concepto de vergüenza, y por ende, aumentando el de vergüenza ajena. De todas formas, por lo que a mí respecta, aviso de que pienso cortar de raíz los comentarios al respecto que se me hagan sobre el particular, haciendo uso de mi propia libertad de expresión para deciros que os vayáis al carajo, ya que el derecho que tanto os gusta me impide cerraros la bocaza, pero no me obliga a escuchar vuestras tonterías.

Lamentablemente, hay mucho personaje público, incluso y por desgracia, con relevancia en el panorama nacional o internacional, que se encuentra dentro del grupo de gilipollas iluminados a los que me refiero. Son esos del “no a la guerra”, “las bombas no son la solución” y “no se puede hacer la guerra por religión”. Bueno, joder, entonces nos sentaremos tranquilitos donde mejor nos parezca, y esperaremos a que los radicales islámicos vengan a pegarnos un tiro o nos conviertan, según tengan el día bueno o malo. Incluso he leído que alguna caricatura de persona ha señalado la conveniencia de entablar conversaciones con estos individuos que, no contentos con la muerte provocada, hacían público un video un día después amenazando que tras París, Roma y Al-Andalus (España), eran los objetivos prioritarios. La verdad sea dicha, la idea de mandar a la “señora” que ha propuesto el dialogo a Siria, Iraq o donde quieran los del Estado Islámico que se la enviamos, me seduce muchísimo. No porque vaya a resolverse así el problema, sino porque así al menos habrá una gilipollas menos que oír.

También mandaría de viaje por dichas tierras de ensueño a los de “no podemos hacer una guerra religiosa”. A ver, alelados, que la guerra no la hacéis vosotros. Ni nosotros, los países demócratas o europeos. La guerra la hacen islamistas radicales, y claro que es por religión, entre otras cosas, además de por poder, deseo expansionista, disfrute con el sometimiento y el sufrimiento ajeno y un largo etcétera. Por tanto, la cuestión no es “¿iniciamos una guerra por motivos religiosos?”, sino “¿cómo narices paramos la guerra que nos han declarado poniendo como excusa motivos religiosos”? Porque sí, habrá pringados ignorantes que se hayan tragado los cánticos sobre Alá y compañía, pero los que están al mando no lo hacen para mayor gloria de nadie que no sean ellos. Además, debemos aceptar que algunos simplemente son malvados, que disfrutan matando y mutilando, como el que le gusta pintar con acuarelas, porque otra cosa que no me trago es que se vean avocados a eso porque la sociedad no les acepta y les maltrata. Vamos a ver, que Lady Gaga no está muy normal que digamos, pero lo máximo que ha hecho es ponerse filetes como sombrero, no coger un fusil de asalto y enviar al otro mundo al que se cruzara en ese momento. Por tanto, hay otras opciones antes que unirte a una banda de asesinos internacional y me niego a ver como víctimas a cualquiera que se encuentre en la misma.

¿Lo peor de todo el asunto? Que nuestros dirigentes, conscientes de esta renuencia de la población general a la hora de aceptar que estamos en una guerra, aunque no sea una guerra de las convencionales, titubean a la hora de ser firmes. No hablo de Francia que, ante la masacre y los hechos posteriores, ha movilizado lo que ha considerado pertinente de su ejército, iniciando las labores pertinentes para recabar la ayuda del resto de países de la UE y la OTAN. Hablo de España, que no contentos con que nos mataran a unos cuantos en Madrid no hace tanto, vemos lo de París y creemos que no va con nosotros. Por favor, seamos serios. Nadie quiere que las personas que forman parte del ejército mueran en vano, pero su trabajo es exponerse a morir para que no lo hagamos los demás. Contra unos terroristas que se inmolan con tal de matar a todo el que puedan, que igual les da atentar contra un avión de militares o uno de civiles, que entran a fuego en discotecas, periódicos o bares, y cuyo objetivo final es la conversación del mundo al Islam o la muerte, yo me atrevería a decir que la vía diplomática no es una opción. Más que nada porque presupone voluntad de llegar a un acuerdo, y aquí yo solo veo con interés de sentarse a hablar a una de las partes, mientras que a la otra le va de lujo matando donde se le antoja.

Entiendo mejor que nadie el deseo de negar la cruel realidad, porque eso nos impediría vivir con normalidad, pero la espada de Damocles no deja de estar sobre nuestras cabezas por el hecho de que no la miremos. Estamos en guerra, más al estilo de una guerra de guerrillas que del modelo de la Primera o Segunda Guerra Mundial, lo concedo, pero sigue siendo una guerra. Partiendo de ese punto, debemos asumir que van a perderse muchas vidas. Muchos niños van a morir o a quedar huérfanos. Muchas mujeres serán viudas o no serán nada. Muchos hombres no volverán a ver a sus seres queridos o tendrán que superar los traumas que vivir un conflicto así en primera persona acarrea. No van a morir sólo culpables. Se derramarán muchas lágrimas y mucha sangre. Y muchos más corazones quedarán rotos de una manera cruel de los que van a dejar de latir. A cambio, la recompensa es poder seguir disfrutando del tipo de vida que hemos elegido. Ese en el que los gilipollas pueden decir lo que quieran y no se les puede cerrar la bocaza. Ese en el que nadie tiene que profesar una creencia religiosa por obligación, ni por supuesto hacer rezos de ningún tipo, ni adoptar los dictados de ninguna autoridad religiosa bajo pena de muerte. Ese que permite a las mujeres decidir si quieren casarse y con quien, cuantos hijos tener y que rama profesional les gusta más. Ese que está negando la utilización de la fuerza para no mancillar la democracia que está obligado a defender.

Yo no estoy en posesión de más verdad que la mía, coincida o no con la de otras personas. Y esta verdad me dice que estoy ante una amenaza que requiere su completa erradicación. Que, debates aparte sobre el comercio de armas, de los que ningún país está libre de pecado, se encuentra la realidad del uso de esas armas. Y puesto que las están usando para matar todo aquello en lo que creo y a todos aquellos que desean vivir en paz, igual que las vendemos o compramos, habremos de usarlas contra los radicales hasta que no quede ni uno. Las palabras en este asunto solo servirán para convencer a los indecisos en esta necesidad, no para que la parte agresora deje de agredir. Por tanto, puesto que contamos con un ejército para este tipo de cometidos, ha llegado la hora de que cumplan con su obligación. Y lo digo sabedora de que ante una orden de este tipo, actuarán con profesionalidad y arriesgarán sus vidas para salvar las nuestras, incluidas las de los gilipollas que pensarán que sus muertes no valen tanto como las de los inocentes de Beirut. Porque, pasados la inicial sorpresa de que los espías espían, y los militares matan, llegado el momento de la verdad, me gustaría ver si los iluminados, ante el cuchillo o el fusil de los islamistas, se someten dócilmente o lamentan su pasividad. Yo, desde luego, tendré la conciencia tranquila, pues llegado el caso estoy convencida de que, ante un enemigo que está dispuesto a morir para matarme a mí y a todo aquello que defiendo, yo estaré dispuesta a matar para vivir.

jueves, 22 de octubre de 2015

¿Optimista, pesimista o realista?

¿Alguna vez os han preguntado qué tipo de personas sois: optimistas o pesimistas? Imagino que sí, porque de todas las preguntas manidas que rondan por ahí, ésta es de las más veteranas. Las respuestas, por supuesto, están a la altura de la originalidad de la pregunta. Algunos se creen optimistas, otros se saben pesimistas, y cierto porcentaje se llama realista porque no están preparados para aceptar su pesimismo.

Yo no soy una excepción a la pregunta, y creo que hasta ahora, tampoco lo he sido a la respuesta. Siempre me he considerado una pesimista. Quizás porque cuando me plantean una situación, por defecto, me imagino todas las variantes negativas. No lo hago por placer, sino como mecanismo para anticiparme a los desastres. Ni que decir tiene que, saliendo del ámbito estrictamente jurídico, donde imaginar las consecuencias negativas es importante para calibrar bien tu actuación y el alcance de sus efectos, en el resto de ámbito no te sirve más que para amargarte. Estar constantemente cavilando sobre las partes oscuras del mundo y de los que viven en él es agotador y venenoso. Y lo peor de todo: infructuoso.

Por todo ello, me sorprende descubrir que estaba equivocada. Si repaso los años vividos, que quizás no son muchos, pero hay mucha vida en ellos, descubro que no soy una pesimista. Tengo momentos de pesimismo, eso sí. Estar en paro casi toda tu vida laboral activa tiene ese curioso efecto secundario del que nadie te habla. Es muy difícil ver las cosas bajo un prisma favorecedor cuando te sientes completamente desamparado porque, llegado a cierta edad en la que debías ser un activo en la ecuación, sigues siendo un pasivo. Y no importa la gente que esté dispuesta a ayudarte a sentirte mejor, porque esa sensación no nace de los demás: nace de ti. Por supuesto, las personas de tu entorno pueden hacerlo más liviano o más pesado. Pero fundamentalmente, trata de ti.

Pero hay vida antes del comienzo de la vida activa, o en su defecto, del paro. Uno tiene infancia, niñez, adolescencia, vida familiar, amigos, el primer novio, el colegio, el instituto, la universidad, tu primera mascota, tu primera pelea con tu mejor amiga, etc. Y si lo pienso, en esos tramos de mi vida, yo no he sido pesimista, sino que he tendido siempre al optimismo. O, mejor dicho, a mi versión del optimismo. Yo siempre he pensado que las cosas iban a salir bien porque me estaba esforzando en que salieran bien. Y lo hacían. Los exámenes se aprobaban, con los amigos se pasaban buenos momentos, las mascotas parecían felices, el ambiente familiar era agradable, etc. Algunas veces, las cosas no salían como yo quería, pero era tan fácil arreglarlas. Bastaba con estudiar más cuando algo se me atascaba. O con dejar de considerar amigos a los que no demostraban serlo.
Lo malo de esta versión del optimismo es que, un buen día, te das cuenta de que te has convertido en un adulto, y cuando las cosas te salen mal, ya no resulta tan fácil arreglarlas. A veces, incluso, tienes que asumir que no puedes hacerlo, y convivir con el desastroso resultado. Y entonces, cuando eso te pasa, y te dices a ti mismo que te ha salido mal porque tú no has hecho lo suficiente, te decepcionas. Empiezas a mirarte con otros ojos, y no son amables precisamente. Esas virtudes que siempre te han gustado, las conviertes en defectos. Y como defectos siempre tenemos más, tienes todo un arsenal para machacarte. Creedme, no es agradable ser el protagonista de un show de 24 horas que consiste en señalar todo aquello que has hecho mal.

La parte buena de esto, que la tiene, es que madurar es un proceso que, en contra de la creencia general, vamos desarrollando toda la vida. Puede que haya un salto importante en un momento determinado, pero el resto del tiempo, vamos perfeccionando dicho estado. A veces, desandamos camino, pero la posibilidad de aumentar el crecimiento personal siempre está ahí, al alcance de cada mano que quiera agarrarla. Así que un buen día dejas de flagelarte, porque tu espalda no es de acero y no aguanta mucho más, y recapacitas. Ves que en algunos momentos tu decisión no ha sido la que ha dado mejores frutos, pero puesto que es imposible volver atrás, te prometes pensarlo mejor en la próxima situación parecida. Intentas volver a verte de manera que, si bien tu imagen ya no es de color rosa, tus ojos no son dos enormes corazones y no te sale purpurina por la nariz cuando estornudas, tampoco te han salido cuernos en la cabeza, ni un rabo puntiagudo, y el tridente lo puedes soltar porque, por si no te acuerdas, era parte del disfraz del último carnaval al que te dignaste ir.

Y la vida sigue, como ha seguido durante el tiempo que tú no has estado participando de manera positiva en ella, porque sí que es justa y no se para por nadie. Además, es sabia, porque seguir es la única manera de que tú, llegado el momento, sigas o te bajes. Personalmente, creo que es preferible seguir, pero entiendo que es una elección que le corresponde hacer a cada uno. Por otro lado, como esta visión de la vida es a través de mis ojos, vamos a optar porque sigue, para que pueda responder ahora a la pregunta que hice al comienzo.

Si me lo planteo hoy, ahora mismo, si me considero positiva, negativa o realista, no me encuentro cómoda en ninguna de las tres categorías. Primero, porque para ser positiva debería vivir mucho más tiempo en los mundos de yupi del que vivo. Segundo, porque no visito con la frecuencia necesaria los círculos del infierno para considerarme negativa. Y tercero, porque sigo diciendo que el realismo es una suave mentira que se dicen los pesimistas no confesos. A día de hoy, lo único que se ha probado de la objetividad, es que cada uno tiene su propio baremo. Podemos jugar a eso de las mayorías para saber cuando una opinión es objetiva o no, pero siendo honesta, a veces lo que se puede predicar de ciertas mayorías no es su capacidad de ver el mundo tal como es, sino su capacidad de verlo con una total falta de inteligencia. Hablando mal y pronto: para sufrir estupideces ajenas, mejor sufro la mía, que le tengo más cariño.

¿Conclusión? He tenido que inventar una nueva categoría: el esfuerzismo. ¿Y qué es? Bueno, además de una palabra inventada que la RAE aprobará sin duda nada más conocer su existencia, es aquella corriente que cree que la vida te va a salir bien dependiendo del esfuerzo que inviertas. O no. A veces, quizás muchas, te va a salir mal. Pero al final, y ese final puede ser al final del curso, de la carrera profesional, o incluso, de la misma vida, te verás recompensado proporcionalmente en base al esfuerzo invertido. ¿Lo mejor? Puedes ser un esfuerzista positivo (piensas que sus esfuerzos siempre tendrán fruto) o negativo (piensan que sus esfuerzos nunca tendrán frutos o, directamente, son tan conscientes de lo vagos que son, que no se hacen ilusiones). Yo, de momento, soy esfuerzista positiva. A pesar de los pesares, sigo pensando que tarde o temprano conseguiré mis metas. Algunas son muy ambiciosas, es cierto, pero como de momento parece que me queda mucho tiempo en el mundo para esforzarme, mantengo mis esperanzas.

Lo mejor de todo, es que no necesitas ser siempre positivo o negativo para ser un esfuerzista. Basta con esforzarte en lo que hagas, sea lo que sea. Yo, por ejemplo, que últimamente he pecado de esfuerzista negativa, voy a invertir la tendencia y me voy a recordar no el tipo de persona que soy, porque mirarse tanto el ombligo es malísimo, sino el tipo de persona que me gusta, y al que con el tiempo, aspiro a parecerme.

Me gustan las personas amables, que te saludan por la mañana con una sonrisa aunque hayan pasado una mala noche. Me gustan las personas educadas, que todavía dicen gracias y por favor. Me gusta la gente que sabe cuando tiene que pedir perdón, y lo hace de corazón. También me gustan los que, aún tardando un poco más en rectificar, lo hacen. Me gusta la gente que es más lista que yo, porque su contacto me hace aprender algo nuevo siempre. Me gustan aquellos que, sin gritar, son capaces de transmitirte la fuerza de sus convicciones, porque esos son los que me hacen plantearme lo que daba por sentado. Me gusta la gente con la que puedes hablar horas, sin pretensiones de convencer ni ser convencido, porque comparten el placer de construir buenos argumentos. Me gusta la gente que vence al sistema respetando las reglas, porque me admira el nivel de compromiso, fortaleza y pasión que deben poner en ello. Me gusta la gente que se enfrenta al status quo cuando no lo hacen por el placer de la rebelión, sino con el convencimiento de que un status quo diferente traerá más beneficios para todos y no sólo para sí mismos. Me gusta la gente que tiene fe, no importan en donde la deposite, y la mantiene. Me gusta la gente que lucha por una causa que cree que merece la pena. Me gustan las personas que luchan porque otros tengan una vida mejor.

Y en un ámbito personal, porque no sólo me gustan personas ajenas, me gusta mi hermana, que es capaz de mirar las cosas más simples con unos ojos totalmente nuevos (y a estas alturas del mundo, eso es un gran mérito). Me gusta mi madre, que no culpa a la vida de sus errores, pero tampoco se ha dejado doblegar por ellos. Me vuelve a gustar mi madre, que me ha enseñado a no darme nunca por vencida y a mirar a la verdad de frente, por muy dolorosa que sea. Me gusta mi padre, que cree que para mí nada es imposible. Y me vuelve a gustar mi padre, por enseñarme algo tan importante como que la sangre no hace a la familia. Me gustan mis abuelos, por enseñarme las diferentes maneras de sobrevivir al horror y no ser una víctima de él. Me gustan mis tíos, que son expertos en hacerte sentir bien recibida allá donde te encuentren y sea cual sea la situación. Me gustan mis primos, que son a ratos amigos, y siempre hermanos. Me gusta mi familia, porque a pesar de no haberla elegido, tengo la inmensa suerte de saber que, de haberlo hecho, serían casi los mismos que son. Me gusta Ami, que me ha enseñado el sublime arte de la indiferencia, pero también el del amor independiente. Me gusta Tambor, que me da cada día una lección nueva sobre la ternura. Me gusta Ágata, porque nunca está demasiado cansada para demostrarle a las personas que quiere, cuanto las quiere, y me honra contándome entre ellas. Me gustan Nala y Bogie, porque aun sin estar, están, y siempre serán contados como parte de la familia.

Termino el ejercicio de memoria diciendo que me gusta la vida, en general, y la mía, en particular. Aun desastrosa y a medio hacer, no puedo quejarme. ¿Quién podría? Es cierto que carece de estabilidad laboral y de independencia económica, con todo lo que eso conlleva. Pero está llena de arte, de literatura, de pasión, de esfuerzo, de retos por conseguir, de posibilidades, de amor… De vida.

domingo, 18 de octubre de 2015

María Jesús Campos Barciela

María Jesús Campos Barciela no ha salido en los telediarios. Ningún programa de televisión se ha interesado por su persona o su labor profesional. Los periódicos la han mencionado de pasada, y en algunos casos, omitiendo su nombre. Pero es una persona que merece conocerse. Esta mujer, jueza del Juzgado de lo Penal número 8 de Palma, es una pionera. Y ya que los medios no le dan la publicidad que merece, yo sí voy a rendirle homenaje desde aquí.
Hace unos meses, asistimos conmocionados a la noticia del malnacido, porque no tiene otro nombre, que la emprendió a golpes con su caballo después de una mala actuación en una competición, provocándole la muerte. Ninguno de los que contempló tan macabro espectáculo tuvo redaños de interponerse entre la bestia y el pobre animal. Y todos pensábamos que dicho caso se solucionaría con una multa o trabajos en beneficio de la comunidad. Pero la Magistrado Campos nos sorprendió, y a pesar de la petición de la defensa de que se transmutara o suspendiera la pena de ocho meses de cárcel, la mantuvo.

Ahora, un tiempo después, ha vuelto a pronunciarse en otro caso de maltrato animal. Ahora no era un caballo muerto por apaleamiento, sino un perro muerto por inanición. La bestia que lo tenía, supongo que cansada del pobre can, lo había atado con una cuerda muy corta en el patio, de tal forma que no podía apenas moverse, ni refugiarse de las inclemencias del tiempo, y lo estaba matando de inanición. Una denuncia puso el caso en manos de la policía, que a pesar de llevar al perro a una protectora, sólo pudieron ofrecerle al animal morir en manos más amistosas que las del salvaje que lo había sometido a semejante tortura. Nuevamente, la defensa del acusado pidió la transmutación o la suspensión de la pena, y nuevamente se ha dado de bruces con la negativa de la Magistrada Campos, que ha mantenido firme su decisión de condenarlo a un año de prisión.

Por supuesto, no dudo que las defensas de ambos casos hayan planteado rápidamente un recurso a las sentencias impuestas por la Magistrada. Tal es su derecho, y así lo habrán ejercido. Puede, incluso, que no lleguen a pisar la cárcel demasiado tiempo si se tramitan con cierta rapidez. Pero entrar, entrarán. Y todo porque existe una Magistrada que, amparándose en las disposiciones de la ley, así lo ha decidido. Porque en opinión de esta mujer, “hay que evitar la sensación de impunidad en estos casos y hacer que la pena tenga un efecto de frenada frente a casos venideros, ya que la suspensión de la misma provoca un mensaje tan antipedagógico que el sujeto no dudará en repetir su conducta en un momento posterior”.

Por supuesto, partimos de que las penas contempladas en la ley son insuficientes. ¿Multa de un mes a seis por abandonar a un animal? ¿Prisión de tres meses y un día a un año por maltratarlos? Si lo comparamos con las penas que imponemos a los que lesionan, maltratan, torturan o provocan la muerte de personas, son ridículas. Pero lo resaltable del hecho no es que las penas sean pequeñas y necesiten ser aumentadas. Lo importante es que hay una Magistrada que entiende la necesidad de aplicarlas con toda su dureza, sin transmutarlas en trabajos en beneficio de la comunidad ni suspenderlas.

Nos quejamos continuamente de la creciente brutalidad que impera en la sociedad. Nos escandalizamos por cada mujer que muere a manos de su antigua o actual pareja. Nos horrorizamos por los niños que son maltratados, sometidos a abusos, asesinados. Y lo curioso es que nos preguntamos el origen de la violencia, achacándola al cine o los videojuegos. Pero nunca nos responsabilizamos a nosotros mismos, a nuestra pasividad, a nuestro poco interés en que los niños reciban una educación completa y los adultos un castigo ejemplar ante cualquier acto de crueldad.

Hay numerosos estudios que indican que la crueldad hacia los animales es un síntoma de una agresividad interna peligrosa. Entre los criminólogos, es un rasgo básico del perfil del psicópata. No olvidemos que el psicópata no es una persona con una enfermedad mental, sino alguien que sabe los límites entre lo que se debe hacer y lo que no, y decide conscientemente rebasarlos porque la acción no consentida le produce placer. Bien, está claro que a los psicópatas no vamos a disuadirlos de que maltrate animales poniéndole grandes penas, pero, ¿y al maltratador de mujeres? ¿Es posible disminuir estos casos si se les educa en el respeto hacia todos los seres vivos? ¿Si se le enseña que el sufrimiento de un perro importa, y que se debe evitar, es que no lo hará con una persona?

Yo no creo que a todo el mundo tenga que gustarle los animales. Pero no me parece que sea contradictorio no gustarte y no hacerles daño. A mi cada día me gustan menos las personas, y de momento, no he cogido un palo para demostrarlo. Opto por la vía sana: me relaciono sólo con quien me agrada o con quien no me queda más bemoles que relacionarme. De igual modo debería pasar con los animales. La ley, por fin, los contempla como seres con entidad física y psíquica, y por ende, capaces de sufrir como cualquier otro ser vivo. Y en esa capacidad es en donde radica la necesidad de protección. Por tanto, lo que la ley deplora es la crueldad y la brutalidad, ya sea hacia animales o hacia personas. Y siendo esto lo que la ley persigue, y sabiendo como sabemos todos las terribles consecuencias que se derivan de ignorar estas conductas, es un hecho agradable e importante que existan Magistradas como María Jesús Campos Barciela, capaces de señalar la crueldad allá donde se manifieste y de hacer lo justo en la medida que la ley lo permite. Señora Magistrada, con todos mis respetos, gracias, y ojalá su ejemplo sirva para que muchos más acepten una realidad innegable: detener la deshumanización del ser humano es una labor que empieza deteniendo la crueldad contra los animales.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El placer de viajar

En estos tiempos que vivimos, donde todos sabemos exactamente el precio de cada cosa, a menudo olvidamos su valor. Por mucho que nos digamos a nosotros mismos que no somos consumistas, la realidad es que es muy difícil sustraerse a la vorágine general. Así, nos vemos esforzándonos por adquirir cosas que, una vez poseídas, no sólo han dejado más vacío nuestro bolsillo, sino también a nosotros mismos.

Afortunadamente, aún hay, y siempre habrá, cosas cuyo valor es más alto que su precio. ¿Un ejemplo? Viajar. No importa lo caro o barato que pueda ser un viaje: el viajero siempre sale ganando. Eso sí, ha de ser un viajero avispado, dispuesto a sacarle el máximo jugo a la experiencia, ya que como dice una persona muy sabia de mi entorno: “ir, también va la maleta”. Por eso, hay que tener claras unas cuantas cosas antes de irse de viaje:

1.- Las quejas sólo deben estar permitidas si van acompañadas de risas. Al fin y al cabo, estás de viaje. Has dejado aparcados tus problemas personales durante unos días, y créeme, te esperarán a la vuelta.

2.- No existe la fatiga. Sí, para muchas personas el concepto de viajar es tumbarse al sol y remojarse en el mar. Bien, esos tienen fácil no cansarse. Para los que ir de viaje significa muchas cosas que ver y que hacer durante el día, previamente han de asumir que las ampollas (sustitúyase ampolla por cualquier otra dolencia física) van a ser sus mejores amigas durante los días que dure el viaje. Pero ¿y qué? Es un precio nimio comparado con la ganancia, y uno lo paga gustosamente.

3.- Utiliza todos tus sentidos. En serio, cada día somos más parecidos a zombies que deambulan por ahí viendo sin mirar, oyendo sin escuchar y hablando sin pensar. Párate a mirar todo lo que te rodea, presta atención a los sonidos, ponte de cara al viento si sopla o disfruta del Sol. Incluso está permitido mojarse los pies en los charcos y cantar bajo la lluvia. El clima es un elemento más del que disfrutar, y muchos paisajes tienen magia tanto a la luz del Sol como bajo un cielo con nubes.

4.- Abre tu mente. No tengas prejuicios, no hagas comparaciones, no seas tímido y no tengas miedo de explorar. No todo puede estar programado, y por mucho que lo intentes, algo no va a salir según lo previsto. Que no te importe. Tú no controlas el tiempo y el espacio, pero sí tu actitud, y si te dejas llevar, el viaje te sorprende con lugares que no esperabas y que querrás volver a visitar.
Seguramente, estas pautas no son las mejores, y estoy convencida de que cada uno tiene las suyas propias. Éstas simplemente son las mías. Y las comparto ahora, y no en otro momento, porque hace días que he venido de un viaje fantástico por Italia. Un viaje que no podría explicar con el detalle y la justicia que se merece, porque aún no he asimilado todo lo que he vivido en él. Aún así, era necesario reflejar un poco lo que ha significado para mí, y para hacerlo, la reflexión general precedente me era pertinente.

Yo estoy muy orgullosa de ser española. Pero si no lo fuera, quisiera que Italia fuera mi país. De hecho, está el primero de mi lista de países favoritos, ya que el mío no lo incluyo en la misma porque, por motivos obvios, no puedo compararlo fríamente con el resto. Es imposible hacer justicia a las maravillas que hay en él. No importa lo que te guste: monumentos, naturaleza, grandes ciudades, pueblos pequeños… Allí puedes encontrarlo todo. El único problema que vas a tener es decidir lo que ver y lo que no, y créeme, te va a parecer un problemón.

Además, este viaje ha tenido dos ingredientes fundamentales que lo han hecho muy especial. El primero es que ha sido inesperado. No tenía previsto hacerlo, ni ahora, ni más adelante. Pero la oportunidad se presentó, y por una vez, no la dejé pasar. Porque estaba harta de dejar pasar oportunidades por miedo, pensando que volverían a presentarse. Y lo cierto es que luego, si se presentan, son diferentes. Las oportunidades sólo vienen a nosotros una vez, y si las dejamos pasar, las perdemos. Nunca concurren las mismas circunstancias y hay millones de matices que las conforman.

La segunda es que he tenido a los mejores guías que nadie pueda desear. Si viajar ya es una manera de enriquecimiento personal por sí solo, yo aseguro firmemente que nadie podría hacer un viaje con ellos y no ver ese crecimiento multiplicado exponencialmente. Yo, que soy bastante normal, lo he experimentado. Y he aprendido cosas muy valiosas, que no tienen nada que ver con conocimientos artísticos o arquitectónicos, aunque de esos también voy servida a plato lleno.

Lo que yo he aprendido de mis guías es que los viajes no son sólo la actitud que uno lleva o los sitios que ve. También son las personas que te lo enseñan. El cariño con que te explican los detalles. Las sonrisas en respuesta a tu sonrisa maravillada. La satisfacción que generan en respuesta al placer que tú estás experimentando. Es incluir una ciudad no prevista porque para ti, que has estudiado determinada carrera, significa algo más.
Si digo que mis guías tienen un sitio privilegiado en mi corazón, no creo que esté diciendo nada que no sepan. Pero no me gustaría dar por sentado que saben lo agradecida que estoy por una muestra de generosidad tan grande que sólo cabe en corazones como los suyos, de talla especial. Y tampoco quiero callarme que, a pesar de que tengo muchos buenos recuerdos de ambos, todos los compartidos en este viaje serán guardados con mimo en mi corazón. Queridos guías, gracias por hacer que los sueños, incluidos aquellos que no sabía que tenía, se hagan realidad. Nunca lo olvidaré.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Hasta pronto

He tenido la inmensa suerte de empezar a opositar, prácticamente, a la vez que mi mejor amiga. Y digo que es una suerte, porque todo opositor sabe que hay cosas que sólo comprende otro opositor. Ningún otro amigo va a entender que le digas que no puedes quedar por veinteava vez consecutiva porque estás pillado de tiempo con el temario. Tampoco van a comprender la magnitud del drama que suponen las modificaciones legislativas. Nadie en su sano juicio te va a cambiar una tarde de terracita por una de biblioteca sin un reproche. Y es lógico que sea así. Yo tampoco entendía plenamente lo que significaba ser opositor. Es una de esas cosas que sólo puedes saber cuando pasas por ella. Por eso, me reafirmo: he tenido la inmensa suerte de compartir esta experiencia con ella.

Pero la experiencia ha terminado, porque ella ha conseguido lo que todo opositor desea: una plaza fija. Nadie se la ha regalado. Yo la he visto, mes tras mes, esforzarse física y mentalmente hasta límites impensables. La he visto en sus momentos altos, cuando repetía el temario como si lo hubiera escrito ella, y la he visto en sus momentos bajos, cuando pensaba que no sería capaz. La he visto mejorar día tras día, manteniendo a pesar de todo una fe inquebrantable en que ése, y no otro, era su camino. La he visto ser fuerte cuando estaba cansada, y mantenerse firme cuando la quería vencer el desánimo. Por último, la vi en éxtasis cuando obtuvo su recompensa. O, mejor dicho, cuando le dijeron que la iba a obtener, porque en este camino sólo ha empezado a cosechar los frutos de un trabajo bien hecho.

Hoy, la veré en otra faceta nueva: la veré decirme adiós. No es una despedida definitiva, por supuesto. Pero será la primera vez que no vivamos en la misma ciudad desde que somos amigas. Cuántas tardes nos hemos llamado para vernos un rato, colapsadas del estudio, la familia, el desempleo… Cuántas veces ha sido el oasis de mis desiertos. Cuántas veces la voz que me animaba, y cuántas la que me ponía el punto sobre la i. Cuántas veces ha significado la confirmación de la famosa frase de Aristóteles, esa que dice que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.

No, no me resulta fácil despedirme del trocito de mí que se lleva consigo, a pesar de la inmensa alegría que siento por ella. No obstante, no cambiaría nada. Si pudiera elegir, hoy estaría justo donde estoy. Porque cualquier otro camino que no la incluya, no merecería la pena. Así que bien vale la tristeza y las lágrimas de hoy, y de los días que vengan después. Porque aún con eso, tengo el gran consuelo de haber encontrado a una persona que no sólo me acepta tal como soy, sino que a veces me hace sentir su sincera admiración. Una persona que me escucha siempre, pero nunca me juzga. Una persona con la que llorar sin vergüenza, y reír sin motivo. Una persona que es capaz de decirme que no me compre unos pantalones porque se me ven demasiado apretados, sin hacerme sentir un adefesio. ¿Parece extraordinaria, verdad? Lo es. Y eso sin contar su increíble habilidad para probarse tres prendas de ropa mientras yo aún me estoy colocando la primera.

Querida amiga, quería despedirme bien de ti, pero me temo que no lo he conseguido. No puedo encerrar en palabras todo lo que significas para mí. Decirte que te voy a echar muchísimo de menos, pero que será un privilegio hacerlo, no resulta suficiente. Así que, a falta de otras mejores, quédate con éstas: lejos, pero nunca solas. Te quiero.

lunes, 17 de agosto de 2015

Tambor y Ami

Hoy quiero hablar de mi gata, Ami, y de mi conejo enano, Tambor. Y quiero hacerlo por una sencilla razón: los quiero. Lo escribo en minúscula, pero creedme, es un amor con las letras más mayúsculas que se puedan imaginar. Además, me he percatado que si no lo hago ahora, si sigo demorándolo, posiblemente la única vez que lo haga sea cuando ya no estén conmigo. Físicamente, al menos. Y no me parece justo. No por ellos, que saben perfectamente la magnitud de mis sentimientos. De hecho, son muy buenos en el arte de la manipulación de los mismos para salirse con la suya. Sería injusto por mí. O, más bien, por la imagen que proyectaré llegado el caso. Una imagen que, a ojos ajenos, parecerá distorsionada y magnificada por el dolor. Pero no será así. Se bien que la imagen que habrá será el sencillo y simple reflejo del amor que seguirá viviendo conmigo. Así que, para remediar ese futuro error, hoy hablaré de ellos.

Siguiendo un estricto orden cronológico, debo empezar hablando de Ami. Supongo que es como tantos otros gatos: pequeña, peluda, de color gris, suave, con un claro sentido de su dignidad y de su espacio vital. Sin embargo, como todos los gatos enseñan, compartir características con tu género no te hace vulgar, como las personas tendemos a creer, sino que es la única y más eficaz forma de resaltar los matices que te diferencian y te hacen ser tú. Ami llegó a mi vida por sorpresa. Después de la muerte de Nala, mi anterior gata, no quería ni pensar en gatos. Y eso que me gustan por encima de cualquier animal (hasta que llegó Tambor, al menos, pero no adelantemos acontecimientos). A pesar de que por primera vez veía mi casa vacía, no me imaginaba a otro ser llenando sus habitaciones. Sólo me la imaginaba a ella. La veía doblar las esquinas, la sentía subir a la cama por la noche…pero ella nunca estaba ahí. Sólo volvió una vez, en sueños, pero eso ya lo contaré después.

El caso es que pasaron muchos meses, algunos más de doce, para que yo volviera a expresar en voz alta que quería un gato. No sé lo que pensarían mis padres cuando lo dije, aunque me puedo imaginar que no les hizo mucha ilusión. Yo, de luto, soy una imagen bastante fiel de la completa desolación. Pero insistí, insistí un poco más, seguí insistiendo, persistí en mi deseo, y unos días antes de mi 19 cumpleaños, mi madre fue conmigo a una tienda de animales. Me dijo que era porque había que comprarle comida a la cobaya, Ginebra, que por entonces tenía. Pero cuando llegamos a la tienda, había una jaula con tres gatitos: dos grises (hembras) y uno negro (macho). Y a pesar de que siempre he querido tener un gato negro, y de que espero algún día poder adoptar uno, mis ojos solo vieron a mi gatita: pequeña, preciosa, y apoyada chulescamente en la cubeta. Sí, lo que me gustó de Ami fue su chulería. ¿Habéis visto un gato de apenas meses con una pata delantera apoyada en la cubeta? Es como ver a un tío acodado en una barra de bar, si el tío es adorable y tiene aspecto de gato. Aún hoy, puedo recordar perfectamente esa imagen, y no sé si es un motivo válido o no para que escojas entre un animal u otro. Yo sólo sé que Ami era para mí y yo era para ella, y que salimos juntas de esa tienda.

Para conocer a Tambor tuve que esperar muchos años más. Desde pequeña, he tenido animales muy variados: canarios, periquitos, peces, tortugas, hámsteres, hámsteres rusos, gatos, y una cobaya. Nunca había tenido un conejo. No había conocido a nadie que tuviera un conejo. Pero siempre me han gustado los conejos. No tiene explicación, y he aprendido a dejarme llevar cuando me pasan este tipo de cosas, porque hace tiempo que comprendí que hay cosas que te van a gustar, incluso antes de verlas, tenerlas o experimentarlas, y algo dentro de ti lo sabe. Así que yo, si aparece ese pálpito, me guio por él a ciegas. Y hasta ahora, siempre ha sido la mejor elección.
Así que allí estaba yo, nuevamente, rogando día y noche poder tener un conejito. Como ya era mayor, iba a sufragar yo los gastos, pero puesto que aún vivía, como actualmente hago, con mis padres, no podía traer a un animal a su casa sin su autorización. Debo concederme que, a pesar de mis muchos defectos, soy increíblemente persistente cuando quiero algo de verdad, y aunque pasaron años, nunca dejé que mi deseo de tener un conejo cayera en el olvido para los que vivían conmigo. Así que otro buen día, mi madre me llamó al móvil y dijo las palabras mágicas:"estoy viendo un conejito precioso, blanco, ¿lo quieres?" Y yo, que no necesito que las oportunidades esperadas llamen dos veces a mi puerta, dije: "me visto y voy para allá, espérame". Llegue a la tienda, vi a los conejos, Tambor me miró, y volvió a pasar. Él era para mí y yo era para él. Me lo llevé, empecé a aprender a cuidar a un conejo y creo que no dejé de sonreír en un mes completo.

A día de hoy, Ami tiene un poco más de diez años y Tambor un poco más de 4. Y ese es el tiempo que llevan, con un par de meses abajo, conmigo. Están sanos, fuertes, y creo que son bastante felices. No sospecho que vayan a dejarme en un futuro cercano, aunque es cierto que nunca se sabe. Me quieren, cada uno a su manera, y lo veo cada día. Lo veo cuando Ami, que considera tres mismos seguidos una invasión de su espacio inaceptable, prefiere venir a dormir conmigo, y lo hace la mayoría de las noches del año. Lo veo cuando Tambor se acerca corriendo a mis pies, alza sus patas delanteras y se apoya en mi pierna para que lo coja en brazos. Lo veo cuando Ami, que no es pródiga en sus caricias, a veces viene a recibirme a la puerta y se restriega contra mí. Lo veo cuando Tambor escucha un ruido fuerte y corre hacia mí para sentirse seguro. Lo veo cuando los miro y me miran. El suyo es un amor silencioso, modesto, sencillo, que te va envolviendo con el paso del tiempo como si fuera una tela. Es más suave que la caricia más delicada, y más fuerte que cualquiera material, natural o sintético, que exista jamás. Es un amor ineludible y permanente, como el tiempo y la muerte. Es un amor que sólo empecé a comprender cuando perdí a Nala.

Antes de eso, antes del duro golpe que convierte la muerte de un concepto abstracto a la cruel realidad diaria, yo no me percataba de esos matices. Yo quería mucho, cuidaba lo mejor que podía y disfrutaba, pero nada más. Yo no sabía sacar el jugo a los momentos. Yo no sabía apreciar la maravilla que es que una criatura, toda luz, te elija para quererte. Yo no era consciente de la tela que se tejía sobre mí, que me iba rodeando día a día. Yo conocí el miedo a la pérdida, pero como todo niño, me aferré a la esperanza de que no me pasaría a mí. Pero me pasó, tenía que pasar, y en cierto modo, fue una de las mejores cosas de la vida. No es que sea una masoquista, y no me entusiasma la idea de volver a pasar por aquello, pero sin Nala, yo no habría sabido apreciar tanto a Tambor ni Ami. Yo no me esforzaría por recordar cada día el tacto de los dos, el olor, los sonidos que hacen. Yo no dedicaría cada día un rato a disfrutar de ambos, por muy ocupada que esté. Yo no sería tan consciente del consuelo que son en los malos momentos, ni la fuerza que emanan. No sería tan consciente de toda la alegría que aportan a mi vida. Ellos, sólo ellos, encierran la esperanza que a mí me falta en muchas ocasiones. Sólo tengo que volver a ellos para recuperarla. A ellos, y a Nala.

Nunca ha muerto nadie cercano a mí. Al menos, nadie que yo sintiera cercano a mí, así que sólo tengo la experiencia de Nala, y de Bogie. Y es curioso, pero hasta que él, que fue el único perro que a pesar de no ser mío siempre he considerado como tal, no nos dejó, no comprendí algo importante. Yo creía que cuando se moría un ser querido, se hacía un agujero en tu corazón en el sitio que ese ser ocupaba, y temía, como temen muchos, que si seguía queriendo a mas seres, como estamos condenados a morir, de aquí a no muchos años mi corazón tendría todo el aspecto de un queso gruyer. Él, entre otras valiosas lecciones, me mostró lo equivocada que estaba. Porque si yo visitaba mi corazón, y lo hago a menudo por culpa de los dos, no veía agujeros. Veía habitaciones. La de mi madre, la de mi padre, la de mi hermana, la de todos los seres a los que quiero, sean de la especie que sean, y más: una sobre arte, otra sobre literatura… Había, hay, muchas. Tantas como yo sea capaz de contener. Y cuando llegó Ami, no ocupó ninguna habitación existente, no tuve que dejar atrás nada amado. Simplemente, mi corazón se expandió para que ella también tuviera habitación propia. Lo mismo pasó con Tambor. Lo mismo pasa con cada nueva cosa que se gana mi amor. Y lo genial, lo maravilloso, es que siguen ahí mientras el amor sigue vivo.

Mantener sus habitaciones no es gratis, por supuesto. En la vida, nada lo es. Cada vez que las visito es previo pago de un tributo de dolor. Pero lo sigo haciendo, porque los quiero y quiero mantenerlos conmigo. No para perturbarles su descanso, sino por el placer de no renunciar a quererlos y para honrar mientras viva el privilegio que me concedieron dejándose querer. Es mi estúpida manera de plantarle cara a la muerte. De recordarle que me despojó de su presencia física, y luego se dedicó a martirizarme llevándose recuerdos que no puedo recuperar, pero que no puede despojarme por completo sin mi colaboración. Así que los sigo guardando en mi corazón, y allí permanecerán mientras siga latiendo, y algo me dice que incluso después, porque como dije al principio, sí que hubo una vez que recuperé esos recuerdos perdidos. Es hora de que esa vez salga a la luz.

Hace algo más de un año, y lo cuento porque tiene totalmente que ver con el tema de hoy, me presenté por primera vez a un examen de oposiciones. No importa cuales, ni el resultado (que no fue bueno). Lo que importa es que el mes antes del examen dormir era una utopía. Nada producía efecto: manzanilla, duchas de agua caliente, ejercicio físico. Nada me ayudaba a dormir. Las noches pasaban entre una cabezada y otra. Pero una noche me dormí, y los vi a los dos. Fue un sueño absurdo, ilógico y extraño del que sólo recuerdo algunas cosas. Primero, que la vi, como tantas veces después de su muerte, subir a mi cama, donde no estaba Ami. Y yo me incorporaba, y ella se acurrucaba en mis piernas. Y la sentí, y la toque, y la olí. Y me maravillaba en el sueño porque era consciente de que ella estaba muerta y yo dormida. Después de un rato, simplemente dejé de estar en mi cama, y estaba en un autobús, pero seguía sin estar sola, porque Bogie estaba allí. Yo jamás lo he paseado sola, me daba miedo que se perdiera o le pasara algo conmigo y no pudiera ayudarle, y simplemente nunca surgió. Pero no tuve miedo porque, a pesar de que lo toque, lo olí y lo sentí también a él, yo sabía que estaba muerto y yo dormida. Pasado otro rato, me desperté. Con una sensación familiar oprimiéndome el pecho, pero todavía con el recuerdo del tacto y del olor.

Yo no sé si es cierto que hay personas que ven más allá de lo que se ve a simple vista. Ni si es cierto que se puede hablar otra vez con los que nos dejan. Yo no me atrevería a jurar que hay después de esta vida. Pero estoy convencida de que esa noche yo no soñé con Nala y Bogie: yo estuve con ellos. O ellos conmigo, tanto da el orden en este caso. Que vinieron a reconfortarme, como ellos sabían, porque eran conscientes de cuanto los necesitaba y de que podían llegar a sitios donde no llegan los demás. Fue mi recompensa por mi lealtad a pesar de los pesares. Por desafiar a la muerte al negarme a olvidarlos o a dejar de quererlos ni un ápice. Fue su manera de decirme que hago bien, que siguen conmigo, y que mientras yo me mantenga firme, seguirán. Conociéndolos, creo que lo harían aunque yo flaqueara, porque así eran ellos: puros, con corazones más grandes de lo que el mío será jamás. También fue su manera de indicarme que querer a otros es una manera de honrar la vida, y de aceptar la muerte.

Tambor, Ami, Nala y Bogie podrían ser las dos caras de una misma moneda: presente y pasado. Pero no lo son. Ninguno es pasado. De una manera o de otra, todos son presente, todos son futuro. Así que, cuando llegado el momento, tenga que visitar con dolor las habitaciones de Tambor y Ami, también lo haré con esperanza. Porque gracias a Nala y Bogie aprendí que el amor real no se pierde, ni se muere, ni se olvida. Que se mantiene impertérrito al paso de los años. Que no decrece con los nuevos amores, sino que los condimenta, los eleva a su altura. Aprendí que este dolor es un precio que estoy dispuesta a pagar. Y que ellos siempre harán que merezca la pena pagarlo, estén donde estén.

martes, 11 de agosto de 2015

El Coliseo vs Aquitectura moderna

Hace tiempo vi un documental, no se ahora de que empresa o cadena, en la que se comparaba el Coliseo de Roma con el estadio deportivo más moderno de Melbourne (Australia). Además de varios expertos en simulacros por ordenador, historia del arte, arquitectura y demás, contaban con la presencia del diseñador de dicho estadio. Empezaron, como es lógico, exponiendo las características principales de cada uno: cuantas entradas y salidas tenían, número de espectadores que podían albergar, materiales de construcción, etc. Después, dispuestos a comprobar los avances técnicos desde la época romana hasta hoy, decidieron hacer por ordenador un simulacro de evacuación de ambos, para comprobar cual de ellos se desalojaba más rapidamente. El simulacro empezaba en ambos estadios al mismo tiempo, y terminaba cuando el último espectador del último de los dos edificios atravesaba las puertas de salida. Fue emocionante ver las reacciones de los expertos allí reunidos, incluido el propio diseñador del estadio de Melbourne, al comprobar como, aunque al principio la evacuación se hacía más rápida en el estadio moderno, el Coliseo persistió en su ritmo inicial y, finalmente, se desalojó primero.

Tengo que señalar que el diseñador moderno se tomó la derrota con elegancia. ¿Qué otra opción tenía? Hay que rendirse ante la evidencia: por mucho que nos demos palmaditas en la espalda por los grandes avances que hacemos, seguimos a años luz del saber antiguo. No me refiero sólo a Roma. Tampoco podemos competir con la Grecia clásica, el Egipto de los faraones, el imperio persa… No digo que no tuvieran prácticas brutales, porque las tenían. Pero, ¿no las seguimos teniendo nosotros? No creo que esas prácticas sean cosas achacables al tiempo, sino más bien al género humano, por tanto, yo no las tengo en cuenta cuando hablo de evolución. A mí me gusta fijarme en la importancia que le daban a cosas como la retórica, el arte, la política, la medicina, la filosofía… A mí me gusta comprobar, aunque también me produce una punzada de tristeza, que el diseñador del Coliseo, que nunca sabremos cual es aunque sepamos que Vespasiano empezó su construcción, Tito la terminó y Domiciano hizo una reforma, tenía unas medidas de seguridad mejores que el estadio más moderno de nuestro tiempo. Y eso, en una época en la que la esclavitud no sólo estaba bien vista, sino que tener servidumbre era signo de pertenecer a la clase alta, me parece increíble.

Al diseñar el Coliseo tal como fue, ¿se tuvo en cuenta la seguridad o sólo la estética? Las numerosas escaleras y puertas, la perfecta comunicación en todas las plantas, ¿a que obedecían? ¿Qué las gradas reservadas a la población peor considerada, en cuanto a estos dos elementos, fueran iguales que las demás, fue por pura simetría? No creo que sepamos nunca la respuesta a estas preguntas. Por mucho que los expertos, si es que eso fuera posible en algún campo, se pusieran de acuerdo para dar una opinión unánime sobre el tema, seguiría siendo tan sólo una opinión. Y, como opiniones tenemos todos, aquí está la mía.
No creo que nadie que haya visto el Coliseo, si tiene un mínimo de sensibilidad, pueda quedar indiferente. No sólo a la belleza estética de lo que hoy es, sino a la imagen que proyecta de lo que en su día fue. No podría comprender a una persona que me dijera que no ha sentido, en las puertas del mismo y mirando hacia arriba, la grandiosidad y la fuerza que emanan de las piedras que lo componen. Nadie podría dejar de sentirse como la más humilde hormiga a la sombra de esta construcción. Yo sentí todo eso, y más.

Una vez franqueada la entrada, y con la ayuda del murmullo de la inmensa cola que queda fuera, y de la muchedumbre que encuentras dentro, te parece empezar a ver togas y sandalias, y te embarga la sensación de que es día de juegos. Entonces, te tropiezas con alguien, y vuelves del flashback. Pero es tan fácil caer de nuevo, y tú lo haces cuando subes las escaleras y puedes asomarte al foso. Y entonces, bum, lo ves lleno de agua, y salen los barcos, y sabes que hoy toca batalla naval. Pero no, la imagen vuelve a cambiar, y ahora ves a los gladiadores, pero no saliendo al foso, que ahora está cubierto de tierra, sino por los pasillos interiores de los niveles inferiores, tensando los músculos, controlando la respiración, conscientes de que están luchando contra el reloj de arena que marca sus vidas. Tampoco esta imagen dura, porque tu subconsciente quiere que disfrutes plenamente de la experiencia, y ahora empiezas a sentir tanto miedo que no puedes hablar, y te ves expuesto al sol, en mitad del foso, mientras van saliendo leones y tigres, hambrientos, y con sus anhelantes ojos fijos en ti.

De nuevo, vuelves en ti, y buscas un espacio entre la muchedumbre donde poder sentarte un momento. No estás cansado, sólo necesitas un minuto para asimilar todo lo que has visto sin ver. Todo lo que has sentido. Toda la verdad que tu cerebro ha asimilado, sin cuestionársela. Andas un poco, buscando, y encuentras unas pequeñas escaleras entre las gradas, cerradas por una cadena, que seguramente conducen a las gradas superiores. Te parece tan bien como otro cualquiera, al fin y al cabo, te vas a sentar en el Coliseo. Pero me temo que no vas a obtener el descanso que buscas, porque empiezas a mirar las filas, y otra vez, no eres tú. Estás en la grada más baja, eres un senador o, quizá, una vestal, que espera pacientemente a que empiece el espectáculo. Incluso miras al palco del emperador que, taciturno, parece esperar con hastío. Pero no te quedas mucho en esa grada, y subes sin querer a la siguiente para convertirte en un aristócrata. Puede que no tengas bastante categoría para ocupar la grada anterior, pero tu dinero y tu abolengo te acreditan para ocupar la siguiente. Y lo haces, exhibiendo orgulloso la insignia o escudo de la familia a la que perteneces. Desde luego, eres más afortunado que los que están en la grada superior a la tuya, a la que ni miras con desprecio. Pero otra vez, te has desplazado, y ahora estás justo en la grada que hace un segundo decidiste no mirar. Eres un ciudadano pobre. Tienes unos espacios reservados en esta grada, que ni siquiera puedes ocupar por completo, ya que los ciudadanos ricos no pertenecientes a las otras categorías altas están contigo. Bueno, en la misma grada, pero no ocupando los mismos espacios. Hasta ahí podíamos llegar. Al menos, te consuelas, no eres uno de los pobres diablos que se encuentra en la grada más alta, los pobres entre los pobres o algunos sectores de la sociedad que no encajan en el resto de gradas.

De repente, vuelves a ver exactamente lo que hay: un montón de turistas, algunos con el dichoso palo de selfie, gritándose unos a otros y haciéndose fotos como locos. Eres tú, con los rescoldos del pasado. Porque aunque ves, no es a ti a quien sientes. Perdura el eco de una emoción que no esperabas, pero que pudiste sentir porque tu subconsciente no te dejó cuestionar la moralidad del acto: expectación. No de cualquier tipo, no, sino de esa que precede a los grandes acontecimientos, a los momentos de disfrute, a la diversión. Estuviste tan metido, que en lugar de ver el horror de lo que allí ocurría y sentir compasión, te integraste. Miraste con unos ojos que no son de este siglo, y durante esos instantes, fuiste un romano más. Entonces, tu mente rescata otro sentimiento: seguridad. Eras consciente de pertenecer al imperio más grande del mundo. El ambiente, los juegos, y el edificio en sí, la sólida piedra y sus hermosas formas, las estatuas estratégicamente colocadas, todo gritaba: poder. Y tú lo oías, como lo oían todos y cada uno de los romanos que iban allí, como lo oían, y así estaba planeado que fuera, los extranjeros que posaban la vista en el Coliseo.

Para un lector avispado, mi opinión es evidente. Para el resto, y dado que como narradora tengo mis carencias, la respuesta explícita a la pregunta formulada al comienzo sería: estética y seguridad. ¿Por qué? Porque vi el documental muchos meses antes de saber que vería el Coliseo con mis propios ojos, y esa pregunta permaneció en un rincón de mi cabeza, sin respuesta satisfactoria. Porque como dije antes, esa respuesta lógica que, en los tiempos que corren, es la única que parece válida, seguirá siendo una opinión. Rebatible, discutible, cuestionable. Todo es abordable desde varios prismas, y los romanos fueron bellos e inteligentes arquitectos. Mi lógica no fue capaz de decantarse, no conectó con la lógica del diseñador para ver hacia qué lado se inclinaba la balanza. Pero está claro que eso no importó, porque en su debido momento, mi corazón sí que lo hizo, y comprendió que, a ojos romanos, belleza y seguridad, en cuanto a arquitectura se refiere, son lo mismo. Porque ese edificio, como tantos otros, estaba destinado a ser un ejemplo del poderío del imperio al que representaba. Por tanto, debía ser espectacular tanto en su estética como en su seguridad. Quizá no en el sentido que le damos hoy en día, de seguridad para las personas, aunque es evidente que las clases altas no hubieran consentido posar sus pies en un edificio de estabilidad cuestionable. Pero sí seguridad en el sentido de permanencia y solidez. Y todo es cuestionable, pero en cuanto a esos dos conceptos, nadie puede dudar que el Coliseo los luce desde hace siglos.