sábado, 5 de septiembre de 2015

Hasta pronto

He tenido la inmensa suerte de empezar a opositar, prácticamente, a la vez que mi mejor amiga. Y digo que es una suerte, porque todo opositor sabe que hay cosas que sólo comprende otro opositor. Ningún otro amigo va a entender que le digas que no puedes quedar por veinteava vez consecutiva porque estás pillado de tiempo con el temario. Tampoco van a comprender la magnitud del drama que suponen las modificaciones legislativas. Nadie en su sano juicio te va a cambiar una tarde de terracita por una de biblioteca sin un reproche. Y es lógico que sea así. Yo tampoco entendía plenamente lo que significaba ser opositor. Es una de esas cosas que sólo puedes saber cuando pasas por ella. Por eso, me reafirmo: he tenido la inmensa suerte de compartir esta experiencia con ella.

Pero la experiencia ha terminado, porque ella ha conseguido lo que todo opositor desea: una plaza fija. Nadie se la ha regalado. Yo la he visto, mes tras mes, esforzarse física y mentalmente hasta límites impensables. La he visto en sus momentos altos, cuando repetía el temario como si lo hubiera escrito ella, y la he visto en sus momentos bajos, cuando pensaba que no sería capaz. La he visto mejorar día tras día, manteniendo a pesar de todo una fe inquebrantable en que ése, y no otro, era su camino. La he visto ser fuerte cuando estaba cansada, y mantenerse firme cuando la quería vencer el desánimo. Por último, la vi en éxtasis cuando obtuvo su recompensa. O, mejor dicho, cuando le dijeron que la iba a obtener, porque en este camino sólo ha empezado a cosechar los frutos de un trabajo bien hecho.

Hoy, la veré en otra faceta nueva: la veré decirme adiós. No es una despedida definitiva, por supuesto. Pero será la primera vez que no vivamos en la misma ciudad desde que somos amigas. Cuántas tardes nos hemos llamado para vernos un rato, colapsadas del estudio, la familia, el desempleo… Cuántas veces ha sido el oasis de mis desiertos. Cuántas veces la voz que me animaba, y cuántas la que me ponía el punto sobre la i. Cuántas veces ha significado la confirmación de la famosa frase de Aristóteles, esa que dice que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.

No, no me resulta fácil despedirme del trocito de mí que se lleva consigo, a pesar de la inmensa alegría que siento por ella. No obstante, no cambiaría nada. Si pudiera elegir, hoy estaría justo donde estoy. Porque cualquier otro camino que no la incluya, no merecería la pena. Así que bien vale la tristeza y las lágrimas de hoy, y de los días que vengan después. Porque aún con eso, tengo el gran consuelo de haber encontrado a una persona que no sólo me acepta tal como soy, sino que a veces me hace sentir su sincera admiración. Una persona que me escucha siempre, pero nunca me juzga. Una persona con la que llorar sin vergüenza, y reír sin motivo. Una persona que es capaz de decirme que no me compre unos pantalones porque se me ven demasiado apretados, sin hacerme sentir un adefesio. ¿Parece extraordinaria, verdad? Lo es. Y eso sin contar su increíble habilidad para probarse tres prendas de ropa mientras yo aún me estoy colocando la primera.

Querida amiga, quería despedirme bien de ti, pero me temo que no lo he conseguido. No puedo encerrar en palabras todo lo que significas para mí. Decirte que te voy a echar muchísimo de menos, pero que será un privilegio hacerlo, no resulta suficiente. Así que, a falta de otras mejores, quédate con éstas: lejos, pero nunca solas. Te quiero.

lunes, 17 de agosto de 2015

Tambor y Ami

Hoy quiero hablar de mi gata, Ami, y de mi conejo enano, Tambor. Y quiero hacerlo por una sencilla razón: los quiero. Lo escribo en minúscula, pero creedme, es un amor con las letras más mayúsculas que se puedan imaginar. Además, me he percatado que si no lo hago ahora, si sigo demorándolo, posiblemente la única vez que lo haga sea cuando ya no estén conmigo. Físicamente, al menos. Y no me parece justo. No por ellos, que saben perfectamente la magnitud de mis sentimientos. De hecho, son muy buenos en el arte de la manipulación de los mismos para salirse con la suya. Sería injusto por mí. O, más bien, por la imagen que proyectaré llegado el caso. Una imagen que, a ojos ajenos, parecerá distorsionada y magnificada por el dolor. Pero no será así. Se bien que la imagen que habrá será el sencillo y simple reflejo del amor que seguirá viviendo conmigo. Así que, para remediar ese futuro error, hoy hablaré de ellos.

Siguiendo un estricto orden cronológico, debo empezar hablando de Ami. Supongo que es como tantos otros gatos: pequeña, peluda, de color gris, suave, con un claro sentido de su dignidad y de su espacio vital. Sin embargo, como todos los gatos enseñan, compartir características con tu género no te hace vulgar, como las personas tendemos a creer, sino que es la única y más eficaz forma de resaltar los matices que te diferencian y te hacen ser tú. Ami llegó a mi vida por sorpresa. Después de la muerte de Nala, mi anterior gata, no quería ni pensar en gatos. Y eso que me gustan por encima de cualquier animal (hasta que llegó Tambor, al menos, pero no adelantemos acontecimientos). A pesar de que por primera vez veía mi casa vacía, no me imaginaba a otro ser llenando sus habitaciones. Sólo me la imaginaba a ella. La veía doblar las esquinas, la sentía subir a la cama por la noche…pero ella nunca estaba ahí. Sólo volvió una vez, en sueños, pero eso ya lo contaré después.

El caso es que pasaron muchos meses, algunos más de doce, para que yo volviera a expresar en voz alta que quería un gato. No sé lo que pensarían mis padres cuando lo dije, aunque me puedo imaginar que no les hizo mucha ilusión. Yo, de luto, soy una imagen bastante fiel de la completa desolación. Pero insistí, insistí un poco más, seguí insistiendo, persistí en mi deseo, y unos días antes de mi 19 cumpleaños, mi madre fue conmigo a una tienda de animales. Me dijo que era porque había que comprarle comida a la cobaya, Ginebra, que por entonces tenía. Pero cuando llegamos a la tienda, había una jaula con tres gatitos: dos grises (hembras) y uno negro (macho). Y a pesar de que siempre he querido tener un gato negro, y de que espero algún día poder adoptar uno, mis ojos solo vieron a mi gatita: pequeña, preciosa, y apoyada chulescamente en la cubeta. Sí, lo que me gustó de Ami fue su chulería. ¿Habéis visto un gato de apenas meses con una pata delantera apoyada en la cubeta? Es como ver a un tío acodado en una barra de bar, si el tío es adorable y tiene aspecto de gato. Aún hoy, puedo recordar perfectamente esa imagen, y no sé si es un motivo válido o no para que escojas entre un animal u otro. Yo sólo sé que Ami era para mí y yo era para ella, y que salimos juntas de esa tienda.

Para conocer a Tambor tuve que esperar muchos años más. Desde pequeña, he tenido animales muy variados: canarios, periquitos, peces, tortugas, hámsteres, hámsteres rusos, gatos, y una cobaya. Nunca había tenido un conejo. No había conocido a nadie que tuviera un conejo. Pero siempre me han gustado los conejos. No tiene explicación, y he aprendido a dejarme llevar cuando me pasan este tipo de cosas, porque hace tiempo que comprendí que hay cosas que te van a gustar, incluso antes de verlas, tenerlas o experimentarlas, y algo dentro de ti lo sabe. Así que yo, si aparece ese pálpito, me guio por él a ciegas. Y hasta ahora, siempre ha sido la mejor elección.
Así que allí estaba yo, nuevamente, rogando día y noche poder tener un conejito. Como ya era mayor, iba a sufragar yo los gastos, pero puesto que aún vivía, como actualmente hago, con mis padres, no podía traer a un animal a su casa sin su autorización. Debo concederme que, a pesar de mis muchos defectos, soy increíblemente persistente cuando quiero algo de verdad, y aunque pasaron años, nunca dejé que mi deseo de tener un conejo cayera en el olvido para los que vivían conmigo. Así que otro buen día, mi madre me llamó al móvil y dijo las palabras mágicas:"estoy viendo un conejito precioso, blanco, ¿lo quieres?" Y yo, que no necesito que las oportunidades esperadas llamen dos veces a mi puerta, dije: "me visto y voy para allá, espérame". Llegue a la tienda, vi a los conejos, Tambor me miró, y volvió a pasar. Él era para mí y yo era para él. Me lo llevé, empecé a aprender a cuidar a un conejo y creo que no dejé de sonreír en un mes completo.

A día de hoy, Ami tiene un poco más de diez años y Tambor un poco más de 4. Y ese es el tiempo que llevan, con un par de meses abajo, conmigo. Están sanos, fuertes, y creo que son bastante felices. No sospecho que vayan a dejarme en un futuro cercano, aunque es cierto que nunca se sabe. Me quieren, cada uno a su manera, y lo veo cada día. Lo veo cuando Ami, que considera tres mismos seguidos una invasión de su espacio inaceptable, prefiere venir a dormir conmigo, y lo hace la mayoría de las noches del año. Lo veo cuando Tambor se acerca corriendo a mis pies, alza sus patas delanteras y se apoya en mi pierna para que lo coja en brazos. Lo veo cuando Ami, que no es pródiga en sus caricias, a veces viene a recibirme a la puerta y se restriega contra mí. Lo veo cuando Tambor escucha un ruido fuerte y corre hacia mí para sentirse seguro. Lo veo cuando los miro y me miran. El suyo es un amor silencioso, modesto, sencillo, que te va envolviendo con el paso del tiempo como si fuera una tela. Es más suave que la caricia más delicada, y más fuerte que cualquiera material, natural o sintético, que exista jamás. Es un amor ineludible y permanente, como el tiempo y la muerte. Es un amor que sólo empecé a comprender cuando perdí a Nala.

Antes de eso, antes del duro golpe que convierte la muerte de un concepto abstracto a la cruel realidad diaria, yo no me percataba de esos matices. Yo quería mucho, cuidaba lo mejor que podía y disfrutaba, pero nada más. Yo no sabía sacar el jugo a los momentos. Yo no sabía apreciar la maravilla que es que una criatura, toda luz, te elija para quererte. Yo no era consciente de la tela que se tejía sobre mí, que me iba rodeando día a día. Yo conocí el miedo a la pérdida, pero como todo niño, me aferré a la esperanza de que no me pasaría a mí. Pero me pasó, tenía que pasar, y en cierto modo, fue una de las mejores cosas de la vida. No es que sea una masoquista, y no me entusiasma la idea de volver a pasar por aquello, pero sin Nala, yo no habría sabido apreciar tanto a Tambor ni Ami. Yo no me esforzaría por recordar cada día el tacto de los dos, el olor, los sonidos que hacen. Yo no dedicaría cada día un rato a disfrutar de ambos, por muy ocupada que esté. Yo no sería tan consciente del consuelo que son en los malos momentos, ni la fuerza que emanan. No sería tan consciente de toda la alegría que aportan a mi vida. Ellos, sólo ellos, encierran la esperanza que a mí me falta en muchas ocasiones. Sólo tengo que volver a ellos para recuperarla. A ellos, y a Nala.

Nunca ha muerto nadie cercano a mí. Al menos, nadie que yo sintiera cercano a mí, así que sólo tengo la experiencia de Nala, y de Bogie. Y es curioso, pero hasta que él, que fue el único perro que a pesar de no ser mío siempre he considerado como tal, no nos dejó, no comprendí algo importante. Yo creía que cuando se moría un ser querido, se hacía un agujero en tu corazón en el sitio que ese ser ocupaba, y temía, como temen muchos, que si seguía queriendo a mas seres, como estamos condenados a morir, de aquí a no muchos años mi corazón tendría todo el aspecto de un queso gruyer. Él, entre otras valiosas lecciones, me mostró lo equivocada que estaba. Porque si yo visitaba mi corazón, y lo hago a menudo por culpa de los dos, no veía agujeros. Veía habitaciones. La de mi madre, la de mi padre, la de mi hermana, la de todos los seres a los que quiero, sean de la especie que sean, y más: una sobre arte, otra sobre literatura… Había, hay, muchas. Tantas como yo sea capaz de contener. Y cuando llegó Ami, no ocupó ninguna habitación existente, no tuve que dejar atrás nada amado. Simplemente, mi corazón se expandió para que ella también tuviera habitación propia. Lo mismo pasó con Tambor. Lo mismo pasa con cada nueva cosa que se gana mi amor. Y lo genial, lo maravilloso, es que siguen ahí mientras el amor sigue vivo.

Mantener sus habitaciones no es gratis, por supuesto. En la vida, nada lo es. Cada vez que las visito es previo pago de un tributo de dolor. Pero lo sigo haciendo, porque los quiero y quiero mantenerlos conmigo. No para perturbarles su descanso, sino por el placer de no renunciar a quererlos y para honrar mientras viva el privilegio que me concedieron dejándose querer. Es mi estúpida manera de plantarle cara a la muerte. De recordarle que me despojó de su presencia física, y luego se dedicó a martirizarme llevándose recuerdos que no puedo recuperar, pero que no puede despojarme por completo sin mi colaboración. Así que los sigo guardando en mi corazón, y allí permanecerán mientras siga latiendo, y algo me dice que incluso después, porque como dije al principio, sí que hubo una vez que recuperé esos recuerdos perdidos. Es hora de que esa vez salga a la luz.

Hace algo más de un año, y lo cuento porque tiene totalmente que ver con el tema de hoy, me presenté por primera vez a un examen de oposiciones. No importa cuales, ni el resultado (que no fue bueno). Lo que importa es que el mes antes del examen dormir era una utopía. Nada producía efecto: manzanilla, duchas de agua caliente, ejercicio físico. Nada me ayudaba a dormir. Las noches pasaban entre una cabezada y otra. Pero una noche me dormí, y los vi a los dos. Fue un sueño absurdo, ilógico y extraño del que sólo recuerdo algunas cosas. Primero, que la vi, como tantas veces después de su muerte, subir a mi cama, donde no estaba Ami. Y yo me incorporaba, y ella se acurrucaba en mis piernas. Y la sentí, y la toque, y la olí. Y me maravillaba en el sueño porque era consciente de que ella estaba muerta y yo dormida. Después de un rato, simplemente dejé de estar en mi cama, y estaba en un autobús, pero seguía sin estar sola, porque Bogie estaba allí. Yo jamás lo he paseado sola, me daba miedo que se perdiera o le pasara algo conmigo y no pudiera ayudarle, y simplemente nunca surgió. Pero no tuve miedo porque, a pesar de que lo toque, lo olí y lo sentí también a él, yo sabía que estaba muerto y yo dormida. Pasado otro rato, me desperté. Con una sensación familiar oprimiéndome el pecho, pero todavía con el recuerdo del tacto y del olor.

Yo no sé si es cierto que hay personas que ven más allá de lo que se ve a simple vista. Ni si es cierto que se puede hablar otra vez con los que nos dejan. Yo no me atrevería a jurar que hay después de esta vida. Pero estoy convencida de que esa noche yo no soñé con Nala y Bogie: yo estuve con ellos. O ellos conmigo, tanto da el orden en este caso. Que vinieron a reconfortarme, como ellos sabían, porque eran conscientes de cuanto los necesitaba y de que podían llegar a sitios donde no llegan los demás. Fue mi recompensa por mi lealtad a pesar de los pesares. Por desafiar a la muerte al negarme a olvidarlos o a dejar de quererlos ni un ápice. Fue su manera de decirme que hago bien, que siguen conmigo, y que mientras yo me mantenga firme, seguirán. Conociéndolos, creo que lo harían aunque yo flaqueara, porque así eran ellos: puros, con corazones más grandes de lo que el mío será jamás. También fue su manera de indicarme que querer a otros es una manera de honrar la vida, y de aceptar la muerte.

Tambor, Ami, Nala y Bogie podrían ser las dos caras de una misma moneda: presente y pasado. Pero no lo son. Ninguno es pasado. De una manera o de otra, todos son presente, todos son futuro. Así que, cuando llegado el momento, tenga que visitar con dolor las habitaciones de Tambor y Ami, también lo haré con esperanza. Porque gracias a Nala y Bogie aprendí que el amor real no se pierde, ni se muere, ni se olvida. Que se mantiene impertérrito al paso de los años. Que no decrece con los nuevos amores, sino que los condimenta, los eleva a su altura. Aprendí que este dolor es un precio que estoy dispuesta a pagar. Y que ellos siempre harán que merezca la pena pagarlo, estén donde estén.

martes, 11 de agosto de 2015

El Coliseo vs Aquitectura moderna

Hace tiempo vi un documental, no se ahora de que empresa o cadena, en la que se comparaba el Coliseo de Roma con el estadio deportivo más moderno de Melbourne (Australia). Además de varios expertos en simulacros por ordenador, historia del arte, arquitectura y demás, contaban con la presencia del diseñador de dicho estadio. Empezaron, como es lógico, exponiendo las características principales de cada uno: cuantas entradas y salidas tenían, número de espectadores que podían albergar, materiales de construcción, etc. Después, dispuestos a comprobar los avances técnicos desde la época romana hasta hoy, decidieron hacer por ordenador un simulacro de evacuación de ambos, para comprobar cual de ellos se desalojaba más rapidamente. El simulacro empezaba en ambos estadios al mismo tiempo, y terminaba cuando el último espectador del último de los dos edificios atravesaba las puertas de salida. Fue emocionante ver las reacciones de los expertos allí reunidos, incluido el propio diseñador del estadio de Melbourne, al comprobar como, aunque al principio la evacuación se hacía más rápida en el estadio moderno, el Coliseo persistió en su ritmo inicial y, finalmente, se desalojó primero.

Tengo que señalar que el diseñador moderno se tomó la derrota con elegancia. ¿Qué otra opción tenía? Hay que rendirse ante la evidencia: por mucho que nos demos palmaditas en la espalda por los grandes avances que hacemos, seguimos a años luz del saber antiguo. No me refiero sólo a Roma. Tampoco podemos competir con la Grecia clásica, el Egipto de los faraones, el imperio persa… No digo que no tuvieran prácticas brutales, porque las tenían. Pero, ¿no las seguimos teniendo nosotros? No creo que esas prácticas sean cosas achacables al tiempo, sino más bien al género humano, por tanto, yo no las tengo en cuenta cuando hablo de evolución. A mí me gusta fijarme en la importancia que le daban a cosas como la retórica, el arte, la política, la medicina, la filosofía… A mí me gusta comprobar, aunque también me produce una punzada de tristeza, que el diseñador del Coliseo, que nunca sabremos cual es aunque sepamos que Vespasiano empezó su construcción, Tito la terminó y Domiciano hizo una reforma, tenía unas medidas de seguridad mejores que el estadio más moderno de nuestro tiempo. Y eso, en una época en la que la esclavitud no sólo estaba bien vista, sino que tener servidumbre era signo de pertenecer a la clase alta, me parece increíble.

Al diseñar el Coliseo tal como fue, ¿se tuvo en cuenta la seguridad o sólo la estética? Las numerosas escaleras y puertas, la perfecta comunicación en todas las plantas, ¿a que obedecían? ¿Qué las gradas reservadas a la población peor considerada, en cuanto a estos dos elementos, fueran iguales que las demás, fue por pura simetría? No creo que sepamos nunca la respuesta a estas preguntas. Por mucho que los expertos, si es que eso fuera posible en algún campo, se pusieran de acuerdo para dar una opinión unánime sobre el tema, seguiría siendo tan sólo una opinión. Y, como opiniones tenemos todos, aquí está la mía.
No creo que nadie que haya visto el Coliseo, si tiene un mínimo de sensibilidad, pueda quedar indiferente. No sólo a la belleza estética de lo que hoy es, sino a la imagen que proyecta de lo que en su día fue. No podría comprender a una persona que me dijera que no ha sentido, en las puertas del mismo y mirando hacia arriba, la grandiosidad y la fuerza que emanan de las piedras que lo componen. Nadie podría dejar de sentirse como la más humilde hormiga a la sombra de esta construcción. Yo sentí todo eso, y más.

Una vez franqueada la entrada, y con la ayuda del murmullo de la inmensa cola que queda fuera, y de la muchedumbre que encuentras dentro, te parece empezar a ver togas y sandalias, y te embarga la sensación de que es día de juegos. Entonces, te tropiezas con alguien, y vuelves del flashback. Pero es tan fácil caer de nuevo, y tú lo haces cuando subes las escaleras y puedes asomarte al foso. Y entonces, bum, lo ves lleno de agua, y salen los barcos, y sabes que hoy toca batalla naval. Pero no, la imagen vuelve a cambiar, y ahora ves a los gladiadores, pero no saliendo al foso, que ahora está cubierto de tierra, sino por los pasillos interiores de los niveles inferiores, tensando los músculos, controlando la respiración, conscientes de que están luchando contra el reloj de arena que marca sus vidas. Tampoco esta imagen dura, porque tu subconsciente quiere que disfrutes plenamente de la experiencia, y ahora empiezas a sentir tanto miedo que no puedes hablar, y te ves expuesto al sol, en mitad del foso, mientras van saliendo leones y tigres, hambrientos, y con sus anhelantes ojos fijos en ti.

De nuevo, vuelves en ti, y buscas un espacio entre la muchedumbre donde poder sentarte un momento. No estás cansado, sólo necesitas un minuto para asimilar todo lo que has visto sin ver. Todo lo que has sentido. Toda la verdad que tu cerebro ha asimilado, sin cuestionársela. Andas un poco, buscando, y encuentras unas pequeñas escaleras entre las gradas, cerradas por una cadena, que seguramente conducen a las gradas superiores. Te parece tan bien como otro cualquiera, al fin y al cabo, te vas a sentar en el Coliseo. Pero me temo que no vas a obtener el descanso que buscas, porque empiezas a mirar las filas, y otra vez, no eres tú. Estás en la grada más baja, eres un senador o, quizá, una vestal, que espera pacientemente a que empiece el espectáculo. Incluso miras al palco del emperador que, taciturno, parece esperar con hastío. Pero no te quedas mucho en esa grada, y subes sin querer a la siguiente para convertirte en un aristócrata. Puede que no tengas bastante categoría para ocupar la grada anterior, pero tu dinero y tu abolengo te acreditan para ocupar la siguiente. Y lo haces, exhibiendo orgulloso la insignia o escudo de la familia a la que perteneces. Desde luego, eres más afortunado que los que están en la grada superior a la tuya, a la que ni miras con desprecio. Pero otra vez, te has desplazado, y ahora estás justo en la grada que hace un segundo decidiste no mirar. Eres un ciudadano pobre. Tienes unos espacios reservados en esta grada, que ni siquiera puedes ocupar por completo, ya que los ciudadanos ricos no pertenecientes a las otras categorías altas están contigo. Bueno, en la misma grada, pero no ocupando los mismos espacios. Hasta ahí podíamos llegar. Al menos, te consuelas, no eres uno de los pobres diablos que se encuentra en la grada más alta, los pobres entre los pobres o algunos sectores de la sociedad que no encajan en el resto de gradas.

De repente, vuelves a ver exactamente lo que hay: un montón de turistas, algunos con el dichoso palo de selfie, gritándose unos a otros y haciéndose fotos como locos. Eres tú, con los rescoldos del pasado. Porque aunque ves, no es a ti a quien sientes. Perdura el eco de una emoción que no esperabas, pero que pudiste sentir porque tu subconsciente no te dejó cuestionar la moralidad del acto: expectación. No de cualquier tipo, no, sino de esa que precede a los grandes acontecimientos, a los momentos de disfrute, a la diversión. Estuviste tan metido, que en lugar de ver el horror de lo que allí ocurría y sentir compasión, te integraste. Miraste con unos ojos que no son de este siglo, y durante esos instantes, fuiste un romano más. Entonces, tu mente rescata otro sentimiento: seguridad. Eras consciente de pertenecer al imperio más grande del mundo. El ambiente, los juegos, y el edificio en sí, la sólida piedra y sus hermosas formas, las estatuas estratégicamente colocadas, todo gritaba: poder. Y tú lo oías, como lo oían todos y cada uno de los romanos que iban allí, como lo oían, y así estaba planeado que fuera, los extranjeros que posaban la vista en el Coliseo.

Para un lector avispado, mi opinión es evidente. Para el resto, y dado que como narradora tengo mis carencias, la respuesta explícita a la pregunta formulada al comienzo sería: estética y seguridad. ¿Por qué? Porque vi el documental muchos meses antes de saber que vería el Coliseo con mis propios ojos, y esa pregunta permaneció en un rincón de mi cabeza, sin respuesta satisfactoria. Porque como dije antes, esa respuesta lógica que, en los tiempos que corren, es la única que parece válida, seguirá siendo una opinión. Rebatible, discutible, cuestionable. Todo es abordable desde varios prismas, y los romanos fueron bellos e inteligentes arquitectos. Mi lógica no fue capaz de decantarse, no conectó con la lógica del diseñador para ver hacia qué lado se inclinaba la balanza. Pero está claro que eso no importó, porque en su debido momento, mi corazón sí que lo hizo, y comprendió que, a ojos romanos, belleza y seguridad, en cuanto a arquitectura se refiere, son lo mismo. Porque ese edificio, como tantos otros, estaba destinado a ser un ejemplo del poderío del imperio al que representaba. Por tanto, debía ser espectacular tanto en su estética como en su seguridad. Quizá no en el sentido que le damos hoy en día, de seguridad para las personas, aunque es evidente que las clases altas no hubieran consentido posar sus pies en un edificio de estabilidad cuestionable. Pero sí seguridad en el sentido de permanencia y solidez. Y todo es cuestionable, pero en cuanto a esos dos conceptos, nadie puede dudar que el Coliseo los luce desde hace siglos.

jueves, 26 de marzo de 2015

Germanwings

A veces, uno no se puede aislar del sufrimiento ajeno. Por mucha práctica que tengamos, y la tenemos, llega una situación que se convierte en la gota que colma el vaso, y de golpe sentimos todo el dolor del que habíamos huido porque pensábamos que no era nuestro. Algo así me ha pasado a mí con el accidente de avión de Germanwings.

Personalmente, detesto los aviones, y envidio a las personas a las que volar les da una sensación de libertad. A mí sólo me da dolor de estómago y ganas de salir corriendo. Pero volar, si la ocasión lo merece, vuelo. Me agarro al asiento y rezo a cualquier poder superior que pueda oírme que no sea mi día, o que lo sea en el sentido de llegar bien, o que no sea el día de los pilotos, o que lo sea en el sentido de que les salga un vuelo de los sosos, sin complicaciones ni anécdotas. Y siempre, siempre, me imagino que el avión se estrella. Y así, recordándome que el avión es el medio de transporte más seguro, y que tengo muchas más posibilidades de terminar mis días en un accidente de coche, voy pasando los minutos hasta que llega el ansiado momento de bajar a tierra, la cual no beso, pero más por vergüenza que por falta de ganas.

Sin embargo, los accidentes pasan. Crecemos sabiendo que la vida es una continua lucha contra la muerte. Lucha que, para colmo, sabemos que tenemos perdida. Pero aún así, luchamos, porque ¿qué otra cosa podríamos hacer? Ciento cincuenta personas perdieron esa lucha el pasado martes. La muerte, que dicen que es justa pero que no conoce la compasión, los tenía en su lista y pasó a recogerlos. Entre esas personas se encontraban dos bebés, dieciséis estudiantes, un voluntario de una asociación a favor de los galgos y, probablemente, cinco galgos que iban a ser adoptados en Alemania. ¿Total? Ciento cincuenta y cinco vidas. Porque aunque a nosotros no nos parezca igual de importante, la vida de los galgos también estaba en la lista de trabajo de la muerte para ese día.

Pero hoy no es momento de hablar de la igualdad de los animales. Baste con mencionar que ellos también han muerto, y que su lucha es la misma que la nuestra. Hoy es momento de ser solidarios, aunque sea así, desde una distancia tan lejana que hace imposible aportar algún consuelo. Hoy es momento de ponerse en la piel del que se queda aquí sufriendo la pérdida. Y en ellos pienso cuando escribo esto. No es que no me importen los que han fallecido, pero ellos están ahora más allá del dolor. No sabemos si pasaron miedo, ni cuanto sufrieron hasta morir. No sabemos si fue rápido, o si alguno sobrevivió un tiempo después del impacto. Pero que se ha terminado, eso sí lo sabemos. Supongo que, por pura estadística debe ser así, habría algunas buenas personas entre ellos. Siempre es una pérdida general que el mundo pierda a este tipo de personas. ¡Hay tan pocas! Pero también se van. Ser bueno no te exime de morir. Ni siquiera te concede aplazamientos. Así que hay que lamentarlo, aunque sólo sea un momento, porque es el único tributo a nuestro alcance.

Dicho esto, me produce mucho más dolor pensar en los familiares. Supongo que me cuesta menos empatizar con quién aún está aquí, porque yo sigo aquí. Me imagino la conmoción al oír la noticia. La angustia de las horas posteriores, aún con un atisbo de esperanza, aún pensando que la vida no puede ser tan cruel y que los milagros son posibles. Y luego, en algún momento, el horror total al ver el escenario, y el dolor absoluto de la pérdida. Yo, que nunca he perdido a una persona, aunque sí a seres queridos, puedo percibir un eco de ese dolor. Ver la nada que se abre ante los ojos de uno. No la que se ve mirando el precipicio desde arriba, no. La que se ve cuando uno está abajo y levanta la cabeza. El dolor constante en el pecho, en la garganta, y en partes del cuerpo que ni siquiera existen. El llanto que no sirve para aliviar, sino que es como el viento que alimenta la hoguera. Esa sensación de estar consumiéndote sin ser consumida, porque no llega a terminar, y aunque parezca imposible, nunca acaba. Y te ves aguantando todo eso una hora, y otra más, y otra más, hasta que el tiempo pierde todo su sentido.

Supongo, o eso espero, que esas personas, esos familiares, esas víctimas colaterales del trabajo hacendoso de la muerte, estarán atendidos por psicólogos y demás personal cualificado para colaborar en este tipo de tragedias. Aunque yo me pregunto, ¿cómo puedes ayudar a alguien que está luchado cada segundo contra el dolor de seguir respirando? ¿Qué puede uno decir o hacer a una persona que no puede pensar, que ni siquiera oye? ¿Será un alivio saber las causas del accidente o dará igual? Si hay detrás un error humano, o uno técnico, o uno achacable a una persona de la compañía, ¿cuánto consuelo proporcionará el castigo del culpable? Y si no hay nadie a quien culpar, ¿se vuelve más difícil seguir viviendo? ¿Más aún de lo que la ausencia del ser querido lo ha hecho?

Yo no tengo respuesta a ninguna de esas preguntas. No puedo tenerlas, porque no he perdido a un ser querido en ese accidente. Tampoco creo que haya una respuesta válida para todos. Igual que no sentimos el amor del mismo modo, que cada uno introduce en su forma de querer ciertos matices personales, no creo que el dolor sea el mismo ni las formas de apaciguarlo. Sólo puedo ofrecerles un eco de su inmenso dolor, el vislumbre de lo que yo podría sentir si fuera uno de ellos, y mi compasión, porque en esta vida uno nunca sabe cuando le van a venir las cartas mal dadas, y cualquier día me tocará a mí perder la mano. Saber que uno no está sólo en el sufrimiento no es una cura automática, pero servir a largo plazo, sirve. De alguna manera, el sentimiento se abre paso hasta el corazón, y a pesar de que uno sigue sintiendo mucho dolor, sin saber cómo, sin haberse dado cuenta de que se sentía así, deja de sentirse solo. A partir de ese momento, uno va dando pequeños pasos hasta la cima del abismo. Y sale, uno sale de ahí, porque no le queda otro remedio. Es un camino muy largo y muy doloroso, pero es un camino vital. Y lo andamos, porque no hacerlo significaría dejar de querer a los que queremos, y porque los queremos, estamos dispuestos a pagar el precio que su ausencia nos provoca.

Para ellos, para los familiares, no hay más enseñanza al final de su doloroso camino que esa: amar a quienes amamos y a lo que amamos, compensa todos los sufrimientos. Aunque en algunos momentos, parezca imposible. Para el resto, para los que somos testigos indeseados de tanto dolor, la enseñanza es diferente. Para nosotros, para mí, la enseñanza es que tenemos que esforzarnos por querer mejor. No hace falta decirles a las personas que las quieres todos los días, pero si puedes, hazlo. Y no te quedes ahí. Vive tu vida transmitiendo con tus actos a los que quieres, eso, que los quieres. Ninguna palabra hablará nunca más alto que un acto, por mucho poder que las palabras tengan, pero eso sí, cuando ellas los refrendan, son imparables. Así que hagámoslo. Queramos más y mejor, y no nos dejemos fuera de esa ecuación. Querámonos. Pensemos en aquello que queremos para nosotros, en aquello que nos hace felices, y apostemos por ello. Como ocurre con las personas, el sufrimiento por conseguirlo, si realmente es lo que anhelan nuestros corazones, compensará los sacrificios.

La vida no es fácil, ni amable, ni solidaria. Pero tampoco es cruel, ni fría, ni injusta. La vida es, y los humanos somos los que ponemos los adjetivos. Y nadie puede poner nada que no tenga. Así que, ya que no estamos exentos de sufrir desgracias, hagamos que merezca la pena sufrirlas. O si son ajenas, hagamos que sea más llevadero padecerlas. Al fin y al cabo, todos tendremos que pagar el precio tarde o temprano, qué menos que fijar nosotros la cantidad.

domingo, 15 de marzo de 2015

Querida Depresión

Querida depresión:

Gracias. Supongo que no es lo que esperabas oír, pero en justicia, es lo que te mereces. Si te soy sincera, tampoco yo esperaba sentirme así con respecto a ti, pero la vida es extraña y sorprendente. Por supuesto, eso no quiere decir que esté satisfecha con tu compañía. En absoluto. Has sido lo peor y, de un modo raro, también de lo mejor por lo que he pasado, pero nuestro tiempo ha llegado a su final. Por eso te escribo esta carta, para señalizar de manera clara el punto final de nuestra relación.

No sabría decir exactamente cuando llegaste a mí. Tu presencia me paso inadvertida. Sabía que algo no estaba como debía, pero sometida a las presiones cotidianas de los tiempos con los que nos ha tocado lidiar, no te identifiqué. Había oído hablar de ti, claro, y conocía a gente con la que habías estado, pero no me sirvió. Creo que el problema es que no eres igual con todas las personas, aunque tú siempre seas la misma. Además, guardas ciertos ases en la manga que hacen que la partida no sea justa. ¿Cómo iba yo a imaginarme que mi tristeza no era una más de esas tristezas que a veces te asaltan, pero que luego se marchan sin más? ¿O que mi desilusión tenía raíces que iban más allá de lo lógico? O que por primera vez en toda mi vida, la desesperanza iba a derrumbar los gruesos cimientos sobre los que había construido mi manera de enfrentarme a las cosas. Pensé que era una mala racha, que los sentimientos se irían, como tantas otras veces, igual que habían venido. Pero no fue así, porque no vinieron solos. Tú venías con ellos, y de ellos te serviste para hacerte un hueco dentro de mí.

Debo decir que conmigo hiciste una jugada maestra. No he tenido una vida difícil, pero sí estoy acostumbrada a tratar con la adversidad en sus diferentes facetas. Siempre he sabido que la vida no es perfecta, que los problemas existen y que nadie es ajeno, pero nací con una actitud combativa por naturaleza y, además, me educaron para plantar cara a las dificultades. Y eso hice, o creí que hacía, aunque no obtuve resultado. No entendía por qué no mejoraba. Es más, no entendía porque yo iba a peor, cuando la situación prácticamente era más o menos la misma. No lo entendí hasta mucho después, pero entonces supe que algo más me pasaba y que si quería salir de donde estaba, iba a necesitar algo más de lo que tenía en ese momento. Y pedí ayuda, porque la necesitaba, y la caballería acudió presta a socorrerme.

Ahora, tanto tiempo después, entiendo que esa fue mi primera victoria. La primera vez que recuperé un poco del terreno que habías hecho tuyo, porque no es lo mismo recibir ayuda cuando crees que no la necesitas, o cuando otros te dicen que la necesitas. Lo que funciona, la única vía posible para salir de un agujero así, es creer que necesitas ayuda, pedirla y aplicarla en tu beneficio. Afortunadamente, llegó en el momento crítico. Si hubiera tardado un poco más, entendido como un periodo de días y no de semanas más, no habría podido hacerlo sin medicación. De hecho, la primera semana de tratamiento, no estuvo muy claro que la medicación no fuera a ser necesaria. Y así se me dijo. Y creo que fue bueno que se me hiciera consciente de ello, porque saber realmente lo profundo que era mi dolor era lo que yo necesitaba. Siempre he sido del tipo de persona que prefiere saber el conjunto en lugar de datos aislados que omitan las peores partes. Me preparo mucho mejor cuando se que es lo que tengo delante. No digo que sea el mejor método, pero desde luego, es el que me funciona. Y me funcionó una vez más. Me propuse aplicarme con uñas y dientes para salir de donde estaba, por muy doloroso que pudiera resultar el proceso. Y lo fue. Nunca he sentido tanto dolor ni durante tanto tiempo. Nunca he perdido tan absolutamente la fe en mí y en mis capacidades. Y nunca, nunca jamás, me he sentido tan insegura sobre el futuro o la vida, tan absolutamente perdida en el mundo. Como si yo fuera el microbio más pequeño de todo el universo y nada se pudiera hacer para remediarlo.

Tú, depresión, has sido lo más difícil que he tenido que afrontar hasta el momento. Quizás porque por una vez, el enemigo era yo, y no algo externo. Me has hecho tener la guardia levantada contra mí constantemente. No me has dejado sentir tristeza, porque siempre venía mezclada con otras cosas. No me permitías llorar, porque no traía alivio consigo, no era un desahogo para mí, sino una maldita arma usada en mi contra. Me hiciste tener que desterrar de una manera radical cualquier tipo de duda, por muy lógica o constructiva que fuera, porque tú las convertías en algo punzante que no me dejaba avanzar. Te alimentaste de todo aquello negativo que encontraste y lo usaste contra mí durante muchos días. Ni siquiera me dejabas dormir en paz. No recuerdo haber dormido menos, ni peor, ni haber tenido tantas pesadillas como durante esta maldita relación. Eso, todo eso y más, ha sido lo peor de ti.

Pero no te odio por ello. Ni siquiera creo que tengas la culpa de nada de lo que ocurrió o sentí durante aquellos meses. Al fin y al cabo, sólo usaste con acierto todo el arsenal que yo tenía guardado contra mí misma. Tampoco me odio. Ni siquiera lo hice entonces. Puede que no me valorase en su justa medida, pero nunca me he odiado. Siempre permaneció intacta esa pequeña parte de mí que piensa que yo merezco la pena en cualquier circunstancia. Por muchos defectos que tenga o muy mezquina que pueda llegar a ser. Esa pequeña parte que pidió ayuda y la aplicó. Que no se dio por vencida en ningún momento. Que, a pesar de no saber qué estaba pasando, no me permitió dejarme ir por completo, sino que me alertó de que algo iba más allá de mi comprensión. Esa pequeña parte que ahora es grande, mucho más grande de lo que mi cuerpo puede contener, porque tú la obligaste a crecer.

Por eso te doy las gracias. Porque quizás no estaba preparada para afrontar ciertas verdades que iban a derrumbar los cimientos de mi mundo, como que muchas veces, por mucho que te esfuerces, incluso aunque te lo ganes, no llega la recompensa. Pero no pasa nada. El mundo no se termina y uno no vale menos. La vida sigue, y debe hacerlo, con todo lo que ello implique. Es absurdo planificarse la vida por adelantado, y sentarse en el suelo cuando el plan no se cumple, culpándote por una verdad inmutable: no eres Dios. No todo está bajo tu control, ni todos tus esfuerzos tendrán un buen resultado. La vida no va a transcurrir tal como tú lo decidas. Hay que aprender a adaptarse, a ser flexible en ciertos aspectos. Hay que aceptar que tu vida, no la vida, no, la tuya, va a tener muchas cosas negativas, y que, llegado el momento, quizás necesitas buscar un plan diferente. Pero eso no es traicionarse, ni dejar de ser tú mismo. Eso es permitirse ser más de lo que creías que podías ser.

Tú has venido a mí porque yo tenía que aceptar esas verdades, y quizás está ha sido la única manera de que entraran en mi extremadamente dura cabeza. También me has hecho ver que nunca eres totalmente maduro, que siempre queda un margen de mejora en ese terreno. Ahora lo sé. Y, a pesar de que no me apuntaría a repetir la experiencia, no me arrepiento de ella. Me ha hecho mejor, me ha enseñado mecanismos para seguir mejorando y, precisamente por eso, creo que conseguiré mantenerte fuera de manera indefinida.

No me rondes. No pienses en mí. Ni siquiera te acerques a verme. Has sido una buena maestra, conténtate con que te haya sacado todo el jugo que tenías, y con que haya aprendido de ti a sacarle el jugo a las malas experiencias, incluso cuando éstas me hagan cuestionármelo todo. Porque una cosa hoy es segura: no entrarás en mí dos veces. Tú no lo has hecho posible.

domingo, 15 de febrero de 2015

Roma

No podré volver a quejarme de mi suerte nunca más. No importa lo que me depare el futuro, ni, bien mirado, lo que llevo a mis espaldas. Yo, bienvenida sea la hora, he perdido ese derecho hasta el fin de los tiempos porque he pisado el suelo sagrado de Roma.

No sabría decir cuando empezó mi historia de amor con esa ciudad, a pesar de que llevo estrujándome el cerebro mucho tiempo sobre esta cuestión. Roma, o más exactamente, mi fascinación con ella, es uno de esos recuerdos tan arraigados dentro de mí, que me parece haber nacido con ellos. Si sé precisar con exactitud el único año de toda mi formación académica que tuve la oportunidad de estudiar Historia del Arte: curso 2003-2004. Y también puedo decir con seguridad que Historia, a secas, siempre ha sido una de mis asignaturas favoritas. Con esos antecedentes, lo difícil era que Roma no llamara, como mínimo, mi atención.
Por todo eso, y por mucho más, cuando ese pequeño ángel de la guarda que alguien de ahí arriba que debe de quererme, como mínimo, tanto como su representante aquí abajo, me dio la oportunidad de ir este año, fue casi imposible resistirse. Y me alegro profundamente de no haberlo hecho, porque ha sido la experiencia en mayúsculas.

Roma ha sido ese amor platónico que al convertirse en realidad, en lugar de difuminarse entre las brumas de unas expectativas demasiado altas, descubre sus auténticos cimientos. Roma no es lo que tiene, Roma es. No importa las imágenes que se hayan visto, ni los reportajes, ni los libros que se han leído. Nada te prepara para la magnitud de lo que te espera. En Roma, el concepto de grande no es el mismo que en el resto del mundo. Y no hablo de grande al estilo siglo XXI, con grúas y demás maquinaria de apoyo, sino de grande al estilo siglo I a.C. o siglo IV d.C. Uno no puede concebir, incluso cuando lo está viendo y tocando, como se pudieron mover semejantes bloques de piedra. Ni mucho menos, como se pudieron moldear y poner en pie. Es como intentar imaginar el infinito: puedes entender el concepto, pero no estamos preparados para visualizarlo. Simplemente, se nos escapa. Y así siguió, siglo tras siglo, acumulando maravillas y portentos. Y uno, pobre “infeliz”, no puede hacer más que abrir la boca todo lo grande que se puede, y mirar en todas direcciones, intentando procesar lo que ve y lo que siente.

Sí, lo confieso, creo que no he sido una buena compañera en este viaje. Por una vez en mi vida, me han faltado palabras en muchos momentos. Mi capacidad de concentración, de la que siempre me he sentido bastante orgullosa, me ha fallado estrepitosamente. Pedirme que construyera frases mínimamente coherentes mientras miraba, analizaba y, muchas veces, intentaba no llorar, era un esfuerzo que no he podido hacer. Jamás en mi vida me he sentido tan abrumada, ni tan maravillosamente pequeña, como los cinco días que he estado en esa ciudad. Y, porque no decirlo, tan orgullosa. No de mí, que aún me faltan motivos, sino del género humano, que tanto asco me da la mayor parte del tiempo. Es muy difícil contemplar el techo de la Capilla Sixtina, el Coliseo, el Panteón o la Pietá, y no olvidarse de los horrores de los que somos capaces y centrarse sólo en las maravillas que podemos hacer. Justo ese sentimiento es uno de los que más me ha provocado Roma. Vale, por mucho que lo intente, nunca voy a hacer un fresco memorable, ni una escultura, ni un edificio de belleza sobrecogedora. Pero, como ser humano, seguro que hay algo hermoso que yo puedo aportar al mundo. No tiene que ser grande, ni tiene que ser trascendente a escala mundial. Sólo tiene que ser algo positivo y mío, algo que suponga que yo dejé una parcela mejor que la que me encontré. Bueno, quizás sea una idea pretenciosa, pero también es esperanzadora, y en los tiempos que corren, es asombroso volver a sentirse así.

Toda la culpa tampoco ha sido mía, todo hay que decirlo. Es muy difícil pasear por Roma con los ojos abiertos, y no imaginar a un centurión saliendo de los restos, que milagrosamente ves mentalmente completos durante unos segundos, de un templo; o a Bernini terminando su impresionante fuente de los cuatro ríos cuando estás en la Piazza Navona; o a dos cónsules hablando entre los caminos del foro; o a Miguel Ángel, en un andamio, tumbado, pintando una figura de su más famoso freso. No puedes visitar el Panteón, y pararte ante la tumba del Rafael, y no imaginarte el tumulto de adoradores que se congregaron para darle el último adiós. No puedes andar por el Coliseo, y no sentir el miedo de los cristianos condenados a muerte, o la ferocidad de los resignados gladiadores, dispuestos a matar para vivir un día más. No puedes dejar de imaginarte a Leonardo o Tiziano dándole los últimos retoques a un cuadro. No puedes estar delante de la Basílica de San Pedro y no imaginar a Bramante, Rafael y Sangallo o Miguel Ángel, cada uno en su período, delante de hojas con sus bocetos para el edificio. Al menos, yo no he podido, porque imaginarme todo eso formaba parte de disfrutar de lo que estaba viendo. No ha sido un acto consciente, sino el resultado del trabajo en equipo de mi cerebro y mi corazón.

Mi corazón…me ha jugado malas pasadas en este viaje. Creo que he acumulado más momentos con nudos en la garganta en estos cinco días que en toda mi vida anterior. Yo, que hasta que no vi con mis propios ojos que estaba admitida para estudiar Derecho, no entendí el concepto “llorar de alegría”, ahora podría hacer un máster especializado sobre el tema. También entiendo mejor cómo el corazón no te explota literalmente dentro del pecho, aunque lo sientes latir de tal manera que podría excavarte un agujero en cualquier momento, cuando te sientes completa y sencillamente feliz. Aunque lo más importante que ha hecho mi corazón por mí esos cinco días, ha sido hacerme entender de manera consciente, algo que yo ya sabía: que no necesito, que nunca he necesitado, una pareja para sentir mi vida y a mí misma rebosante de amor. Yo me he enamorado de Roma cada día, varias veces al día. Demasiadas para cuantificarlas. Y me he enamorado de lo que me hace sentir, de lo que me inspira, de la persona que me alienta a ser. He visto que en mi corazón, aunque no sea muy grande, caben muchas cosas. Mis seres queridos, mi Málaga, todas las ciudades visitadas, el Derecho, el arte, la literatura y un largo etcétera. Sí, yo también me sorprendí de que con su reducido tamaño, tuviera tantas cosas dentro, pero os aseguro que están ahí.

He mencionado a Miguel Ángel más veces de lo que cualquier texto bien estructurado debiera, pero no puedo negarle una más. Hace tiempo, pasaba un mal momento, escribí algo sobre una “revelación” al contemplar una imagen de su Pietá, y recuerdo que dije que me gustaría saldar la deuda mostrando mi devoción delante de su escultura. No sólo no he podido saldarla, sino que he contraído una deuda mayor. Allí, delante de su escultura, a la que ninguna imagen puede hacer justicia, yo volví a ser yo. O me percaté de que volvía a serlo. No la yo de antes del holocausto, sino la nueva persona que se ha formado después, con los restos antiguos y los añadidos recientes. No hubo una señal grandilocuente. No caí al suelo porque las rodillas no me podían sostener, ni me fue imposible contener las lágrimas, aunque a puntito estuvo. Fue un impacto interior, provocado por el sobrecogimiento de contemplar la que, para mí, siempre será la mejor escultura del mundo. La más desgarradoramente tierna y triste, aunque hermosa y plácida. Como pasa con los huracanes, todavía estoy descubriendo los efectos de su paso por mi alma. Aún me sorprendo descubriendo los matices de mi personalidad que han cambiado, y los que aún están pero más acentuados. Ese cambio no se operó allí, porque las personas no somos mágicas y nada ocurre en un segundo, aunque a veces, lo parezca. Pero sé que terminó allí, en ese momento, de encajarse la última pieza o repararse el último resquicio. Lo sé porque lo sentí, como siento muchas veces dentro de mí esa fuerza extraña que muchos niegan y que yo identifico con el alma.

Quizás fue lógico que pasara así y que lo hiciera allí. Poco antes había estado sentada, no sabría decir cuánto tiempo, en la Capilla Sixtina, que literalmente es el corazón de la cristiandad. ¿Sería raro pensar que, como creyente, tuviera un significado especial, y, por ende, un impacto más allá de lo artístico y cultura? Yo creo que no. Es más, yo le veo mucho sentido. Al fin y al cabo, ¿no son los sentimientos los que nos hacen ser lo que somos? Y si algo hice en Roma, además de disfrutar, fue sentir. ¿Y no es acaso ese el motivo de que mi escultura favorita sea eso, mi favorita? Llegados a cierto grado de perfección, no basta la técnica o la ejecución, sino lo que te dice a ti, lo que hace sentir a tu corazón. Eso es lo que marca la diferencia.

Para terminar, no voy a enumerar los sitios no nombrados donde estuve ni las maravillas no mencionadas que vi. No es eso lo relevante. Nada de lo que yo diga va a cambiar que Roma hay que vivirla en primera persona. Lo que no me puedo guardar es lo agradecida que estoy a mi ángel de la guarda. Por hacer posible que, ¡antes de los treinta además!, haya estado en ese pedacito de paraíso que, detrás de Málaga, es para mí Roma. Por haber podido ver todo lo que vimos. Por haber podido sentir tantas cosas. Por ser mi perfecta compañera de viaje. Por compartir de manera tan generosa tu tiempo y tu dedicación. Por saber que esto no era para mí un viaje más. Por si no te lo dije en su momento, y me excuso en que sigo procesando lo vivido, ha sido, con su lluvia, su dolor de pies, su frío y sus miles de zahorras, el viaje perfecto. He acumulado tanta felicidad en esos cinco días, que no habrá tristeza venidera que no sea más llevadera que antes. Y tú has sido parte importante de esa felicidad. Roma es eterna, porque uno siente los siglos pasando a su lado mientras camina. Ahora lo entiendo. Y gracias a ti, nosotras ahora también formamos parte de esa eternidad. Después de la existencia de mi hermana, es el mejor regalo que nadie me ha hecho nunca. Grazie mille e ci vediamo!

domingo, 7 de diciembre de 2014

La Constitución

Un año más, el Día de la Constitución ha pasado de largo con más pena que gloria. ¿Por qué? La respuesta es bien sencilla. En lugar de celebrar, como en todos los países racionales, el logro que la Carta Magna representa y los beneficios que derivan de ella, en España nos dedicamos a criticar todo aquello que, según cada cual, tiene de defectuoso y manifestamos abiertamente nuestro malestar con gestos inapropiados e, incluso, groseros.

¿Un ejemplo? La llamada “izquierda plural”. En cierta medida, puedo ver coherente, aunque no excusable, que no se asista al acto de celebración de algo con lo que no estás de acuerdo. Eso sí, siempre y cuando seas ciudadano de a pie, que si bien casi siempre tenemos las desventajas, de vez en cuando nos podemos permitir ciertos lujos como éste. Ahora bien, que se asista para, coloquialmente expresado, “reventar la fiesta”, me parece igual de deplorable que la inasistencia. Señores de Izquierda Plural, llevan varios años aplicando el mismo “modus operandi”, y no les está funcionando en cuanto a intención de voto, ¿no se preguntan por qué? Porque sería fácil contestar a esa pregunta, y todo, sin salir de las palabras que ustedes dicen. El señor José Luis Centella cree que es cínico celebrar la Constitución un día e incumplirla todos los demás. Bien, hasta ahí puedo comprender su razonamiento. Lo que me desconcierta es que acto seguido manifieste que la Constitución está superada y que es necesario cambiarla para, entre otras cosas, recoger otro modelo de país. ¿Coherencia? Cero. Ustedes no asisten a la celebración, no porque les repugne que no se cumplan los derechos que en ella se recogen, sino porque no les gustan otras cosas de la Constitución, o más claramente, a ustedes les importa un pimiento si el derecho al trabajo es algo real y efectivo, pero que España siga teniendo la división territorial actual es algo que les escuece hasta límites insoportables. Pero claro, dicho así no luce, así que es mucho mejor acusar a los demás de cinismo e investirse de un aura de dignidad. Quizás les funcionaría si tuvieran a personas más inteligentes entre sus filas, personas que pudieran hacer la pantomima creíble sin soltar frases contradictorias de manera seguida y recurrente. O si todo el auditorio que les oye fuera más tonto que ustedes. Por fortuna, ninguna de esas situaciones es real, así que dejen de sermonear sobre el cinismo de los demás, y aplíquense el parche, que además de parecernos groseros con sus actos, nos aburren.

Otro ejemplo sería la actitud de algunos presidentes autonómicos. Este año, los únicos que han acudido han sido los de las Comunidades Autónomas de Valencia, Galicia, Murcia y Aragón. ¿Y los demás? No asisten. Y punto. En el caso de Cataluña y País Vasco, es una historia muy antigua. Aburrida, sin sentido, absurda y patética, eso también, pero sobre todo, antigua. Ya estamos más que acostumbrados a los desplantes de los mandatarios catalanes y vascos, y a sus eternas cantinelas lacrimosas. Eso no es novedad. Pero ¿qué ha pasado con los demás? ¿Por qué no han asistido? Por mucho que he intentando buscar la respuesta, no la he encontrado. Los periódicos no ofrecen ningún motivo para las ausencias de los demás presidentes autonómicos. Simplemente recogen el hecho de que no van a asistir y, en algunos casos, señalan los actos que harán en conmemoración de este día en su propia comunidad. A falta, por tanto, de respuestas, he tenido que formarme mi propia opinión sobre estas ausencias, llegando a dos conclusiones. Primera: aquellos presidentes que son del PSOE no han acudido en protesta. Quieren cambiar la Constitución, y no piensan celebrar la actual. Segunda: aquellos presidentes que son del PP, actual partido del Gobierno, no han acudido ¿por pereza? No se me ocurre otro motivo. Sea cual sea, no comparto ni respeto estas ausencias. Ellos, más que ninguno en este país, deberían ser conscientes de que ostentan el cargo público que ostentan, única y exclusivamente, gracias a la Constitución. Ahí es donde nace su derecho a ser representantes de los territorios que la conforman. Ni Estatutos de Autonomías ni gaitas. Sin Constitución, no hay legislación que valga, por el simple hecho de que todas las demás están siempre por debajo. La Constitución Española es la Presidenta del Gobierno. Y la reina de España. Y la garante de todos los derechos y obligaciones. Ella, y sólo ella, es la primera y la última, y hasta el Tribunal Supremo, órgano máximo de la jurisdicción española, debe ceder ante el Tribunal Constitucional en las ocasiones en que se cruzan sus caminos. Por eso, independientemente de las circunstancias, los representantes del pueblo español han de asistir a la celebración de la Constitución. Porque sin ella, ellos no serían nada. Un ciudadano más, condenado a acatar lo que otros decidan y a opinar limitadamente cuando otros tengan a bien. Por eso, igual que no hay excusa para asistir y realizar manifestaciones fuera de lugar, tampoco las hay para no asistir.

Hace años que el Día de la Constitución no tiene una celebración acorde con su significado. Y no me refiero a los gastos o lujos que se derrochan con motivo de la ocasión, sino más bien al ánimo y al ambiente que impera. Y lo triste es que eso no sucede sólo entre la clase política. Para el pueblo llano, o la mayoría de él, tampoco es una fiesta en sí. Es uno de los puentes más deseados y esperados gracia a que con sólo un día intermedio, cuenta con otro día de fiesta. Pero nada más. Para mí, esto es lo más desolador de todo el asunto. Quizás por motivos personales, no lo niego. El significado que tiene la Constitución y todo lo que ella implica, a mi me cala hasta lo más hondo. Pero siendo honesta, creo que también hay motivos generales que cualquiera que sea español debería compartir. En esta época convulsa que nos ha tocado vivir, donde la posibilidad de reforma de la Constitución se discute día sí y día también, a la mayoría se le ha olvidado lo increíble que fue su nacimiento. De una dictadura de alrededor de cuarenta años pasamos a una democracia. Y la señal de ello fue la Constitución. Ella nos aseguró esa democracia. Plasmó los cimientos inamovibles de la paz interna, de la unidad, y quizás, por qué no, del comienzo del perdón. El acuerdo a la que las fuerzas políticas y los representantes de las mismas llegaron en ese momento fue algo totalmente extraordinario, un consenso sin precedentes que, en vista de la situación actual, tiene más valor. No hemos asistido a algo así desde entonces. Ni siquiera para lo más elemental se consigue que más de dos o tres partidos se pongan de acuerdo. ¿Qué no es una Constitución perfecta? No, no lo es. Estoy segura de que todos y cada uno que se la hayan leído tendrían su propia sugerencia para mejorarla, incluida yo. Pero de ahí a que está acabada… Me parece un desprecio gratuito. Lo peor del asunto es que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera sabe qué desea cambiar ni porqué. Ya se han encargado los políticos de ello. Escuchan continuamente que la Constitución es injusta, que es ineficaz, que no contempla las necesidades de hoy… y lo toman como una verdad propia. Personas que jamás han leído la Constitución entera, o que ni siquiera la comprenden, la critican. Y ahí es donde estamos perdiendo todos. Hemos dejado que el desconocimiento sea algo cotidiano, incluso en las cosas que nos afectan directamente, y ante eso, nos dejamos llevar por el listo de turno que mejor nos convence. Pues, sin aires de nada, conmigo que no cuenten. Mi opinión no se formará según los comentarios de nadie, sino que beberá de la historia y de la normativa. Puede que no sea la mejor, pero al menos será mía. Y desde ahí me permito decir que yo sí celebro la Constitución actual, y que no apruebo hoy ni aprobaré nunca unos cambios que pretenden romper la unidad que consagra para legitimar la división, sin importar los argumentos que usen para disfrazar las intenciones financieras y hacerme cambiar de opinión. Tal es mi derecho, y no dudaré en ejercerlo. La Constitución lo hizo posible.