jueves, 7 de junio de 2018

El efecto mariposa

El efecto mariposa es un concepto dentro de la teoría del caos que sostiene que una pequeña variación en un punto concreto puede originar una gran catástrofe en el punto opuesto. Como todo concepto científico, cuenta, por un lado, con sus detractores y escépticos, y por otro, con sus defensores y creyentes. Y, en medio de esos dos grupos, se sitúa un tercero, compuesto por personas que no se deciden por un lado u otro por una simple falta de comprensión.

Yo, huelga decirlo, estoy en ese grupo intermedio. O, mejor dicho, estaba. Porque ayer un hecho muy concreto y lo que desencadenó, me ilustró, de la manera más brutal y directa, lo que denodados esfuerzos de personas bien formadas no habían conseguido inculcar en mi obtusa mente literaria. Ayer, el corazón de mi abuela dio su último latido, y con él, sin importar distancia ni espacio, abrió una brecha instantánea en muchos corazones, incluido el mío.

Mi abuela fue, y Dios sabe cuánto me duele escribir en pasado, una persona maravillosa. No hay palabras suficientes para describirla. Fue una mujer fuerte, valiente, luchadora. Fue una hermana cariñosa. Una esposa entregada. Una madre dura, pero excelente, comprometida con la importancia de inculcar los valores importantes. Una defensora inquebrantable de su familia. Y una abuela inmejorable.

Generosa hasta el extremo, prefería soportar molestias antes que ocasionarlas a los demás. No puedo evitar recordarla siempre pendiente de todos, siempre pensando en darte lo que sabía que te gustaba. Era fácil tenerla contenta, porque bastaba con no meterte en jaleos y comer bien. No pedía más. Y, a cambio, cuanto daba.

No puedo, y me gustaría, describirla como se merece. A mí me falta habilidad, y al idioma, palabras adecuadas, para dibujar una imagen que le haga justicia. Lo que sí puedo es decir, aunque ella lo sabe, que la echaré mucho de menos. Que se me hace muy duro saber que entraré en su casa, y al llegar a la salita, no habrá a quien decirle “¡hola abuela!”, ni quien me responda “¡ay, es mi Raquelita”, con una gran sonrisa y los brazos extendidos para acogerme. Que ya no me sentaré más a su lado, para que me pregunte como me va todo mientras me pone la mano en la pierna y, de vez en cuando, me da un golpecito cariñoso. Que no me sentiré la mujer más guapa del mundo cuando me diga que estoy guapísima, aunque cinco minutos antes sentía que daba asco. Mi abuela ahora sabe que muchos días, hastiada de la situación que estuviera viviendo, me ha hecho sentir una persona especial sólo con la manera de decirme que soy “un talento”.

Mi abuela era así, de ese tipo raro de persona que te hace sentir alguien entre una multitud. Quizás porque ella era ALGUIEN entre millones de multitudes. Por eso se que está bien, allá donde está. Que se encuentra rodeada de sus seres queridos, aunque seguirá con un ojo puesto en los que nos hemos quedado aquí. Y, aunque eso me aporta paz, no me consuela ahora, porque me ha hecho avariciosa. No me bastan 32 años. Hubiera querido muchos más. Los hubiera querido todos.

No obstante, entiendo que su tiempo era suyo, y que la promesa de volver a verla me debe bastar. No me pesa que me duela su ausencia. Se merece eso, y mucho más. Y, con el tiempo, cuando el dolor se mitigue, cuando se transmute a otro estado, siempre será un orgullo que me pese no poder compartir los buenos acontecimientos con mi abuela. Sé que ella los disfrutará desde donde esté, y no me cabe duda de que propiciará muchos de ellos, pero nunca me será indiferente no disfrutarlos juntas.

Y, al final de lo conocido, si la mitad de personas me echan de menos la mitad de lo que la vamos a añorar a ella, no habré desperdiciado mi vida. Y, si despojada de este cuerpo, me llevo la mitad del amor que mi abuela se lleva, me consideraré digna de la oportunidad de vivir.

domingo, 21 de enero de 2018

Burke y Diana

“Lo único que necesita el mal para triunfar en el mundo, es que los hombres buenos no hagan nada”. No sé con exactitud qué tipo de mal estaba contemplando Edmund Burke cuando dijo esta frase, ni que hombres buenos se mantenían pasivos ante el mismo. Pero sé que tenía razón, y que después de tantos años, el mal sigue triunfando ante la pasividad de los supuestos buenos. ¿Un ejemplo? Sólo hace falta nombre y apellido: Diana Quer.
Que en estos tiempos que corren, sabemos todas perfectamente los peligros que entraña que una mujer vaya sola, no es decir nada sorprendente. Tampoco lo es que no hay franja horaria exenta de ese peligro. Basta con que estés sola y te cruces, sin querer, en el camino de algún tipo sin escrúpulos. Entonces, sin comerlo ni beberlo, seguramente te verás envuelta en una situación que, en el mejor de los casos, te dejará viva pero con secuelas, que de ciertas cosas se sale, pero no gratis; y en el peor, con tu cuerpo tirado en un pozo cerca de donde tu familia, desesperada, se pasará meses buscándote, aferrándose a la esperanza de que aparezcas, si bien no del todo sana, al menos, con vida.

Diana no hizo nada malo esa noche. Quizás no fue prudente ir sola a esas horas, pero, ¿acaso no nos hemos visto todas alguna vez en esa situación? Sales por ahí con tus amigos, y en un momento determinado, te encuentras que nadie sigue tu mismo camino. Así que te convences a ti misma de que no va a pasar nada, y con los ojos y los oídos bien alerta, te vas derecha a tu casa. La mayoría de las veces tienes suerte, y cuando llegas, te regañas mentalmente por ser la reina del drama. Pero no lo eres. Porque una de cada diez, de cada cien, de cada mil…no llega. O no llega entera. Regresa con el cuerpo o la mente quebrada, y con un largo camino de recuperación por delante.

Quizás sea una triste realidad, pero es algo que debemos asumir: las mujeres no estamos seguras cuando vamos solas. No porque seamos más débiles. No porque seamos menos capaces. No porque seamos estúpidas. He aquí la razón y la otra realidad a asumir: en el mundo real, existen dos tipos de monstruos. El primer tipo son aquellos capaces de cometer atrocidades inimaginables para la gente corriente. El segundo son los que defienden, encubren o justifican a estos monstruos. No sabría decir cual es peor, o quizás es que ambos son igual de despreciables. Al fin y al cabo, la existencia de uno alienta a la existencia del otro. Ambos son despreciables, en todo caso. Personas, si es que hay que llamarlas así, con las que no debería gastarse ningún gramo de compasión, respeto o comprensión.

El asesino de Diana, al que me niego en rotundo a llamarlo ni por su absurdo apodo ni por su odioso nombre, pertenece a la primera categoría. ¿Qué clase de criatura es capaz de raptar, intentar violar, estrangular y tirar a un pozo a una mujer? Monstruo es un calificativo amable para designar a quien ha realizado tales acciones, pero debe ser que la lengua española se ha quedado obsoleta y no tenemos todavía ninguno mejor. Desde luego, es monstruoso ser capaz de hacer todo eso, pero lo es aún más pasar a diario cerca de ese pozo sabiendo quien hay dentro. Cruzarse día sí, día también, con los familiares de la persona que se descompone en un agujero. Comentar el tema con tus vecinos, insultando al innombrable que haya podido hacerle algo a la muchacha, cuando sabes perfectamente que eres tú.

Pablo Iglesias, desde luego, pertenece al segundo tipo. ¿Qué persona cabal podría salir en defensa de semejante deshecho humano? Sólo su igual. Y lo peor del asunto es que, como siempre, lo hace vistiéndose de demócrata y de sosegado. Y así, por decir las cosas sin alzar la voz y con unas pausas estudiadas, envenena los oídos de los incautos que no tienen claro que en la vida, además de grises, hay blanco y negro. Porque para los que no saben nada, ni tienen interés en saber, decir que la prisión permanente revisable es un acto de venganza suena a verdad. Suena a cordura, a serenidad, a contención. Para aquellos que se creen buenos, pero que simplemente son demasiado débiles para ser malos, el manido discurso de Iglesias suena a verdad, y toman por venganza aquello que él quiere pasar por tal, y como justo castigo, lo que considera conveniente.

Yo no soy demasiado débil para ser mala. Si no lo soy, es porque elijo cada día no serlo. Porque cuando se me presenta la oportunidad, optó por el buen camino, que normalmente siempre es más difícil y muchas veces no tiene otra recompensa que saberte digna y con integridad. Por tanto, a mí Iglesias no podría envenenarme con sus palabras ni aunque fueran lo único que escuchara durante mil vidas. En cuanto al uso de las palabras, su significado y las dudosas interpretaciones de nuestro sistema jurídico, como Licenciada en Derecho que soy, frente al politólogo que él dice ser, también ha pinchado en hueso. Frente a mí, no puede usar el manido argumento de que nuestro sistema penal está encaminado hacia la reinserción para justificar que ciertos sujetos no deben permanecer encerrados de por vida. Y no lo puede hacer, porque sé perfectamente en qué contexto se incluyó eso en nuestra Constitución, esa que tantos fallos dice que tiene, pero que usa cuando sirve a sus intereses particulares.

Después de una cruenta guerra civil, y de décadas de dictadura, se intentó mirar hacia el futuro con optimismo. Se intentó potenciar que siempre hay otra oportunidad para hacerlo mejor, y que el futuro siempre puede cambiar a mejor. ¿Qué podrían haber hecho? Necesitábamos una Carta Magna que tuviera buenos cimientos, capaces de acompañarnos en el largo proceso que nos esperaba. Necesitábamos un documento que mereciera el respeto de todos, sin importar el bando. Pero ese documento no pone en ningún sitio que matar sea gratis. Ni ese, ni las legislaciones que se han ido promulgando para acompañarlo. Tampoco pone que aplicar la ley sea un acto de venganza. No pone, y lo sé bien, que un sujeto tenga derecho a cometer un acto delictivo una y otra vez, sin intención de modificar su conducta jamás, y deba ser protegido por el sistema. La reinserción es una oportunidad que se le brinda a la persona que delinque para que modifique su comportamiento y se integre en la sociedad. No es, ni debería ser, un cheque en blanco que te asegure la vuelta al sistema sin apenas coste. Y, por supuesto, no es un escudo para que una persona destroce la vida de muchas otras. La reinserción es un premio al que deben optar los delincuentes, no un regalo.

Yo entiendo que Iglesias no sea capaz de ver todos los matices que he expuesto de la reinserción. Le faltan, como poco, formación y ganas. Lo que no puedo comprender es que intente vender a los demás su ignorancia como cordura. Porque, en ciertos estamentos, la ignorancia es peligrosa. Ciertas personas tienen una posición privilegiada, porque tienen plataformas potentes y sus palabras llegan a muchos. Entonces, esas palabras calan en el cerebro de los indecisos, los inseguros, los ignorantes o, simplemente, los malvados. Y como, maldita la gracia, aquí todos somos iguales en derechos, que por obligaciones hace rato que no, la masa de descerebrados se agolpa y al resto nos toca apechugar con las consecuencias de las nefastas decisiones que han apoyado.

Por eso, comencé citando la frase de Burke. Porque quizás los buenos no hacemos nada porque creemos que no tenemos potencial para cambiar nada. Sin embargo, debemos hacer lo que esté en nuestras manos. En las mías, escribir esto. Dejar claro que venganza es permitir que cualquier familiar de Diana esté en una habitación, con los utensilios que considere pertinentes, durante el tiempo que desee, a solas. Y que dentro de esa habitación pase lo que Dios o el Diablo quiera, y una vez que salga, borrón y cuenta nueva, y aquí nadie ha visto nada. Eso es venganza. Pero que un monstruo que ha raptado, intentado violar o violado, y matado a una muchacha, dejado su cuerpo tirado durante meses en un pozo, y vivir como si nada, pase el resto de su vida en un recinto con acceso a gimnasio, cultura, educación y ocio, eso no es venganza, eso es un sistema jurídico que se aferra a la creencia de que toda vida importa, por muy despreciable que sea el sujeto en cuestión.

Nos quedan tiempos difíciles que afrontar, pero he llegado a la conclusión de que todos los tiempos lo han sido para aquellos que han sido capaces de ver la realidad. Aquellos que han alzado la voz, sabiendo que retorcerían sus palabras. Aquellos que se mantuvieron firmes en lo que sabían acertado, por muchos ataques que sufrieran. Eso no va a cambiar nunca. ¿Cómo podría hacerlo? El mal nunca descansa, nunca se rinde, nunca desespera, porque su objetivo es ser lo que es. Por eso, los buenos deberíamos dejar de lado los complejos, hacer oídos sordos a los cantos de sirena, y alzar la voz junto al padre de Diana. Porque frente a la utopía de la reinserción, debemos atender a la realidad de la vida segada de una joven. Porque nadie que sea capaz de hacerle semejantes cosas a otro ser humano por puro placer, merece ningún tipo de compasión sin ganársela a base de mucha sangre, sudor y lágrimas. Porque no debemos consentir que ningún monstruo nos convenza de que es venganza lo que es un acto puro de protección. Porque Diana, como tantas otras, merece descansar en paz. Y porque su familia merece saber que no están solos.

domingo, 31 de diciembre de 2017

2017

Y la vida transcurre sin que uno apenas se dé cuenta, inmerso en la rutina de la lucha diaria. Pero pasar, pasa, cada año un poquito más rápido que el anterior, y casi sin darnos cuenta, nos encontramos preparando las uvas del año siguiente, cuando hace apenas un instante nos hemos tomado las del año anterior. También se nos hace inevitable hacer inventario del año que dejamos atrás, y nos empeñamos en enumerar las victorias, las derrotas, las heridas…

Este año, sin embargo, no quiero hacer inventario. De sobra sé las heridas sufridas a lo largo del mismo, puesto que las llevo conmigo. Y tampoco quiero darme golpecitos en la espalda por las victorias que, merecidas o por suerte, he obtenido. Porque he aprendido que, si bien cada día sé menos lo que es la vida, desde luego no es una lista. No es una carrera, ni un espectáculo, ni un drama, ni una comedia. O quizás la vida sea todo eso, y yo no sé verlo porque veo una parte cada vez y no consigo abarcar el conjunto.

No obstante, no quisiera despedirme del año, ni darle la bienvenida al siguiente, sin valorar mi suerte. A pesar de todos los pesares, este año igual que los anteriores, la fortuna se empeña en sonreírme de oreja a oreja, y yo a veces estoy demasiado cegada para verlo. A menudo me concentro más en la pequeña piedra del zapato, que en el precioso zapato que protege mi pie.

Por eso, 2017, a pesar de las ausencias y las despedidas, de los cambios bruscos y de los tropiezos, de las decepciones y las cicatrices, ha sido generoso conmigo. Por cada ausencia, me ha brindado la alegría de una nueva incorporación. Cada cambio impuesto ha sometido a prueba mi fortaleza, pero también mi capacidad de adaptación, y por desagradables que sean, han venido cargados con la esperanza de un futuro mejor. Todas mis decepciones sólo han sido la constatación flagrante de que hubo una ilusión previa, y que, por tanto, habrá siempre una ilusión posterior. Y las cicatrices, bueno, son el recuerdo constante de que siempre encuentro algo que merece la pena amar, y por lo que merece la pena sufrir. Si este año he de agradecer algo más allá del inmenso amor con el que me rodean las personas que me quieren, es el conocimiento de que por duras que sean las circunstancias o por dolorosas que sean las pérdidas, soy capaz de rehacerme siempre, y en cada nuevo renacimiento, obtengo una versión un poco mejor.

Por tanto, no tengo nada que reprocharle al año que se va, ni tengo nada que exigirle el año que viene. No espero un camino de rosas, ni un paseo por el infierno. Espero llorar de pena y de alegría; espero celebrar victorias y lamentar derrotas; que mis seres queridos me consuelen cuando lo necesite, pero también que celebren conmigo lo obtenido; espero ganar muchas más veces de las que pierda, y perder siempre con la cabeza alta y la dignidad intacta; espero no hacer daño, y si lo hago, que las consecuencias no sean más severas de lo necesaria; espero rehacerme de todo el daño que reciba, y que éste no deje después ningún rencor duradero; espero disfrutar de todo lo bueno que esté al alcance de mi mano, y no amargarme por aquello que no lo esté; espero hacer que mis seres queridos sepan cuanto les quiero, porque el amor necesita ser reconocido para ser pleno; espero no renunciar a ninguna lucha que sea digna de mi esfuerzo; espero que en cada obstáculo que me presente el año, mi valor sea siempre más fuerte que mi miedo. En resumen: espero vivir. ¿Es que acaso se puede esperar algo mejor?

domingo, 27 de agosto de 2017

Ave atque vale

Estimada Parca:

En tu última visita, te has vuelto a llevar algo que era mío. En ese momento, ocupada en hacer tu trabajo, no te diste cuenta. Tenías toda tu atención puesta en recoger con mimo a la maravillosa alma que se marchaba de mi lado. Si te soy sincera, tampoco yo me percaté. Como tú, mi atención se centraba en la peluda protagonista.

No voy a describir la triste escena, puesto que la presenciaste. Teniendo el trabajo que tienes, me imagino que aquella representación sólo fue uno de los posibles escenarios que ves constantemente. Y aunque no fue, no podría serlo, hermoso, soy consciente de que los hay peores. Después de todo, estamos condenados a enfrentarnos a ese último trámite, por lo que hacerlo rodeado de seres queridos no me parece el peor de los finales.
Tampoco es mi intención reprocharte que cumplieras con tu obligación. Sé que su tiempo se agotaba. De hecho, estoy convencida de que debías llevártela antes de lo que lo hiciste. Pero alguien, ahí arriba, debió compadecerse y nos concedió una pequeña prórroga para hacernos a la idea. ¡Y vaya si la aprovechamos! ¡Y vaya si nos ha servido! Porque aunque el resultado sea el mismo, aunque nada ni nadie pueda evitar el dolor, ni la ausencia, guardaremos siempre en nuestro corazón esas últimas semanas. Yo, por mi parte, estoy en deuda con quien me permitió despedirme de ella así, porque he comprendido que es muy importante despedirse bien de los seres queridos.

Así pues, quizás te preguntes por qué vengo hoy a recriminarte que te la llevaras. Quizás pienses que eso es lo que me has quitado. Y quizás, por una vez, te equivoques. Primero, porque no es un reproche. Segundo, porque no hablo de ella. Es cierto que te la llevaste, pero ¿acaso podías hacer otra cosa? Todos tenemos un tiempo, y yo he aprendido a fuerza de dolor, que no hay nada que pueda hacer para cambiar eso. Tú lo sabes, porque en este último año, no es la única visita que me has hecho, ni el único ser querido que te llevas.

No te recrimino nada, te doy las gracias por ayudarme a comprender. La vez anterior no pude hacerlo. Es muy difícil pensar cuando el simple hecho de seguir existiendo es un suplicio. Esta vez estaba más preparada. Por el tiempo de descuento, pero también por la experiencia adquirida. Es cierto que lo que no te mata, te hace más fuerte, y es mentira que el tiempo todo lo cura. Pero lo que sí hace es enseñarte a convivir con las heridas. Y eso también te hace más fuerte, porque no se requiere la misma fortaleza para vivir sin dolor que con él. Así que en esta ocasión, un poco más dueña de mí misma, he podido apreciar la delicadeza con la que se nos trataba tanto a ella como a los que la queríamos.

¿Qué es, entonces, lo que te has llevado que me pertenecía? Es muy sencillo. Parece que cuando uno ama, a alguien o a algo, el objeto de ese amor es propiedad del que ama. Pero es al revés. Cuando amas, tú te conviertes en propiedad del objeto de tu amor. Por eso no puedes dañarlo, ni ser egoísta. Por eso te sacrificas y su felicidad o su bienestar es la tuya. Así pues, queriéndola sinceramente como la quise, le di una parte de mí. Y al llevártela, también te has llevado esa parte, puesto que la sigo queriendo. Eso me has quitado, aunque no debías, porque yo sigo aquí.

Y ahí, querida parca, está mi única victoria en una guerra de la que no saldré con vida. Yo sigo aquí, queriéndola. Queriéndolos. Y mientras mi tiempo sea mío, mientras no sea yo la que tenga una cita contigo, eso no cambiará. Acepto que voy a ver marcharse a muchos seres queridos. Que habrá muchas heridas con las que tendré que aprender a vivir. Que moriré un poco con cada despedida, porque todos tienen un trocito mío. Pero ellos seguirán viviendo, puesto que yo tengo el trocito que quisieron darme. Eso, esta vez y todas, es más que suficiente para mantenerme luchando.

No obstante, eso no es óbice para que me duela que te hayas llevado a Ami. Por desgracia, me duele hasta el punto de que las palabras no me bastan para expresarlo. No hay un orden adecuado que pueda esbozar la magnitud del vacío que ha dejado en mi vida. Sólo puedo decir que la quiero, que la querré todos los días que me queden por delante, y que la echaré de menos cada uno de ellos. Pero no es este un dolor sin esperanza o sin consuelo. Tengo dos consuelos y una esperanza. Mi primer consuelo es que ella es. Porque el alma que miraba detrás de mis ojos vio con frecuencia al alma que miraba a través de los suyos. Por tanto, la ausencia no me convencerá de que, sea donde sea, ella es. Mi segundo consuelo es que ella me quería, y por tanto, me dio un trocito suyo. A mí no me importa si no es el más grande o el más importante. Me basta con que es suyo, y lo tengo yo. Eso me basta para tener ganas de aprovechar mi tiempo.

Mi esperanza es que un día, cuando en tu agenda aparezca mi número el primero y vengas a recogerme, me llevarás ante Él. Y si, a través de las acciones de este cuerpo, soy hallada digna, me permitirán vivir en el único paraíso que puedo concebir: aquél donde estén mis seres queridos. Entonces, dama de la guadaña, habré ganado la única guerra que importa, puesto que mientras tu recompensa será un cascarón vacío, la mía será una eternidad rodeada de amor. Dime, ¿no te cambiarías por mí? Mejor, ¿no te cambiarías por Ami? Porque no me cabe duda de que ella se lo ha ganado, y allá donde esté, me espera pacientemente, como tantos días. Para ella, es sólo una espera más detrás de una puerta diferente. Me la imagino sosegada, con la tranquilidad que le da el convencimiento de que nunca ha habido obstáculo que me impidiera llegar a ella. Créeme, ganará. Esta puerta también la abriré.

Hasta entonces, pequeña Ami, ave atque vale.

miércoles, 14 de junio de 2017

Echeverría

Ignacio Echeverría fue un héroe. ¿Qué importa que tratara de auxiliar a una mujer apuñalada o a un policía londinense abatido? Lo que a mí me importa es que en un momento de máxima tensión, cuando el instinto animal que vive en nosotros nos impone huir y ponernos a salvo, él hizo frente a los agresores para ayudar a otro ser humano.

Durante días así lo han manifestado los medios y las diferentes personalidades políticas, pasando por personajes destacados de la cultura y el mundo del deporte. Durante días se ha admirado a Echeverría como digno heredero de la raza española, de aquellos que hicieron que, durante años, nuestra Armada fuera Invencible, de aquellos que conquistaron tierras hasta ponernos como la primera potencia mundial, de aquellos que vivían bajo dominios donde nunca se ponía el Sol.

Yo comparto esta opinión, que nadie me malinterprete, pero cuando se la escucho a un político español, me deja mal sabor de boca. ¿Por qué? Muy fácil. Echeverría, al que todos califican como una persona decente, cercana, dispuesta siempre a ayudar, coherente, pacífica y cabal, cuando estaban apuñalando a personas a su alrededor provocándoles una muerte dolorosa y atroz, cogió lo único que tenía a mano y lo usó como arma contra los agresores. No se paró a dialogar, ni intentó convencerles mediante argumentos para que parasen tamaña barbarie. Respondió al fuego inmisericorde del que está dispuesto a matar, con su propio fuego. Lamentablemente, no fue suficiente, y perdió la vida.

¿Qué hacen los políticos a lo largo de todo el mundo? Hablar. Mencionan palabras como diálogo, solución pacífica o tolerancia religiosa, y en diferentes partes del mundo siguen muriendo personas de manera indiscriminada porque unos fanáticos, abastecidos por el dinero de los países musulmanes ricos, no saben vivir otra vida que no implique eliminar la de aquellos que viven de formas diferentes a ellos. Fanáticos incultos, sí, pero no desorganizados, porque la inteligencia la ponen aquellos que ponen el dinero, que cómodamente y sin mancharse las manos de manera directa, han montado una estrategia de expansión colonial que les está funcionando muy bien.
Cada día estoy más convencida de que Europa, la nueva Europa, está dejándose desangrar voluntariamente por cobardía, estupidez y falta de cultura. ¿Y qué si nuestra historia está regada de sangre? ¿No lo están todas? ¿Quién se hizo grande, quién conquistó, sin derramar ni una gota o quitar y pagar con vidas? Todas las grandes civilizaciones han tenido que luchar para ser lo que fueron. No nacieron grandes, ni fértiles, ni cultas. Les costó muchas guerras y muchas vidas conquistar primero para pacificar después. Y es en esa paz posterior, cuando está claro quién es más fuerte, donde se puede sembrar, y por eso germinó la medicina, la retórica, la agricultura, la industria… No nacieron de la nada, sino de campos regados con sangre y vidas.

Pero Europa se ha olvidado de lo que tuvo que luchar para ser lo que es. Se ha olvidado de que la democracia es un instrumento que sólo sirve si ambas partes aceptan las reglas del juego. Ha olvidado que la tolerancia es una vía de doble sentido, y que no es intolerante defenderte de quien te agrede porque no acepta tus opciones. Europa se ha vestido de complejos, y para que no piensen que falta al respeto de los musulmanes, decide faltarles el respeto a los europeos. A Europa le da miedo decir que estamos inmersos en una guerra religiosa, como si obviar la verdad transformara la realidad en la cómoda mentira que prefieren. Pero, ¿de qué sirve negarlo? ¿Para dejar que nos eliminen uno a uno donde y cuando quieran? Los dirigentes europeos, con España a la cabeza, deben admitir la cruda realidad: nos han declarado la guerra, y es por religión. En esta primera fase, los ricos se limitan a nutrir de dinero y armas a los guerrilleros para que hagan una campaña de desgaste, o lo que es lo mismo, estamos en la fase de “guerra de guerrillas”. Ataques pequeños y medianos en puntos determinados buscando debilitar al enemigo, confundirlo e inspirarle temor. ¿Por qué? Porque es mucho más fácil defenderse de un ataque en masa que detectar pequeños individuos que cuentan con una gran red de apoyo. A las pruebas me remito. Lo que los dirigentes no quieren ver es que esto es sólo una fase. Cuando estemos tan débiles que no podamos oponer una resistencia seria, nos masacrarán en masa con todo lo que tengan. Porque ellos, los países árabes ricos, no están perdiendo nada. No hay atentados en esos países, ni refugiados que esquilmen su economía, ni mojigatos que prefieran morir a matar. Ellos se hacen cada vez más ricos y nosotros perdemos cada vez más dinero y más sangre en una guerra en la que no reconocemos estar.

Por eso me molesta mucho que se llenen la boca diciendo que Echeverría fue un héroe. Porque por culpa de su parsimonia, de su ineficacia y de su cobardía, mueren personas inocentes plantando cara al monstruo que no quieren detener. Y no quiero oír comentarios puristas de que en las guerras mueren inocentes. ¿Es que no están muriendo ya? ¿No era inocente Echeverría? ¿Ni las demás personas que murieron en ese ataque? ¿No eran inocentes las víctimas del atentado en Manchester? ¿Las de París? La lista es larga. Y sí, obvio los inocentes en países árabes. ¿Por qué? Porque los están masacrando los mismos terroristas que no están matando a nosotros y no son capaces de levantarse contra ellos.

Europa debe despertarse, y debe hacerlo pronto, porque por mucho que hayamos convertido el diálogo en la primera y más válida opción para la resolución de conflictos, debemos reconocer que no sirve en un conflicto donde no se puede razonar con el enemigo. Si mi adversario está dispuesto a morir matando, yo estoy dispuesta a matar para vivir. Porque no es violencia injustificada la que se usa para defender la propia vida de otro ataque. Y porque, casualmente, en esta no reconocida guerra de religión, resulta que los asesinos matan por religión. Porque su religión les permite tener a millones de personas pasando hambre, frío, sin libertad, ni acceso a la cultura… Porque su religión es intolerante, y proclama, entre otras perlas, que se debe matar a los infieles, y ellos, que en realidad no reconocen más religión que sus intereses, ni más Dios que su propia persona, se valen de ella para obtener lo que desean, sin importar el precio que deban pagar los demás.

Si Echeverría hubiera matado a todos y cada uno de los terroristas, quizás no lo llamarían héroe. Quizás hablarían del uso desmedido de la fuerza. A mí me hubiera gustado más ese escenario. Porque su vida valía mucho más que la de todos los terroristas juntos. Porque su humanidad primó sobre su instinto de supervivencia, y su lógica sobre absurdos complejos. Porque con su acción, honró a España y a todos los españoles. Porque su pérdida hace del mundo un lugar más triste, como pasa siempre que se va una buena persona. Por todo eso, espero que allá donde esté, lo hayan recibido como se merece. Pero también espero que no tengan que recibir a más como él. Espero que la única sangre europea y, especialmente, española, que se derrame a partir de ahora por esta causa sea porque han decidido exterminar a todos los terroristas y a sus proveedores, hasta que no quede de ellos ni el polvo de los huesos. Espero que la vida de las personas tolerantes se ponga por delante de las que matan por intolerancia. Espero que Europa, y España, recuerden lo que son, y en lugar de avergonzarse, saquen pecho y se defiendan. Como Echeverría.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Tambor

Tambor entró en mi vida la tarde del 5 de febrero de 2011. Y lo vi salir de ella la tarde del 16 de Mayo de 2016. Poco más de cinco años, ese es el tiempo que la vida me concedió para disfrutar de Tambor. Un tiempo muy escaso, aunque siendo franca, incluso cien años hubieran parecido un suspiro a su lado. No obstante, cuando ahora echo la vista atrás, y la verdad es que lo hago con mucha frecuencia, veo que el tiempo, aunque limitado, no podría haber estado más lleno. Quizás por eso ahora se ve tan vacío el tiempo que se extiende ante mí. Quizá por eso me esfuerzo tanto por llenarlo de lo que sea.

He sido la persona más afortunada del mundo, y lo sé porque volvería a vivir los peores años de mi vida. Lo haría porque, casualmente, han sido los años que he compartido con él. Puede que, después de todo, Dios no me haya olvidado y su milagro fuera prestarme algo que haría bueno lo peor. Eso explicaría porque hizo oídos sordos a mis súplicas y se lo llevó en un año que, si antes era malo, después de eso ha ganado la medalla de oro. Es probable que en este año de misericordia, la suya tuviera que ir destinada a Tambor, y por eso lo condujo hasta mí. Si su final estaba escrito, como el de todos, quiero creer que Él pensó que yo podría darle la vida que se merecía y que, llegado el momento, sabría acompañarlo hasta el final.

Lo malo de los grandes regalos, es que uno se acostumbra a vivir con ellos, y nunca es bueno el momento para dejarlos ir. De lo malo nos cansamos enseguida, pero de lo bueno nunca nos saciamos. Así es el ser humano y yo no soy una excepción. Así que, por mucho que me esfuerzo, aún no he perdonado a Dios del todo. Ya no siento tal rabia quemándome por dentro que, de haber una escalera hasta el cielo, yo habría echado abajo las puertas del mismo para exigir explicaciones. Ya no lucho contra una realidad que se ha convertido en la peor de mis pesadillas. Pero nada puedo hacer para suavizar el inmenso dolor que me acompaña constantemente. Por eso, lo dejo ser, e intento que no me aplaste del todo. Es lo más que puedo hacer en mis circunstancias.

Creo que puedo decir con bastante acierto que nunca he sido una persona triste. Al menos, no hasta que Tambor se fue. Ahora quiero creer que soy una persona adoptada por la tristeza, pero que aún quedan esperanzas para mí, que en algún rinconcito que todavía no encuentro, está toda la alegría perdida esperando su momento. De lo que sí estoy segura es de que he sido una persona feliz, y gran parte de esa felicidad se la debo a él. Las personas que más tratan conmigo me han escuchado decir con frecuencia “él me hace feliz”. Y era verdad. Tambor me ofreció el mejor refugio en la peor de las tormentas. Fue mi sostén contra el paro, el menosprecio laboral, la frustración y la desorientación. Cualquier decepción se empequeñecía ante un mimo suyo, y no había nada más efectivo que un abrazo para reponer fuerzas y tumbar cualquier pared. Ha sido el mejor de mis mejores amigos, siempre dispuesto a escuchar. Compañero infatigable en mis largos días de estudio, fue un apoyo constante y un buen recordatorio de lo mejor que la vida ofrece. Ha sido también un colega divertido, siempre dispuesto a corretear, escondiéndose en lugares inesperados. No me equivoco si digo que todos los días me hacía reír a carcajadas por algo. También supo ser exigente, reclamando mi atención cuando yo estaba demasiado ocupada con las urgencias y dejaba de lado lo importante. En definitiva, Tambor ha sido la criatura más luminosa con la que me he cruzado nunca, y reunía las que para mí son las cualidades que más admiro: lealtad, entrega, bondad, inocencia, y, por supuesto, un poco de rebeldía.

Tambor era mucho más de lo que yo podría describir, y su influencia en mi vida es mucho más fuerte y permanente que la de otras personas que conozco desde hace más tiempo. Supongo que es lo que pasa con la calidad, que enfrentada a la cantidad, siempre sale vencedora. Me cuesta muchísimo hablar de él en pasado, y aún tengo muchas costumbres de nuestro tiempo juntos. Después de pasar prácticamente las 24 horas juntos casi todos los días, es lo normal. Él era el último al que le daba las buenas noches, cuando lo ponía a dormir con una ración de mimos y muchos besos. También era el primero al que le daba los buenos días. Siempre estaba cerca de mí, ya fuera tumbado a mis pies si estaba sentada en la silla, o tumbado a mi lado, si ponía cojines en el suelo. A veces, era mejor estudiar en el suelo acariciándolo, porque así los dos teníamos lo que queríamos. Si me pasaba demasiado tiempo en el salón, iba a buscarme. Y tampoco era raro verlo en el cuarto de mi hermana, si yo estaba allí. No hay rincón de mi casa que no me recuerde a él, porque no hay rincón de mí que no haya hecho suyo. Sin darme cuenta, lo convertí en parte de mi equipo, y todos los planes futuros que tenía para mí, pasaron a ser para los dos. No me cabe duda de que ese es el motivo de que ahora, por primera vez en toda mi vida, me sienta sola y necesite algo más que a mí misma para llenar este maldito vacío. También achaco a eso que el mundo, que antes me parecía lleno de magia, ahora haya pasado a ser una mala fotografía en blanco y negro. Es un daño colateral más para aquellos que, habiendo estando llenos de ansías por vivir, nos convertimos un día en seres grises que viven por inercia, porque eso es lo que se espera que hagamos, procurando ocultar nuestro páramo interno con fingidas manifestaciones externas de entusiasmo, interés o alegría.

No obstante, hay cosas que, sin llegar a ofrecerme consuelo, al menos me hacen un poco más soportable vivir conmigo misma. Ser capaz de poner su bienestar antes que el mío es uno de ellas. Saber que lo acompañé hasta donde podía acompañarlo, aunque el corazón se me rompía en pedazos y hubiera dado lo que fuera por arrancármelo del pecho. Saber que se sintió siempre querido, que siempre se supo importante, que jamás se sintió olvidado y, por encima de todo, que fue feliz. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Ya que no se puede vivir eternamente, vivir intensamente, sacándole todo el jugo a lo que la vida nos ofrece, despedirse con elegancia de lo que dejamos atrás y mantener la integridad de lo que somos, evolucionando hasta formas más perfectas. Así vivió Tambor, y así se fue. Valiente, honesto, leal y entregado a sus seres queridos hasta su último aliento, acompañado de aquellos que más lo querían.

Por eso, lo recuerdo cada día. Porque ser el objeto del amor de un ser tan excepcional, del único que no ha hecho resaltar mis virtudes, sino que consiguió iluminar mis defectos, no puede caer en el olvido. Yo no puedo dejar morir un amor que me honra con su existencia. Porque estoy segura de que, allá donde esté, él sigue sintiendo lo mismo por mí. Porque si bien la muerte es más fuerte que la vida, nada puede hacer contra el amor. Así que no importa cuánto tiempo haya de soportar su ausencia, ni cuánto dolor tenga que pagar por aquello que se me concedió. Soportaré el precio que se me imponga intentando no quejarme, de la mejor manera que sepa, y cuando me toque a mí despedirme de este mundo, espero que venga él a recibirme como solía hacerlo, y que me diga: “has vivido como te enseñé a hacerlo: valiente, honesta, leal y entregada a tus seres queridos. Buen trabajo. Los demás están esperando, te has ganado descansar con nosotros”.

lunes, 2 de mayo de 2016

La vida es dura

Desde hace varias semanas, hay cuatro palabras que me rondan la cabeza. Y como suele pasar en estos casos, cuanto menos quiero pensarlas, más lo hago. Y así, día tras día, me van acompañando. Al principio, intenté ignorarlas y convencerme de que mantenerme ocupada sería la mejor manera de deshacerme de ellas. Huelga decir que no me ha servido. Por mucho que me concentre estando consciente, sé que están ahí. Ellas también saben que lo sé, y como no tienen ninguna prisa, esperan pacientemente a que me duerma. Entonces, aparecen, y yo me paso la noche soñando que las escribo. Una vez, dos, tres… hasta que me despierto. Y aunque no parece, así contado, un sueño especialmente desagradable, sino más bien aburrido, para mí es terrible porque hay algo en esas palabras que me resulta muy doloroso.

Las atroces palabas no son otras que “la vida es dura”. Y yo sé a ciencia cierta que no me estarían atormentando si la vida no me hubiera pegado un guantazo monumental. Otro más. Un guantazo, todo hay que decirlo, que duele mucho más que las lágrimas que se ha cobrado, que no han sido muchas. Porque el dolor que ha traído consigo no es un dolor agudo, de los que se alivian llorando y diciendo lo injusto que es el mundo con uno. No es un dolor al que le sirva de consuelo las palabras de nadie, por muy querida que sea la persona que las dice. Es un dolor profundo, alojado en esa parte del cuerpo que encierra el alma, semejante al dolor de la pérdida de un ser querido, aunque no igual, porque también es el eco de la muerte de algo: de un camino, un deseo, un futuro concreto, un sueño muy querido.

Cabía esperar que no doliera tanto, porque no es la primera vez que la vida me obliga a tomar otro camino diferente al que había elegido. Pero supongo que el dolor es proporcional a las ganas que tenemos de que el sueño se realice, y no a las veces que no lo conseguimos. Así, cada vez es la primera, y aún así, diferente. Por eso, para dejar de sentirlo, no me sirve esta vez lo mismo que me sirvió la vez anterior. Pero tampoco me hace lo mismo. No ha derrumbado el mundo a mí alrededor, ni me ha hecho cuestionarme la persona que soy, ni me ha anestesiado hasta que pueda lidiar con esto. Me mantiene consciente desde el primer impacto, sabiendo que cumpliré mi promesa de no ser ese tipo de persona que, superada una vez por las circunstancias de la vida, visitó el averno sin dejar el cuerpo atrás, y vuelve a recaer cada vez que los golpes son demasiado fuertes.

Y por eso, precisamente por eso, me obliga a pensar que “la vida es dura”. Porque yo sé que la responsable del golpe es la que me devuelve la mirada en el espejo, y que la vida, teniendo en cuenta lo insistente que soy cuando quiero algo, no tiene más métodos efectivos de hacerme replantearme las cosas que éste. Que si bien me ha dado tal tortazo que me duele hasta el alma, no fue ella la que tomó la decisión de andar este camino. Ni la que, hay que decirlo todo, siente que no ha dado de sí todo lo que debería. Así que cuando pienso en esas cuatro palabras odiosas, lo hago en el tono irónico del que se señala a sí mismo. Del que sabe que no tiene derecho a sentirlas, porque nunca ha pasado hambre, ni ha carecido de refugio, ni de personas que le hagan sentir querido, ni le han faltado oportunidades para educarse. Sí, no he recogido lo que esperaba, pero ¿significa eso que no tengo lo que merezco? Por extraño que parezca, me es mucho más fácil asumir que la respuesta es sí. Porque mientras el fallo esté en lo que yo haga o en lo que dependa de mí, existirá el margen de mejora. Y ese fallo puede abarcar muchas cosas, no sólo el esfuerzo. También incluye equivocarme de dirección o no tomar las decisiones adecuadas.

Así que, ¿la vida es dura? Sí, lo es. Te hace pagar todos los fallos, muchas veces, con un precio que parece demasiado alto. ¿Es difícil, injusta y carece de premios para todos los que lo merecen? Sí, sin duda. Pero también es honesta. La vida no va engañando a nadie con falsas promesas. Somos nosotros los que tendemos al autoengaño porque algunas cosas parecen así más fáciles de llevar. Es equitativa, aunque no lo parezca. Somos nosotros los que no hacemos un buen reparto de lo que da, los que acaparamos y dejamos a los demás con menos de lo necesario. La vida está llena de amor, personas que te quieren, que sufren contigo en la distancia para no agobiarte, siempre y cuando uno sea capaz de quererlas también. La vida te da asideros de lo más inesperados, y pone en tu camino a pequeños seres, incapaz de hablar tu idioma, ni ningún otro, que ponen sonrisas en tu cara y alegría en tu corazón, por malas que sean las perspectivas. La vida te brinda la posibilidad de soñar. E incluso cuando tus sueños no se han realizado, cuando has de aceptar que han de quedar en ese lugar donde guardamos aquellos sueños que nunca serán realidad, pero de los que no podemos desprendernos del todo, porque contemplarlos siempre seguirá siendo hermoso, te ofrece la posibilidad de volver a soñar. Y tarde o temprano, si uno se mantiene vivo por dentro, encuentra otro sueño por el que merece la pena arriesgarse a sufrir un dolor como éste. Aunque sólo sea para aprender que la vida, aun no siendo como uno la había planeado, tiene muchas maneras de ser maravillosa. Por eso, yo me seguiré repitiendo que la vida es dura, cada vez con un poco menos de dolor, porque ella me ha enseñado que yo soy capaz de pagar el precio que cuesta disfrutarla.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Propósitos

Que la vida, a pesar de tener cosas que son y que no son, está llena de matices, uno lo aprende con el tiempo. Y se va dando cuenta, a veces poco a poco y otras de sopetón, de que no piensa lo mismo sobre las cosas. ¿Un ejemplo? Los propósitos de año nuevo. Siempre me han parecido inútiles, y las personas que los hacían, estúpidas. Este año, sin embargo, me he dado cuenta de que la estúpida era yo.

Hay algo intrínsecamente lerdo en poner en una lista de propósitos que el año que viene quieres “encontrar el amor”, “estar delgada” o “encontrar el trabajo de mis sueños”. Como si por el mero hecho de escribirlo, el día 1 de enero se materializara tu deseo. Y no, no es que el día 1 no se haya cumplido, es que cuando no se ha cumplido el día 7 y volvemos de las fiestas, cogemos la lista, la arrugamos y directa a la basura sin contemplaciones. Y ahí se acabaron todos los propósitos para el año. Estas listas siguen pareciéndome, además de inútiles, focos de frustración. Y las personas que las hacen, además de estúpidas, me parecen vagas.

Sin embargo, hay otras listas que me merecen mucho respeto, a pesar de que hasta ahora no las había tenido en cuenta. Son listas cuyos propósitos son “dejar de fumar”, “comer sano” o “ser más amable”. Estas listas merecen mi respeto por dos razones:

1. Son listas pensadas a largo plazo. Uno no deja de fumar o empieza a comer sano de un día para otro. Es algo que tiene que hacerse o no hacerse de manera continua, día tras día.

2. Su cumplimiento está en la mano del que la escribe. Dejar de fumar, por seguir con los ejemplos, es un ejercicio basado en la voluntad del fumador. Lo mismo puede decirse de comer sano o de ser más amable con los demás. Son cosas que no dependen de la voluntad ajena o del azar, sino del propio esfuerzo.

Así que este año he decidido hacer mi propia lista de propósitos para el año que viene por dos razones. La primera razón es que mi voluntad necesita un buen ejercicio para reforzarse, y un objetivo a largo plazo que dependa únicamente de mí me parece una buena manera de conseguirlo. Últimamente he pecado de acusar en demasía a la suerte de darme la espalda, y aunque pienso sinceramente que ya va siendo hora de que se acuerde de mí, este tipo de gestos son peligrosos y potencialmente destructivos a largo plazo. Por tanto, es hora de frenar el movimiento e invertir la tendencia, ya que tengo la fuerte sensación que la acción me dará mejores resultados que la queja.
Y en segundo lugar, porque me parece algo muy bonito despedir el año y dar la bienvenida al siguiente con un acto de fe en uno mismo. Vivimos tiempos extraños, en los que la fe, en cualquiera de sus formas, está proscrita. Y, lo siento si ofendo sensibilidades, pero me encuentro con frecuencia que muchas personas carentes de fe en el plano espiritual, tampoco la tienen en sí mismas. Es como si, no pudiendo creer más que en aquello que ven, tampoco pudieran creer en más de lo que ellos son en ese momento. Yo, que tengo bastante más defectos que virtudes, no quiero privarme de mi capacidad de mejorar, y me niego a creer que esa capacidad se pierde con el tiempo. Si mientras hay vida, hay esperanza, también debe haber posibilidad de evolución, y me resultaría muy triste abandonar este mundo y darme cuenta de que me quede inmóvil y no aproveché todo lo que el mundo me podía ofrecer o que no le ofrecí lo mejor que tenía en cada momento.

Además, aunque este año sigo sin conseguir la tan deseada estabilidad laboral que llevo persiguiendo no sé ya cuanto tiempo, debo confesar que ha sido de los mejores. Me llevo muy buenos recuerdos de este año, muchos regalos que van más allá de lo que el dinero puede comprar, muchas muestras de amor, mucha felicidad. Me llevo el convencimiento de que, a pesar de mis quejas, soy una persona muy afortunada, y que mi tipo de suerte es de las permanentes, de las que dependen de lo que uno es y de lo que son los que tiene alrededor. Me llevo muchos paisajes mágicos detrás de mis ojos y las ganas de volver a verlos una y mil veces más. Me llevo la firme esperanza de que si la vida puede ser peor, también puede ser mejor, y que a veces, la diferencia es una simple cuestión de actitud. Me llevo todo lo que este año ha tenido a bien regalarme, y le dejo mi eterna gratitud y el convencimiento de que, gracias a él, la persona que lo despide es mejor que aquella que le dio la bienvenida.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Elecciones

Hablemos claro: hoy no hay nada que celebrar. Llevo desde anoche escuchando a algunos iluminados decir que España ha hablado a favor del cambio, celebrando unos resultados que en el mejor de los casos, convierte el Congreso en una bomba de relojería, y en el peor, nos avoca a celebrar elecciones en dos meses desde la sesión constitutiva de la Cámara, que se prevé para el 13 de Enero.

Todos los partidos han sacado malos resultados. Todos. El PP ha conseguido, a pesar de la crisis y de las tramas de corrupción, seguir siendo la primera fuerza política del país. No obstante, perdida la mayoría absoluta y siendo el gran enemigo a batir de la izquierda, se le pone complicado que le dejen formar gobierno, a pesar de que muchos han defendido en las elecciones municipales y autonómicas la necesidad de dejar gobernar a la lista más votada en solitario. Claro, debe ser que sólo se aplicaba porque era la suya. El PSOE, con todo lo que nos han hecho aguantar con sus primarias abiertas y su regeneración interna, ha elegido a un candidato que no ha tenido carisma ni credibilidad para llevarse los votos de su eterno rival en su peor momento. Huelga decir que si el PP ha tenido sus peores resultados de la historia, el PSOE ha ido de la mano y también se ha estrellado de manera clamorosa, por mucho que le quede la honra de ser el primer partido de la oposición, siendo el segundo más votado. Podemos tampoco tiene motivos para alzar las campanas al vuelo. Si, ha conseguido 69 escaños, pero no son suyos. En realidad, sorpresa, tiene 42. Los restantes son de partidos afines en determinadas comunidades o provincias, como Valencia o Barcelona, que cuando les han preguntado esta mañana si iban a formar grupo propio, no han dudado en decir que sí, que de formar grupo con Podemos nanai de la china, que si en los antiguos partidos decide el líder, en éste no y que sólo confluirán con Podemos en la defensa de intereses comunes. Por último, Ciudadanos. No seré yo la que diga que 40 escaños siendo la primera vez que obtienes representación sea para echarse a llorar, pero que no han conseguido la victoria que esperaban sí lo digo. A la vista de la configuración actual, su influencia queda bastante mermada, y se apostaba a que iban a tener mucha más libertad de decisión que la que de facto tendrán.

Eso por hablar sólo de los cuatro partidos más representativos en el actual Congreso. Que el problema de UPYD no era Rosa Díez ha quedado demostrado. Han obtenido los peores resultados desde su nacimiento y por primera vez en ocho años no tendrán ningún escaño. Izquierda Unida, o Unidad Popular, no ha conseguido más que dos escaños, con lo que pinta lo mismo que yo a la hora de decidir que se come en mi casa: se me escucha, pero no decido ni si hay que comprar el pan. Y luego, como siempre, tenemos los bloques nacionalistas: catalanes, vascos y canarios. Barrerán para su casa, olvidando que están en el Congreso español, donde en teoría se deben anteponer los intereses generales a los autonómicos. Aunque claro, habiendo separatistas, lo demencial no es que defiendan lo que defienden, sino que hayan podido optar a sentarse donde se van a sentar.

Configurado el panorama, ¿qué están celebrando algunos? ¿Qué nadie tiene mayoría absoluta? Pues miren, si esto fuera otro país, podría salir bien, pero siendo España, vamos a tener un circo montado durante un par de meses, y luego, tendremos que ir de nuevo a las urnas, porque nadie habrá dejado que nadie pueda formar gobierno, con el consiguiente gasto para la hacienda española, que fíjate tú, somos todos, y con la oportuna paralización de un país entero que apenas está levantando cabeza. Ojalá me equivoque, nada me gustaría más, pero pinta tal que así. Hay dos opciones para formar gobierno: por mayoría absoluta o por mayoría simple. Primera ronda, mayoría absoluta, 176 escaños que apoyen al candidato en cuestión. Creo que estamos de acuerdo que eso no se va a conseguir. Segunda ronda, mayoría simple, mas escaños a favor que en contra, no contando las abstenciones. Tampoco veo un futuro muy halagüeño para esta opción. Si es Mariano Rajoy el candidato, sólo va a contar con los 123 escaños del PP, mientras que obtendrá el no de PSOE (90 escaños), Podemos (42+27 escaños) y Ciudadanos (40 escaños). Total, 123 sí, 199 no. A los grupos minoritarios no los he contado porque intuyo que dirán que no, pero sumados serían un total de 227 no. Si por el contrario es Pedro Sánchez, hay varias opciones. Si les da a los separatistas y a Podemos todo lo que quieren (reforma constitucional para legalizar la autodeterminación de zonas de España, mayor autonomía en financiación de las que se queden, etc.) contaría con un total de 187 si (conseguiría mayoría absoluta, pero solo si todos los grupos menos PP y Ciudadanos les apoyan) y 163 no (ni PP ni Ciudadanos están dispuestos a negociar la segregación de España). También podría ser que no esté dispuesto a ceder a sus pretensiones, en cuyo caso obtendría 90 sí (su propio partido) y 260 no. Si Pablo Iglesias es quien intenta formar gobierno, los números sin los mismos que para el PSOE, ya que ni PP ni Ciudadanos van a apoyarle. Por supuesto, siendo la cuarta fuerza en el Parlamento, Ciudadanos no aspira, lógicamente, a formar gobierno. Con sólo 40 escaños y la negativa rotunda a darles a los nacionalistas lo que piden, no puede esperar más apoyo que el del PP que, lógicamente, pensará que de gobernar, debería gobernar su partido.

Sólo he esbozado algunos escenarios posibles, pero cercanos, que vamos a ir viendo en las semanas venideras. Por supuesto, la realidad será más compleja, puesto que entrando en juego las abstenciones, los escenarios varían significativamente. Por ejemplo, al PP le bastaría con los votos a favor de su partido y las abstenciones de Ciudadanos y PSOE para formar gobierno, aunque el resto de escaños vote en contra. Los demás lo tienen más complicado. Si no pactan con los nacionalistas, sus escaños por sí mismos no serían suficientes. Y en el caso de Podemos, por ejemplo, ya cuenta con el voto negativo, que no abstención, de Ciudadanos y PP, con lo que tendría que tumbar 163 no, cosa que no podría ocurrir aunque el PSOE se abstuviera, puesto que sus propios escaños más los de las restantes fuerzas sólo suman 97.
Por tanto, después de este inmenso dolor de cabeza y de cogerle un asco a la calculadora y a más de un compatriota, ¿qué carajo están celebrando algunos? ¿Qué Podemos y Ciudadanos han obtenido representación? ¿Qué ni PP ni PSOE tienen mayoría absoluta? Señores, ni el bipartidismo ha muerto, puesto que siguen siendo las dos primeras fuerzas políticas del país, ni los autollamados nuevos partidos son la panacea, puesto que no han conseguido escaños suficientes para obtener mayoría simple en el Congreso sin el apoyo de otras fuerzas. Y es normal que uno no esté muerto y otro no haya nacido con la suficiente fuerza, puesto que estas elecciones no se luchaba por la muerte del bipartidismo. Se luchaba por la reforma constitucional.

Que a la pobre Constitución la odian la mitad de los españoles y la otra mitad se aprovecha de ese odio para conseguir sus intereses personales no es nada nuevo. Claro, tiene su lógica porque no promete una paga vitalicia a nadie, excepto que consagra el sistema de pensiones. Tampoco sé de dónde ha salido que otorga el derecho a una casa. Dice que los españoles tienen derecho a una vivienda digna y adecuada, sí, y que los poderes públicos promoverán las condiciones para que este derecho se pueda hacer efectivo. Pero no pone que si no tienes recursos económicos, te van a regalar una vivienda. Vivienda que, no lo olvidemos, pagaríamos el resto de los españoles con nuestros impuestos, que ya son insuficientes para las necesidades de salud, educación y pensiones. No es por tocar las narices, de verdad, pero la Constitución también garantiza el acceso a la cultura y dice que es un derecho de todos, y yo, como mucho, pido que bajen el IVA de los libros, el cine, el teatro y demás, que repercute en el consumidor, pero no voy pidiendo que me den un cheque todos los meses para gastármelo en cultura ni que me monten una biblioteca en mi casa del tamaño que mejor me parezca.

En fin, que la Constitución, con todo, tiene más virtudes que defectos, y que los que dicen que no tiene blindados ciertos derechos, no es que no sepan de legalidad ni de Derecho Constitucional, es que ni se han molestado en aprender las nociones básicas. A ver, los iluminados de Podemos, que defendían anoche que una reforma integral de la Constitución, como ellos pretenden, no exigía disolver las Cámaras, mentían como bellacos. Voy a explicar de la forma más sencilla y clara que pueda cómo es el proceso de reforma, ya que ellos ni se han molestado en hacerlo.

1- En primer lugar, tenemos que tener claro que para una reforma de este tipo se necesita pronunciamiento tanto del Congreso de los Diputados como del Senado. Por lo tanto, debemos tener en la cabeza los 350 escaños del primero y los 208 del segundo.

2- La iniciativa reformadora puede partir de cualquiera de las dos Cámaras o del propio Gobierno. Esto quiere decir que para llevar la reforma a las Cortes, se debe llevar un texto articulado, con todo lo que eso implica. Si partimos de la idea de que por ser la Constitución, debe ser un texto consensuado entre todos, su redacción no es fácil ni rápida.

3- Si esta iniciativa ha partido del Congreso de los Diputados, el texto constitucional se votará primero en esa cámara, debiendo ser aprobado por los dos tercios de la misma. Es decir, de 350 diputados, 234 deben votar a favor. Si no consigue dicho apoyo, aquí termina el proceso.

4- Si, por el contrario, ha conseguido ese apoyo, el texto pasa al Senado, que deberá aprobarlo por idéntica mayoría de dos tercios. En el caso del Senado, siendo 208 senadores, bastaría con que lo apoyaran 139.
5- Obtenido el apoyo por ambas Cámaras, el Presidente del Congreso lo comunica al Presidente del Gobierno, que presenta al Rey el Real Decreto de disolución de las Cortes Generales. Por lo tanto, se inicia el proceso de elecciones al que estamos habituados.

6- Realizadas las elecciones, las nuevas Cortes Generales deben aprobar la decisión de las anteriores, en el sentido de pronunciarse sobre si la reforma constitucional y la posterior disolución de las Cortes era oportuna. En este caso, en el Congreso no se establece una mayoría determinada, por lo que se aplica la mayoría general para los casos no especificados, mayoría simple (más votos a favor que en contra).

7- Obtenida esta ratificación, se busca la del Senado, cuyo reglamento sí establece que deberá hacerlo por mayoría absoluta, es decir, 105 votos a favor.

8- Ratificada la decisión de las anteriores Cortes Generales sobre la necesidad de reforma y la disolución de las Cámaras, repetimos el número 3 y 4. Es decir, el nuevo Congreso deberá mostrar su aprobación al texto constitucional con el apoyo de 234 diputados, y el nuevo Senado con el de 139 senadores.

9- Conseguido esto, el texto constitucional ha de ser sometido a referéndum nacional para ser aprobado, que a falta de una mayoría específica concreta en la Ley Orgánica que regula el referéndum, se traduce en la mayoría simple.

Éste, y no otro, es el camino legal para reformar la Constitución actual. Cualquier otro camino o procedimiento sería ilegal y, por lo tanto, inválido, ya que se denunciaría al Tribunal Constitucional que dejaría dicha decisión sin validez jurídica y, por tanto, sin eficacia real. No sólo estamos hablando de un proceso largo y complejo, sino que como a muchos satisfará, exige un consenso mucho mayor que la mayoría absoluta. Por tanto, ningún partido político puede hacerlo sólo. En el escenario actual, de hecho, obtener ese número de escaños en el Congreso y en el Senado, donde no olvidemos que el PP cuenta con 124 senadores, el PSOE 47, Podemos 16, otros tres grupos 6 senadores cada uno, y otros tres grupos 1, es imposible. Aún contando con que la reforma salga adelante en el Congreso, cosa que dudo mucho, sin el apoyo del PP en el Senado, es un proyecto destinado a morir.

Muchos se echarán las manos a la cabeza y tendrán otro motivo para odiar la Constitución. Pero no tienen motivos. Si su reforma integral es difícil, es precisamente para defender los derechos fundamentales recogidos en ella (derecho a la vida, derecho a la intimidad, derecho a la igualdad, etc) y los principios que la hicieron nacer (unidad de España, solidaridad entre sus regiones, reconocimiento de las regiones que la integran). Eso es lo que ella protege con tanto celo. Y está bien que sea así, porque precisamente por proteger eso, es la norma fundamental del estado español. Es aquella de la que depende la validez de todas las demás. Es aquella que, por sí sola, invalida cualquier otra. Que nuestra Constitución no es válida porque tiene más de tres décadas es una tontería de tomo y lomo que se inventan aquellos que no saben nada ni de nuestra Constitución ni de otras. Lo importante no es lo vieja que sea, sino la calidad. Y una Constitución que después de una dictadura puso de acuerdo a todos los partidos de aquella época, o casi todos, que siempre hay alguno que rompe la baraja si no le reparten una buena mano, y ha dado cabida al matrimonio homosexual, a la protección contra las nuevas tecnologías, a la lucha contra las nuevas formas de terrorismo, entre otras cosas, a mí no me parece caduca o ineficaz. De hecho, si vamos a hablar de que ya tiene muchos años, digamos el mérito que tiene, que aguantar en España durante tanto tiempo, aportando soluciones a cosas impensables hace treinta años, es para aplaudirle cada mañana. ¿O se nos olvidan todas las demás legislaciones que van cambiando según el partido político que gobierna? Legislaciones menores, eso sí, que siempre deben respetar aquello que la Constitución protege.

A mí, sinceramente, no me parece una mala Constitución, y aunque no soy la más lista de la clase, y considero que habría alguna reforma que podría ser útil, no es la reforma que me están proponiendo. Esos derechos que quieren blindar, ya están blindados. De hecho, hacer leyes orgánicas (que las hay de cada derecho fundamental para desarrollarlos), sería el método correcto de protegerlos más. Y no necesitan todo ese proceso que he descrito. Pero claro, la autodeterminación sí lo necesita. Y al final, de eso trata esta reforma, de permitir que España se divida en porciones porque algunos quieren más dinero. Pues con mi voto que no cuenten, ni en solitario ni en colación. Y, visto el panorama que ha quedado en las Cortes y el proceso legal que deben cumplir para ello, con el de la Constitución tampoco pueden contar. Claro que eso ellos lo sabían, porque una cosa ha igualado a la antigua política y a la nueva: prometer lo que sabían que, si de Derecho es posible, de facto no lo iba a ser.

jueves, 26 de noviembre de 2015

No me toques las velas

Cuando París se tiñó de sangre, no quise escribir. No porque no tuviera nada que decir al respecto, sino porque no quería que mis palabras estuvieran llenas de una rabia que las rebajaría a la consideración de irracionales y absurdas. No quise que fueran fruto del dolor, ni del miedo. Así que decidí esperar a que pasaran los días, creyendo que a medida que se recabaran datos y se esclarecieran los hechos, podría formarme una opinión más sensata que en ese momento. Hubiera querido que mucha gente compartiera mi misma prudencia porque hoy, casi dos semanas después de la masacre, siento más rabia que aquel día. Y lo peor es que esa rabia no procede únicamente de la consideración que me merecen los culpables de la misma, sino que gran parte proviene de muchos de mis “civilizados” congéneres.

¿A quién en su sano juicio se le ocurre llamar fachas a personas que ante un acto tal de agresión cantan pacíficamente su himno nacional? ¿Quién, ante la desolación que se vivió en París, tiene estómago de acusarle por no sufrir igual por los muertos en Siria? ¿A qué anormales les molesta que se ponga la bandera de un país que ha sufrido un ataque de estas dimensiones? No habían pasado ni 24 horas del atentado, y lo que me hervía más la sangre no era enterarme de los detalles atroces de la misma, sino los comentarios estúpidos e inmaduros de gente estúpida, frívola y con una falsa creencia de superioridad moral. Bien, no voy a defender que yo soy una persona libre de defectos, pero puesto que he cumplido con creces el plazo autoimpuesto de silencio, con lo que conlleva en cuanto a tiempo dedicado a reflexión, creo que es hora de exorcizar mis demonios sobre el tema.
La inmensa mayoría de la gente es gilipollas, simple y llanamente. Totalmente gilipollas, y además, sin remedio posible. Un amplio porcentaje, además, es mala. Pero no mala en plan Disney (toma niña, muerde esta manzana y duérmete para no incordiarme más), sino mala en plan vida real (te corto la garganta para que puedas presenciar mientras mueres, en una terrible agonía, como te saco los intestinos y te los coloco de bufanda). Yo no tengo ningún problema en que la gente sea gilipollas en su propio ámbito, pero cuando esa gilipollez pone en peligro cosas que me afectan y que considero importantes, Lucifer podría aprender una o dos cosas sobre la furia asesina que siento en ese momento. Sobre todo porque esa gente gilipollas les pone una alfombra roja a la gente mala para que salten sobre pobres estúpidos como yo y nos hagan lo que les venga en gana.

Bueno, pues aquí hay una estúpida que se ha cansado de serlo y va a decir clarito un par de cosas. Por ejemplo, me importa un huevo y medio si la gente le quiere poner una velita a los muertos en París, en Beirut, en Iraq o en Pompeya. Por mí, podrían poner cirios grandes como la torre de Pisa hasta que cubrieran la tierra entera. Eso sí, los juicios de valor sobre si los demás ponemos o no ponemos velas, es mejor que se los metan por donde la espalda pierde el nombre. Y los juicios de valor moralizantes sobre la importancia y la igualdad de unos muertos sobre otros mejor no digo lo que pueden hacer con ellos. Porque lo que a mí me encanta es la congruencia de esas personas que atacan un acto de solidaridad con París que no se ha tenido con Beirut, por ejemplo, olvidando que ellos tampoco han dicho ni media palabra sobre el tema. A ver, ¿quién publicó y dónde sus condolencias por esos muertos el día que se supo la noticia? No después, para criticar la muestra de solidaridad de otros, sino el día de esas muertes. ¿Alguien buscó una foto de una vela y la subió a sus redes sociales indicando que la ponía por esos muertos? Porque, desde luego, yo no se lo vi a ninguno de mis contactos. Que sí, que Facebook permitió la opción de poner la bandera de Francia en tu foto de perfil, pero no te impide poner todos los días lo que te venga en gana sobre las personas que se mueren de hambre todos los días en Etiopía, que según la FAO, es uno de los países que más sufre esta lacra social. Tampoco impide a nadie preocuparse públicamente por las personas a las que queman vivas por sus creencias religiosas en ciertas partes del mundo.

Por mucho que moleste, nos hemos acostumbrado a ver la violencia en todas sus facetas, y eso ha llegado hasta tal punto que calibramos que violencia merece nuestro tiempo y consideración y cual no. Y eso se hace extensible a las víctimas de esa violencia. Así que sí, unos muertos valen más que otros, porque nosotros hemos dado a las circunstancias por las que pierden la vida más importancia o menos. Por eso me produce un asco especial la gente que moraliza sobre el tema, escandalizándose sobre la indiferencia con la que se trata a algunos muertos, indiferencia de la que ellos no están exentos. Sin embargo, como la mayoría del tiempo soy una persona educada, estos días me he abstenido de poner cualquier comentario en respuesta a los sermones evangelizadores en la doctrina de la igualdad en la muerte que han emitido desde sus diferentes púlpitos. No obstante, la vida siempre ofrece vías de satisfacción a los deseos, y como hoy he decidido ser todo lo maleducada que me apetezca, voy a aprovechar mi púlpito para desahogarme a fin de que tanta gilipollez no acabe con mi cordura.

Vosotros, gilipollas declarados y sin declarar, conocedores de los grados de vuestra propia doble moral o negadores de su existencia, hacedme un favor: dejad las pajas mentales para vuestro diario. Sí, ese objeto pequeño, con formato de libro y páginas en blanco, donde uno puede escribir lo que quiera sin que nadie lo lea. De verdad, el mundo va a ser girando y la humanidad no va a perder nada que merezca la pena llorarse porque la privéis de vuestros sesudos comentarios. Es más, estoy completamente segura de que el mundo sería un sitio mucho mejor si uno no tuviera que leer y escuchar a tanto subnormal. Porque sí, aunque no respondamos a vuestros comentarios, comentarios que muchas veces os permitís el lujo de poner en perfiles que no son los vuestros sino, por ejemplo, el mío, no puedo evitar que mis ojos lo lean y que la bilis se me suba por la garganta. Además, os comento en primicia que normalmente no respondo, pero bloquearlo es una práctica que estoy empezando a hacer muy a menudo, y lo único que lamento es no poder bloquear algunos perfiles del todo por razones de respeto a terceros, que a mí, desgraciadamente, cada vez me da más igual que la gente que considero gilipollas, sea lo gilipollas que la considero. En cuanto a la libertad de expresión que más de un imbécil esgrimirá en defensa de poner por escrito o decir de palabra lo que le apetezca, haya pasado por su cerebro antes que por su boca o no, he de decir que cada día lamento más que se asimile esa libertad con la mala educación, y que se esté perdiendo el concepto de vergüenza, y por ende, aumentando el de vergüenza ajena. De todas formas, por lo que a mí respecta, aviso de que pienso cortar de raíz los comentarios al respecto que se me hagan sobre el particular, haciendo uso de mi propia libertad de expresión para deciros que os vayáis al carajo, ya que el derecho que tanto os gusta me impide cerraros la bocaza, pero no me obliga a escuchar vuestras tonterías.

Lamentablemente, hay mucho personaje público, incluso y por desgracia, con relevancia en el panorama nacional o internacional, que se encuentra dentro del grupo de gilipollas iluminados a los que me refiero. Son esos del “no a la guerra”, “las bombas no son la solución” y “no se puede hacer la guerra por religión”. Bueno, joder, entonces nos sentaremos tranquilitos donde mejor nos parezca, y esperaremos a que los radicales islámicos vengan a pegarnos un tiro o nos conviertan, según tengan el día bueno o malo. Incluso he leído que alguna caricatura de persona ha señalado la conveniencia de entablar conversaciones con estos individuos que, no contentos con la muerte provocada, hacían público un video un día después amenazando que tras París, Roma y Al-Andalus (España), eran los objetivos prioritarios. La verdad sea dicha, la idea de mandar a la “señora” que ha propuesto el dialogo a Siria, Iraq o donde quieran los del Estado Islámico que se la enviamos, me seduce muchísimo. No porque vaya a resolverse así el problema, sino porque así al menos habrá una gilipollas menos que oír.

También mandaría de viaje por dichas tierras de ensueño a los de “no podemos hacer una guerra religiosa”. A ver, alelados, que la guerra no la hacéis vosotros. Ni nosotros, los países demócratas o europeos. La guerra la hacen islamistas radicales, y claro que es por religión, entre otras cosas, además de por poder, deseo expansionista, disfrute con el sometimiento y el sufrimiento ajeno y un largo etcétera. Por tanto, la cuestión no es “¿iniciamos una guerra por motivos religiosos?”, sino “¿cómo narices paramos la guerra que nos han declarado poniendo como excusa motivos religiosos”? Porque sí, habrá pringados ignorantes que se hayan tragado los cánticos sobre Alá y compañía, pero los que están al mando no lo hacen para mayor gloria de nadie que no sean ellos. Además, debemos aceptar que algunos simplemente son malvados, que disfrutan matando y mutilando, como el que le gusta pintar con acuarelas, porque otra cosa que no me trago es que se vean avocados a eso porque la sociedad no les acepta y les maltrata. Vamos a ver, que Lady Gaga no está muy normal que digamos, pero lo máximo que ha hecho es ponerse filetes como sombrero, no coger un fusil de asalto y enviar al otro mundo al que se cruzara en ese momento. Por tanto, hay otras opciones antes que unirte a una banda de asesinos internacional y me niego a ver como víctimas a cualquiera que se encuentre en la misma.

¿Lo peor de todo el asunto? Que nuestros dirigentes, conscientes de esta renuencia de la población general a la hora de aceptar que estamos en una guerra, aunque no sea una guerra de las convencionales, titubean a la hora de ser firmes. No hablo de Francia que, ante la masacre y los hechos posteriores, ha movilizado lo que ha considerado pertinente de su ejército, iniciando las labores pertinentes para recabar la ayuda del resto de países de la UE y la OTAN. Hablo de España, que no contentos con que nos mataran a unos cuantos en Madrid no hace tanto, vemos lo de París y creemos que no va con nosotros. Por favor, seamos serios. Nadie quiere que las personas que forman parte del ejército mueran en vano, pero su trabajo es exponerse a morir para que no lo hagamos los demás. Contra unos terroristas que se inmolan con tal de matar a todo el que puedan, que igual les da atentar contra un avión de militares o uno de civiles, que entran a fuego en discotecas, periódicos o bares, y cuyo objetivo final es la conversación del mundo al Islam o la muerte, yo me atrevería a decir que la vía diplomática no es una opción. Más que nada porque presupone voluntad de llegar a un acuerdo, y aquí yo solo veo con interés de sentarse a hablar a una de las partes, mientras que a la otra le va de lujo matando donde se le antoja.

Entiendo mejor que nadie el deseo de negar la cruel realidad, porque eso nos impediría vivir con normalidad, pero la espada de Damocles no deja de estar sobre nuestras cabezas por el hecho de que no la miremos. Estamos en guerra, más al estilo de una guerra de guerrillas que del modelo de la Primera o Segunda Guerra Mundial, lo concedo, pero sigue siendo una guerra. Partiendo de ese punto, debemos asumir que van a perderse muchas vidas. Muchos niños van a morir o a quedar huérfanos. Muchas mujeres serán viudas o no serán nada. Muchos hombres no volverán a ver a sus seres queridos o tendrán que superar los traumas que vivir un conflicto así en primera persona acarrea. No van a morir sólo culpables. Se derramarán muchas lágrimas y mucha sangre. Y muchos más corazones quedarán rotos de una manera cruel de los que van a dejar de latir. A cambio, la recompensa es poder seguir disfrutando del tipo de vida que hemos elegido. Ese en el que los gilipollas pueden decir lo que quieran y no se les puede cerrar la bocaza. Ese en el que nadie tiene que profesar una creencia religiosa por obligación, ni por supuesto hacer rezos de ningún tipo, ni adoptar los dictados de ninguna autoridad religiosa bajo pena de muerte. Ese que permite a las mujeres decidir si quieren casarse y con quien, cuantos hijos tener y que rama profesional les gusta más. Ese que está negando la utilización de la fuerza para no mancillar la democracia que está obligado a defender.

Yo no estoy en posesión de más verdad que la mía, coincida o no con la de otras personas. Y esta verdad me dice que estoy ante una amenaza que requiere su completa erradicación. Que, debates aparte sobre el comercio de armas, de los que ningún país está libre de pecado, se encuentra la realidad del uso de esas armas. Y puesto que las están usando para matar todo aquello en lo que creo y a todos aquellos que desean vivir en paz, igual que las vendemos o compramos, habremos de usarlas contra los radicales hasta que no quede ni uno. Las palabras en este asunto solo servirán para convencer a los indecisos en esta necesidad, no para que la parte agresora deje de agredir. Por tanto, puesto que contamos con un ejército para este tipo de cometidos, ha llegado la hora de que cumplan con su obligación. Y lo digo sabedora de que ante una orden de este tipo, actuarán con profesionalidad y arriesgarán sus vidas para salvar las nuestras, incluidas las de los gilipollas que pensarán que sus muertes no valen tanto como las de los inocentes de Beirut. Porque, pasados la inicial sorpresa de que los espías espían, y los militares matan, llegado el momento de la verdad, me gustaría ver si los iluminados, ante el cuchillo o el fusil de los islamistas, se someten dócilmente o lamentan su pasividad. Yo, desde luego, tendré la conciencia tranquila, pues llegado el caso estoy convencida de que, ante un enemigo que está dispuesto a morir para matarme a mí y a todo aquello que defiendo, yo estaré dispuesta a matar para vivir.

jueves, 22 de octubre de 2015

¿Optimista, pesimista o realista?

¿Alguna vez os han preguntado qué tipo de personas sois: optimistas o pesimistas? Imagino que sí, porque de todas las preguntas manidas que rondan por ahí, ésta es de las más veteranas. Las respuestas, por supuesto, están a la altura de la originalidad de la pregunta. Algunos se creen optimistas, otros se saben pesimistas, y cierto porcentaje se llama realista porque no están preparados para aceptar su pesimismo.

Yo no soy una excepción a la pregunta, y creo que hasta ahora, tampoco lo he sido a la respuesta. Siempre me he considerado una pesimista. Quizás porque cuando me plantean una situación, por defecto, me imagino todas las variantes negativas. No lo hago por placer, sino como mecanismo para anticiparme a los desastres. Ni que decir tiene que, saliendo del ámbito estrictamente jurídico, donde imaginar las consecuencias negativas es importante para calibrar bien tu actuación y el alcance de sus efectos, en el resto de ámbito no te sirve más que para amargarte. Estar constantemente cavilando sobre las partes oscuras del mundo y de los que viven en él es agotador y venenoso. Y lo peor de todo: infructuoso.

Por todo ello, me sorprende descubrir que estaba equivocada. Si repaso los años vividos, que quizás no son muchos, pero hay mucha vida en ellos, descubro que no soy una pesimista. Tengo momentos de pesimismo, eso sí. Estar en paro casi toda tu vida laboral activa tiene ese curioso efecto secundario del que nadie te habla. Es muy difícil ver las cosas bajo un prisma favorecedor cuando te sientes completamente desamparado porque, llegado a cierta edad en la que debías ser un activo en la ecuación, sigues siendo un pasivo. Y no importa la gente que esté dispuesta a ayudarte a sentirte mejor, porque esa sensación no nace de los demás: nace de ti. Por supuesto, las personas de tu entorno pueden hacerlo más liviano o más pesado. Pero fundamentalmente, trata de ti.

Pero hay vida antes del comienzo de la vida activa, o en su defecto, del paro. Uno tiene infancia, niñez, adolescencia, vida familiar, amigos, el primer novio, el colegio, el instituto, la universidad, tu primera mascota, tu primera pelea con tu mejor amiga, etc. Y si lo pienso, en esos tramos de mi vida, yo no he sido pesimista, sino que he tendido siempre al optimismo. O, mejor dicho, a mi versión del optimismo. Yo siempre he pensado que las cosas iban a salir bien porque me estaba esforzando en que salieran bien. Y lo hacían. Los exámenes se aprobaban, con los amigos se pasaban buenos momentos, las mascotas parecían felices, el ambiente familiar era agradable, etc. Algunas veces, las cosas no salían como yo quería, pero era tan fácil arreglarlas. Bastaba con estudiar más cuando algo se me atascaba. O con dejar de considerar amigos a los que no demostraban serlo.
Lo malo de esta versión del optimismo es que, un buen día, te das cuenta de que te has convertido en un adulto, y cuando las cosas te salen mal, ya no resulta tan fácil arreglarlas. A veces, incluso, tienes que asumir que no puedes hacerlo, y convivir con el desastroso resultado. Y entonces, cuando eso te pasa, y te dices a ti mismo que te ha salido mal porque tú no has hecho lo suficiente, te decepcionas. Empiezas a mirarte con otros ojos, y no son amables precisamente. Esas virtudes que siempre te han gustado, las conviertes en defectos. Y como defectos siempre tenemos más, tienes todo un arsenal para machacarte. Creedme, no es agradable ser el protagonista de un show de 24 horas que consiste en señalar todo aquello que has hecho mal.

La parte buena de esto, que la tiene, es que madurar es un proceso que, en contra de la creencia general, vamos desarrollando toda la vida. Puede que haya un salto importante en un momento determinado, pero el resto del tiempo, vamos perfeccionando dicho estado. A veces, desandamos camino, pero la posibilidad de aumentar el crecimiento personal siempre está ahí, al alcance de cada mano que quiera agarrarla. Así que un buen día dejas de flagelarte, porque tu espalda no es de acero y no aguanta mucho más, y recapacitas. Ves que en algunos momentos tu decisión no ha sido la que ha dado mejores frutos, pero puesto que es imposible volver atrás, te prometes pensarlo mejor en la próxima situación parecida. Intentas volver a verte de manera que, si bien tu imagen ya no es de color rosa, tus ojos no son dos enormes corazones y no te sale purpurina por la nariz cuando estornudas, tampoco te han salido cuernos en la cabeza, ni un rabo puntiagudo, y el tridente lo puedes soltar porque, por si no te acuerdas, era parte del disfraz del último carnaval al que te dignaste ir.

Y la vida sigue, como ha seguido durante el tiempo que tú no has estado participando de manera positiva en ella, porque sí que es justa y no se para por nadie. Además, es sabia, porque seguir es la única manera de que tú, llegado el momento, sigas o te bajes. Personalmente, creo que es preferible seguir, pero entiendo que es una elección que le corresponde hacer a cada uno. Por otro lado, como esta visión de la vida es a través de mis ojos, vamos a optar porque sigue, para que pueda responder ahora a la pregunta que hice al comienzo.

Si me lo planteo hoy, ahora mismo, si me considero positiva, negativa o realista, no me encuentro cómoda en ninguna de las tres categorías. Primero, porque para ser positiva debería vivir mucho más tiempo en los mundos de yupi del que vivo. Segundo, porque no visito con la frecuencia necesaria los círculos del infierno para considerarme negativa. Y tercero, porque sigo diciendo que el realismo es una suave mentira que se dicen los pesimistas no confesos. A día de hoy, lo único que se ha probado de la objetividad, es que cada uno tiene su propio baremo. Podemos jugar a eso de las mayorías para saber cuando una opinión es objetiva o no, pero siendo honesta, a veces lo que se puede predicar de ciertas mayorías no es su capacidad de ver el mundo tal como es, sino su capacidad de verlo con una total falta de inteligencia. Hablando mal y pronto: para sufrir estupideces ajenas, mejor sufro la mía, que le tengo más cariño.

¿Conclusión? He tenido que inventar una nueva categoría: el esfuerzismo. ¿Y qué es? Bueno, además de una palabra inventada que la RAE aprobará sin duda nada más conocer su existencia, es aquella corriente que cree que la vida te va a salir bien dependiendo del esfuerzo que inviertas. O no. A veces, quizás muchas, te va a salir mal. Pero al final, y ese final puede ser al final del curso, de la carrera profesional, o incluso, de la misma vida, te verás recompensado proporcionalmente en base al esfuerzo invertido. ¿Lo mejor? Puedes ser un esfuerzista positivo (piensas que sus esfuerzos siempre tendrán fruto) o negativo (piensan que sus esfuerzos nunca tendrán frutos o, directamente, son tan conscientes de lo vagos que son, que no se hacen ilusiones). Yo, de momento, soy esfuerzista positiva. A pesar de los pesares, sigo pensando que tarde o temprano conseguiré mis metas. Algunas son muy ambiciosas, es cierto, pero como de momento parece que me queda mucho tiempo en el mundo para esforzarme, mantengo mis esperanzas.

Lo mejor de todo, es que no necesitas ser siempre positivo o negativo para ser un esfuerzista. Basta con esforzarte en lo que hagas, sea lo que sea. Yo, por ejemplo, que últimamente he pecado de esfuerzista negativa, voy a invertir la tendencia y me voy a recordar no el tipo de persona que soy, porque mirarse tanto el ombligo es malísimo, sino el tipo de persona que me gusta, y al que con el tiempo, aspiro a parecerme.

Me gustan las personas amables, que te saludan por la mañana con una sonrisa aunque hayan pasado una mala noche. Me gustan las personas educadas, que todavía dicen gracias y por favor. Me gusta la gente que sabe cuando tiene que pedir perdón, y lo hace de corazón. También me gustan los que, aún tardando un poco más en rectificar, lo hacen. Me gusta la gente que es más lista que yo, porque su contacto me hace aprender algo nuevo siempre. Me gustan aquellos que, sin gritar, son capaces de transmitirte la fuerza de sus convicciones, porque esos son los que me hacen plantearme lo que daba por sentado. Me gusta la gente con la que puedes hablar horas, sin pretensiones de convencer ni ser convencido, porque comparten el placer de construir buenos argumentos. Me gusta la gente que vence al sistema respetando las reglas, porque me admira el nivel de compromiso, fortaleza y pasión que deben poner en ello. Me gusta la gente que se enfrenta al status quo cuando no lo hacen por el placer de la rebelión, sino con el convencimiento de que un status quo diferente traerá más beneficios para todos y no sólo para sí mismos. Me gusta la gente que tiene fe, no importan en donde la deposite, y la mantiene. Me gusta la gente que lucha por una causa que cree que merece la pena. Me gustan las personas que luchan porque otros tengan una vida mejor.

Y en un ámbito personal, porque no sólo me gustan personas ajenas, me gusta mi hermana, que es capaz de mirar las cosas más simples con unos ojos totalmente nuevos (y a estas alturas del mundo, eso es un gran mérito). Me gusta mi madre, que no culpa a la vida de sus errores, pero tampoco se ha dejado doblegar por ellos. Me vuelve a gustar mi madre, que me ha enseñado a no darme nunca por vencida y a mirar a la verdad de frente, por muy dolorosa que sea. Me gusta mi padre, que cree que para mí nada es imposible. Y me vuelve a gustar mi padre, por enseñarme algo tan importante como que la sangre no hace a la familia. Me gustan mis abuelos, por enseñarme las diferentes maneras de sobrevivir al horror y no ser una víctima de él. Me gustan mis tíos, que son expertos en hacerte sentir bien recibida allá donde te encuentren y sea cual sea la situación. Me gustan mis primos, que son a ratos amigos, y siempre hermanos. Me gusta mi familia, porque a pesar de no haberla elegido, tengo la inmensa suerte de saber que, de haberlo hecho, serían casi los mismos que son. Me gusta Ami, que me ha enseñado el sublime arte de la indiferencia, pero también el del amor independiente. Me gusta Tambor, que me da cada día una lección nueva sobre la ternura. Me gusta Ágata, porque nunca está demasiado cansada para demostrarle a las personas que quiere, cuanto las quiere, y me honra contándome entre ellas. Me gustan Nala y Bogie, porque aun sin estar, están, y siempre serán contados como parte de la familia.

Termino el ejercicio de memoria diciendo que me gusta la vida, en general, y la mía, en particular. Aun desastrosa y a medio hacer, no puedo quejarme. ¿Quién podría? Es cierto que carece de estabilidad laboral y de independencia económica, con todo lo que eso conlleva. Pero está llena de arte, de literatura, de pasión, de esfuerzo, de retos por conseguir, de posibilidades, de amor… De vida.

domingo, 18 de octubre de 2015

María Jesús Campos Barciela

María Jesús Campos Barciela no ha salido en los telediarios. Ningún programa de televisión se ha interesado por su persona o su labor profesional. Los periódicos la han mencionado de pasada, y en algunos casos, omitiendo su nombre. Pero es una persona que merece conocerse. Esta mujer, jueza del Juzgado de lo Penal número 8 de Palma, es una pionera. Y ya que los medios no le dan la publicidad que merece, yo sí voy a rendirle homenaje desde aquí.
Hace unos meses, asistimos conmocionados a la noticia del malnacido, porque no tiene otro nombre, que la emprendió a golpes con su caballo después de una mala actuación en una competición, provocándole la muerte. Ninguno de los que contempló tan macabro espectáculo tuvo redaños de interponerse entre la bestia y el pobre animal. Y todos pensábamos que dicho caso se solucionaría con una multa o trabajos en beneficio de la comunidad. Pero la Magistrado Campos nos sorprendió, y a pesar de la petición de la defensa de que se transmutara o suspendiera la pena de ocho meses de cárcel, la mantuvo.

Ahora, un tiempo después, ha vuelto a pronunciarse en otro caso de maltrato animal. Ahora no era un caballo muerto por apaleamiento, sino un perro muerto por inanición. La bestia que lo tenía, supongo que cansada del pobre can, lo había atado con una cuerda muy corta en el patio, de tal forma que no podía apenas moverse, ni refugiarse de las inclemencias del tiempo, y lo estaba matando de inanición. Una denuncia puso el caso en manos de la policía, que a pesar de llevar al perro a una protectora, sólo pudieron ofrecerle al animal morir en manos más amistosas que las del salvaje que lo había sometido a semejante tortura. Nuevamente, la defensa del acusado pidió la transmutación o la suspensión de la pena, y nuevamente se ha dado de bruces con la negativa de la Magistrada Campos, que ha mantenido firme su decisión de condenarlo a un año de prisión.

Por supuesto, no dudo que las defensas de ambos casos hayan planteado rápidamente un recurso a las sentencias impuestas por la Magistrada. Tal es su derecho, y así lo habrán ejercido. Puede, incluso, que no lleguen a pisar la cárcel demasiado tiempo si se tramitan con cierta rapidez. Pero entrar, entrarán. Y todo porque existe una Magistrada que, amparándose en las disposiciones de la ley, así lo ha decidido. Porque en opinión de esta mujer, “hay que evitar la sensación de impunidad en estos casos y hacer que la pena tenga un efecto de frenada frente a casos venideros, ya que la suspensión de la misma provoca un mensaje tan antipedagógico que el sujeto no dudará en repetir su conducta en un momento posterior”.

Por supuesto, partimos de que las penas contempladas en la ley son insuficientes. ¿Multa de un mes a seis por abandonar a un animal? ¿Prisión de tres meses y un día a un año por maltratarlos? Si lo comparamos con las penas que imponemos a los que lesionan, maltratan, torturan o provocan la muerte de personas, son ridículas. Pero lo resaltable del hecho no es que las penas sean pequeñas y necesiten ser aumentadas. Lo importante es que hay una Magistrada que entiende la necesidad de aplicarlas con toda su dureza, sin transmutarlas en trabajos en beneficio de la comunidad ni suspenderlas.

Nos quejamos continuamente de la creciente brutalidad que impera en la sociedad. Nos escandalizamos por cada mujer que muere a manos de su antigua o actual pareja. Nos horrorizamos por los niños que son maltratados, sometidos a abusos, asesinados. Y lo curioso es que nos preguntamos el origen de la violencia, achacándola al cine o los videojuegos. Pero nunca nos responsabilizamos a nosotros mismos, a nuestra pasividad, a nuestro poco interés en que los niños reciban una educación completa y los adultos un castigo ejemplar ante cualquier acto de crueldad.

Hay numerosos estudios que indican que la crueldad hacia los animales es un síntoma de una agresividad interna peligrosa. Entre los criminólogos, es un rasgo básico del perfil del psicópata. No olvidemos que el psicópata no es una persona con una enfermedad mental, sino alguien que sabe los límites entre lo que se debe hacer y lo que no, y decide conscientemente rebasarlos porque la acción no consentida le produce placer. Bien, está claro que a los psicópatas no vamos a disuadirlos de que maltrate animales poniéndole grandes penas, pero, ¿y al maltratador de mujeres? ¿Es posible disminuir estos casos si se les educa en el respeto hacia todos los seres vivos? ¿Si se le enseña que el sufrimiento de un perro importa, y que se debe evitar, es que no lo hará con una persona?

Yo no creo que a todo el mundo tenga que gustarle los animales. Pero no me parece que sea contradictorio no gustarte y no hacerles daño. A mi cada día me gustan menos las personas, y de momento, no he cogido un palo para demostrarlo. Opto por la vía sana: me relaciono sólo con quien me agrada o con quien no me queda más bemoles que relacionarme. De igual modo debería pasar con los animales. La ley, por fin, los contempla como seres con entidad física y psíquica, y por ende, capaces de sufrir como cualquier otro ser vivo. Y en esa capacidad es en donde radica la necesidad de protección. Por tanto, lo que la ley deplora es la crueldad y la brutalidad, ya sea hacia animales o hacia personas. Y siendo esto lo que la ley persigue, y sabiendo como sabemos todos las terribles consecuencias que se derivan de ignorar estas conductas, es un hecho agradable e importante que existan Magistradas como María Jesús Campos Barciela, capaces de señalar la crueldad allá donde se manifieste y de hacer lo justo en la medida que la ley lo permite. Señora Magistrada, con todos mis respetos, gracias, y ojalá su ejemplo sirva para que muchos más acepten una realidad innegable: detener la deshumanización del ser humano es una labor que empieza deteniendo la crueldad contra los animales.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El placer de viajar

En estos tiempos que vivimos, donde todos sabemos exactamente el precio de cada cosa, a menudo olvidamos su valor. Por mucho que nos digamos a nosotros mismos que no somos consumistas, la realidad es que es muy difícil sustraerse a la vorágine general. Así, nos vemos esforzándonos por adquirir cosas que, una vez poseídas, no sólo han dejado más vacío nuestro bolsillo, sino también a nosotros mismos.

Afortunadamente, aún hay, y siempre habrá, cosas cuyo valor es más alto que su precio. ¿Un ejemplo? Viajar. No importa lo caro o barato que pueda ser un viaje: el viajero siempre sale ganando. Eso sí, ha de ser un viajero avispado, dispuesto a sacarle el máximo jugo a la experiencia, ya que como dice una persona muy sabia de mi entorno: “ir, también va la maleta”. Por eso, hay que tener claras unas cuantas cosas antes de irse de viaje:

1.- Las quejas sólo deben estar permitidas si van acompañadas de risas. Al fin y al cabo, estás de viaje. Has dejado aparcados tus problemas personales durante unos días, y créeme, te esperarán a la vuelta.

2.- No existe la fatiga. Sí, para muchas personas el concepto de viajar es tumbarse al sol y remojarse en el mar. Bien, esos tienen fácil no cansarse. Para los que ir de viaje significa muchas cosas que ver y que hacer durante el día, previamente han de asumir que las ampollas (sustitúyase ampolla por cualquier otra dolencia física) van a ser sus mejores amigas durante los días que dure el viaje. Pero ¿y qué? Es un precio nimio comparado con la ganancia, y uno lo paga gustosamente.

3.- Utiliza todos tus sentidos. En serio, cada día somos más parecidos a zombies que deambulan por ahí viendo sin mirar, oyendo sin escuchar y hablando sin pensar. Párate a mirar todo lo que te rodea, presta atención a los sonidos, ponte de cara al viento si sopla o disfruta del Sol. Incluso está permitido mojarse los pies en los charcos y cantar bajo la lluvia. El clima es un elemento más del que disfrutar, y muchos paisajes tienen magia tanto a la luz del Sol como bajo un cielo con nubes.

4.- Abre tu mente. No tengas prejuicios, no hagas comparaciones, no seas tímido y no tengas miedo de explorar. No todo puede estar programado, y por mucho que lo intentes, algo no va a salir según lo previsto. Que no te importe. Tú no controlas el tiempo y el espacio, pero sí tu actitud, y si te dejas llevar, el viaje te sorprende con lugares que no esperabas y que querrás volver a visitar.
Seguramente, estas pautas no son las mejores, y estoy convencida de que cada uno tiene las suyas propias. Éstas simplemente son las mías. Y las comparto ahora, y no en otro momento, porque hace días que he venido de un viaje fantástico por Italia. Un viaje que no podría explicar con el detalle y la justicia que se merece, porque aún no he asimilado todo lo que he vivido en él. Aún así, era necesario reflejar un poco lo que ha significado para mí, y para hacerlo, la reflexión general precedente me era pertinente.

Yo estoy muy orgullosa de ser española. Pero si no lo fuera, quisiera que Italia fuera mi país. De hecho, está el primero de mi lista de países favoritos, ya que el mío no lo incluyo en la misma porque, por motivos obvios, no puedo compararlo fríamente con el resto. Es imposible hacer justicia a las maravillas que hay en él. No importa lo que te guste: monumentos, naturaleza, grandes ciudades, pueblos pequeños… Allí puedes encontrarlo todo. El único problema que vas a tener es decidir lo que ver y lo que no, y créeme, te va a parecer un problemón.

Además, este viaje ha tenido dos ingredientes fundamentales que lo han hecho muy especial. El primero es que ha sido inesperado. No tenía previsto hacerlo, ni ahora, ni más adelante. Pero la oportunidad se presentó, y por una vez, no la dejé pasar. Porque estaba harta de dejar pasar oportunidades por miedo, pensando que volverían a presentarse. Y lo cierto es que luego, si se presentan, son diferentes. Las oportunidades sólo vienen a nosotros una vez, y si las dejamos pasar, las perdemos. Nunca concurren las mismas circunstancias y hay millones de matices que las conforman.

La segunda es que he tenido a los mejores guías que nadie pueda desear. Si viajar ya es una manera de enriquecimiento personal por sí solo, yo aseguro firmemente que nadie podría hacer un viaje con ellos y no ver ese crecimiento multiplicado exponencialmente. Yo, que soy bastante normal, lo he experimentado. Y he aprendido cosas muy valiosas, que no tienen nada que ver con conocimientos artísticos o arquitectónicos, aunque de esos también voy servida a plato lleno.

Lo que yo he aprendido de mis guías es que los viajes no son sólo la actitud que uno lleva o los sitios que ve. También son las personas que te lo enseñan. El cariño con que te explican los detalles. Las sonrisas en respuesta a tu sonrisa maravillada. La satisfacción que generan en respuesta al placer que tú estás experimentando. Es incluir una ciudad no prevista porque para ti, que has estudiado determinada carrera, significa algo más.
Si digo que mis guías tienen un sitio privilegiado en mi corazón, no creo que esté diciendo nada que no sepan. Pero no me gustaría dar por sentado que saben lo agradecida que estoy por una muestra de generosidad tan grande que sólo cabe en corazones como los suyos, de talla especial. Y tampoco quiero callarme que, a pesar de que tengo muchos buenos recuerdos de ambos, todos los compartidos en este viaje serán guardados con mimo en mi corazón. Queridos guías, gracias por hacer que los sueños, incluidos aquellos que no sabía que tenía, se hagan realidad. Nunca lo olvidaré.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Hasta pronto

He tenido la inmensa suerte de empezar a opositar, prácticamente, a la vez que mi mejor amiga. Y digo que es una suerte, porque todo opositor sabe que hay cosas que sólo comprende otro opositor. Ningún otro amigo va a entender que le digas que no puedes quedar por veinteava vez consecutiva porque estás pillado de tiempo con el temario. Tampoco van a comprender la magnitud del drama que suponen las modificaciones legislativas. Nadie en su sano juicio te va a cambiar una tarde de terracita por una de biblioteca sin un reproche. Y es lógico que sea así. Yo tampoco entendía plenamente lo que significaba ser opositor. Es una de esas cosas que sólo puedes saber cuando pasas por ella. Por eso, me reafirmo: he tenido la inmensa suerte de compartir esta experiencia con ella.

Pero la experiencia ha terminado, porque ella ha conseguido lo que todo opositor desea: una plaza fija. Nadie se la ha regalado. Yo la he visto, mes tras mes, esforzarse física y mentalmente hasta límites impensables. La he visto en sus momentos altos, cuando repetía el temario como si lo hubiera escrito ella, y la he visto en sus momentos bajos, cuando pensaba que no sería capaz. La he visto mejorar día tras día, manteniendo a pesar de todo una fe inquebrantable en que ése, y no otro, era su camino. La he visto ser fuerte cuando estaba cansada, y mantenerse firme cuando la quería vencer el desánimo. Por último, la vi en éxtasis cuando obtuvo su recompensa. O, mejor dicho, cuando le dijeron que la iba a obtener, porque en este camino sólo ha empezado a cosechar los frutos de un trabajo bien hecho.

Hoy, la veré en otra faceta nueva: la veré decirme adiós. No es una despedida definitiva, por supuesto. Pero será la primera vez que no vivamos en la misma ciudad desde que somos amigas. Cuántas tardes nos hemos llamado para vernos un rato, colapsadas del estudio, la familia, el desempleo… Cuántas veces ha sido el oasis de mis desiertos. Cuántas veces la voz que me animaba, y cuántas la que me ponía el punto sobre la i. Cuántas veces ha significado la confirmación de la famosa frase de Aristóteles, esa que dice que “la amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.

No, no me resulta fácil despedirme del trocito de mí que se lleva consigo, a pesar de la inmensa alegría que siento por ella. No obstante, no cambiaría nada. Si pudiera elegir, hoy estaría justo donde estoy. Porque cualquier otro camino que no la incluya, no merecería la pena. Así que bien vale la tristeza y las lágrimas de hoy, y de los días que vengan después. Porque aún con eso, tengo el gran consuelo de haber encontrado a una persona que no sólo me acepta tal como soy, sino que a veces me hace sentir su sincera admiración. Una persona que me escucha siempre, pero nunca me juzga. Una persona con la que llorar sin vergüenza, y reír sin motivo. Una persona que es capaz de decirme que no me compre unos pantalones porque se me ven demasiado apretados, sin hacerme sentir un adefesio. ¿Parece extraordinaria, verdad? Lo es. Y eso sin contar su increíble habilidad para probarse tres prendas de ropa mientras yo aún me estoy colocando la primera.

Querida amiga, quería despedirme bien de ti, pero me temo que no lo he conseguido. No puedo encerrar en palabras todo lo que significas para mí. Decirte que te voy a echar muchísimo de menos, pero que será un privilegio hacerlo, no resulta suficiente. Así que, a falta de otras mejores, quédate con éstas: lejos, pero nunca solas. Te quiero.